29. Lo proscrito, los peligros

La Rosse Buurt de Ámsterdam es seguramente la más conocida, pero casi todas las ciudades tienen sus zonas rojas. ¿Qué se busca en ellas? Posiblemente lo de siempre, en cualquier parte: Somebody to love. “Su simple fama llena nuestra calle”, escribió Silvia Plath en su “Canción putesca”. En todas las ciudades, decíamos, se encuentra alguna zona roja. En Bogotá, por ejemplo, el barrio de Santa Fe. En Tel Aviv el Shapira. El Kabukicho, de Tokio, se vincula a la mafia japonesa de los Yakuza. Pero el barrio rojo mayor del continente asiático es el Kamathiputra de Mumbai. Otros son de pequeño tamaño, aunque muy significativos, como el Patpong de Bangkok. También está el Hira Mandi, en Lahore, y mucho más cerca, el de San Matías en Granada. Y no deberíamos olvidar los enclaves que se dispersan a lo largo de las carreteras. En todas las ciudades se pueden encontrar los lugares del “mercado del amor” (Brecht). Cigarrillos, noches y amaneceres, maquillaje, prostitución, burdeles. “Seres agrestes para quienes el amor tiene todos los nombres del peligro” (Luis Antonio de Villena). Y envolviéndolo todo el color rojo. Rojo de los barrios rojos: “Los tacones rojos de una puta vestida de rojo / por el pasillo de un hotel de alfombras rojas” (Benítez Reyes).
Con frecuencia también se asocian estas áreas a la venta y consumo de drogas ilegales. Pero a veces encontramos el tráfico y la mercancía sin otras connotaciones. Unos barrios destacan sobre los demás en esta clase de comercio: el núcleo chabolista de Penamoa, en A Coruña, es conocido como el “híper” de la droga. En José C. Paz, de Buenos Aires, se vende droga en motos o en camionetas. Y en Sa Penya, de Ibiza, los vecinos llevan años reclamando mayor presencia policial para atajar una degradación urbana que se asocia inevitablemente a esas prácticas de compraventa. Pero los barrios considerados más peligrosos no sólo se vinculan al sexo o a la droga, sino que tienen un grado superior de violencia, unos llamativos índices de criminalidad. Se considera que la Calle Liberty de Cincinnati, Ohio, es la zona más peligrosa de Estados Unidos, donde uno de cada cuatro residentes tiene posibilidades de convertirse en víctima de un crimen violento. Siempre la misma cantinela: robos de día y atracos y prostitución de noche, como en El Arenal de Palma de Mallorca. Uno de los más conocidos es sin duda el Bronx de Nueva York. Pero en las “Mil viviendas” de Alicante o las “Tres mil viviendas” de Sevilla también se dice que existe riesgo. Lo mismo que en la Cité Soleil de Puerto Príncipe (Haiti) y en los centros de las ciudades de Zimbabwe. O en la barriada de El Príncipe, de Ceuta, que lleva el título de ser el barrio más peligroso de España. O en el deprimidísimo Secondigliano, de Nápoles, posiblemente el más peligroso del mundo. Aunque ¿cómo medir esta excelencia? Todas las ciudades tienen sus zonas lóbregas o peligrosas, y poco importa la clasificación relativa.
El urbanismo no se resiste a plantear cambios en estas áreas, que invariablemente apuntan hacia la cultura y el turismo (turismo cultural, naturalmente). En algún caso parecen funcionar tales propuestas, como en el barrio Pichincha de Rosario, que al parecer (eso hemos leído) ha perdido “su impronta prostibularia” y se está transformando en un importante polo cultural. Pero no es fácil. Con demasiada frecuencia las actuaciones son excesivamente drásticas, como en el Cartucho de Bogotá. Y en otras ocasiones los barrios objeto de la supuesta mejora “se hunden cual Titanic en un mar de crimen y sexo en las calles”, después de “décadas de política municipal supuestamente renovadora”. Ahí tenemos el ejemplo del Raval de Barcelona, sumido en un proceso insensato e imposible que explica descarnadamente Javier Calvo (agradecemos a Luis del Hoyo su recomendación). Demoler casas de vecinos finalmente es, antes que nada, demoler casas de vecinos. Nunca lo plantearemos. Y en cualquier caso, actuar en estas áreas es un asunto delicado. Debería analizarse si el peligro que se predica es cierto (algunas veces “la violencia callejera es la continuación de la televisión por otros medios”: Galeano). Distinguir lo que corresponde a la moral (“a la felicidad llaman pecado”: Munárriz) de los peligros ciertos. Pensar en la transformación a medio o largo plazo, y hacerlo en función de la población concreta que lo habita, y no de un genérico y común bien general, o del progreso económico igualmente impersonal. Y, por favor, olvidarse del turismo y la cultura como motores del cambio. “Golfos y ninchis seguiremos / recorriendo este burdel que nos ampara” (Luis Antonio de Villena, una vez más).

Para las asignaturas de “Planeamiento de Nuevas Áreas” y “Gestión y ejecución del planeamiento” de la Escuela de Arquitectura de Valladolid
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código original facilitado por
B2/Evolution
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