Detalles del post: La rama de sauce

08.05.10


La rama de sauce
Permalink por Saravia @ 21:39:27 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

53. La pasión amorosa

Fuente del Patio de los Cipreses o de la Sultana, en la Alhambra, Granada (imagen procedente de fotosalhambra.es)

La ciudad ofrece múltiples lugares. También para el amor: Ángel González hace una buena reseña en el poema titulado “Inventario de lugares propicios al amor” (de su Tratado de urbanismo). Pero los ofrece sin proponérselo; pues se trata de una circunstancia que no ha merecido la atención de los urbanistas. Al parecer, su (nuestro) escaso arte no da para dibujos, y los amantes urbanos han de buscarse la vida en los intersticios de un orden casi siempre seco y tantas veces destemplado, que los ignora. Casi mejor.

[Mas:]

Análisis funcional. Veamos: “La primavera está muy prestigiada, pero / es mejor el verano. / Y también esas grietas que el otoño / forma al interceder con los domingos / en algunas ciudades / ya de por sí amarillas como plátanos” (Ángel González). No hay excusa: siempre quedan lugares para el amor. Quizá en esas habitaciones en penumbra. O en los prados verdes. “En la penumbra los muebles de una alcoba, sus espejos, los cuerpos que reposan en la indolencia de un prado o de una cama” (Masoliver). En esas playas que descienden hasta el fondo del mar, donde espera una casa propia, de cristal: “En el fondo del mar / hay una casa / de cristal” (Alfonsina Storni). Nadie podrá decir que no hay lugares. “Ciudades que están llenas de imprevistos / hitos de amor” (Margarit). Y que más tarde son material del recuerdo: “Hay una esquina / que, aunque lugar de citas imposibles, / es el único punto que nos queda / para que la belleza del encuentro / y el dolor consecuente a la belleza / dignifiquen al menos nuestra ausencia” (Aníbal Núñez).

Análisis histórico. Lo cierto es que hay un espacio (el mar o su cercanía) y un tiempo (la noche y su cercanía) que parecen más adecuados para el amor. Y también lo son los lugares (hay legión) que de alguna forma apuntan hacia el mar y se encaminan a la noche. Hacia el mar: “Esta hondura donde el mar / hizo la paz con su agua / y están queriéndose ya / sin signo, sin movimiento” (Pedro Salinas). Hacia la noche: “de los silencios vegetales” (Aurelio Arturo: “Yo amo la noche de las ciudades”).

Análisis morfológico. Ciertamente, la ciudad es como ella (o él). Parece fácil la comparación en cada una de sus partes: “Tus hombros construidos y frágiles como la ciudad / de Florencia / y tus brazos firmes como un río caudal” (Tomás Segovia). “Tu vientre es una plaza soleada” (Octavio Paz). Los poetas hispanomusulmanes usaron con profusión esta metáfora, hablando de la ciudad como novia o desposada, y apreciando el contento de los jardines: “Verás al jardín alborozado, porque fue testigo de abrazos, retozos y besos” (Ibn Saïd). Y si la ciudad es como una mujer, ésta será también jardín perfumado, rama, estrella o luna: “Es un antílope por su cuello, una gacela por sus ojos, un jardín de arriates por su fragancia, una rama de sauce por su talle” (Al-Mu´tamid). Mas en el contraste siempre acaba perdiendo la ciudad: “Estas piedras más nobles, que sólo el tiempo las tocara, / no han alcanzado aún el esplendor de tu cabello” (Brines, “Amor en Agrigento”).

Análisis estético. Los lugares para el amor son desnudos, sin adornos. O de tenerlos, que sean al menos ingenuos y discretos. Esas ciudades sólo resuenan (detrás y reservadas), nunca se imponen. Y tiemblan, como Lisboa, como Oporto: “Porque resuenas, tiemblas y me olvidas / yo te amo, ciudad” (Gastón Baquero, “Testamento del pez”). Ella (o él) confieren una especial calidad al espacio urbano. Ver su rostro es gritar “tierra” en medio del océano, es divisar el oasis al trepar la duna, ser sorprendido por el sol entre las nubes: “la misma calidad que el sol de tu país / saliendo entre las nubes (…). La misma calidad que tu ciudad” (Gil de Biedma, “Amor más poderoso que la vida”). Con ella (o él) el espacio, tantas veces bien delimitado, se desordena sin remedio. Y se confunden “la ciudad, la tarde y tú” (Nazim Hikmet): “Entre mis brazos estáis desnudas / la ciudad, la tarde y tú (…). ¿Dónde termina la tarde dónde comienza la ciudad / dónde termina la ciudad dónde comienzas tú / dónde termino yo dónde comienzo?”.

Análisis compositivo. Los lugares para el amor se disponen también como el fondo de la música o del cuadro (del retrato) que ella (o él) protagonizan. Son, por lo tanto, guitarra, acuarela, atmósfera. “Yo amo la noche sin estrellas / altas; la noche en que la brumosa / ciudad cruzada de cordajes, / me es una grande, dócil guitarra” (Aurelio Arturo). Te iluminan la cara: “Te dibuja la cara, y más te la ilumina, (…) como nunca lo haría la acuarela más fina” (Baldomero Fernández Moreno). Te construyen trabajosamente un fondo; pues la ciudad quiere también ser ese paraíso verde y habitado que se ve a través de las ventanas en los retratos renacentistas. Un fondo que, como las flores, es ímpetu de entrega: “La flor vive / tan bella porque vive poco tiempo / y, sin embargo, cómo se da, unánime, / dejando de ser flor y convirtiéndose / en ímpetu de entrega” (Claudio Rodríguez).

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