Detalles del post: Ni la muerte nos igualará

19.03.11


Ni la muerte nos igualará
Permalink por Poto @ 02:31:00 en Naufragio general del mundo urbano -> Bitácora: Náufragos

Natori

(Imagen procedente de reuters.com)

1.
En La vida: instrucciones de uso, Georges Perec escribe: “Imaginemos un hombre cuya riqueza sólo se pueda comparar con su indiferencia por todo lo que la riqueza suele permitir de ordinario y cuyo deseo, mucho más orgulloso, estriba en querer abarcar, describir, agotar, no la totalidad del mundo —proyecto que se destruye con sólo enunciarse—, sino un fragmento constituido del mismo: frente a la inextricable incoherencia del mundo, se tratará entonces de llevar a cabo un programa en su totalidad, sin duda limitado, pero entero, intacto, irreductible.

[Mas:]

En otros términos, Bartlebooth decidió un día que toda su existencia quedara organizada en torno a un proyecto cuya necesidad arbitraria tuviera en sí misma su propia finalidad.”

Una vez definido este péndulo del universo vemos cómo en el desarrollo de la obra la ciudad somete su devenir al de los objetos que significan la existencia de los seres, las familias que la han habitado. En los aposentos se custodian todos los paisajes, la evocación de los viajes posibles, las miniaturas de nuestra presencia. Así, la antecámara del piso de Bartlebooth:

“Es una estancia casi vacía, amueblada sólo con unas cuantas sillas de paja, dos taburetes de tres pies provistos de un cojín rojo con flequillos y un largo diván de respaldo recto, tapizado de molesquín verdoso, como los que solían verse antaño en las salas de espera de las estaciones.

Las paredes están pintadas de blanco, el suelo está cubierto con espeso revestimiento plástico. En un gran tablero de corcho fijado a la pared del fondo están clavadas varias postales: el campo de batalla de las Pirámides, la lonja de pescado de Damiette, el antiguo muelle de los balleneros de Nantucket, el Paseo de los Ingleses de Niza, el Edificio de la Hudson’s Bay Company en Winnipeg, una puesta de sol en Cape Cod, el Pabellón de Bronce del Palacio de Verano de Pekín, una reproducción de un dibujo que representa a Pisanello ofreciendo, en un estuche, cuatro medallas de oro a Lionello d’Este, así como una esquela mortuoria ribeteada de negro.”

Conforme se eclipsan los personajes, los objetos se extinguen o dispersan, y con ellos la ciudad (al menos esa, la que cumplió su sentido con ellos). Al final:

“El jueves catorce de agosto por la noche no quedaron en toda la escalera más que la señora Moreau, velada día y noche por su enfermera y por la señora Trévins, la señorita Crespi, la señora Albin y Valène. Y cuando, al día siguiente, al final de la mañana, fue la señorita Crespi a llevarle al viejo pintor dos huevos pasados por agua y una taza de té, se lo encontró muerto.

Yacía vestido encima de la cama, plácido e hinchado, con las manos cruzadas en el pecho. Una gran tela cuadrada de más de dos metros de lado estaba arrimada junto a la ventana, reduciendo a la mitad el escaso espacio de la habitación de servicio en que había pasado la mayor parte de su vida. La tela estaba prácticamente intacta: algunas líneas al carboncillo, cuidadosamente trazadas, la dividían en cuadrados regulares, esbozo de la sección de una casa que ninguna figura vendría ya a ocupar.”

2.
En Sunset Park, Paul Auster nos presenta a Miles Heller. Tras desligarse del mundo aprendido hasta los 28 años, vive en Florida y trabaja para una empresa, al servicio de los bancos de la zona, que se encarga de vaciar las viviendas de los desahuciados que en plena crisis no pueden responder de la hipoteca. Con su cámara electrónica visa cada resto, vestigio o espectro de los espacios extirpados a sus moradores. Él mismo ha terminado allanando un inmueble desocupado, y siente la espera sobrecogida de la llamada del desalojo.

Se trata de territorios desintegrados, lugares esencialmente fiscales y por ello carentes de todo sentido, donde el derecho a la vida es una base imponible. La inesperada devaluación nos identifica con los objetos y espacios que ya no podemos sostener. Nos exiliamos juntos a la toma digital.

3.
A Rose Balestrero la hizo Vera Miles, más que (por una vez) Hitchcock. Aterrada por la arbitrariedad con la que los funcionarios policiales detienen erróneamente a su marido y fabrican con alevosía un proceso que lo conduce inexorablemente a la prisión, desfallece en el instante en que se da cuenta de su indefensión. Bajo un inmenso dolor asume la culpa de su miserable situación, de la precariedad de sus cuentas, de su infeliz sentido de lo cotidiano. Resignándose a la violencia descomunal de poder tan siniestro, se desvanece en una penumbra que la proteja del mundo hasta que la vida recobre un sentido no liquidable.

4.
Honshu. No hay fatalidad en la naturaleza. Está toda en nuestra estupidez. En ciernes el Apocalipsis, nos dicen que no es el momento de hablar de él o de su condición. Qué complicado debe de ser que los que encienden las alturas nos indiquen qué es lo que debemos pensar libremente.

Aquí no se nos mueve ni tierra, ni ánimo, ni corazón. Quizás un leve estremecimiento del índice bursátil, debido a que la reconstrucción de la vida (esos objetos perdidos entre los escombros) es perjudicial para la economía. Cuesta mucho. Demasiado.

Pero ya mandaremos algo. Mientras esa nube radiactiva se mantenga lejos.

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