Detalles del post: Completo abandono e insólita melancolía

12.05.09


Completo abandono e insólita melancolía
Permalink por Saravia @ 04:06:54 en Maneras de hacer ciudad -> Bitácora: Mundos

Notas sobre los anarquistas y la ciudad

El pie de la postal dice: Colonia comunista libertaria de Stockel-Bois (imagen cargada por Creagh Ronald en raforum.info).

Los anarquistas llevan en la frente la tragedia de la vida. El corazón partido entre el deseo de que desaparezca cualquier “molde que tiranice” y la necesidad “de organización, equivalente a disciplina”. Quienes se inclinaban en sus años críticos por la organización, los federalistas antiautoritarios, no sólo creían en la ciudad y concibieron para ella alguna idea de organización (“poblaciones que son los talleres donde se ha de elaborar el bienestar de cada uno”, según dijo Abreu), sino que incluso la veían como símbolo posible de justicia (“la idea de Estado, así como la de patria, tienen que ser nuevas abstracciones de la ciudad”, escribió Pi y Margall). Pero los defensores de la comuna y el municipio libre no tenían otra salida que la progresiva disolución de la ciudad en el territorio. Entretanto, quedémonos con la fórmula de Tárrida: F = cP/A, donde F es la felicidad, P el progreso, A la autoridad y c un coeficiente de complicada definición.

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Notas federalistas

Empecemos con una manifestación prontamente estajanovista: “La revolución es un esfuerzo, no un descanso”, para conseguir “una más abundante producción de las cosas” (G. Leval). Donde todos debían colaborar en igualdad de condiciones: “El técnico no es más que un obrero” (“La CNT y los técnicos”, en La Tierra, 1931). Más aún: habría que eliminar toda esa “población estéril desde el punto de vista de la producción que pulula en las ciudades” (Abad de Santillán). Y organizar bien la maquinaria del conocimiento: “A nosotros lo que nos hace falta son estadísticas (…) todo lo más exactas que se a posible, que los trabajadores sepan o puedan saber lo que producen y lo que consumen” (Quiñonero en La Revista Blanca, 1935).

Kropotkin veía en la ciudad medieval “una federación doble”, territorial y profesional: “en esto residía la esencia de la organización de las ciudades medievales libres”. En el alto campanario de las iglesias “palpitaba la vida de la ciudad; no estaba colocado sobre una plataforma que no tenía sentido, como la torre Eiffel de París” (citas de La ayuda mutua). Amaba el lento “cambio de fisonomía de siglo en siglo” de las ciudades, y su “crecimiento natural, en el sentido pleno de la palabra: era el resultado, en constante variación de la lucha entre distintas fuerzas, que se ajustaban mutuamente una y otra vez, de conformidad con la fuerza viva de cada una de ellas”.

Emilio Gante describía así la ciudad del futuro (en ¡Dinamita!, 1893): “Enfrente el mar, tranquilo como un lago, donde se reflejaba cual en el más límpido espejo –cielo despejado, azul turquesa (…)- la costa, cuya alfombra de verdura, con frondosos naranjales (…) con sus fábricas de esbeltas chimeneas, arrojando humo y vapor a borbotones que ascendía en gallardas espirales para disiparse en el éter”. M. Burgués, por su parte (en el Segundo Certamen Socialista), preveía un Palacio de la Estación Aérea y otro Palacio Universidad de Ciencias. La gente se movía en aerostatos o velocípedos eléctricos de marcha vertiginosa. La tierra era “un inmenso jardín sembrado de sonrientes casitas, todas separadas por arboledas, flores y bosques”. Y en la construcción se empleaba “acero bruñido preparado de cierta manera que no se oxidaba”.

S. Faure expone (en La Felicidad Universal) una ciudad de “grandes edificios perfectamente alineados, separados por pequeños jardines, donde juegan alegremente los niños de la vecindad”. Bien dotados de agua y energía, calefactados, han sustituido las escaleras por “sencillos y magníficos ascensores”. Y como siempre, “una gran extensión superficial ofrece un horizonte mágico. Centenares de chimeneas lanzan al aire penachos interminables de humo”. Los trenes “circulan por todas partes transportando los productos de aquella colosal industria”. Por la noche, “luminosísimos focos irradian torrentes de luz”. Ciudad ultratecnológica de paz y trabajo donde resuena el pensamiento de Fourier. El mismo autor, en otro texto, nos relata la vida en Burdeos quince años después de la Revolución Proletaria. Con teléfonos y calefacción central "por todas partes”, se vive “tan bien alojados como los antiguos burgueses”. Aunque, eso sí, “nada de lujo, nada de oropeles, ningún mueble inútil”.

A. Martínez Rizo (en La urbanística del porvenir, 1933) nos describe una ciudad de no más de cien mil habitantes, de plano ortogonal (las cuadrículas divididas por la diagonal, formando manzanas triangulares) y de aspecto moderno. Había, por tanto, cierto debate sobre el tema. Aunque algunos desbarraban. En La Revista Blanca (nº 103, 1902) tradujeron la “Acraciópolis” de F. de Nion, donde se mostraba una ciudad rodeada de bosques impenetrables que la ponían "a salvo de perniciosas ideas extranjeras". Y Vicente Daza escribía (en el nº 86 de la misma publicación) esta barbaridad: “Limpias ya las poblaciones por dentro de mendigos harapientos, de ladrones de todas las categorías, de montones de miserias, prostituciones, y todo cuanto trae aparejado la existencia del dinero”.

Notas de la comuna

Los representantes de este segundo grupo de anarquistas pretendían conquistas espirituales. “Propiciemos ya en el mundo obrero la vuelta al mundo perdido: la comuna libre”, una “base natural y nada artificiosa” que permitirá “estructurar la nueva vida” (Tierra y Libertad, 1931). La comuna conseguirá -decían- la ruralización de las ciudades, que pasarán a adquirir un aspecto comunal empapado de agricultura. Federico Urales apunta ya de forma incipiente lo que luego será "pensar globalmente y actuar localmente": “Tenemos ideas universales, pero universalmente no puede ser” (Los municipios libres. Ante las puertas de la Anarquía, Barcelona, 1933). Autoproducción y autarquía. “Con no exportar nada, no habrá de faltarles comida a los productores españoles” (Urales en El ideal y la revolución, 1933). Municipio autárquico, autónomo y autosuficiente. ¿Qué mejor, se preguntaba, “que el municipio dueño de su término y de sus destinos?”

Rechazan la técnica sofisticada. Ya Bakunin clamaba “contra el gobierno de la ciencia”, y veía a algunos “sabios” como “curas de la conciencia”. Y Urales proponía también arrinconar a las élites: “Es preciso acabar con la casta de los indispensables”. Las tesis comunalistas no obligan al trabajo, pues sería caer en prácticas autoritarias. Quien no quisiera trabajar sería considerado un desequilibrado, pero tampoco se le encerraría en alguna casa de salud. Por el contrario, se le dejará que deambule procurando que no perjudique la paz social (F. Sánchez Ocaña, Hacia el comunismo libertario, Barcelona, 1933). Condenan las máquinas porque “han convertido en máquinas a los hombres” Y minimizan el futuro: “¡Basta ya de mañana, mañana! ¡¡Hoy!!” (Urales, de nuevo).

Si de ellos dependiera no existiría la administración: “chupópteros que comen y no producen”. Por supuesto, tampoco los jueces. “Sólo la acción directa del pueblo hace justicia, porque el pueblo mismo se administra sin delegación”. No habría leyes, ni moral, todos disfrutarían del amor libre (C. Albert, El amor libre, Barcelona, s.d.), “sin más ley que la que el hombre lleva dentro de sí”. Cada cual acabaría siendo “un hombre que juegue siempre (…) y que ame siempre” (lo dijo Urales: quién, si no). Por supuesto, el vientre de las ciudades se veía viciado “con una innumerable variedad de aberraciones” (C. Lozano, en Solidaridad obrera, 1932). Mejor la vida del campo “apartada del morbo corrompido y castrador que exhala la ciudad”. Los grandes talleres, además, sólo sirven “para la explotación del hombre por el hombre”. Pero las iglesias pueden ser útiles: “podrán ser utilizadas para almacén de alfalfa o de otras cosas”. Estos libertarios agraristas no programáticos caían una y otra vez en contradicciones. Pero a veces llegaban a la coherencia. José España proclamaba que “el anarquismo ideal se vive en todas las barracas, cuevas, aldeas y estepas de miseria y sufrimiento” (J. España, “Los campesinos y el agrarismo”, en Solidaridad obrera, 1932).

Una experiencia, la descrita por Luis Santullano en un cuadernillo titulado Recuerdos de Bélgica. Una colonia libertaria (separata, sin más referencia, de 1907) ofrece “una imagen patética de cierta pureza anarquista”, como expresa el mismo Santullano. Los colonos de Stockel-Bois se encuentran precariamente instalados a pocos kilómetros de Bruselas. En el bosque de Soignes viven “como ermitaños”, entre una arboleda de hayas, abedules y encinas en construcciones medio derrumbadas, con los cristales rotos. Allí, decía el autor, “los hierbajos atraídos crecen en los intersticios de sus carcomidos muros”, y todo el conjunto ofrece “un aspecto de completo abandono e insólita melancolía”. Ciertamente las fotos de la época no reflejan tanta desatención. Pero si se quiere ver, si se mira con cuidado, quizá se descubra el amor a la dispersión, el ansia de libertad.

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