La técnica de aquel Viaje a Icaria

Localización: República situada a orillas del Mediterráneo. Descripción: La capital del estado es Icara. Todo en ella está ordenado al milímetro. Y aunque sus fundadores dicen que en ella se conjuga constantemente la unidad y la variedad, los visitantes la consideran bastante monótona. Hay una plaza central, llena de árboles, en cuyo interior surge un palacio con un enorme y hermoso jardín, sobre una alta terraza donde se alza una columna coronada por una estatua colosal (de Ícaro, por supuesto). En cada ribera, un muelle colmado de monumentos públicos. Los establos, hospitales, panaderías, fábricas y depósitos se sitúan a las afueras de la ciudad, mientras que las viviendas se colocan en el centro. Y todas las casas, de cuatro pisos como máximo, tienen balcones y jardines privados. Cada barrio lleva el nombre de una de las 60 principales ciudades del mundo antiguo y moderno, y en sus casas y monumentos se recuerda de alguna forma a esas mismas ciudades. Informador: Étienne Cabet, en Voyage en Icarie (París, 1840; hay edición facsímil de la de 1842 –por cierto: 603 páginas- en París, Ressources, 1979). Otros textos que deben consultarse para tener una imagen completa son, del mismo autor, Le communisme icarien, e Icaries practiqués, ambos publicados en la década de 1840. Tema: Contratar a los mejores arquitectos del momento.
La fortuna de las escaleras exteriores

De la ciudad libanesa-fenicia-bíblica de Sidón podemos aprender, en principio, siete cosas. La primera: que, como los acordeones, las ciudades crecen y decrecen con los tiempos; algunas llegan a desaparecer y otras renacen, con un ritmo propio. Sidón fue una de las mayores ciudades de la antigüedad, alabada por Homero, impulsora (y luego competidora) de Tiro, con la que formó el tándem básico de la civilización fenicia, pero después se desinfló tanto que en su historia pasó por varios periodos de indigencia. A principios del siglo XX contaba tan sólo con 10.000 habitantes. Hoy tiene en torno a 200.000 vecinos.
Una escalofriante “despedida” que nos contaba Saramago

Hay algo que no funciona en el relato de José Saramago sobre “La despedida de Jerónimo Melrinho” (publicado en Natura, suplemento de El Mundo, 11 de noviembre de 2006). O, mejor dicho, que actúa por medio del escalofrío, a través de la punzada que provoca una situación tan inverosímil y confusa como áspera. Probablemente lo que pretendía el autor era ese impacto emocional. Y lo consigue, sin duda, con la imagen evocada. Pero no conviene equivocarse.
La piel marrón de Bafoussam

Esta imagen es de la ciudad es Bafoussam, centro de la provincia occidental de Camerún donde se cultiva, principalmente, café, tabaco y té. Cuenta con más de 240.000 habitantes. De ella nos ha llamado la atención el intenso color de su terreno base, de la materia misma que conforma la mayor parte de sus calles, aún sin cubrir por las capas de la urbanización estándar. La totalidad es aún más llamativa. En esta foto aérea se aprecia el aspecto general del conjunto urbano asentado sobre la piel marrón de la tierra. Impresiona. Y la acompañamos de la música del malí Ballaké Sissoko.
Las propuestas urbanas de Fourier

Localización: La ciudad de Harmonía se localizaba cerca de Bruselas o de Lausana (no está completamente claro). Descripción: Había una gran edificación central, llamada falansterio, con capacidad para unas 1500-1800 personas. Allí se contaba con todo lo necesario para disfrutar de la vida. Pero bajo un orden implacable. Todas las edificaciones respondían a un plan minucioso y unas ordenanzas rigurosas. En la ciudad “del sexto periodo” (el calendario era muy complicado) se distinguían tres ámbitos: un núcleo central, un anillo de “barrios periféricos” y grandes fábricas, y otro exterior con “las avenidas y barrios suburbanos”. Estos tres ámbitos estaban separados por “setos, césped y plantaciones que no deben ocultar la perspectiva”. Todas las casas del centro dedicaban a “patios y jardines” el 50% del solar; una proporción de espacios libres que en los sucesivos anillos aumentaba al doble y al triple, respectivamente. Entre dos edificios enfrentados debía haber una distancia mínima de unos 12 m. También existían normas sobre los muros de cierre de parcelas, las alturas de las edificaciones, los tipos de cubierta, y muchas más (incluso se preveían normas pormenorizadas “para evitar los fraudes sobre la altura real, como las buhardillas y pisos disimulados”). Respecto al plano, se decía que "las calles deberán dar a paisajes campestres o a monumentos de arquitectura pública o privada; se desterrará el monótono reticulado (…). En mitad de las calles se plantarán árboles, distintos en cada una de ellas”. También se regulaban minuciosamente, como era de esperar, las características del antes citado falansterio (“el edificio en el que se aloja una falange”) y de los “seristerios” (lugares de reunión para el desarrollo de las Series pasionales”). Informador: Charles Fourier, en su Teoría de los Cuatro Movimientos (Barcelona, Barral, 1974; or. francés de París, 1808); pero también en El nuevo mundo amoroso (hay ed. esp. en Madrid, Fundamentos, 1975), o en La armonía pasional del Nuevo Mundo (Madrid, Taurus, 1973). Tema: finalmente, democratizar el confort.
Un camino de andar, ancho y arbolado, entre los puentes de Simancas y Cabezón, como parte de la reconsideración de la movilidad en el entorno de Valladolid

Como sabemos, la movilidad en el entorno de Valladolid debe reconsiderarse de arriba abajo. Para lo cual convendría tener una visión de conjunto y empezar el cambio con algunas propuestas, no muchas, claras y sencillas, razonables y factibles, que se pudieran asumir con gusto por la mayoría de la población. Entre ellas, pensamos que la recuperación del paseo originario del territorio vallisoletano, constituido entre los puentes de Simancas y Cabezón, ambos peatonalizados (uno ya lo está, otro lo estará pronto), sería uno de los puntos de partida más interesantes. Aunque no el único.
Un paseo en el Country Club de Nova Friburgo

Nova Friburgo es una ciudad brasileña del estado de Río de Janeiro, que cuenta con unos 180.000 habitantes. La fundaron inmigrantes suizos (de ahí su nombre) a principios del siglo XIX, y en la actualidad se dedica preferentemente al turismo y a la producción de lencería y flores.
Esos músicos de la calle
Con los músicos callejeros se pone de manifiesto, una vez más, el conflicto entre los que residen y los que pasan. Dicho en forma grandilocuente, entre sedentarios y nómadas. A estos últimos nos gusta casi siempre encontrar en una esquina o un recodo de las calles algún músico que ameniza (que musicaliza) el recorrido. Pero quienes oyen una y otra vez el mismo (y con frecuencia mínimo) repertorio no suelen ser de la misma opinión. ¿Qué hacer?
Actualidad de la “servidumbre de luces y vistas” del Código Civil español

La configuración de algunas zonas urbanas, como la que ilustra la imagen (pertenece al nuevo barrio de Havneholmen, en Copenhague), donde los interiores están a la vista y casi a la mano, invita a reconsiderar la regulación de este asunto en España, tanto en el vigente Código Civil (Sección 5ª, cap. II del Título VII: De las servidumbres) como en otros ordenamientos civiles y en buena parte de las normas y ordenanzas incluidas en el planeamiento urbanístico. Para repasar la situación actual y las interpretaciones jurídicas más habituales nos va a ser muy útil el libro de Ascensión Leciñena Ibarra, Código Civil y planeamiento urbanístico en la actual ordenación de luces y vistas (Valencia, Tirant lo Blanch, 2006).
54. La ciudad, finalmente

La ciudad no es todo, pero es mucho. “Buenos Aires crecía en las orillas. / Era la gran usina, el túnel gigantesco, / también la rata súbita, la tímida paloma, / la ganzúa, el prostíbulo, la calle, el rascacielo / y el pan para mis manos de araña en los tranvías” (Portogalo). Desde luego, todo lo atraviesa: “Ciudad que todo lo atraviesa, como un sendero de verano, / lleno de flores y de pájaros, como un beso profundo” (Paul Éluard). Mecanismo complejo, multiplicador infinito de las relaciones. Entre el suelo y el cielo, las casas y las calles, las ventanas y los transeúntes, también entre caballos y palmeras, aunque parezca mentira: “Esta ciudad es de mentira. / No puede ser que las palmeras se doblen / a acariciar la crin de los caballos” (Benedetti). Pero se doblan. Tanta es su densidad, tanta la trabazón, que algunos sólo somos capaces, como ciertos taxistas, de manejarnos por los bordes. “Discúlpeme, / la ciudad es muy grande, sólo / manejo por las orillas” (Olvido García Valdés). El planeamiento urbano debería hacerse, estamos convencidos, con ese espíritu de taxista. Es demasiada su vivacidad. Cada día visitan a la ciudad “los acontecimientos y las estrellas, / y acaso una canción sin nombre / o el nombre milenario de una canción” (Winétt de Rokha - Luisa Anabalón).
53. La pasión amorosa

La ciudad ofrece múltiples lugares. También para el amor: Ángel González hace una buena reseña en el poema titulado “Inventario de lugares propicios al amor” (de su Tratado de urbanismo). Pero los ofrece sin proponérselo; pues se trata de una circunstancia que no ha merecido la atención de los urbanistas. Al parecer, su (nuestro) escaso arte no da para dibujos, y los amantes urbanos han de buscarse la vida en los intersticios de un orden casi siempre seco y tantas veces destemplado, que los ignora. Casi mejor.
46. La habitación, el cuarto

Las habitaciones de la casa tienen su propia poética. Aun desnudas de cualquier mueble, las habitaciones nos hablan. “Sonreído va el sol / por la pared” (Guillén), y es suficiente el gesto para sentir el mundo en movimiento. Pero no sabemos a qué carta quedarnos: la plenitud del centro donde estamos (“Hacia mi compañía / la habitación converge”: otra vez Guillén), o esa ausencia que nos disuelve y arrebata (“Aléjate, memoria de pared”: Olga Orozco).
50. Los otros

La ciudad es también el lugar de los otros. Asumir esta condición supone, por de pronto, ver a los otros (ver sus rostros desnudos, respetarlos, promover recorridos que nos lleven a todos); acoger a los otros (es decir: hospitalidad y responsabilidad, hacer sitio); incluso ser los otros (en su identidad, en su lengua, en sus horizontes, en sus imágenes).
51. Poderes terrenales

Si el poder es grande y poderoso, quema y arrasa. Pudre inevitablemente la civilización. Destroza los valores propios de la democracia y la cultura. Y si la ciudad ampara y acompaña su despliegue, se torna en cárcel. Por eso es tan conveniente contraponer poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, desde luego; mas también el del mercado y el de la protección social, por ejemplo. Y muchos más. Pero quizá podamos entender mejor lo que decimos si hacemos uso, por una vez, de la música. Dijimos que la ciudad alegre y confiada podía semejar una sinfonía. Pero el poder prefiere marchas y fanfarrias, necesita himnos. Sean los estados o las iglesias, los príncipes o las olimpiadas, las universidades o los ejércitos; cualquier grupo empresarial de tinte imperialista quiere tener su himno propio. ¿Para qué sirve el himno de un equipo de fútbol, si no es para enardecer los corazones? ¿Para qué esa hinchazón de patriotismo? Himnos del Gran Poder no, por favor. Preferimos una ciudad poblada de pequeños poderes y múltiples contrapoderes. Plural, compleja, sin pretensiones imperiales. Simplemente sentada en el muelle de su bahía, haciendo de ella un hogar común para las soledades.
48. El ciclo de la vida

Recordemos a Levy-Strauss (en Tristes Trópicos): “No es de manera metafórica como se tiene derecho a comparar una ciudad con una sinfonía”. Y veamos cómo insistía en la comparación: “Son objetos de la misma naturaleza. Más preciosa quizá todavía, la ciudad se sitúa en la confluencia entre la naturaleza y el artificio”. Estamos con él. Sin duda, la ciudad es una sinfonía. Y la ciudad como su nombre tendrá que ser (así nos lo hemos prometido) la 9ª de Beethoven. ¿Quién da más?
24. Las obras

Las obras se ejecutan a la intemperie: ésa es su atmósfera. Se hacen precisamente para que el raso se transforme, una vez más, en morada, lumbre. Y aunque tienen su propio orden son, para los demás, desorden. Interrumpen la vida cotidiana, distorsionan los hábitos, introducen tensión, incertidumbre. Con una variable sensación de pérdida. Dan vida (algo nace con ellas), dan muerte (algo se acaba para siempre). Pero son tan necesarias como la lluvia. En su justa medida (cuidado con las inundaciones) habría que hacer obras aunque sólo fuese por hacerlas.
39. Los polígonos
Un polígono industrial: qué duro. Ni los mejores llegan a ser amables cuando se ponen en marcha. Pero tampoco consiguen ser buenos en sus inicios los polígonos residenciales. Sólo la insistencia de la gente, en unos y en otros, les acababa confiriendo (con el tiempo, con mucho tiempo) humanidad, profundidad, algo de calor y cordura.
Toldos en las calles

Hay de todo: toldos verdes en los balcones y capotas anaranjadas en muchos locales de la planta baja, grandes sombrillas de rayas en las cafeterías y muchas más de mil colores en las playas, patios cubiertos con marquesinas y pérgolas textiles de tonos ocres, estores y cortinas crema delante de las ventanas, lonas blancas cubriendo algunas calles y carpas en los jardines (aún más inmaculadas) para cubrir algunos acontecimientos. Nos cuenta Forster la admiración que suscitaban en muchos escritores árabes medievales los toldos de seda verde que cubrían la Vía Canópica de Alejandría. Y es lógico: la arquitectura textil tiene un singular atractivo.
36. El lugar

El lugar lo haces tú: lo dijo Goethe. Y contigo el agua, la vegetación, la tierra, el cielo. Y a veces las truchas. Haciéndote compañía y provocando a los músicos y a los poetas. Pero de esos elementos que te acompañan nos interesa especialmente el juego de lo que se mueve siempre y siempre se aleja, frente a lo que está fijo, enraizado y fiel: el río y el árbol. Ahí está, o así lo creemos, la suerte del lugar.
21. La escuela, la biblioteca, el museo

La escuela, que tantas veces ha sido capaz de hacer, ella sola, la ciudad, se despliega en (lentas y breves) aulas y patios: “patios de juegos breves, aulas de lentas horas” (Oswaldo Rossler). Allí bullicio y futuro, esperanza y alegría (al menos así lo vemos los mayores, los niños no tanto).
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Para las asignaturas de “Planeamiento de Nuevas Áreas” y “Gestión y ejecución del planeamiento” de la Escuela de Arquitectura de Valladolid
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