Detalles del post: Tus edificios suben como los árboles del trópico

02.03.10


Tus edificios suben como los árboles del trópico
Permalink por Saravia @ 00:37:08 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

17. La torre

Vista, desde la altura y entre la bruma, de los rascacielos de Chicago (imagen procedente de pichaus.com)

La torre es uno de los símbolos más llamativos e insensatos, pero constantes, de la ciudad. Parece que una suerte de atavismo nos impulsa a levantar torres a la menor ocasión, en cualquier espacio, desde siempre. A someter a la ciudad que queda abajo. Aquí, ya lo hemos dicho, preferimos la tensión extendida del plano horizontal a la gélida jungla de agujas de acero y vidrio, pero no queremos dejar de dar cuenta de cómo el desafío de la torre (“la torre subía enhiesta (...). La torre desafiaba las medidas prudentes”, dijo Cortázar) moviliza también a los poetas.

[Mas:]

1. Sol en San Gimignano. Las torres, en ocasiones, constituyen una fronda urbana. Y así son expresivas del ciego impulso al crecimiento. Como parte de la cautivadora explicación de Georges Bataille sobre la economía general del mundo (La parte maldita, Barcelona, Icaria, 1987), podemos leer: “Rápidamente la vida se apodera del dominio aéreo. Interesaba, en primer lugar, multiplicar la superficie de la sustancia verde de las plantas que absorbe la energía mediante la luz. La superposición del follaje en el aire amplía sensiblemente el volumen de esta sustancia. En particular, la estructura de los árboles desarrolla esa posibilidad muy por encima del nivel de las hierbas”. Y más adelante: “En cierto sentido, la actividad del hombre abre a la vida, en extensión, una posibilidad mayor, un espacio nuevo (como lo hicieron, en la naturaleza, el ramaje de los árboles o las alas de los pájaros)”. Las selvas y los bosques suben para poder crecer aún más. Y en La urbanística como fronda (Valladolid, 1990), defendíamos que las ciudades también se desarrollan como selva espesa, en todas las dimensiones y sentidos, por la misma razón: como un efecto más de la presión del crecimiento.

Sea por lo que fuera, hay un skyline de rascacielos agregados que caracteriza muchas de las ciudades modernas, y que es soñado por todas. O por casi todas. Son una nueva fronda: “Tus edificios suben como los árboles del trópico”, decía Pellicer. Y remataba la comparación: “Ciudad rica de tiempo, maestra aparatosa, / tu otoño es un deshojamiento / de ventanas en los rascacielos”. Al elevarse las torres parecen responder al “puro don de la altura”, que señalaba Aleixandre; y por eso las escaleras de los rascacielos, como las desván, no bajan, sino suben: “la escalera del desván, más empinada, más tosca, se sube siempre” (Bachelard). Desde abajo asistimos a la competencia, rivalidad y lucha entre los edificios de las corporaciones por llegar más alto, como si de un juego se tratase. Pero el sol (“la fuente y la esencia de nuestra riqueza se encuentra en la radiación del sol, la cual dispensa energía –riqueza- sin contrapartida. El sol da sin recibir”, seguía Bataille); pero el sol, decíamos, continúa llegando generosamente a las torres medievales de San Gimignano como llega también a la fronda de cristal de La Défense de París.

2. Falos de erección precipitada. Las torres miran, desde las alturas, hacia abajo. Porque son expresivas del poder. Quien las construye, quien las construyó, nos las presenta como luces, como faros que iluminan la ciudad. Pero son ante todo testimonios de su poder y grandeza: “Torres como llamas, rascacielos que iluminan la tarde” (Winétt de Rokha). Nos dejan, abajo, sometidos como niños. Y nos parecen tan grandes como gigantes: “La ciudad se da baños en la tarde. / Le contemplo las piernas, / las torres de los rascacielos, / impúdicamente sumergidas en la piscina del aire” (Alberto Hidalgo). Aunque ciertamente, sus dueños ya no son héroes. Gente poderosa, pero floja, ni siquiera capaz de subir a pie las escaleras que llevan a lo alto: “Los edificios no tienen en la ciudad más que una altura exterior. Los ascensores destruyen los heroísmos de la escalera”. Y aunque se nos presentan como hechos aristocráticos, generalmente se trata de edificios sin pasado. Y ya sabemos: “La torre es obra de otro siglo. Sin pasado, no es nada. Una torre nueva es algo irrisorio” (estas últimas citas corresponden, nuevamente, a Bachelard).

Pero nos dan sometimiento, al fin. Y por lo tanto quieren que veamos las torres como si fueran falos. Falos, sí; pero nerviosos y atolondrados: “Yo dudo que aun en esta ciudad de sensualismo, existan falos más llamativos, y de una erección más precipitada, que la de los badajos del `campanile´ de San Marcos”, afirmó Girondo de Venecia. Nerviosos y atolondrados como árboles (y ahora repetimos la comparación), pues “el árbol y el falo / no conocen la resurrección, / nacen y decrecen con la media luna / y el incendio del azufre solar” (Lezama Lima). Quieren consolidar sometimiento, pero sólo aseguran el fracaso. Una bancarrota general: “Casas de 50 pisos, / ….. / ….. / ….. / y dolor, dolor, dolor!...” (Luis Cardoza). Y una frustración personal: “La torre semeja, sobre el pueblo / sin ilusión y sin sentido, mi fracaso” (Juan Ramón Jiménez).

3. Los dioses y los extraterrestres. Las torres se levantan mirando hacia arriba. Porque son expresivas de la altivez, el orgullo, la soberbia quizá. Signos de la audacia humana (“en la bruma se espesa con su audacia la torre”: Guillén); pero señales también de estupidez: de “la estúpida altivez de rascacielos” (Marita Troiano). Al parecer, sus promotores quieren ser como dioses. Se enfrentan a los vientos (las altas torres “desafían el poder” del huracán, escribió Bécquer), para llegar al cielo: “En la terraza / de un rascacielos altísimo y amargo / pude tocar la bóveda nocturna” (Neruda). Bachelard, de hecho, entendía que las torres se relacionan con las “almas que creen en el cielo”. O por lo menos, más modestamente, en los extraterrestres: “Las torres más altas / lucen reclamos para los habitantes / de los otros planetas” (Magda Portal).

4. De Tennyson a Cernuda. ¿Tienen sentido las altas torres, sea por la fronda, por el poder o los cielos? Muchos lo dudan. Los rascacielos, para Rosario Castellanos, son “los colmenares rubios donde los hombres nacen, / trabajan, se enriquecen y se pudren / sin preguntarse nunca para qué todo esto”. Pero otros se limitan a comparar la vida en las alturas con la vida abajo. Como hizo Alfred Tennyson (“¿qué gozo hay en la altura?”, preguntaba displicente en “La princesa”). O como Luis Cernuda, a quien podría parafrasearse su poema “Unos cuerpos son como flores”, haciendo protagonista a la ciudad. Pues es cierto que la ciudad se agita en todas direcciones, que sueña con libertades y que, para su crecimiento, algunas se desarrollan hacia lo alto, “compitiendo con el viento” y movidas “por ambiciones o por nubes”. Pero, como él mismo también sugiere, preferimos las ciudades que se ofrecen “para ser pisadas”, para ser “piedra en el camino de nadie”, a las que nos contemplan desde las alturas.

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