Detalles del post: Un poco de Freud

10.10.10


Un poco de Freud
Permalink por Saravia @ 10:39:00 en Miscelánea -> Bitácora: Urblog

Cuando la repetición es inquietante

Vista nocturna de la Plaza de Los Luceros, de Alicante (imagen procedente de comunitatvalenciana.com)

Alicia (estudiante de Derecho) y su padre (arquitecto de izquierdas) pasean por Alicante. Cerca del hotel (Hesperia) hay un mercado muy característico (el Central). Avanzan por la avenida (Alfonso X) bajando hacia el suroeste y, paseando, llegan a una plaza circular (los Luceros). Hacen el círculo y continúan avanzando. Pero un poco más adelante, al encontrarse con un edificio familiar les asalta la sorpresa: ¿hay dos mercados iguales en esta ciudad, uno a cada lado de la avenida? Después de la sorpresa, la inquietud: ¿también dos hoteles idénticos? Inmediatamente el pánico: ¿cómo es posible que la ciudad se haya doblado?, ¿qué acontecimiento extraordinario ha podido suceder?, ¿dónde han sido trasladados?, ¿en qué planeta estamos? Finalmente, una explicación (tan plausible como vergonzante): al llegar a la plaza circular se pasaron de frenada y dieron la vuelta completa. Ya, ya: ¿dónde está el sentido de la orientación y el control del espacio que se les supone a los arquitectos? (¿o son los abogados quienes deberían tenerlo?). En efecto; la conversación debía de ser tan interesante que ninguno de los dos se dio cuenta del giro de 360º, y el sentido de la orientación tan débil que tampoco les permitió advertirlo. De ahí que se volviese al punto de partida y todo pareció doble, repetido.

[Mas:]

Naturalmente, ésta es una explicación entre otras posibles (ahí va otra: ciertamente se viajó a ese hiperespacio donde se doblan las ciudades). Pero nos interesa, en cualquier caso, el efecto producido. Pues, como nos recuerda María Bolaños (a quien debemos este acercamiento dominical a Freud) “basta la repetición mecánica y casual de hechos para que en la realidad más cotidiana se infiltre lo misterioso y complejo”. Algo secreto se desvela, algo extraño y demoníaco. Veámoslo ahora en una anécdota del propio Sigmund Freud (que relata en “Lo siniestro”): “Cierto día, al recorrer en una cálida tarde de verano las calles desiertas y desconocidas de una pequeña ciudad italiana, vine a dar a un barrio sobre cuyo carácter no puede quedar mucho tiempo en duda, pues asomadas a las ventanas de las pequeñas casas sólo se veían mujeres pintarrajeadas, de modo que me apresuré a abandonar la callejuela tomando por el primer atajo. Pero después de haber errado sin guía durante algún rato, encontréme de pronto en la misma calle, donde ya comenzaba a llamar la atención; mi apresurada retirada sólo tuvo por consecuencia que, después de un nuevo rodeo, vine a dar allí por tercera vez. Mas entonces se apoderó de mí un sentimiento que sólo podría calificar de siniestro, y me alegré cuando, renunciando a mis exploraciones, volví a encontrar la plaza de la cual había partido”.

Desde luego le inquietaba lo siniestro de la repetición, de ese aparecer y reaparecer, una y otra vez, un mismo lugar que tenía vida propia y se adelantaba a sus pasos. Aunque sin duda también le intranquilizaba que aquellas mujeres “pintarrajeadas” pudiesen pensar que iba buscando algún servicio. En todo caso, Freud generaliza: “Otras situaciones que tienen en común con la precedente el retorno involuntario a un mismo lugar, aunque difieran radicalmente en otros elementos, producen, sin embargo, la misma impresión de inermidad y de lo siniestro. Por ejemplo, cuando uno se pierde, sorprendido por la niebla en una montaña boscosa, y pese a todos sus esfuerzos por encontrar un camino marcado o conocido, vuelve varias veces al mismo lugar caracterizado por un aspecto determinado. O bien cuando se yerra por una habitación desconocida y oscura, buscando la puerta o el interruptor de la luz, y se tropieza en cambio por décima vez con un mismo mueble; situación ésta que Mark Twain, aunque mediante una grotesca exageración, pudo dotar de irresistible comicidad”.

Quizá sea nuestra escasa especialización en el tema; pero ni en los manuales de psicología ambiental (que los hay), ni en los de diseño urbano aplicando pautas de esa misma ciencia (que también los hay) hemos encontrado ninguna observación sobre este asunto. Y lo cierto es que sería bien sencillo aplicar el juego que se encontró Freud en Italia y nosotros en la Comunidad Valenciana: dispónganse repeticiones discontinuas en el tejido urbano de piezas, soluciones o imágenes, y se despertará en el ingenuo paseante “sin duda la sensación de lo siniestro”; una sensación tan inquietante, tan próxima al terror, incluso, que tanto recuerda “la sensación de inermidad de muchos estados oníricos”. ¿No queríais segregar adrenalina?

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