Detalles del post: Dies irae.

17.08.11


Dies irae.
Permalink por Poto @ 10:23:15 en Los náufragos -> Bitácora: Náufragos

Es la mañana de la víspera de San Lorenzo en Ezcaray. Dos mujeres descuelgan los pendones de la ciudad desde la galería del templo de Santa María la Mayor, mientras una tercera las dirige a pie de plaza, centrándolos sobre la portada. La mirada sigue, y busca perderse al norte siguiendo el río Oja, entre las espinas de la Sierra de la Demanda. Porque hasta la luz limpia de agosto aquí se lava con agua de invierno: un silencio fresco, los labios de la campana como paisaje. Dianne Reeves ocupa el porche del Echaurren, donde empieza a expandirse el café. Canta “I remember” sobre un glissando virtuoso, fabricando el aire del día. Me voy traduciendo:

“Recuerdo un peso como el plomo aplastando mi esperanza, un estrépito en mi cabeza; recuerdo mi dolor, la convulsión, el extravío, caer al abismo.....y esas venecianas…”

[Mas:]

Dicen que los recuerdos no son la representación de un instante otrora vivido, sino más bien cuanto desde entonces cultivamos sobre esa experiencia. De ahí surgen los ideales, las sinapsis de color que muchas veces nos han dado un latido más hermoso que el que una vez aconteció. Quizás sea lógico dejar que se desvanezca el retorno para sobrevivir, para seguir queriendo, para abrazar por primera vez a quien antes dejamos. O para conjurar este mundo maldito de nombres propios cuya naturaleza nos empeñamos en comparar, constante y miserablemente, como si con ello ganásemos presente. Borges lo lleva al extremo en su "Funes el Memorioso", declamando la importancia del olvido:

“Lo recuerdo (no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.”

Hace un par de semanas Ricky estampó unos saludos penosos en la pantalla de mi bandeja de entrada. Todas las líneas decían Mariano. Y yo lo recuerdo, no a Ireneo Funes, sino a Mariano Coronas Castro.

No me queda nada tangible del año de vida en la Escuela de Arquitectura de la UPR (tan brusco fue mi exilio) ni siquiera aquellas crónicas en las que dediqué una referencia de nuestro deambular juntos por aulas, patios y jardines: un apunte de generación que probablemente se cuajó interesadamente en mi delirio. Siempre me faltaron las noches, quizás por eso el hecho más significativo resultó ser cierta fantasmagoría de la Divina Comedia bajo el signo de una “A” desaforada, sus piernas abiertas con más espuela que tacón, que generosa sirvió de amparo a unos seres extraordinarios. Pienso que los motivos de cada cual se irían cumpliendo mucho después, puede que conforme a aquel retrato, puede que no. Desconozco a quién hubiera podido corresponder tan morbosa constatación, si al adorado Ricky o Jorge (the body, never enough), pero debo decir que si la existencia se rige por alguna clase de cordura, de aquellos papeles no habrá quedado ni la pulpa.

De semejante diorama se fugó Mariano, para quien cuatro mil millas no eran más que una transitoria circunstancia del agua. Empeñado en remediar el previsible colapso de mi retentiva, guardó y me ofreció todos los registros necesarios para hallarme cerca del pulso de la isla (la del territorio insular y la de los cincuenta estados), sus timbres y fragancias, la vicisitud de sus arquitectos. Mariano surgió en cuanto quiso, y desde entonces jamás cesó.

La primera vez fue una inmensa sortija, alhaja en la que parecían haberse macerado todos los haces de luz imaginables, seguro de que dentro se hallaba el arco iris, tras cuyo contorno podía refractarse una sala completa sin acercar demasiado la pupila. Elemento tan singular, orbe de regiones imaginarias, no podía menos que abrir el universo que juntos recorrimos a lo largo de muchas visitas: los crepúsculos envueltos de la bahía de San Juan desde el Campo del Morro; cada detalle del azaroso Plan de Ponce en Marcha; tramar cómo sería el reconocimiento territorial de la “Última Virgen”; hilar la metodología precisa para lograr que Loíza no se desprendiese del litoral buscando su tierra firme verdadera; razonar por qué el Gurabo sprawl no se trataba de ningún baile de moda; figurarse una guía de urbanismo y arquitectura que trascendiera de los santos de una revista del corazón; saborear el esmero, propio de la primera práctica civil de la urbanización, en su plaza de Río Grande; abandonarse a cada gesto del paisaje bajo la noche de San Lorenzo, junto a la morada de Yuquiyú; perseguir sin desmayo todo posible azulejo árabe trianero pintado y esmaltado por alfareros muertos o perdidos presa de la desesperación; discutir por qué los sitios Patrimonio de la Humanidad lo son y no lo son; y hacer hogares de quesos, vinos, jamón, sin faltar (en cada aliento) la cariñosa entretela de los seres queridos.

Pronto sacarán a esta plaza la parrilla del santo que guardó la sangre, el mismo que cuida del pueblo de Mariano, su mejor samaritano, que no solo defendió la memoria sino que custodió hasta el fin esa pasión que una vez nos unió en el afán de ser arquitectos, en especial los que nos prendimos a los lugares. A pesar de todo, aun hoy.

Ahora dejo las letras en paz, y confío los sentidos a esos valles lejanos, más que estos, donde las uvas relatan alquitrán y rosas, frutas y especias, cuero y regaliz: el recuerdo que le tengo, como su ademán exuberante, pensando si quedará quien me sostenga viva la isla, quien vele una imagen de mí en la que pueda confiar.

Suena otra cosa, cuerdas. La muerte es guitarra que rasguea un aire marchito.

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Comentario de: Poto [Member]
Pido disculpas por un post tan personal. Todos lo son, obviamente. Pero resulta difícil negar que en estos casos exponer intimidad supone un lance de apropiación, algo de confiscación singular de los atributos del lugar, esta bitácora. Pudo más la voluntad de hacer honor a un urbanista honesto, cuya prematura desaparición es motivo de tristeza, y que tal honor, y su recuerdo, se suscitara aquí. Pienso que no hay mejor sitio.

Poner distancia en su evocación fue imposible. En fin, creo que ahora está a salvo. (Gracias)
URL 18.08.11 @ 17:24
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