Detalles del post: La ciudad se pone guapa: tiene zarcillos.

12.05.13


La ciudad se pone guapa: tiene zarcillos.
Permalink por Poto @ 19:46:00 en Maneras de hacer ciudad -> Bitácora: Mundos

Begonias, petunias y, sobre todo, alegrías.

Dice el diccionario que se trata de una vía ancha, a veces con árboles a los dos lados. Aquí solo se creció en latitud para ir rápido: acerados de 3 metros en ambas márgenes, recogiendo carriles dobles para cada sentido. La efusión de los servicios y artefactos emergentes privan al peatón de la banda inmediata al encintado. La edificación intensiva en altura que construye la alineación de fachada se encarga de todo lo demás. El zócalo languidece pero vive, proyectando al viandante hacia una rodera invisible, que se vislumbra sobre las cabezas de una gente que acaba no queriendo ir a parte ninguna, solo salir de allí. Una formidable sangradera de 300 metros de longitud, que despide la ciudad hacia el oeste, y de allí al norte. Justo desde donde confluyen todas las demás. Una puerta que señala una cruz. Esa.

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Cada cierto tiempo, e invocando experiencias locales de reconocida dignidad, se pide al dilecto Consistorio que acometa una sencilla reforma de la sección de esta avenida, que permita a los acerados crecer lo suficiente para disponer arbolado y que el paseo (eso que ahora no tenemos) logre calidad.

Por fin, este año, la primavera nos ha traído la solución. Mentimos, no ha sido la primavera, sino la Concejalía de Medio Ambiente (qué será eso) y su satélite concesionario del servicio de jardines, que han conseguido sorprendernos con una solución mucho mejor y menos costosa de la que veníamos proponiendo estos inútiles y cretinos ciudadanos que sin duda somos.

Aprovechando el cese del temporal (sí, así escrito es una tautología, pero ligado a la clase política tiene su punto socarrón ¿no?), se han dispuesto 30.000 flores para celebrar el dulce entretiempo: begonias, petunias y alegrías, entre otras. Y de súbito hemos amanecido admirando cómo han guindado unos zarcillos voluptuosos de las columnas del alumbrado. Unos maceteros que penden pareados a cuatro metros de altura, en número de 34, resueltos mediante un collarín atornillado al fuste, que sirve de apoyo a unos cartabones con romántica voluta partiendo el vacío y esfera en punta, sosteniendo argolla y cadena para fijar el casquete de plástico que constituye el fingido tiesto, que en sí no hace más que (sin provisión de drenaje ni cosa parecida) abrir ojos por los que emergen los pequeños floreros que contienen las plantas. Tan natural como eso.

Lo mejor son los oficios de mantenimiento. Temprano cada mañana (pero sin exagerar) aparece un camión cisterna de otra concesionaria, tripulado por un trabajador. Detiene el vehículo dejando el motor vivo, y a continuación extrae un largo caño cuya boca suspende sobre los maceteros, rociando con generosidad para que no falte de nada. La solitaria coreografía de la moderna venencia se repite a lo largo de la avenida, entreteniendo a conductores y transeúntes por igual, los unos cortejando a la fuerza el paso intermitente del camión, los otros eludiendo daños colaterales.

Pero hay que reconocer que así tenemos algo de color que rebaje la cenicienta realidad, y no hay que hacer obras que nos fastidian lo del déficit (quién dijo que para generar empleo se puede invertir en cosas buenas y necesarias), ni tampoco se pierde esa dichosa superficie de los alcorques, si al fin y al cabo una calle acosada es el mejor síntoma de vida urbana.

Y es que no nos enteramos de nada.

Hay dos circunstancias que apuntan los espacios próximos. Argumentos que no explican nada, en los que no hallamos gracia ni relación, pero que con el tiempo afirman su razón. El primero la cruz enorme de la que arranca la avenida. Aún no concluida la Guerra Civil y ya estaba allí, sustituyendo al discreto obelisco que sin querer popularizó el nombre de la encrucijada: Plaza del Lápiz. La cruz, síntesis de los valores de la “cruzada victoriosa”, de la religión y el nuevo régimen, símbolo de “la redención del género humano, que lo es a la vez de España”.

Hace apenas tres años entró en vigor el nuevo Plan General de la ciudad. En su Catálogo de Bienes Protegidos se recoge esta cruz, con nivel Integral, subrayando su carácter racionalista (¿?) cuyos elementos se describen como sigue: “Sobre la cimentación se levanta la estructura de la cruz, de fábrica de ladrillo y mortero de cemento, revestida con un aplacado de mármol. Cuerpos prismáticos escalonados que van decreciendo en volumen. Aristas recortadas en los encuentros de las distintas placas”. El uso asignado es el de dotacional-conmemorativo (sic).

Poco después de tan brillante mención una cigüeña hizo por anidar en el travesaño, dando lugar a la movilización de los grupos políticos municipales (que no de la población, divertida de lo lindo con las idas y venidas del ave inmensa y su arte de ingeniería). Unos ediles pidieron exilio por (en este orden) el ultraje a los principios inspiradores del monumento, por la alteración del paisaje y por el pernicioso efecto del momento de vuelco ocasionado por el sobrepeso; otros lo pidieron por coherencia política: si se consentía la unidad habitacional, acabaría siendo poco menos que imposible derribar o desplazar la cruz a otra ubicación (sin embargo no se opusieron a su catalogación). La cigüeña, único ser vivo que le había hallado utilidad al instrumento de suplicio, hubo de marcharse. Todos quedaron satisfechos: saludar al visitante con semejante distintivo alentaría el turismo, no fuera que quitarlo trajera mala suerte.

La segunda circunstancia remata viniendo del norte en la misma cruz. Sobre lo que queda de unos bellísimos jardines se celebra la Feria del Libro. El recorrido es, por desgracia, breve. Al final de la hilera de quioscos (¿o es lo primero?) se exponen varios coches, flamantes, debidamente dotados con los afiches ilustrativos de las irresistibles ofertas de las firmas comerciales agraciadas con tan lujoso escaparate.

El rastro de baldosas y rigolas rotas o desprendidas señalan por donde los acarrearon los señores que susurraban a los maceteros.

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