Detalles del post: Sentada en el muelle de la bahía

09.04.10


Sentada en el muelle de la bahía
Permalink por Saravia @ 11:13:16 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

51. Poderes terrenales

Dock of the Bay, Strawberry / Mill Valley looking out at San Francisco (imagen procedente de marincountyrealestateblog.com)

Si el poder es grande y poderoso, quema y arrasa. Pudre inevitablemente la civilización. Destroza los valores propios de la democracia y la cultura. Y si la ciudad ampara y acompaña su despliegue, se torna en cárcel. Por eso es tan conveniente contraponer poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, desde luego; mas también el del mercado y el de la protección social, por ejemplo. Y muchos más. Pero quizá podamos entender mejor lo que decimos si hacemos uso, por una vez, de la música. Dijimos que la ciudad alegre y confiada podía semejar una sinfonía. Pero el poder prefiere marchas y fanfarrias, necesita himnos. Sean los estados o las iglesias, los príncipes o las olimpiadas, las universidades o los ejércitos; cualquier grupo empresarial de tinte imperialista quiere tener su himno propio. ¿Para qué sirve el himno de un equipo de fútbol, si no es para enardecer los corazones? ¿Para qué esa hinchazón de patriotismo? Himnos del Gran Poder no, por favor. Preferimos una ciudad poblada de pequeños poderes y múltiples contrapoderes. Plural, compleja, sin pretensiones imperiales. Simplemente sentada en el muelle de su bahía, haciendo de ella un hogar común para las soledades.

[Mas:]

Efectivamente, muchas ciudades, o muchos fragmentos urbanos, parecen himnos. Al ritmo de los tambores y al calor de pífanos y trompetas también encienden la orgía de la sangre. ¡A las armas, ciudadanos!, nos dicen una y otra vez. El mecanismo es fácil y reiterado. Se funda en una serie de leyes. 1ª) La ley de la arrogancia. Quien tiene poder quiere plasmar en el paisaje que lo tiene. No puede evitarlo. No puede ser discreto. El faraón levantó las pirámides más altas. La iglesia en cuanto pudo salió de las catacumbas y construyó las catedrales. 2ª) La ley de la multiplicación. El poderoso no puede evitar la pulsión al crecimiento y a extender el poder que posee. Del pequeño estudio junto a la abadía hasta la ciudad universitaria. De la pequeña tienda en Agunnaryd al imperio Ikea. De ahí pasamos a la 3ª) Ley de la enormidad. Si puedes hacer una torre de 800 m, ¿para qué quedarte en unos míseros 500 m? 4ª) La ley de la simpleza. Si puedes construir un enorme huevo, olvídate de las ventanas, cubiertas o cornisas: sólo el huevo, dominando el mundo. Las formas del imperio tienden a la máxima unificación. (Para huevos: ver la Cybertecture Egg, Mumbai, India. Para discos: la nueva Sede Corporativa en Madrid del BBVA, por ejemplo. Para figuras geométricas sencillas: ¿qué mejor ejemplo que el mismísimo Pentágono de Washington?). Esta ley no es incompatible con la 5ª) Ley del circo. Pasen y vean, más difícil todavía. Alardes tecnológicos (el viejo truco del Barroco). 6ª) La ley de los tópicos más idiotas. Si se construye en Sevilla, que el edificio parezca que lleva bata de cola con lunares (Torre Puerto Triana, Alejandro Zaera). Si vas a la Rioja, que te recuerde al vino. Etc. 7ª) La ley del oro. Siempre materiales caros, que se vea que hay dinero. Y que brille todo mucho. Si se pueden poner remates en oro, mejor que mejor. (Esos horrendos oros de muchos edificios oficiales de Londres y París, por ejemplo). 8ª) La ley de la ranciedad. Se prefiere lo que ha adquirido más sabor con el tiempo, como el queso fuerte o el rancio abolengo. Lo inmemorial, lo milenario. Ya lo hemos dicho: lo rancio. Un marcado carácter antimoderno, aunque a veces se presente como vanguardia, pero sólo en lo estrictamente limitado a la tecnología. O sea, que parezca que somos herederos de los griegos, o de Nabucodonosor, si viene al caso. 9ª) La ley de la exclusividad, por la que los poderes no quieren superponerse en el espacio (hoy mismo, 9 de abril de 2010, escribe Amelia Valcárcel en El País un artículo sobre el imposible “ERP: Espacio Religioso Polivalente”). No sólo las distintas iglesias no se avienen a compartir espacios, sino que ni siquiera quieren compartir sede el Ayuntamiento de Madrid y la Comunidad de Madrid: hasta ahí podíamos llegar.

En las ciudades se ve, y de qué forma, la escenificación del poder (Kostof, en “The Grand Manner”, a lo grande, en The City Shaped). Los arquitectos de los poderosos hacen uso de una serie de convenciones que les permiten poner de manifiesto su potencia. Grandes vías y ejes ceremoniales ("proporcionadas a la grandeza que ... la capital de un imperio poderoso debe manifestar”, como decía L´Enfant, el arquitecto de Washington). Enormes explanadas (para la iglesia, como la Plaza de San Pedro o la de la Basílica del Valle de los Caídos de Madrid; para el estado, como la Plaza de Tian'anmen o la Explanada de los Ministerios de Brasilia). Edificios clásicos o históricos que se reutilizan una y otra vez para significar que el nuevo poder asume el anterior y lo recrece (la Mezquita de Córdoba, que se construyó sobre San Vicente y después de mezquita pasó a ser catedral metropolitana; o la Caja España, que ocupa la Casa Botines de Gaudí en León; o la Universidad de Burgos, que hace lo propio en el antiguo Hospital del Rey; o la Capitanía militar de Valladolid, que se ubicó en el antiguo Palacio Real, etc.). Enormes cúpulas dominadoras (El Duomo en Florencia, San Pedro en Roma, la Cúpula de la Roca en Jerusalén, la de Nervi en el Palazzo dello Sport de Roma o la más reciente del Reichstag de Berlín). Arcos de triunfo y puertas por doquier (en honor de príncipes, emperadores, reyes, dictadores, como el Arco de Augusto en Rímini o el Arco de la Victoria de Madrid, el proyectado Ehrenpforte para Maximiliano I, o el Arco de Triunfo de Pyongyang, para Kim II Sung; el Arc de La Defènse y el Arco del Triunfo de Napoleón, el All India War Memorial Arch en el King´s Way de Nueva Delhi y el Arco de la Federación de Caracas; incluso las Manos de la Victoria, las Espadas de Qādisiyya de Bagdad: menuda colección). Obeliscos y columnas conmemorativas (para la Iglesia, como los de Sixto V; para los faraones, como el de Sesostris I; o para las empresas, como el llamado Obelisco de la Caja o Obelisco de Calatrava -generosa donación de la entidad financiera Caja Madrid a la ciudad del mismo nombre-; para el imperio -Columna Trajana-, o para el estado -Obelisco de Buenos Aires, construido en el 4º centenario de la ciudad-; incluso para los militares, como el Monumento de San Jacinto, en Tejas, coronado por una estrella de 220 toneladas, y que conmemora la batalla de San Jacinto). Tridentes en Berlin, Roma, Versalles o Aranjuez. Círculos y cuadros. Pórticos y columnatas. Esculturas ecuestres o sedentes. Edificios gemelos. Trazados viarios de absoluta geometría. Y por supuesto, torres y rascacielos dominando el skyline o cerrando perspectivas.

Lo cierto es que, con frecuencia, estas cosas gustan, para qué nos vamos a engañar. (También los himnos, para qué nos vamos a engañar). En palabras de Bauman, a todos nos gusta considerarnos incluidos dentro de grandes proyectos (milenarios, a ser posible), porque dan algo de sentido épico y grandioso a nuestra pequeña vida (siempre demasiado breve, siempre demasiado limitada). Pero el poder excesivo, propio o vicario, nuestro o ajeno, degrada. Destroza la convivencia. Y arrasa la ciudad como espacio de convivencia. Las maniobras de los reyes españoles para construir un palacio a su altura, y el relato de cómo afectaban al entorno urbano, pueden servir de ejemplo de lo que decimos (minuciosamente relatadas en los libros de Jonathan Brown y John H. Elliot, Un palacio para el rey; y en el enorme Espacio, tiempo y proyecto de Ángel Martínez Díaz). Mas no sólo gustan las pirámides, sino también otras obras menores. Y la gente se lo pasaba muy bien con los autos de fe, y no es razón para programarlos.

Robert Kagan, en su Poder y debilidad (Madrid, Taurus, 2003), decía: “Europa comienza a alejarse del poder o, dicho de otro modo, se está trasladando más allá del poder a un mundo autosuficiente regido por normas de negociación y cooperación transnacionales, al tiempo que se adentra en un paraíso poshistórico de paz y relativa prosperidad –en la materialización de lo que Kant bautizó como `paz perpetua (…). Hoy en día en la mayoría de las cuestiones internacionales los estadounidenses parecen de Marte y los europeos de Venus” (estaba escrito, recordemos, en 2003). Y John Forester, en Planning in the Face of Power (University of California, 1989), recomendaba aplicar “la teoría interactiva del proyecto urbano”, una “estrategia del planeamiento” basada en la negociación; favorecer la participación para “construir conjuntamente el sentido” de la ciudad. Como sabemos que lo que hace fuerte al poderoso es la representación de su poder, como nos consta que el fuerte no es más que el manager de la fuerza (su “apoderado”), y queremos apoyar el juego de contrapoderes y negociaciones, nos gustaría atenuar todo ese pintoresco lenguaje de príncipes y papas. Efectivamente: más venus y menos marte.

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