Detalles del post: Frágil teatro de la memoria

05.09.10


Frágil teatro de la memoria
Permalink por Saravia @ 12:26:39 en La bella mentirosa -> Bitácora: Mundos

De nada sirven las pruebas cuando se quiere creer

La vieja Academia de Caballería de Valladolid (imagen procedente de viajejet.com/fotos-antiguas-de-espana)

No. “De nada sirven las pruebas cuando se quiere creer”. Poco pueden el parecido, la razón o los datos firmes contra el querer. Cuántos desgraciados signos habrán sido disputados, apropiados o rechazados por ávidos amantes, temerosos de que con ellos se deconstruyese definitivamente su pasado y soliviantase su futuro. Porque (lo sabemos bien) nunca es fácil edificar un pasado sólido y fiable de una vez por todas. La base de toda historia se asienta sobre arenas movedizas, el pasado es quebradizo y la paz que a veces nos entrega, despiadadamente vulnerable. Su única garantía, si es que pudiera haber alguna, es la querencia. El empeño en creer. Y algo semejante, salvando todas las distancias que se quiera (¿años luz?: pues años luz), también podemos verlo en las historias de las ciudades.

[Mas:]

Pero para entender mejor lo que queremos decir, nos viene bien recordar la historia (dramática, real) que nos cuenta Leonardo Scascia en El teatro de la memoria (Barcelona, Tusquets, 2009; or. italiano de 1981). Turín, Italia, 10 de marzo de 1926. Se detiene a un hombre, tras intentar un robo. Está indocumentado. En comisaría dice no recordar nada de nada y se comporta como un loco. Le fotografían, le toman las huellas y le ingresan en una clínica mental de Collegno. Le llaman “el desmemoriado de Collegno”. Pero mantenerlo resultaba costoso y convenía librarse de él. Por eso, al cabo de un año se publica su foto en la prensa y se pregunta quién lo conoce. “Muchos creyeron reconocerlo, pues circulaban abundantísimos datos sobre desaparecidos en la primera guerra mundial y no eran raros los casos de los que regresaban tras mucho tiempo”. Entre los que se interesaron figuraba el profesor Renzo Canella, quien creyó reconocer a su hermano Giulio, dado por desaparecido en Macedonia ocho años antes. Ciertamente no estaba nada claro que fuese él. Pero tras muchos avatares, idas y venidas, la mujer de Giulio lo reconoció sin dudar.

Mas la historia no acaba ahí, sino que más bien empieza y se desborda en multitud de encuentros judiciales, pruebas y reconocimientos, de los que se hizo amplio eco la prensa de todo el país. Finalmente, en 1931 el tribunal de casación dictaminó que se trataba de una farsa. El que parecía ser Canella no era Canella sino un tal Bruneri. Según cuentan, las pruebas eran contundentes. Con todo, Giulia Canella no dejó de reconocer a quien creía su marido: “quería creer, contra toda evidencia”. Había organizado su propio “teatro de la memoria”, que le resultaba mucho más vivible (cálido, suficientemente verosímil, vívido, incluso real) que el que le ofrecía la verdad oficial. Ella y el desmemoriado encajaron los acontecimientos de sus vidas pasadas y superaron los signos contradictorios, las evidencias contrarias. Ciertamente era un teatro, pero en el sentido que daban a esa palabra los tratadistas del Renacimiento: “un sistema de lugares, de imágenes, de actos, de palabras, capaz de suscitar en la memoria otros lugares, otras imágenes, otros actos, otras palabras, en constante profusión y asociación”. ¿Para qué más?

Según Sciascia vivimos hoy “tal abundancia e inagotable concatenación de insatisfacciones, que no deja sitio a la memoria o procura socavarla allí donde sobrevive”. Algo que podemos ver también en la memoria de las ciudades, en el afán equívoco de su conservación. La restauración, por ejemplo, es una teoría muy respetuosa con la historia, la ciencia y los hechos conocidos, pero a costa de una calculadísima dosis de ambigüedad y notorias contradicciones internas. Las ciudades están cuajadas de señales, pero apuntan en múltiples direcciones. Y de todas ellas escogemos sólo algunas, que por alguna razón nos convienen. Pues todos los edificios son “desmemoriados”, y tenemos nosotros que recomponerles la memoria. Es decir, organizar una exposición lógica y consecutiva de los hechos y espacios de que se quiere dar cuenta. Pero son muchas las memorias posibles, igualmente históricas, científicas y verdaderas.

Hace unos días se ha inaugurado una exposición titulada “Valladolid en el recuerdo” (Casa Revilla, 3 de septiembre-3 de octubre de 2010), con imágenes fotográficas tomadas entre 1905 y 1915. Su comisario, Ricardo González, habla de la muestra como si se tratase del "imaginario colectivo de la ciudad, lo que mejor la representa". Se refiere, sin duda, a las calles y edificios que aparecen en las fotos. Pero para nosotros tiene el mismo interés (y en algunos casos, incluso más) lo que no son los edificios o las calles representados, sino sus márgenes. Esas minucias que vemos en los bordes. Esas hierbas que crecen entre las tejas de La Antigua o los toneles que se acumulan junto a la iglesia. Los olmos junto a San Benito y los arbolillos delante de San Juan de Letrán. Chavales con chaleco y gorra por todas partes. Vinos junto al Calderón. Un organillo en mitad de la calzada. Calles prácticamente vacías de cualquier carruaje. Charcos por doquier. Casas y casetas adosadas a las iglesias, con el callejón de Magaña dando escala. Líneas de empedrado, muchas superficies de tierra (barro en invierno, polvo en verano), jardincillos en torno a todas las estatuas. Las farolas de Colón (y el convento detrás), las farolas de la Plaza Mayor, en mitad de la calzada. Un cilindro informativo delante del San José. El barquillero en el Instituto. Los taludes del Puente Colgante. Las señoras de negro paseando. Los toldos de Duque de la Victoria. La gente posando para el fotógrafo. El Hotel, café y restaurante Moderno. Los pacíficos arranques de las calles de Santiago o Duque de la Victoria. El aspecto lejano del barrio de La Victoria. Las lavanderas en las aceñas del Pisuerga. El tranvía en la Estación de ferrocarril. Los postes eléctricos (de varias clases). El Campo Grande sin pérgola. La vista general de la ciudad desde la Maruquesa (chimeneas y chopos). Y los dibujos en el encerado del aula de la vieja Academia de Caballería: Missouri, Pennsylvania. Ahí estamos, con ese cúmulo de signos que no nos permiten eludir la encarnación del recuerdo.

Pues todo recuerdo urbano es carne (se aloja en las personas, anida en las entrañas de la gente). Y como tal, ideológico (y como tal, negociable: nos fulminarán por decir esto). Pero volvamos a la historia turinesa. Porque la vida necesita apoyarse (como pueda, pero descansando al fin y al cabo) en una versión de lo que ha sido el pasado, desplegarse en un teatro suficientemente operativo (un verdadero “teatro de operaciones”), enraizarse de alguna forma para ser fértil. Y así lo entendió, literalmente, nuestra pareja. Giulia y el desmemoriado, en los años que tardó en llegar la sentencia fueron, por dos veces, padres. Es posible que en realidad no se tratase del matrimonio que decían ser (los señores Canella), pero nadie podrá negar que aquel teatro dio sus frutos.

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Comentario de: mikamaera [Member]
¡Ay, bellísimo!

Por mi parte, y aunque nunca me gustó el estribillo, dejo para la sobremesa de fotos al Aute:

"Siento que ese tiempo que se fue
no ha sido nunca nuestro,
como cuando te miro y no logro
recordar tu cuerpo;
no eras tú aquella insolencia de latido
que encendía mis deseos más prohibidos.
Creo que tú y yo no somos más
que dos desconocidos,
otros, dos extraños que en el tiempo
se han hecho asesinos
de esos dos niños de la fotografía
que, abrazados, van bailando por la vida..."

Abrazos y a por ellos.
URL 06.09.10 @ 08:09
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