Detalles del post: Naves como ciudades y ciudades como naves

18.10.09


Naves como ciudades y ciudades como naves
Permalink por Saravia @ 02:29:50 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

Las ciudades en la Guerra de las Galaxias

Luke Skywalker en una granja de humedad del desierto de Tatooine, en el amanecer de los soles gemelos. (Fotograma de La guerra de las galaxias, 1977)

Localización: Las ciudades que aparecen en la Guerra de las Galaxias están situadas “en una galaxia muy, muy lejana....". Descripción: En el relato se cita al menos una veintena de planetas y se nombra en ellos a más de cincuenta ciudades. Cada una con sus especificidades. Algunas son simples refugios (las “ciudades guarida” de Endor: Villa del Musgo Colgante, del Árbol Brillante, Villa Mimph, etc.), otras parecen metrópolis (Stalgasin, Theed), alguna más cubre todo su planeta, sin que quede un ápice de territorio rural (Coruscant). Hay ciudades dedicadas a producir clones (Ciudad Tipoca), otras se destinan al turismo (como las de Alderaan, o Kor Vella, en Corelia). También se conocen distritos industriales (extracción de gas en Bespin, aprovechamiento de lava en Mustafar), y comerciales (Ciudad CoCo, de Comercio Colectivo, en Coruscant). La galaxia es una confederación con capital en Coruscant, donde, por cierto, se han construido barrios segregados para “las especies no humanas", como el Sector Invisible. Los planetas son igualmente singulares. Alderaan es un planeta pacífico azul y verde, cuajado de bucólicas praderas y dehesas. Geonosis es naranja, como Marte. Naboo, de color esmeralda, Hoth de hielo y Mustafar de fuego. Bespin se dedica a extraer materias primas. El agrícola Corelia está poblado de aldeas y granjas. Dagobah y Endor están cubiertos de pantanos y bosques, Kashyyyk es un exuberante planeta de junglas y en Kamino sólo se ven mares y tormentas (sus ciudades plateadas son inmensos palafitos). La extrema periferia de la galaxia es Tatooine, donde casi toda su superficie está ocupada por un desierto. Informador: George Lucas, en las seis películas de la saga Star Wars (1977-2005). Tema: La fascinación de las naves.

[Mas:]

Argumento. La historia de la Guerra de las Galaxias es algo larga. Abarca unos 27.000 años, y no la vamos a resumir aquí: puede acudirse, como siempre, a Wikipedia. Y desde ahí, a una página detallada en inglés y a otra en castellano. Pero quedémonos con lo importante. Que no es el enfrentamiento entre el Lado Luminoso y el Lado Oscuro de la Fuerza, un maniqueísmo tan rampante como peligroso (qué manía, los buenos y los malos). Retengamos una idea que subyace a toda la historia: la mitología de la nave. En las ciudades de la galaxia, cuando tienen cierto tamaño, predominan los rascacielos (como en las ciudades de Alderaan, el centro imperial de Coruscant, las torres espirales de Stalgasin), y las megaestructuras. Las hay camufladas en el territorio (Ciudad Grieta). También hay ciudades bajo el agua (Otoh Gunga). Y siguen existiendo otras de morfología más clásica, de acuerdo a los parámetros humanos y terrícolas (Deeja Peak, Ciudad Theed). Pero muchas otras son sólo grandes naves (Ciudad Nube, Ciudad Tipoca, Tibannopolis).

Mas no sólo aparecen mundos habitados encerrados en su correspondiente artefacto acondicionado. También hay ciudades árbol (en Kaskyyyk), y ciudades en medio del volcán (Fralideja). En la gran mayoría de los enclaves sólo se puede sobrevivir si se preparan convenientemente. Por eso, de la misma forma que de las utopías de Moro y sucesores (casi) sólo nos interesaba el énfasis que ponían en la ciudad tradicional medieval, como ejemplo de una supuesta armonía del pasado urbano; ahora nos vamos a quedar únicamente con esa forma urbana, del conjunto de la ciudad o de alguna de sus piezas, fundada en la nave espacial aerodinámica y esplendorosa. Un mundo hecho de naves: tal es la estructura galáctica que se nos ofrece y que nos interesa comentar.

Derivaciones. Una imagen, por cierto, que ya conocíamos: los planetas considerados como grandes naves. Desde 1951 se viene hablando de la “nave espacial Tierra” para advertir de las agresiones globales al medio ambiente del planeta. La metáfora era de Buckminster Fuller, y permite ver a la Tierra como un cuerpo geométrico, una esfera celeste navegando en torno al sol, que debe acondicionar su medio ambiente para garantizar la supervivencia. Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma, la recogía en 1972 y añadía otro aspecto: “Nuestro planeta ha sido comparado a una nave espacial: la nave espacial Tierra. Para muchos es como un inmenso trasatlántico, que navega majestuoso por el cosmos con su gran carga de pasajeros de primera clase, de segunda y de otras, desde los que reciben continua atención hasta los destinados a vivir en la oscura bodega de la nave (…).Una percepción nueva, aunque todavía confusa, está difundiéndose por la nave espacial Tierra: la percepción de que algo importante ha salido mal, de que reina a bordo un estado de injusticia y de confusión, intolerable desde el punto de vista político y moral, de que el ambiente de la nave se está deteriorando a un ritmo alarmante”.

Pero antes de considerar a la Tierra como nave deberíamos hablar de las naves espaciales de tamaño ordinario y de las futuras estaciones en la Luna o Marte. H. G. Wells, en La guerra de los mundos (1898), comenzó a pensar en las condiciones de una instalación en el planeta rojo. Y en las Crónicas marcianas (1950) Ray Bradbury imagina cómo habría de ser la colonización humana de Marte. En las últimas semanas se ha vuelto a oír hablar de planes para la creación de una estación fija en la Luna (para 2024, se ha dicho). Pero hasta ahora sólo contamos con la Estación Espacial Internacional (ISS), dando vueltas alrededor de la Tierra a una altitud de 360 km.

Mas si hablamos de naves cerradas, con una atmósfera propia, deberíamos recordar el precedente de los submarinos: unos universos tan cerrados y autónomos, y con la supervivencia casi tan precaria como la de las naves espaciales. Las condiciones de vida en su interior son difíciles, y a la mayoría nos pueden llegar a parecer agobiantes. Su forma es de huso para reducir el arrastre hidrodinámico y el ruido bajo el agua. Parece una ballena. Pero también habría que hablar de los barcos, pues son construcciones igualmente autónomas que navegan en un medio inapropiado para la vida, y ciertamente peligroso. Su historia es fascinante. Las descripciones de sus elementos, su funcionamiento, la vida a bordo, incluso el lenguaje propio de las embarcaciones de vela o vapor, resultan siempre enormemente sugerentes.

Si en alguna ocasión se ha comparado la ciudad con un barco, en el caso de los cruceros las similitudes aumentan de forma llamativa. Por de pronto llevan una población de centenares o miles de personas (hoy el mayor, Freedom of the Seas, admite hasta 4.370 pasajeros), que se pretende aumentar hasta las 10.000, creando “auténticas ciudades flotantes”. Como los grandes aviones, por qué no. En el Airbus A380 se transportarán en cada viaje más de 800 pasajeros. Y tanto los barcos como los aviones se van cargando también de servicios y diversiones “urbanas”. Los últimos cruceros, por ejemplo, cuentan ya hasta con césped natural y zonas de surf y escalada. El impulso de construir mayores naves no decae, y sus dimensiones se acercan a las de las naves de la saga galáctica. Hay algunos proyectos de “ciudades flotantes” con capacidad de navegar que pretenden superar con mucho las dimensiones de las mayores embarcaciones. Uno de ellos es el de Freedom Ship: 1.370 m. de largo, 110 m. de altura y toda clase de equipamientos y servicios, además de oficinas, comercios, parques y otros espacios abiertos, con capacidad para 100.000 personas.

Ejemplos. Hasta ahora nos hemos centrado en naves de transporte, que se mueven entre distintos lugares y destinos. Incluso veíamos la Tierra como una nave por esa misma movilidad que le es propia. Pero también podemos encontrar ámbitos completos y autosuficientes, construidos con todo lo necesario para la vida y cerrados en sí mismos, pero ahora edificados sobre la tierra firme. Así sucede, por ejemplo, con muchos grandes complejos hoteleros, diseñados para no tener que abandonarlos en toda la estancia programada, salvo, si fuese necesario, alguna visita turística a las poblaciones cercanas no muy diferente a las que se realizan como escala de algún crucero, o al paseo de los astronautas en la Luna. Una estampa de nave extraterrestre con pretensiones colonizadoras que se refuerza en la imagen de algunos hoteles que se pretenden naves espaciales aterrizadas en un entorno paradisíaco. Y si nos quedamos únicamente en la estética de los artefactos, podemos encontrar, también ahora, multitud de ejemplos de edificios de trazas galácticas. Edificios aerodinámicos, de estética aeroespacial, que tanto gustan a algunos de los más conocidos arquitectos estrella (nunca mejor dicho). Hay obras de Foster, Calatrava o Nouvel (por citar a tres de los más “mediáticos”) que parecen a punto de despegar hacia el espacio sideral. Y no es descabellado pensar que si pudiesen hacer una ciudad completa, probablemente no se diferenciaría mucho de alguna de las citadas más arriba, de aquéllas de la lejana galaxia.

Opinión. Ver dos soles en el horizonte no nos asusta demasiado: son cosas que pueden suceder. Pero la torre Agbar, recién aterrizada en Barcelona, nos estremece a fondo, realmente. Y mucho. ¿Es esa la ciudad que queremos hacer, poblada de naves extraterrestres?

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