Detalles del post: Decálogo para evitar la ciudad enferma

01.04.08


Decálogo para evitar la ciudad enferma
Permalink por Saravia @ 04:29:05 en Lecciones -> Bitácora: Mundos

Guión de la séptima clase de teoría del curso 2007-2008 (1 de abril de 2008), sobre el urbanismo y el derecho a la salud

Un edificio enfermo: la Torre Marenostrum (proyecto de Enric Miralles, puesto en funcionamiento en 2006. Foto procedente de arqhoy.blogspot.com)

Es significativo ver cómo se están reproduciendo ahora discusiones que parecían pertenecer al pasado histórico del urbanismo. La salubridad constituye el otro gran tema histórico del urbanismo, junto con la seguridad y el ornato. Era una obsesión al decidir el emplazamiento de las ciudades, y también al establecer en ellas las redes higiénicas o los parques (la oxigenación de la ciudad), e incluso al llevar el higienismo público al centro del diseño urbano (siglos XVIII a XX). Hoy la denominación de “ciudades saludables” (con sus organizaciones y congresos) sintetiza la reaparición en tromba de estas preocupaciones.

[Mas:]

El derecho a la salud está reconocido en el artículo 25 de la Declaración de 1948. Salud significa (según la Organización Mundial de la Salud), en principio, el completo bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de afecciones o enfermedades. Pero más allá de esta utópica definición (sólo el 10% de la población mundial estaría sana) puede entenderse el derecho a la salud como la garantía de los más altos niveles de bienestar y capacidad de funcionamiento que permitan los factores sociales en los que cada uno vive. Si la salud no es un derecho a lo máximo ni a lo mínimo, sino a lo posible en cada lugar, ¿en relación a qué se mide o refiere el nivel adecuado?

Consideraciones previas. Salud y enfermedad forman un proceso continuo: en un extremo la muerte prematura (muchas veces prevenible), y en el otro un buen nivel de salud. Repetimos: la separación entre salud y enfermedad no es absoluta. Es muy difícil distinguir lo normal de lo patológico. Más fácil es medir diferencias cuando se trata de comparar posibilidades de intervenir. Mientras que en los países en vías de desarrollo la salud empezaría a conseguirse atendiendo a sus necesidades de alimentación, infecciones, vivienda, trabajo y, en definitiva, sus problemas económicos (todo converge en la pobreza), en los países desarrollados la salud se consigue previniendo los efectos secundarios de la riqueza: la obesidad, la ausencia de ejercicio físico, las enfermedades cardiovasculares, la epidemia mundial de tabaquismo, la depresión, los accidentes de tráfico. (Ver Carta de Ottawa).

El imperativo tecnológico, según el cual "todo lo que (tecnológicamente) pueda hacerse, debe hacerse" (con lo que se supone que "es lícito"), excediendo cualquier límite (terapéutico, deontológico), y convirtiendo, en numerosos casos, en una deformación exagerada y sin sentido del proceso de morir, en una cruel e irracional agonía de pacientes que están más allá de toda posibilidad actual de curación (obstinación o “encarnizamiento médico”), es extraordinariamente problemático y está en el centro de los debates morales de nuestro tiempo. Cuidado con esa fe ingenua que todo lo confía a la tecnología.

La dignidad y la autonomía personal: el paciente es el agente principal, responsable de salvaguardar su propia vida y promover su salud; el médico es el profesional que colabora con él para ayudarlo a prevenir la enfermedad, a curarla, rehabilitarle sus capacidades o asistirle al morir. Pero un problema hasta ahora inédito se abre paso: ¿se debe dar servicio a quien no “cumple” con su propio esfuerzo? Por ejemplo, ¿se atiende en el hospital a quien no deja de fumar? Las opiniones son mayoritariamente favorables a este planteamiento. Y bienestar físico, frente a la enfermedad. Últimamente se advierte de la importancia de las intervenciones deben prestar una atención especial a aquellos segmentos de la población considerados más vulnerables: niños, población de renta baja y personas discapacitadas. (Ver DF" target="_blank">Estrategia europea de medio ambiente y salud; y Estrategia sobre medio ambiente urbano).

1. Cuidar los materiales y las emisiones contaminantes en lugares y edificios. Se trata, en primer lugar, de considerar el ambiente urbano y el de la edificación. Enfermedades derivadas de la disposición urbana y arquitectónica adoptada, y de los materiales con que se construye. Recordemos la preocupación por situar las ciudades en lugares saludables (vientos, aires, aguas limpias, etc.), y, al contrario, por desecar lagunas (hasta hace bien poco), enterrar ríos, etc. Pero también tiene que ver con otras enfermedades antaño insospechadas. Y no sólo por el emplazamiento decidido, sino por el trazado urbano. Una enfermedad moderna, por ejemplo: la obesidad: “el urbanismo debe contribuir” a evitar la obesidad (lo dice la Universidad Complutense de Madrid). Sobre materiales: el asbesto, que ha sido extensamente usado en la construcción, se desintegra con el tiempo y dispersa en el aire. Puede derivar en cáncer pulmonar y por ello es hoy el origen de un amplísimo dispositivo de sustitución de edificios o componentes en los barrios de las décadas centrales del siglo 20.

Las emisiones, tanto de agentes contaminadores, al cocinar con gas o por la calefacción, que causan enfermedades respiratorias en los niños; o de productos de la limpieza y solventes, por los que la concentración de compuestos volátiles orgánicos (VOCs) en el aire del interior son a menudo considerablemente más altos que al aire libre. Algunos de ellos son cancerígenos. La humedad de la edificación: un factor de riesgo importante para las enfermedades respiratorias (irritaciones de garganta y ojos, alergias, síntomas respiratorios, asma, afecta incluso a la función pulmonar), también contribuye a la depresión, la fatiga, el dolor de cabeza, el vértigo y las dificultades de concentración. La deficiente calefacción: se atribuye cierto número de muertes prematuras. También (lo vimos hace pocos veranos) los problemas del exceso de calor, los golpes de calor en las ciudades.

2. Extremar las precauciones en edificios potencialmente enfermos y en los ámbitos subterráneos. Dentro de este mismo capítulo habría que hablar, obviamente, de los edificios enfermos. Suelen obedecer a una serie de características comunes: equipados con aire acondicionado, con sistema de ventilación forzada común a todo el edificio y recirculación parcial del aire, recubiertos interiormente con material textil, herméticos, sin ventanas practicables, que se mantienen relativamente calientes, etc.). Provocan irritaciones de ojos, nariz y garganta, respiración dificultosa, náuseas, vértigos, dolor de cabeza, fatiga mental (va a ser eso), erupciones cutáneas, etc. Aquí va un cuestionario para su detección. Unos ámbitos problemáticos, en este sentido: los espacios subterráneos, con algunas patologías semejantes a las de los edificios enfermos.

Hay síntomas de nueva concienciación en este campo. Desde luego, es muy llamativa la lucha contra el tabaquismo. También se toma conciencia sobre las deficiencias sanitarias del ambiente urbano y la necesidad de prevención. Por ejemplo, en el asunto de las antenas. Campos electromagnéticos (relación salud y medio ambiente y riesgo) Los campos electromagnéticos (CEM) de todas las frecuencias constituyen una de las influencias del entorno más comunes y de crecimiento más rápido sobre las que existe una creciente ansiedad. Hoy en día, todas las poblaciones del mundo están expuestas a CEM en mayor o menor grado, y conforme avance la tecnología el grado de exposición continuará creciendo. principio de cautela. (Puede verse una página web preocupada por el asunto, aquí; y otra para la que no pasa nada, tranquilos, pibes: aquí).

3. Evitar la propagación de enfermedades (el sentido de los filtros). Otra de las obsesiones (lógica, desde luego) de las ciudades ha sido la peste. La transmisión de la peste y, en consecuencia, la posibilidad de aislar determinados espacios contagiados, la posibilidad de disponer filtros. Por su parte, algunos nuevos asuntos han pasado al primer plano, aunque el urbanismo aún no parece tener relación clara con ellos o haber tomado conciencia: la bioética, células madre, la clonación. ¿No hay relación con el urbanismo?: hay que pensarlo (George Lucas ya lo tiene claro). Una cuestión alarmante: la conveniencia o no de los filtros espaciales absolutos. Es útil el ejemplo del SRAS, una enfermedad completamente nueva que pudo tener consecuencias internacionales muy graves para la salud, y que se ha contenido ejemplarmente en los últimos años (“una gran victoria”, dicen en la Organización Mundial de la Salud), gracias a las “medidas de cribado” en los aeropuertos. Recordemos también la gripe aviar, por ejemplo.

4. Disponer un sistema hospitalario adecuado. En la ciudad hay que referirse a los centros sanitarios, a los equipamientos de salud. De hecho, como sabemos, en muchos casos los hospitales han hecho la ciudad. Pero atención: la concepción de estos equipamientos ha variado mucho en los últimos años, y el planteamiento no es uniforme en unos y otros países. Hay que evitar la masificación de los hospitales, pero no es fácil determinar estándares generales. Por otra parte, una ciudad saludable tiene resuelto el paso franco a las ambulancias, en situaciones de emergencia (que podrían considerarse una extensión del sistema hospitalario). Un asunto complicado (la fe en la tecnología, que decíamos antes): la regulación de los semáforos para abrir el paso a las ambulancias.

Algunos centros son especiales. Como las leproserías (otro tema urbanístico histórico). La lepra es una enfermedad infecciosa crónica, endémica en ciertas zonas geográficas. Aunque se están produciendo importantes avances en el mundo para eliminar la lepra como problema de salud pública, en varios países, como la India, el Nepal y el Brasil, sigue habiendo motivos de preocupación. Actualmente, el 90% de los casos se concentra en la India, el Brasil, Nepal, Madagascar, Mozambique y Myanmar, por orden de importancia. (Ver artículo sobre la evolución de Fontilles).

5. Garantizar un tendido suficiente de infraestructuras sanitarias (agua, saneamiento). Ha habido importantes avances en la erradicación de algunas enfermedades como la poliomielitis, pero también algunos reveses, entre ellos el continuo aumento de los casos de sida, tuberculosis y malaria. Las infraestructuras “sanitarias” (las redes de agua y de saneamiento, especialmente) son determinantes. Hay enormes carencias. Y aunque a veces se cuenta con ella, debe considerarse también el problema de la conservación de lo existente. El mantenimiento de muchas de las infraestructuras urbanas es deficiente, incluso en los países industrializados (Chicago o Washington, por ejemplo, tienen las redes de abastecimiento de agua y el alcantarillado defectuosas). Pero en los países en vías de desarrollo los problemas suelen ser más graves todavía. Inmensos. Se calcula que es necesaria una inversión mundial de 180.000 millones de dólares para mejorar todos los tipos de infraestructuras relacionadas con el agua, mientras que los niveles actuales de inversión ascienden a aproximadamente 70 u 80.000 millones de dólares.

Éste es uno de los puntos más críticos de la ciudad saludable. Porque además se relaciona con la pobreza. Se ha dicho que hay que atender a las “enfermedades de la pobreza” causadas por la carencia de alimentos, por el agua no limpia o en mal estado o por no disponer de las más elementales medidas de higiene y atenciones y prestaciones sanitarias. Porque las diferencias existen. Y no precisamente por un asunto sobre el que se insiste: el exceso de protagonismo de la falta de medicinas al tratar del estado de salud del tercer mundo. Es preciso entender la salud como un plan integrado que requiere de una infraestructura desarrollada y apropiada y no reducirlo solamente a un problema de falta de medicamentos. Entender la salud como un sistema que requiere de planes de medicina preventiva en los que se contemple la educación y formación en materia de riesgos y transmisiones, medicina pública integral y universal con centros hospitalarios y de atención primaria, proyectos de administración de los recursos, investigación y formación de profesionales.

6. Integrar en el espacio urbano los espacios verdes. Ahora se trata de plantear la introducción del parque en la ciudad no como sustituto, maquillaje o corrector, sino como necesidad (en el sentido de no reservar un área de naturaleza dentro de la ciudad, sino convertir la ciudad en un elemento a tono con la naturaleza; es decir, reduciendo huella ecológica, evitando despilfarro, aliándose con el clima). Este es un tema viejo, que ya el higienismo del XIX reivindicaba como esencial. No tomar la naturaleza como remedio o en plan reformista, para atemperar el mal de la ciudad, sino como nervio de la misma. Hacerla estructural. La ciudad ecológica, como alternativa al colapso. Malthus, Club de Roma, Declaración de Río. No le dedicaremos más sitio ahora, ya que lo veremos el próximo día con más detalle.

7. Seguridad tecnológica y frente al tráfico rodado. Cada año, más de 20 millones de personas sufren heridas graves o mueren en accidentes de tráfico. Pero la carga social y económica más pesada recae sobre los países en desarrollo y aumentará aún más de forma considerable en esos mismos países debido al aumento rápido del número de vehículos en circulación. También hay que considerar las enfermedades profesionales que se tratan en otros apartados: riesgo de caídas, cáncer por exposición a sustancias nocivas, enfermedades respiratorias, pérdidas de audición, etc. Muchas de estas enfermedades no son temas urbanísticos, sino de calidad del espacio de trabajo de cada profesión o empleo (minería, fábricas, etc.). Pero también es verdad que en muchos casos la normativa y ordenación urbanística puede colaborar. También entrarían en este apartado los accidentes domésticos (dependen con frecuencia de la cultura de edificación).

8. Diseñar ámbitos tranquilos y de andar. Hablemos ahora de bienestar mental. Del estrés. Por múltiples causas, pero no la menor el miedo. Literalmente morir de miedo: la mortalidad por enfermedad vascular se multiplica de manera evidente tras los terremotos, guerras o atentados terroristas críticos. El estrés psicológico parece ser la causa de que se desaten los infartos en la población. (Pensar en una central nuclear próxima, por ejemplo). El corazón urbano es débil. Frente a ello, la promoción de tranquilidad, quietud, sosiego en el espacio urbano. La salud mental es un tema prioritario. Contra el estrés, algunos notables urbanistas han escrito bellos elogios de la lentitud. Lo mismo que las recomendaciones de K. Lynch para una lectura de la ciudad más fácil (con autonomía), y la sensación de cambio urbano menos brutal que permite la práctica de conservación del patrimonio (no sólo edificios monumentales, sino también “ambientes”), alivian la tensión, están en la buena línea.

Agobio, tensión. Y desmemoria (hay algunos estudios sobre la relación entre la enfermedad de Alzheimer y la arquitectura). Y la depresión. Los síntomas de tensión, ansiedad, irritabilidad, depresión, hasta los de mala conducta social (violencia, vandalismo) o la menor capacidad de atención en la escuela pueden estar relacionados con unas condiciones deficientes del alojamiento o la ciudad. Y es aceptado que esa misma situación puede agravar patologías psiquiátricas preexistentes. Además, también la exposición a compuestos tóxicos en el interior de los edificios (metales pesados, solventes) puede conducir a desórdenes neurosiquiátricos. La forma de plantear las relaciones de vecindad en las fronteras entre casas puede generar patologías (agresividades, ansiedad, quejas somáticas e incluso sentimientos paranoides y depresión).

La identidad personal tienen relación con las posibilidades de personalización del espacio privado. Apropiaciones desordenadas y reactivas aparecerán en sitios demasiado impersonales. La población más deprimida y ansiosa corresponde a viviendas que no ofrecen protección suficiente contra agresiones externas (ruido, vibraciones, humedad, frío en el invierno); están sobreocupadas (hacinamiento); no ofrecen un aspecto agradable al exterior; no facilitan la socialización o están en barrios de mala imagen.
Cambios en ciernes. Los signos de una ciudad amable, y un protagonista: corto mental, o anciano sin cabeza.

Son muy significativos los planes contra el ruido. No olvidemos que el ruido se puede medir, pero que su efecto es relativo, y de ahí esa expresión tan bonita de “ruidos blancos” (no molestos, como el del mar). Jorge Guillén veía la avenida “amable”, porque “nos sume en apogeos” (poetas). Su efecto podría atenuarse parcialmente adoptando fachadas más blandas y porosas y tejados cubiertos de vegetación. Afecta, en primer lugar, al sueño. Más del 10% de los adultos en Europa sufre de perturbaciones de sueño crónicas con necesidad de tratamiento. Los actos ambientales ruidosos, como stressores, pueden perjudicar la salud cardiovascular y a la larga la salud mental.

9. Plantear una ciudad útil para el bienestar mental. Seguimos con la salud mental. Se ha escrito, argumentándolo en función del bienestar psicológico, sobre la necesidad de acceso fácil al agua. O de que llegue el sol a los espacios públicos y al interior de las viviendas. O de la importancia de la presencia de árboles viejos. O incluso animales (y no sólo cuatro perros o gatos, o media docena de palomas). O sobre la conveniencia de que los edificios no sean demasiado altos (porque no se distingue el rostro de la gente, o se desincentiva la relación con la calle, etc.). Pero también habría que citar aquí los problemas de las personas con discapacidades físicas (que ya reciben una atención legal específica, como sabemos, y que la ciudad ya atiende: está en la agenda del urbanismo).

Pero también las personas con discapacidad mental suelen verse privadas de oportunidades de recibir educación, trabajar o disfrutar de los beneficios de servicios públicos u otros, y en muchos casos, sin discriminar activamente contra ellas, las leyes pueden imponerles barreras o cargas indebidas o innecesarias (en algunos países, estas personas están sujetas a discriminación de jure, es decir a la denegación arbitraria de los derechos que se reconocen a todos los demás ciudadanos). Y qué decir del envejecimiento de la población (no en todos los países: en los europeos). También se ha estudiado la relación entre el urbanismo y el envejecimiento, que afecta a las características de los espacios públicos y de los alojamientos (incluso los tutelados). O al transporte público y el diseño de espacios seguros. Y volvemos a encontrarnos con el Alzheimer.

10. Vincular el espacio urbano, en lo que tenga de vinculable, a dignidad de la vida y de la muerte. Sí, este es un tema difícil. Pero nada ganamos obviándolo. Hablamos en alguna otra ocasión sobre la dignidad de la persona como base del urbanismo. También al tratar de la salud hay que referirse necesariamente a esta cuestión. La dignidad “heterónoma” y la decencia: esos son nuestros temas, ahora como problema de salud y bienestar mental, de saberse valorado, reconocido como necesario. No superfluo. Y ahí la necesidad de vincular la ciudad y los derechos humanos, definir y respetar la idea de ciudad mínima. Veamos. En este apartado es preciso garantizar, para la gente que no puede moverse de su casa, que puedan ver la calle desde la ventana, y valorar en general las vistas desde cada vivienda. Son pequeños detalles muchas veces (el tipo de pomo de la puerta, para que puedan abrirla quienes tienen problemas en el manejo de las manos; o la altura de los interruptores de la luz o del portero automático, etc.). También analizar las posibilidades de salir a la calle (por ejemplo: moverse con silla de ruedas en pasillos de la casa, en ascensores, en la calle, etc. Y aquí reclaman una muerte digna y participar en el diseño de la ciudad).

Pero no sólo es esa cuestión. Está en la sociedad el debate sobre la muerte digna (el óscar simultáneo otorgado en 2005 a Mar adentro y a Million Dolar Baby es una coincidencia muy expresiva), que se refiere a la autonomía personal. (A partir de la foto y el artículo de Luis Carlos Felizardo sobre el cementerio de Santa Bárbara do Sul: hablar de la condición urbana de la muerte y de los cementerios). Y se abre camino la discusión sobre la dignidad o indignidad intrínseca del planteamiento de muchas residencias de ancianos (aquí, Gómez Pin). La sensibilidad puede llegar a la “cosificación” del cuerpo de los muertos, de todos los cuerpos muertos (nada como las páginas de Cotzee en Desgracia).

Final. Como síntesis, y para concluir, tengamos en cuenta que el estado global de la salud a comienzos del siglo 21 no es tan halagüeño como parece indicar la propaganda de la globalización. Al contrario: se caracteriza por una desaceleración de los beneficios y un aumento de las desigualdades. Se ha sufrido un retroceso tan grande que en algunas partes del África subsahariana las tasas actuales de mortalidad de adultos son mayores que hace 30 años. En algunos países el VIH/SIDA ha reducido más de 20 años la esperanza de vida de hombres y mujeres.

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