Detalles del post: Un sentimiento cadavérico

18.07.10


Un sentimiento cadavérico
Permalink por Saravia @ 23:18:50 en Valladolid -> Bitácora: Plaza

Reflexiones más o menos metafísicas a propósito de Lo sagrado hecho real

Imagen de la inauguración de la exposición en Valladolid (foto de Henar Sastre, publicada en nortecastilla.es)

La exposición (“Lo sagrado hecho real”, Museo Nacional Colegio de San Gregorio, Valladolid, julio-septiembre 2010) te asalta por la espalda. Entras tranquilo y al minuto estás rodeado por una tenebrosa atmósfera de negros y sombras en torno a cristos, jesuitas y magdalenas. Sangre, coágulos, dolor, torturas. Y muertos, muchos muertos. Un aire macabro (en un montaje exquisito, todo hay que decirlo) que nos ha sumido en graves y profundas (profundísimas) meditaciones.

[Mas:]

Si a cada paso viésemos cadáveres desarrollar cualquier trabajo sería poco menos que imposible. O al menos difícil. Admitamos, por sintetizar, que la imagen de la muerte desanima (nunca mejor dicho). Por eso desde hace ya bastantes generaciones nos hemos preocupado de quitarlos de la vista, hemos construido cementerios y enterramos a los muertos. Pero la vida respira con la muerte (déjennos decirlo así). Y si ésta última sale por la puerta, entrará por la ventana. Para que la ciudad pudiese oxigenarse hemos construido los parques. En ellos entra a borbotones todo lo que se proscribió en el espacio productivo. Se procura que la vegetación parezca feraz, que las aguas sean verdosas, fértiles, que haya animales, ecosistemas, sombras. Antaño las catedrales hacían de parque (concentraban los excesos, el arte, la religión, la música), y luego los parques hicieron de catedrales. ¿Dónde queda el barroco?

El barroco es cosa de jesuitas. Hay dos imágenes en la exposición, una de Ignacio de Loyola y otra de Francisco de Borja, que parece que fueran sus gerentes. Se han situado en el centro del recorrido, controlando las vidas y las muertes, las visitas y la recaudación (por cierto, es gratis). Según Maravall (La cultura del barroco), en el juego barroco se juntan la tristeza y el pesimismo, la extravagancia, la extremosidad, el suspense, la antítesis (el placer frente al dolor, la vida frente a la muerte). Por eso les encantaban las calaveras: tristes y desanimadas, ridículas y minerales, angustiosas, mensajeras de la muerte. Sabemos perfectamente (lo dijo con nitidez Juan Luis Panero) que “vivir es ver morir” (y “envejecer es eso, / empalagoso, terco olor de muerte”). Lo sabemos, vale. Pero no parece necesario recordarlo a cada paso. De ahí que la exposición evoque, en este sentido, unos ejercicios espirituales (sabemos de lo que hablamos).

Y ese es el tema. Qué cadáveres seleccionar y cómo distribuirlos. El barroco lo tenía claro: cadáveres de cristos y de santos, dispuestos en unas iglesias perfectamente ordenadas en la ciudad y sus barrios. Entre tarea y tarea, la amenaza del infierno. Y en determinadas fechas, especialmente en la llamada Semana Santa, las figuras tomaban la ciudad: qué agobio. Pero el proyecto moderno se caracteriza, según creemos, por seleccionar otras muertes (la naturaleza muriéndose a sí misma) y buscar otra forma urbana de respirarlas (el sistema verde, la red de parques y espacios culturales interconectados). De manera que encerrar las tragedias barrocas en los museos no deja de ser una forma de cumplir, al pie de la letra, el proyecto moderno. Pero, eso sí, es importante que por la noche se cierren bien las puertas de las salas: no deberíamos fiarnos.

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