Detalles del post: Memoria Justificativa.

09.02.12


Memoria Justificativa.
Permalink por Poto @ 11:00:42 en Naufragio general del mundo urbano -> Bitácora: Náufragos

Desnacer.

Elaboración propia.

En “La gaya ciencia”, Nietzsche interpela: ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? Lo que en el mundo había hasta ahora de más sagrado y más poderoso ha perdido su sangre bajo nuestros cuchillos.

Y así hoy, sin saber si el loco volverá a encender su farol en pleno día, para correr al mercado gritando sin cesar: "¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!". O de si hemos de regresar al calendario previo al sueño de Dionisio el Exiguo para fecharnos según no ya la fundación de una ciudad, sino de la destrucción de todas.

[Mas:]

Aconteció en ese siempre impreciso año cero (¿cuál es nuestra era?), mientras trabajábamos sobre espacios y arquitectura para quienes en definitiva los habían de ocupar, disfrutar, servirse. Había que saber cómo alguien aplicaba sus sentidos a todo ello, qué le movía dentro o fuera más allá del gusto, por dónde y por qué. Sabiendo lo que impone perseguir y preguntar, especialmente si hablamos con gesto de bata blanca, pensamos en lo que le gusta a la gente ponerse ante una cámara, sobre todo si son esas de la televisión. Hacía falta una lente amable y ojos que preguntasen bien, sobre guiones anchos y acogedores. Así que dimos con un equipo que recientemente había sido premiado por un cortometraje sobre la enfermedad de Alzheimer. Nos admiró su brillante discurso sobre el tiempo verdadero (el presente marchito) y el imaginado (la amnesia), revelado a través de manos infantiles que del papel recogían trazo y silueta, de la cartulina los recortes, y de las torres las cuñas y los tarugos, desvaneciendo las labores a su origen, regresando al blanco, ni siquiera el del papel sino al translúcido de la ventana y su visillo inmaculado, como el paisaje que entienden unos ojos mudos.

A la vez nos aplicábamos sobre otra ciudad que pedía su plano. Pequeña, con tren, de los que entre parsimonia y centralidad ejercen a ratos de tranvía. El haz de vías la partía en dos, y la Estación señalaba una inmensa trasera. En un lado ocurría todo, en tanto el otro quedaba para echar cuanto no se deseaba encontrar. Más o menos, porque la tierra y el aire nos acaban transmitiendo todo.

Se nos ocurrió que todo podía ir mejor con una historia que se leyera completa. Elevamos la ferrovía lo preciso para llegar al otro lado, sin añadir más que los avisos de que los márgenes se hallaban expeditos, y que las vistas, los recorridos y su lugar se habían multiplicado.

Pero entonces ese loco encendió su farol en pleno día, y el miedo paró la lectura y los dibujos, y toda sensación de vida. Llamó el ayuntamiento y nos dijo que se quitara todo, que se quedaran las cosas como están, porque nunca iban a poder pagarlas.

Decir “nunca” es siempre condenar a los que no conocemos, a los inocentes, a los que ni siquiera han tenido la oportunidad de saber lo que les vamos a negar. Pero en estos momentos toda consecuencia del miedo parece justificada: es válida y se permite, aunque en el fondo no se trate de una cuestión de dinero, sino de falta de pensamiento.

Estampamos los raíles donde estaban y descolgamos el horizonte. Conforme recogíamos la tierra descubierta se iba con ella todo fragmento de lo posible, las variables retinianas, la topografía y la propia sustancia del papel, como los niños y su regreso: de la amnesia al presente marchito. Esa parte ya no tendrá sitio, porque si con el dibujo pretendemos tocarla será objeto de una ley que no entiende de lo posible.

Al final nos conformamos con aislar el espacio de espera, al resguardo del documento que llamamos Memoria. Ni Informativa ni Justificativa, solo rimero de aquello que estúpidamente pensamos dará de sí algo de respiración a la tierra vana. Por si otra vez pudiera reclamarse, jugar con el tiempo, dejar la esperanza en lugar seguro. Lo que ahora parece un billete de lotería descartado. Nunca volverá a entrar, ese no.

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