Detalles del post: En el grito de la vela, los resplandores del relámpago

19.12.09


En el grito de la vela, los resplandores del relámpago
Permalink por Saravia @ 02:14:43 en Pequeñas cosas -> Bitácora: Mundos

Algún fuego menor en la ciudad

A la luz de las lámparas de aceite (foto de Ole At, julio de 2007, procedente de lindevej.dk/blog)

Algunos recomiendan que en el interior de la vivienda se pueda encender fuego. Que haya fuego en el hogar. Que el fuego sea el foco de la estancia principal, sustituyendo a las pantallas. Pero aquí proponemos que haya fuegos encendidos en las calles de la ciudad. Pequeños fuegos en las mesas de las terrazas, en lámparas de aceite sobre los jardines, algunas llamas dispersas de efecto relajante. “El fuego confinado es símbolo del reposo, invitación a reposar” (G. Bachelard en Psicoanálisis del fuego, Madrid, Alianza, 1966).

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En efecto, mirar el fuego “nos lleva a un género de atención muy especial que nada tiene que ver con la atención propia de la vigilancia o la observación”. Una experiencia que se relaciona con el ensueño, y que “resulta verdaderamente fascinante y dramática; magnifica el destino humano, enlaza lo pequeño con lo grande, el corazón con el volcán, la vida de un leño con la vida de un mundo”. Pero a pesar de su interés cotidiano, en nuestro mundo el fuego parece haber sido secuestrado, con demasiada frecuencia, por la mística. Velas para la semana santa. Una lámpara que alumbra alguna capilla de un viejo edificio. La llama votiva para el soldado desconocido, o sobre la tumba de Rafael. El pebetero de las olimpiadas. Candelas que se balancean en el momento más emotivo de un concierto. Pábilos y candeleros en el lugar donde se ha producido un asesinato. Y hace pocas semanas hemos visto al presidente del F.C. Barcelona encabezando una marcha de antorchas (qué poco nos gustan las marchas de antorchas). No. Proponemos fuegos laicos.

Llamas que invitan a cada uno a pensar soñando. “Antaño, en un tiempo olvidado hasta por los sueños, la llama de la vela hacía pensar a los sabios; ofrecía mil sueños al filósofo solitario. Sobre su mesa, al lado de los objetos prisioneros en su forma, al lado de los libros que lentamente instruyen, la llama de la vela convocaba pensamientos desmedidos, suscitaba imágenes sin límites (…). ¿En una llama no está, acaso, viviente el mundo? ¿No es una vida la llama? ¿No es ella el signo visible de un ser íntimo, el signo de un poder secreto?” (Bachelard, ahora en La llama de una vela, Barcelona, Laia, 1989).

Por el día “las naranjas son las lámparas del jardín” (así lo dice un poema oriental). Pero en la noche la lumbre es insustituible. Aunque “en el grito de la vela” se encierren “los resplandores del relámpago”, su llama “es un modelo de vida tranquila y delicada en una noche cualquiera”. Y en ese momento, “cuando verdaderamente suena la hora de la tranquilidad, entonces la misma paz habita en el corazón del soñador y en el corazón de la llama”. Mantiene vivos todos los recuerdos. Y de ahí que Bachelard sostenga que “cuando se sueña en compañía de una vela, uno sueña dos veces”. Por pequeño que sea el fuego, su vista es agradable, y nos gustaría verlo, como dijimos, con más frecuencia en las calles de las ciudades. Por pequeña que sea la llama, ejerce siempre un poder hipnótico que nos transporta. Como la música, la noche, el verano.

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