Detalles del post: En la punta de cada aguja, una gota de azul

25.12.09


En la punta de cada aguja, una gota de azul
Permalink por Saravia @ 11:57:11 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

Hasta la Isla del Fin del Mundo

El mar de pinos en Cuéllar (imagen procedente de villaytierracuellar.com/fondomar.htm)

Localización: La Isla del Fin del Mundo está situada en el Último Mar, en el extremo oriental de Narnia, pero tan lejos que hasta las constelaciones en el cielo son nuevas y distintas, y el sol parece más grande. Descripción: La única construcción de la isla es un recinto amplio y sin cubierta alguna, de suelo empedrado y rodeado de columnas grises. En el centro, una larga mesa cubierta con un mantel rojo. A los lados, sillas de piedra tallada. Informador: Edgar Allan Poe, en “The City Under the Sea”, pieza incluida en The Raven and Other Poems (Nueva York, 1845. Hay una Traducción infiel de El Cuervo a cargo de Francisco Pino, Valladolid, Junta, 1997). Tema: El azul.

[Mas:]

Argumento: Todos los días llegan bandadas de pájaros blancos que traen la comida. Allí vive la estrella Ramandu, que sigue un tratamiento para rejuvenecer y volver a ocupar su lugar en el firmamento. Al acercarnos, el mar se hace menos profundo y hay que subirse a botes de remos para alcanzar el Fin del Mundo. Ahí está: una inmensa ola, perpetuamente congelada.

Derivaciones: Gusta ver la lejanía azul, que en múltiples ocasiones ha sido objeto preferente del sueño arquitectónico y urbano. De hecho, cada día se construyen nuevos miradores en el paisaje para degustar pausadamente esos prometedores horizontes.

Ejemplos: Pero también hay proyectos urbanos que se embeben con la lejanía. No ya miradores, torres, puntos elevados o atalayas costeras, sino trozos de ciudad o incluso frentes completos que miran la distancia infinita. Cornisas, frentes, fachadas. En primer lugar las cornisas: esos espacios elevados que tienen de antemano ganado el horizonte (aquí cerca, en Valladolid: Portillo, Urueña, Montealegre, Roa de Duero). Y sin embargo no siempre bien aprovechado. Quizá los más característicos de los últimos tiempos sean los frentes marítimos: esas enormes obras que dicen abrir al mar una ciudad que le daba la espalda (siempre es el mismo eslogan: espaldas, aperturas). Las actuaciones han sido numerosas en las últimas décadas. Y si seguimos bajando llegamos a otros horizontes, ahora ya de tierra y de pinar, pero igualmente inmensos, infinitos (Medina del Campo, Cuéllar). Y qué decir de esas poblaciones que se han construido en el interior de un cráter, como Cha das Caldeiras (Fogo, Cabo Verde). ¿Cómo se puede vivir sin horizonte?

Opinión: Pocos objetivos urbanos, pocos temas, son tan acogedores e íntimos. Quizá por el infinito. Pero probablemente por el azul. El signo aéreo del azul. Aquella “oscuridad que se hizo visible”, como creía Claudel, que nos lleva inevitablemente al sueño. Tranquilo. Pacífico, pues la ensoñación ante el cielo azul, únicamente azul, desemboca en un “nirvana visual, una adhesión al poder sin acto, al poder tranquilo, simplemente contento de ver” (Gaston Bachelard, El aire y los sueños, México, FCE, 1958). Mas para soñar el azul no es necesaria una visión amplia del firmamento, abierta y total. Basta una gota.

El azul del cielo nos lleva “al corazón de lo elemental. Ninguna sustancia de la tierra participa de modo tan inmediato de su calidad elemental, como un cielo azul. El cielo azul es verdaderamente, en toda la fuerza del término, una imagen elemental. El primer azul es para siempre el azul del cielo. En Leda sin cisne D´Annunzio escribe: `Los pinos tenían, en la punta de cada aguja, una gota de azul´. ¿Cómo decir mejor que el árbol estremecido destila cielo azul?” (Bachelard, de nuevo). Conseguir esa “gota de azul” en cada lugar, esa mínima (pero suficiente) visión del cielo permitirá participar de la impresión cósmica, del “alma del mundo” que mueve la imaginación. Para Geneviève Bianquis el alma del mundo es “la atmósfera de donde descienden hasta nosotros las estaciones y las horas, las nubes y la lluvia, la luz y el relámpago, el azul del cielo”. Un universo “azul y dulce, infinito y sin forma” (Valery, cit. también por Bachelard).

Desde ese mínimo azul que hemos de poder ver en los rincones de la ciudad nos llegarán (así lo esperamos) aquellas bandadas de pájaros blancos que traen la comida. Y con ellos, probablemente, algún reflejo de esta descansadísima música.

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