Detalles del post: El término japonés mitate

21.02.10


El término japonés mitate
Permalink por Saravia @ 12:11:18 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

35. El paisaje

Una callejuela de Castellar de la Frontera, Cádiz (imagen procedente de sobrecadiz.com)

Todo lo que nos dice Augustin Berque sobre el sentido del paisaje, en un libro extrañísimo (de esos que hay que leer con una copa cerca) titulado El pensamiento paisajero (Madrid, Biblioteca Nueva, 2009), lo venían diciendo tiempo atrás algunos poetas. Al advertir ahora las correspondencias todos ellos, poetas y geógrafo, se confirman mutuamente. ¿Será suficiente tal acuerdo para desarrollar adecuadamente nuestra ciudad?

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Empecemos por el título. Pues para el autor una cosa es el pensamiento del paisaje, o sobre el paisaje, una cosa es reflexionar sobre el paisaje y otra distinta el pensamiento paisajero. Con el pensamiento del paisaje ordenamos los argumentos, intentamos explicar los sentimientos y, en su caso, proponer actuaciones conformes a lo que hemos pensado. Un pensamiento de tipo paisajero, por el contrario, “no exige necesariamente palabras”. Es el pensamiento lento (“los años pasan rápidos; / los días, lentos”, dijo Claudio Rodríguez) que nos lleva a construir paisajes bellos; el que conforma el gusto, pero que no tiene por qué razonarse como proyecto o desarrollo cultural. Berque es muy crítico con el primero: “Jamás se ha hablado tanto de paisaje como en nuestra época, nunca ha habido tantos paisajistas (aquí en el sentido de profesionales de la ordenación de paisajes) (…), y jamás hemos asolado tanto los paisajes. Somos unos charlatanes (…). Cuanto más pensamos el paisaje, más lo masacramos”. Y todavía echa más leña al fuego: “Ésta es la cuestión objeto de este libro. Se trata de preguntarse si el hecho de pensar el paisaje no podría a fin de cuentas ser adverso al paisaje”. Lo cierto es que el paisaje moderno nos asusta, y la vista de un paisaje antiguo nos sacude: “Estremecidas como naves / acacias emergidas de un paisaje antiguo” (Eugenio Montejo).

Pierre Donadieu le responde como puede (Les Paysagistes, Actes Sud, 2009), expresando su convicción (poco convencida, poco convincente) de que habrá de aparecer un nuevo tipo de especialista en el paisaje que sea a la vez artista, escritor, ingeniero, “impregnado del saber de los otros, pero que disponga a su vez de un saber singular de síntesis de conocimientos científicos, tecnológicos y artísticos; un analista, en fin, de cultura científica, capaz de describir y comprender las relaciones que se instauran en cada cultura entre los hombres y su espacio de vida [¿no se decía los mismo de los urbanistas?]. Así podrá contribuir al advenimiento de `el ser común´ que constituía el paisaje del pensamiento paisajero desaparecido con la modernidad, y del que A. Berque reclama su reinvención”. Creo que lo que dice Donadieu no se parece en nada a lo que Berque reclama. Este autor no quiere, desde luego, “convertir a los paisajistas en el chivo expiatorio del desastre de nuestros paisajes”. Pero tampoco hablar, por ejemplo, de que van a "construir", "inventar" o "reinventar" el paisaje (términos que “inducen a pensar que el paisaje sería pura creación de la mirada humana”), sino de su nacimiento. De la génesis de un “paisaje cálido / donde la luz se anida” (Cristina Maya). De un paisaje que brote lentamente del silencio: “Deja que el tiempo fluya lentamente / entre el paisaje y tú / y que el silencio ponga acentos / de leve melancolía en cada cosa” (Miquel Martí i Pol).

“Tomemos el askif en el asqquif” (¿no dijimos que el libro era extraño?). El askif es un desayuno con sopa de sémola, dátiles, pan, aceite de oliva y té a la menta, por ejemplo. El asqquif es una terraza semicubierta, una especie de logia. Pues bien, “en esa mañana de abril en Aït Mhand, en el asqquif”, el autor pudo convencerse “de una cosa: el pensamiento paisajero es primordial respecto al pensamiento del paisaje. Es el sentido profundo del paisaje”. En las sociedades modernas, donde se ha perdido ese sentido profundo, “la práctica habitual engendra fealdad, y por eso nos preocupamos por preservar el paisaje con medidas especiales”. La gente “generalmente encuentra feo o insípido su marco de vida y busca en otros lugares –temporalmente o para instalarse allí- paisajes más bellos”. El problema es la divergencia entre la capacidad “de apreciar, de decir y de pensar el paisaje, por una parte, y, por otra, los comportamientos habituales, que lo destrozan”. Para saborear el paisaje nos quedan las horas, los momentos concretos: “Después llegaba el atardecer: / la hora en que la ciudad era paisaje” (Claudio Rodríguez, hablando de Lugo).

Se da tal divergencia porque nos hemos acostumbrado a trocear el sentido del paisaje; a quebrar “esa complementariedad que es constitutiva y dinámica (…) entre las dos vertientes del ser humano: su mitad animal, que es individual (…) y su mitad medial, que es colectiva: transindividual e intersubjetiva, tanto en el espacio como en el tiempo”. Una ruptura que se manifiesta, por ejemplo, “entre las dos verdades rivales que se disputan el mundo actual: la ecología, que insiste en nuestro fundamento terrestre (por ejemplo, en términos de huella ecológica) y la economía, que cuenta cada vez más con el consumidor individual, al que abstrae de su medio (es decir, de su cuerpo medial)”. Se manifiesta también en el "individualismo subjetivista" del Wanderer de Friedrich, que “ha tendido a reducir el paisaje a una proyección arbitraria de uno mismo sobre este objeto”. “Comprendo que mi tristeza / no frenará la hierba”, escribió Wislawa Szymborska, pero con frecuencia nos comportamos como si así fuere.

Berque nos invita, finalmente, a hacer uso del término japonés de historia de la estética mitate, “que se puede traducir por ver en tanto que”. Aplicarlo consiste en ver un paisaje como si fuera otro: “el Waffagga como si fuera el Nanshan”. Algo parecido al juego del si fueras: “Si fueras un paisaje, serías un bosque que respira” (Joan Brossa, en “Tú”). Al parecer se hacía ese ejercicio para poner de manifiesto, frente a lugares claramente distintos, “la esencia de la relación que se podía establecer entre ellos por medio de determinadas referencias culturales”. Y ahora Berque propone el mismo juego para relacionar el Waffagga con el Nanshan por medio de un poema de Tao Yuanming. “Aquí el Waffagga se convierte en un mitate del Nanshan”. Interpretar, por tanto, como semejante lo que la realidad física nos muestra como singular. Hacer valer la relación entre lo objetivo y lo subjetivo: “Desde entonces / en tu alma / dormían los paisajes” (Luis Hernández). Pues bien, la realidad nace, según el autor, de ese vaivén “entre nuestro cuerpo animal y nuestro cuerpo medial, entre nuestro espíritu y las cosas que nos rodean…”. Entre lo que percibimos y lo que interpretamos. Y también nace de ahí el paisaje, “puesto que para nosotros, ésa es hoy la realidad”. ¿No advertimos de que convenía tener una copa a mano?

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