Detalles del post: Ese latido de la noche

11.10.09


Ese latido de la noche
Permalink por Saravia @ 21:53:10 en Pequeñas cosas -> Bitácora: Mundos

Un combinado de luces y sombras en las ciudades

Luces y sombras (imagen procedente de farm2.static.flickr.com/1345/1103824481_cb7a4b431e.jpg

Tenemos aquí, sobre la mesa, tres libros con un título casi idéntico: María Zambrano, Claros del bosque (Barcelona, Seix Barral, 1978); Marisa Madieri, El claro del bosque (Barcelona, minúscula, 2002; el original es de 1992); y Fernando Espuelas, El claro en el bosque (Barcelona, Fundación Caja de Arquitectos, 1999; lleva el subtítulo: “Reflexiones sobre el vacío en arquitectura”). No se parecen absolutamente en nada. Y si todos se empeñan en el mismo objeto, está claro que tenemos un problema. En el bosque, claro.

[Mas:]

Claros en los bosques y oasis en los desiertos, pero luces y sombras en las ciudades. En la playa, algún lugar en sombra que nos proteja de tanta claridad. En la selva, algún claro iluminado que nos defienda de tanta oscuridad. Y en todas partes nos gusta el juego de las luces y las sombras. Procurar esa minucia es un objetivo de acompañamiento del diseño urbano nada despreciable. Y su cumplimiento tampoco parece tan difícil: unos árboles aquí, de sombra clara; unas columnas un poco más lejos, para tamizar las vistas; unos pozos de luz en la fábrica urbana.

La luz. Se preguntaba Carlos Edmundo de Ory: “¿Por qué más oscuridad si ya la noche nos da toda la que nos hace falta?”. Y quizá tenga razón. Pues lo que necesitamos en principio es luz y claridad, no sombra. El urbanismo lleva décadas, siglos incluso, empeñado en conseguir que haya luz natural en todos los espacios. En las calles y en las casas. Ensanchando las calles, abriendo patios, ampliando huecos y ventanas para que la luz del cielo pueda llegar a todas partes. Y es un objetivo que tanto la economía como la ecología hacen suyo. Deberíamos rebelarnos contra los edificios sin ventanas. Porque necesitamos ver la luz del día. El ciclo de la luz es vital en la fisiología humana. Deberían disponerse, por tanto, los volúmenes de tal forma que, salvo en los espacios de servicio (de almacenamiento), ningún punto de estancia o trabajo, de actividad o descanso, quedase a más de 4 ó 5 metros de alguna ventana. O mejor, que el factor de iluminación natural (el porcentaje de la bóveda celeste que arroja luz) sobre la mesa de trabajo fuese igual o superior al 1%. Hay algunas normas en este sentido. Algunas determinaciones sobre patios y separación de los edificios; o sobre la anchura de las calles en relación a la altura de los edificios. Pero viendo los resultados de algunos planes aprobados y algunos edificios recientemente construidos, es evidente que siguen siendo insuficientes. Porque no hay ninguna razón económica o constructiva que justifique desatender tales requisitos de iluminación natural. Los ahorros que pudiera aportar la compacidad de los edificios frente a las soluciones más orgánicas, no son suficientemente relevantes. Establecer una profundidad edificable exigente sigue siendo necesario.

Elogio de la luz. Hemos hablado de la necesidad de la luz por razones físicas, fisiológicas, económicas y ecológicas. Pero también podríamos hacerlo por otras razones más indirectas. Porque lo cierto es que estamos inclinados hacia la luz. El fototropismo es la capacidad de las plantas de orientarse hacia la luz, por el camino más corto y directo. Pero a nosotros también nos afecta. Y más aún: no sólo pretendemos llegar a una luz, sino a varias luces. En esto, como en tantas otras cosas, somos politeístas. De ahí que se valoren más los espacios iluminados desde dos orientaciones diferentes, las habitaciones con ventanas a dos fachadas, con luz desde varios lados. Pues se ha dicho que crean una atmósfera social más interesante. Y también que si la luz llega desde dos lados habrá menos resplandor en torno a los objetos y las personas. Nos permitirá leer mejor los detalles de los rostros y las cosas. Si la luz nos llega desde una sola fuente, sin embargo, el gradiente en paredes y techos será muy acusado; y las zonas del fondo resultarán excesivamente oscuras en comparación a las de la fachada. Demasiados contrastes por todas partes. En consecuencia, debería pensarse la conveniencia de quebrar más las fachadas de los edificios, ofreciendo más esquinas.

La sombra. Hay un curioso libro de Víctor I. Stoichita titulado Breve historia de la sombra (Madrid, Siruela, 1999). Se centra en la representación. Nos recuerda que en la pintura europea la sombra se ha manifiestado como afirmación del volumen, del cuerpo, de la carne, pero también alude al “efecto demoníaco” asociado, de siempre, a los lugares oscuros. “La distorsión o amplificación de las sombras es una de las técnicas más utilizadas por las artes figurativas para mostrar la carga negativa de un personaje”. Analiza un cuadro de De Chirico, “Misterio y melancolía de una calle”, y lo ve como “conflicto de sombras”. Finalmente nos deja una idea inquietante de la oscuridad, básicamente regresiva, negativa. Aunque no siempre, es cierto. Se cuenta, por ejemplo, que la sombra de San Pedro curaba a los enfermos; y se explica la afirmación de Masaccio de que “sin las sombras se comprenden mal los cuerpos y los volúmenes”. En urbanismo se ha buscado, en alguna ocasión, la sombra, por razones ambientales: como protección del sol agresivo. Pero muy raramente por la cualidad de su luz.

Elogio de la sombra. En el conocidísimo librito de Junichirõ Tanizaki, Elogio de la sombra (Madrid, Siruela, 1994), se presentan los argumentos de la penumbra. (Por cierto, hay otro “Elogio de la sombra”, de poemas de Borges, editado en 1969). El texto de Tanizaki es sumamente sugestivo. Se dedica a insistir en “el encanto sutil y discreto de la escasa luz”, y en “esa calma inquietante que genera la sombra”. Señala que “la luz incierta realza la belleza” de algunas piezas o elementos (por ejemplo, de las lacas japonesas). Recuerda que “nuestros antepasados, obligados a residir, lo quisieran o no, en viviendas oscuras, descubrieron un día lo bello en el seno de la sombra y no tardaron en utilizar la sombra para obtener efectos estéticos”. Porque -continúa-, donde sombra y luz se confunden, “el sentimiento de que el aire en esos lugares encierra una espesura de silencio, que en esa oscuridad reina una serenidad eternamente inalterable”, es llamativo. Cree, en definitiva, “que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros”. Pero ese juego y la dialéctica entre la luz y la sombra, como dos entidades positivas y complementarias, ya viene de atrás. Goethe, por ejemplo, lo planteaba en su teoría de los colores. Y Hegel advertía, unas décadas después, que “la luz se halla determinada por medio de la sombra”, y viceversa. Se preguntaba más arriba Ory que para qué queríamos más sombra, y estábamos con él. Pero ahora ya no lo tenemos tan claro. Sólo la luz no basta.

El combinado. Recordemos los tres libros que citábamos al principio del post, por ver la utilidad que puedan tener ahora. El de Marisa Madieri es el relato de la vida en el prado que crece en un claro del bosque. El personaje central es una margarita llamada Dafne, aunque la verdadera protagonista de esta “fábula floral” es, de alguna manera, la autora misma. Pues se trata de “una especie de autobiografía metafórica por medio de la cual la autora explora su parte de sombra” (Ernestina Pellegrini, en el Postfacio del libro). (Por cierto, el final es curioso). El libro de Espuelas, por su parte, se centra en el vacío, no en la luz. “Evitaré –señala- el vacío como abstracción”, porque “la arquitectura es una disciplina acampada en lo pragmático o, mejor dicho, en lo fáctico”. Dedica la primera parte al “vacío como realidad física”, donde contempla el vacío en el espacio urbano como “lugar de la relación y del suceso (…), escenario de la simultaneidad del acontecer ciudadano”. La segunda parte se centra en el vacío “como espacio de significación”, y dedica un capítulo precisamente al “claro del bosque”. Pero de forma literal, pues expone las características del santuario japonés de Ise, situado en el interior de un denso bosque. La tercera parte se titula “El vacío en el ámbito personal”. Pero en el libro prácticamente no hay alusiones a la luz y la sombra, como se ve en la síntesis titulada “Final”.

El libro de María Zambrano es de filosofía poética (aunque también dedica un capítulo al “vacío y el centro”). Los claros, según la autora, no se buscan. Ni tampoco se busca nada en ellos. Simplemente, están ahí. Son “centros en toda su plenitud, porque el humano esfuerzo queda borrado”. Y son, obviamente, discontinuos. “Se recorren los claros con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas. Como los claros, las aulas son lugares vacíos dispuestos a irse llenando sucesivamente, lugares de la voz donde se va a aprender de oído”. Mejor así, pues “de oído se recibe la palabra y el gemido, el susurrar que nos está destinado”. En los claros, como en las aulas, “se discurre con avivada atención que a veces decae (…) abriéndose así un claro en la continuidad del pensamiento que se escucha: la palabra perdida que nunca volverá, el discurso que cesa cuando más se esperaba”. Y así nos vemos “recorriendo los bosques de claro en claro”.

Ni Madieri, ni Espuelas ni Zambrano nos van a ser útiles para lo que aquí buscamos. Porque, siendo conscientes de las ventajas de la luz natural, pero también del interés (extraño, pero evidente) de las sombras, queremos apoyar su mezcla, el combinado de ambas entidades en el diseño urbano. Un cóctel de luz y sombra por el que impulsaremos espacios luminosos, como esas plazas que contrastan con las calles que hasta ellas convergen. Interiores con luz natural, locales claros. Ámbitos de sombra, frescos, protegidos. Pero sobre todo, espacios donde intrincadamente se teje la luz y la sombra. Para lo que dispondremos filtros, como árboles y arbustos. Porque la luz filtrada a través de sus hojas (que siempre resulta maravillosa) atenúa la dureza y reduce los contrastes. Dispondremos pantallas, espejuelos, toldos y difusores de todas las escalas para diluir y matizar la luz, promoviendo fronteras menos tajantes y reduciendo el resplandor y el negro. Colocaremos tracerías, retículas o celosías de todas las escalas, para disgregar y suavizar la luz, descomponiendo también la vista general en vistas pequeñas, haciendo del panorama una vista viva. Que por doquier vibren los gozos de la luz. Pero que también por todas partes resuene el latido de la noche.

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