Detalles del post: Los logros y las ruinas

12.02.10


Los logros y las ruinas
Permalink por Saravia @ 23:56:34 en La bella mentirosa -> Bitácora: Mundos

Un concierto de desconciertos

Obras en la plaza Mayor de Valladolid para construir un aparcamiento subterráneo en los años 70 (imagen procedente de vallisoletvm.blogspot.com)

En su día esta plaza mayor estuvo arbolada. Antes fue mercado y hoy es lugar de fiestas. Su perímetro ha sido compuesto y descompuesto en varias ocasiones, de muchas de las cuales quedan huellas. Es hoy el centro de la ciudad. Pero vayamos a su origen, unos cientos de metros más al norte, y regresemos desde allí andando hasta la plaza. Este paisaje, siempre extraño, ha acabado por hacerse espejo de quien lo mire. Porque no se impone (resulta fácil desentenderse de él), pero puede acompañar (hay muchos signos de amabilidad). De habérselo propuesto, es difícil que hubiese podido alcanzar más cortesía.

[Mas:]

Estamos, pues, en la calle de las Angustias (menudo nombre), saliendo del Rosarillo. En esa plaza tuvo su origen esta ciudad. Varios siglos después, Valladolid sigue en pie, viva y activa. No es mal logro. Allí cerca un edificio muestra, adosadas, las columnas del antiguo soportal al que sustituyó: un intento fallido, qué duda cabe. También interesado; pero al fin y al cabo intento. Un poco más abajo, en la acera de enfrente, otro edificio que se propuso interpretar, actualizándola, la pauta tradicional. No cuajó. Se quedo solo en una calle que no siguió su ejemplo: fracaso, pues. Y volviendo a este lado, un resto de muralla, o de cerca, o lo que sea, que se conserva dentro de la fachada de la nueva obra. Tampoco resulta convincente, aunque se aprecia la indudable intención de respeto. Un poco más abajo, un enorme volumen, desproporcionado respecto a su entorno. Suele ponerse esta casa como ejemplo del desaguisado de los años 60. Y es cierto que rompe drásticamente todas las proporciones del entorno. Aunque no hacía más que ceñirse a un plan de sustitución radical de todo el caserío del centro urbano, que ensanchaba calles y subía alturas, buscando afanosamente una modernidad esquiva. La propuesta fue equivocada y nunca pudo salir adelante por completo. Estaba lastrada desde el primer momento por unos intereses demasiado evidentes y poco generosos. Pero (los años atenúan las posturas) también podríamos ver un cierto gusto por la composición discreta. Después -seguimos andando-, algunas casas de vecinos, de principios del siglo 20, que aún se conservan. Pequeñas, estándar. Sin adorno pero con urbanidad. La iglesia de las Angustias (menudo nombre) se concluyó a principios del siglo XVII, y en ella trabajaron grandes nombres vinculados a la corte española. Pero ciertamente ninguna de esas glorias llega a verse plasmada, y el edificio es uno más, sin más, del repertorio monumental que en la ciudad se conserva. Importante quizá, pero sin garra. Fallido, desde luego. El teatro Calderón fue un proyecto monumental. Caro y costoso. Envejeció no demasiado bien, y fue restaurado hace algunos unos años. Posiblemente ni antes ni ahora provoque un viaje, ni mueva a nadie a visitarlo (tampoco tiene por qué hacerlo). Pero cumple su función con dignidad (si se nos permite esta palabra ahora). Nunca ha colmado las expectativas, pero mantiene el tipo. Enfrente una casa en esquina, de cierto lujo, pero que igualmente pasa desapercibida. Y en el otro lado un extraordinario mirador de esquina, de hierro, sobre fachada de ladrillo prensa. Un ladrillo rojo rojísimo y un mirador perfecto, pero que casi nadie mira casi nunca. Por allí mismo hace algún tiempo discurría la Esgueva. Poco a poco se cubrió y luego se desvió. Y con tal alejamiento el espacio que antaño se entendía bien (el riachuelo lo daba orden, lo explicaba) pasó a ser incomprensible, inexplicablemente torturado. Mitad éxito y mitad fracaso. Subiendo la plazuela, el frente edificado del Penicilino (en otra acera está El Minuto), y un grupo de castaños que crean un espacio acogedor sin duda. Un logro. Más allá, un solar del que todo puede esperarse, pues ni hay en la zona un paisaje urbano tan característico que condicione decisivamente lo que vaya a hacerse, ni tampoco lo condicionan en exceso las ordenanzas. La fachada del edificio precedente, sin embargo, cayó sin tener que haber caído (las maniobras especulativas recientes duelen más). Fracaso. Ruina. Un pequeño soportal anuncia la intención que hubo alguna vez en esa calle de hacerla entera porticada. No llegó a cuajar la idea, y desde entonces queda huérfano ese trozo de soportal. Mas tiene cierto encanto. No obstante, fracaso. Un edificio modernista, llamativo, pequeño pero impactante: va a lo suyo, pero sin duda un logro. Y desde ahí se llega a la esquina del viejo Café España, otro edificio ruinoso. Cerrado recientemente debe considerarse, por todo lo que ha envuelto esa liquidación, un fracaso completo. Mal. Frente a él, un grupo de casas con muy mala cara. Ni se reconstruyen ni se rehabilitan y ni siquiera se ocupan. A la espera de que se intervenga en ellas, podría decir alguno que ensucian el paisaje. Pero ahí están desde hace tanto tiempo. Y delante, una fuente que alude a otras anteriores. En esa plaza de la Fuente Dorada no ha llegado a asentarse, a durar, ninguna fuente. Este es el intento más reciente. En la esquina con Teresa Gil un pequeño edificio que, según creemos, marcó la pauta de la reconstrucción de la zona hace ya varios siglos. La tipología de huecos, dimensiones, soportales, fueron después los generales del entorno. Pasa completamente desapercibido. Hablemos entonces de los soportales. No muy bien cuidados, pero guardan unidad. Son apreciados, grandes, vistosos. Un éxito de siglos. El edificio de la Caja sustituyó a otras casas y subió la altura. La fachada forrada con chapa de piedra: era lo que hace décadas parecía que podría dar buen tono a este ámbito siempre bien valorado. Una vez más, buenas intenciones. Andando hacia la plaza Mayor pasamos ahora por la Acera de San Francisco, irreconocible en su conformación actual. A la derecha dejamos la plaza del “ochavillo”, igualmente desconfigurada. Este espacio que en tiempos fue importantísimo es hoy muy poco representativo, casi de paso. Lo olvidamos. Y en la esquina con la plaza Mayor, un edificio con arcos de piedra, en lugar de zapatas, siguiendo el modelo del Ayuntamiento. Lo proyectó el mismo Repullés. Sigue las pautas de la Casa Consistorial y el arquitecto pretendía que la plaza entera se construyese así. El edificio no está mal, aunque queda fuera de lugar. Ningún otro edificio de la plaza le siguió: otro fiasco más. Como también los de esa misma acera en estilos extraños (el montañés al fondo, también sin sitio en esta plaza). El mismo edificio del Banco Santander, proyectado por Chueca y que se tragó una pequeña calle (siempre trajinando con el callejero), cambió de cara cuando toda la plaza se quiso hacer de color rojo (almagre, como prefieren decir algunos). Una igualdad forzada, poco lógica y poco adecuada a la diversidad que encierra la plaza, pero que ciertamente gusta a mucha gente. Por lo que habrá que calificarla, en tal sentido, de éxito. La sustitución del viejo Ayuntamiento fue una pérdida que el nuevo edificio (mucho menos interesante) nunca compensó. Y delante de él, el centro mismo de la plaza, agujereado a conciencia para acoger coches. Es el centro geométrico de la ciudad. El garaje fue ampliado en un sótano más cuando ya no se hacían aparcamientos en los centros del centro. Pero ahí está. Y hoy se discute si trasladar afuera sus accesos, con lo que se lesionarían unas calles laterales que son bastante amables. Mejor, posiblemente, la plaza con sus accesos. Y eso sí: finalmente peatonal por completo. Con el Conde Ansúrez en el medio (molestando), atravesada por autobuses y taxis, haciendo ver que las mezclas de usos y de movilidades son más civilizadas que la total pureza (sólo podemos descansar en los pliegues, no en la tersura). Éxito, pues. En la plaza se perdió, innecesariamente, su condición arbolada (bien podían haberse plantado árboles fuera del área del aparcamiento: pero se prefirió el enclave más monumental). En nuestra opinión, también fracaso. Y qué decir de las luces en la noche: se aprecia la intención de poner en valor esos espacios, pero se discrepa de la solución tenebrista. Fiasco. En fin: un rosario de aciertos y fracasos cargado de buenas intenciones (muy patentes, dispersas en el tiempo y el espacio). Un tejido con algunos gozos que las sombras hacen acogedor, porque así resulta de nuestra misma pasta.

Hemos de volver la mirada atrás. Sólo un siglo y medio después de la fundación de Valladolid por Pedro Ansúrez, Alexander Hales, Alesius, enseñaba que el universo es un todo que ha de ser apreciado en su conjunto, donde las sombras contribuyen a que las luces resplandezcan, e incluso lo feo en sí resulta bello en el cuadro general (muy hábil). Según el monje franciscano, el éxito de lo bello se acomoda en el encuentro con el fracaso, lo feo, el deterioro, la ruina, los estragos. Pues bien: esta ciudad es pródiga en tales citas. Es cierto que nadie quiere la decadencia. Pero a ciertas edades el deterioro empieza a tener su gracia. Kevin Lynch escribió unos textos muy interesantes sobre el tema, precisamente poco antes de morir (el libro que los recoge se titula Echar a perder, y se publicó seis años después de haber fallecido). Para él “la decadencia y el deterioro son parte necesaria de la vida” y “hemos de aprender a valorarlos”. Otros han valorado directamente la calidad estética de las ruinas: “La belleza de las ruinas no reside en que sean un elemento del paisaje, sino en esa sensación de que lo artificial, lo artístico, se incorpora a la naturaleza. Ante ellas sentimos ese proceso de tránsito, de asimilación que la naturaleza realiza convirtiendo lo artificial en material para su creación. Así, los poetas no sólo perciben este tránsito, este reincorporarse de la materia a su primer origen, sino que incluso lo destacan” (Orozco y Rosales, en Historia y crítica de la literatura española. Siglos de oro: Barroco). Y Miguel Madera, en un exquisito artículo sobre las guías de arquitectura nos sugería, en un mismo párrafo, atender a “la melancolía de todo lo que se puede perder”, pero también “sentir los episodios de lo que fue construido, como si estuviese aconteciendo en tanto se arrambla la mirada”. Ver simultáneamente lo que será (finalmente todo ha de perderse), lo que es y lo que fue un día (lo naciente).

Valladolid fue casi sólo ruina demasiado tiempo. Pero ahora parece haber olvidado cómo se convive con la decadencia. Sólo se gusta a sí misma en lo nuevo. Y de esa forma se miente y nos miente. Pues lo suyo, más que la discutible estética de muchos de sus más recientes episodios (aunque haya otros indiscutiblemente atractivos), más parece ser ese encuentro (cortés, amable y civilizado) entre las dos instancias contrapuestas, el juego de pequeñas felicidades (ese acierto) junto a penas ligeras (ese desengaño) que pueden reconocerse entrelazadas en muchos de sus recorridos.

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