Detalles del post: Elogio de la no-belleza

17.04.10


Elogio de la no-belleza
Permalink por Saravia @ 10:57:08 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

50. Los otros

Vista aérea de Le Havre, Francia (imagen procedente de wikipedia.org)

La ciudad es también el lugar de los otros. Asumir esta condición supone, por de pronto, ver a los otros (ver sus rostros desnudos, respetarlos, promover recorridos que nos lleven a todos); acoger a los otros (es decir: hospitalidad y responsabilidad, hacer sitio); incluso ser los otros (en su identidad, en su lengua, en sus horizontes, en sus imágenes).

[Mas:]

Acoger a los otros

Quizá haya sido Derrida quien ha hablado con más determinación sobre la hospitalidad en los últimos tiempos. Porque “todos somos responsables de todo, sobre todo del ser humano y yo más que nadie” (una cita de Los hermanos Karamazov que al filósofo francés le gustaba repetir con frecuencia) estamos obligados a la hospitalidad. Y a sus leyes propias. Por un lado estamos obligados a “la ley incondicional de la hospitalidad ilimitada”, y por otro a estructurar y formalizar esa acogida en normas legales. Ambas figuras de la hospitalidad “se reclaman una a la otra, de modo desconcertante”. En efecto, "no hay cultura ni vínculo social sin un principio de hospitalidad (que) ordena, hace incluso deseable una acogida sin reserva ni cálculo”. Pero a la vez necesitamos, para hacerlo efectivo, definir las “condiciones” de esa acogida incondicional que transforman el don en contrato, la apertura en pacto. Eso sí, conscientes de lo fundamental: “Calcular los riesgos, sí, pero no cerrar la puerta a lo incalculable, es decir, al porvenir y al extranjero, he aquí la doble ley de la hospitalidad”.

Porque la hospitalidad es un arte y una poética. ¿Se debe preguntar su nombre a quien llega a la casa, hay que acogerlo sin preguntas? “Una vez más –sigue diciendo Derrida-, la decisión se toma en el corazón de lo que parece un absurdo, lo imposible mismo (una antinomia, una tensión entre dos leyes igualmente imperativas pero sin oposición). La hospitalidad pura consiste en acoger al arribante antes de ponerle condiciones, antes de saber y de pedirle o preguntarle lo que sea, ya sea un nombre o ya sean unos `papeles´ de identidad. Pero también supone que nos dirijamos a él, singularmente, que lo llamemos, pues, y le reconozcamos un nombre propio: `¿Cómo te llamas?´. La hospitalidad consiste en hacer todo lo posible para dirigirse al otro, para otorgarle, incluso preguntarle su nombre, evitando que esta pregunta se convierta en una `condición´, una inquisición policial, un fichaje o un simple control de fronteras. Diferencia a la vez sutil y fundamental, cuestión que se plantea en el umbral del `en casa´, y en el umbral entre dos inflexiones. Un arte y una poética, pero toda una política depende de ello, toda una ética se decide ahí”. Consecuencias para el urbanismo: la aplicación efectiva del título de Benjamin R. Barber: Un lugar para todos. Abrir fronteras, desarrollar la hospitalidad efectiva en las ciudades.

Ver a los otros

Vayamos ahora con Lévinas, “el filósofo del otro”. Y también el filósofo del rostro. Para él la noción de respeto describe la mirada: “el respeto es la mirada”. Ver, sobre todo, el rostro de los demás. El rostro desnudo que sólo con su presencia nos da la orden en que consiste su palabra primera: “No me dejarás morir solo”. Y ya que por la vista “estamos con los otros”, pues se trata de “una relación transitiva”, extraemos algunas consecuencias directas para el urbanismo: la primera, que frente a la promoción de “barreras de honorabilidad” en el diseño del viario (las que reclaman evitar las zonas incómodas para la mirada), favorecer su acceso, crear recorridos que lleven a atravesarlas. La segunda, eludir la creación de largas distancias entre las miradas (evitar, en el plano, las enormes superficies que nos reducen a un punto lejano; y en las alturas, los altos edificios que difuminan los rasgos).

Ser los otros

Somos otros (“¿Sobre qué muerto estoy yo vivo?”, se pregunta Fernández Retamar; “los otros todos que nosotros somos”, escribe Octavio Paz). Porque nos ven y nos recuerdan (y también nos olvidan): “En los ojos de extraños se fundó su memoria”, dijo Luis Muñoz. “Sentir que el sentimiento de los otros es nuestro; / mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha, / ¿no es esto ser feliz pese a la muerte?”, dijo Celaya. Ser los otros, buscando la “fusión de horizontes” que estableció Gadamer, definiendo objetivos según la “acción comunicativa” que trabajó Habermas (ver caps. 3º y 4º de La inclusión del otro, Paidós, Barcelona, 1999). Nos conviene interurbanizar, tomar modelo unos de otros, todos de todos, porque la modernidad nunca tiene un solo origen ni una sola dirección. Lo que supone convivir con múltiples formas, en todos los campos, que con frecuencia no entendemos, que muchas veces no nos son queridas, no nos resultan bellas o atractivas. Necesitamos, en todos los campos, realizar una inmensa tarea de traducción. “Tanto en el terreno político como en el terreno de la traducción poética o filosófica, el acontecimiento que hay que inventar es un acontecimiento de traducción. No de traducción en la homogeneidad unívoca, sino en el encuentro de idiomas que concuerdan, que se aceptan sin renunciar en la mayor medida posible a su singularidad” (Derrida). Maalouf, respecto a la lengua, propone un patrón curioso e interesante: “Una acción deliberada que consolide la diversidad lingüística (…). Es obvio que, hoy, todo el mundo necesita tres idiomas. El primero es el que forma parte de su identidad, el tercero, el inglés. Entre ambos, es imprescindible fomentar el conocimiento de un segundo idioma, libremente elegido”. Este último sería “la lengua del corazón, la lengua elegida, la lengua adoptiva, la lengua amada” (Amin Maalouf, Identidades asesinas, Madrid, Alianza, 1998).

Necesitamos en la ciudad “símbolos visibles” de que se asume la diversidad (de manera que cada ciudadano pueda identificarse con lo que ve a su alrededor, pueda reconocerse en la imagen” de la ciudad en que vive y “se sienta movido a implicarse” en ella (Maalouf, de nuevo). Tiene que haber alguna forma urbana, alguna fórmula equivalente al ofrecimiento del vino a los recién llegados que nos recomendaban Homero, Lucano o Apolonio. Pese a los riesgos que nos contaron Pasolini o Klossowski, abrirse al otro. Componer nuestra identidad con la suya. Porque, en último término, no somos raíces, sino camino. Acabemos estas notas nuevamente con Maalouf (ahora en una larga cita del arranque de Orígenes, Madrid, Alianza, 2004): “Otros habrían hablado de `raíces´… No me gusta la palabra `raíces´, y menos aún me gusta la imagen. Las raíces se entierran en el suelo, se retuercen entre el barro, prosperan en las tinieblas; tienen al árbol cautivo desde que nace y lo nutren a cambio de u chantaje: `Si te liberas, te mueres!´. A los árboles no les queda más remedio que resignarse, necesitan tener raíces; los hombres, no. Respiramos la luz, codiciamos el cielo, y cuando nos hundimos en la tierra es para pudrirnos (…). Los pies sólo nos sirven para andar. Lo único que nos importa son los caminos. Ellos (…) nos prometen, nos transportan, nos impulsan y, luego, nos abandonan. Y entonces nos morimos, igual que nacimos, a la vera de un camino que no habíamos escogido”. Transitado por otros, donde nos encontramos con los otros.

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