Detalles del post: Tres tristes Triestes

03.05.08


Tres tristes Triestes
Permalink por Saravia @ 11:11:33 en 100 ciudades -> Bitácora: Plaza

Comentarios sobre la conservación y la renovación urbana de la ciudad

Vista de la Piazza dell´Unità d´Italia hacia el mar (imagen procedente de angelessobreberlin.blogspot.com)

Trieste es una ciudad literaria, que suena en castellano (y también en italiano) a triste. Enseguida vino el juego: tres tristes Triestes. Y nos pusimos a ver si funcionaba, o si nos podía servir de algún modo. Buscamos autores “ligados visceralmente” a la ciudad (Svevo, Saba, Kosovel, Magris), y nos hicimos con algunas monografías. Indagamos (no mucho, no hay que pasarse) sobre la tristeza (ese vacío, esa falta de fuerzas, esa soledad). Y pronto nos encontramos con Magris hablando de “una tercera Trieste” (A. Ara y C. Magris en Trieste. Un´identitè di frontiera, 1982; en cap. 8, “L´altra Trieste”); con Oliver Rondin titulando el artículo inicial de Debats (nº 38, 1991) precisamente “Triste Trieste”; y con un poema de Umberto Saba (recogido en Trieste e una donna, y titulado “Tres calles”) que nos advierte de que en Trieste “hay muchas tristezas”. Sí, va a ser Saba quien nos ponga en la pista de las tres melancolías urbanas que queremos comentar: el viejo barrio, los viejos colores, el mismo mar.

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En otro de sus poemas (“Barrio”, incluido en su Cancionero), el poeta triestino nos sitúa frente a un barrio arropado “con el velo que envuelve las cosas acabadas”; en un ambiente cromático dominado por los colores “donde nació mi suspiro”; y a la vista del mar “que en lo bajo vislumbro”. Tres signos de su enorme gozo (“dulce y cobarde”, por cierto: puede verse el poema completo pinchando abajo a la izquierda, en Textos, en esta página) que luego lo serían, por ser ya pasado, de tristeza: “al seguir siendo yo, yo mismo solo con mi duro sufrir. Y muerte me aguarda”. ¿Cómo se integran estas penas, si es que lo hacen, en la ciudad, en el urbanismo de Trieste?

La ciudad vieja, el burgo teresiano

Hay un barrio, como en todas las ciudades, que está en el origen imaginario de la ciudad. Trieste es ciudad de fundación romana que vivió un crecimiento medieval y moderno sin mucha proyección, pero que en 1719, ya bajo el poder de los Habsburgo, y siendo la única salida al mar del imperio austrohúngaro, obtiene el carácter de puerto franco. Con él llegó el desarrollo, un revulsivo para un gran impulso urbano. En 1722 se inaugura un astillero y se dictan normas para atraer población (exenciones fiscales, amnistía, disposición de terrenos, etc.), con lo que aumentó de población rápidamente. Se organizaron dos grandes expansiones urbanas en cuadrícula regular: dos ordenados ensanches, uno al oeste en el siglo XVIII, el burgo teresiano; y más tarde, a finales del XIX, otro al este, el barrio josefino. También se construyen nuevos espigones -1744- y un Gran Canal -1754-. En el siglo XIX se acometen grandes obras de reestructuración del puerto para buques de gran tonelaje, y ya en el siglo XX se crea un nuevo puerto industrial. En el último cuarto del siglo XIX se regulariza la plaza del Ayuntamiento (actual Piazza dell´Unità). La ciudad en su esplendor.

Con problemas, desde luego. Sobre todo políticos y culturales. Pues es obligado, al hablar de Trieste, hacer alguna referencia al cruce de pueblos y culturas, a su condición de frontera que todos cantan. Ahí está la minoría eslovena, fundamental: a principios del siglo XX representaba el 25% de la población de la ciudad (era la ciudad con mayor número de habitantes eslovenos, más que la propia Ljubljana). Pero el grueso de la población, y sobre todo del poder, estaba en manos de los italianos, aunque también se encuentran grupos importantes de croatas, albaneses, alemanes, ingleses, griegos y chinos. Y hasta la segunda guerra mundial, también judíos. E incluso hoy quedan restos de la importancia que, naturalmente, tuvo “lo vienés”, como el muy conocido Caffè degli Specchi, en la Piazza dell´Unità d´Italia.

¿Cuál es su tristeza? Para Saba, y le creemos, está en esa sensación “que envuelve las cosas acabadas”. Ahí va su gozo, pero también su pena. ¿Realmente está Trieste acabado? ¿Lo está al menos ese ensanche ordenado y regular, que realmente parece completo? ¿No hay nada que decir de él, nada que hacer? Es algo que puede decirse de muchas ciudades europeas, que en muchas de sus zonas tradicionales parecen ya acabadas, de una vez por todas. ¿Cómo trata el planeamiento este enclave triestino? El burgo teresiano está calificado como “zona A0: Centro storico” (ver el plano correspondiente). Se regula en el artículo 5.5.1 de las Normas Técnicas (actualizadas el 22 de abril de 2008), donde se establecen los usos admitidos. Lo normal: vivienda, comercio, “actividades direccionales”, estudios y oficinas, actividades artesanales de servicio a la vivienda, instituciones de todo tipo –religiosas, que cita en primer lugar, escolares, sanitarias, deportivas, etc.-, locales de espectáculo y recreo, hoteles y pensiones y garajes). Y se actúa a través del Piano Regolatore Particolareggiato Comunale (PRPC), en el que habrán de expresarse las tipologías edificatorias permitidas y la metodología de intervención, tanto de la edificación como de los elementos de la estructura urbana, teniendo en cuenta también los otros planes con incidencia en esta zona (y concretamente el de movilidad y el del color, del que luego hablaremos).

Las categorías aplicables siguen siendo las de "restauro", "conservazione dei caratteri architettonici e tipologici", "ristrutturazione interna" (“con vincolo di conservazione" o “con vincolo di riduzione"), "conservazione tipologica", "ricostruzioni ed edifici di completamento dell'impianto urbanistico storico" y "edifici e parti di edifici da demolire" (en "ristrutturazione urbanistica"). También "edifici o complessi edilizi di recente formazione", entre las que puede plantearse, en algunos casos, la “ristrutturazione edilizia con ammissibilità di modifica della foratura in facciata”, equiparable a la “ristrutturazione edilizia”. Todo suena demasiado a los planes de conservación ya conocidos y aplicados desde hace décadas en otros muchos lugares. Mejor aún: con algunas variantes, en casi todos los lugares históricos del mundo. ¿Por qué habría de ser más acabado aquí que en ninguna otra parte? No lo veo.

Los colores de la ciudad

Hasta hace un par de décadas la regulación urbana del color era únicamente un tema de ordenanzas. Pero ahora, en varios países europeos, y especialmente en Italia, es objeto de planes específicos. En Trieste los colores de las fachadas son, en general (así se nos dice), “sombríos”. Veamos cómo está la “Trieste oscura”. Y fijémonos especialmente en esa Vía Domenico Rossetti, situada en un “verde barrio suburbano, que pierde día a día su color, que es cada vez más ciudad, menos campo” (Saba, de nuevo). Pero la calle de Rossetti es muy larga (el tal Rossetti sería “una persona que en sus tiempos tendría su influencia, ya que una de las calles más largas de Trieste lleva su nombre, y tiene uno de esos monumentos (...), pero que me muera ahora mismo si yo, que soy triestino y soy lo que se llama una persona culta, sé lo que ha hecho en su vida o sé por qué se ha hecho célebre”, nos dice en una ácida entrevista sobre la ciudad Roberto Balzen), y sólo entra en el Piano del Color, y en el límite, una parte de ella: el tramo entre el Giardino M. Tommasini y la Via della Pietà. ¿Cómo actúa el Piano? ¿Mantiene el verde, conserva la sensación de campo?

No lo sé, pero me temo que no mucho. En las “normas técnicas” de actuación se señalan las “líneas-guía para la recualificación de las fachadas del centro histórico de Trieste”, a lo largo de 22 artículos. Se pretende con ello “la sensibilización de la colectividad por el aspecto estético de la ciudad, el conocimiento de la cultura constructiva local, y el respeto y la conservación de las tipologías cromáticas originales”. Y establece un procedimiento de intervención sobre las fachadas (definido en el artículo 6), donde se reclama un análisis histórico y fotográfico exhaustivo del elemento en que se piense actuar; se establecen una serie de prohibiciones y obligaciones (artículo 7), dirigidas a mantener los viejos colores; y se indican unos “instrumentos” de actuación (artículo 9), como los “análisis a través de los dibujos de archivo”, los “bocetos de coloración”, o la “tabla de colores del centro histórico”. Porque, en efecto, el cromatismo de esa zona protegida debe ajustarse a una serie de tonos previamente definidos. Es, en suma, el ya viejo sistema de protección cromática de los centros históricos. Pero ¿han visto qué tristeza la de esas imágenes de las fachadas que pierden su capa de color y que ningún plan viene a rescatarlas?

El mar, el puerto, las riberas

Stefan Hertmans, en el capítulo dedicado a Trieste de su libro Ciudades, Valencia, Pre-textos, 2003), nos señala “la sensación de relax que impera aquí”. En esta ciudad dice no haber sentido nunca estrés o irritación. Todo lo contrario: “Como si vinieran a asistir a una representación teatral, los triestinos de todas las edades se reúnen aquí: cazadoras bomber junto a trajes de Versace, antivuados vestidos veraniegos junto a pantalones de cuero, bastón junto a cochecito de bebé. Son absorbidos hacia el final del muelle y se quedan allí, ante un par de escalones que descienden hacia el quieto mar, también con una inmovilidad sorprendente, como si estuvieran adorando lo que ya han visto miles de veces”. Un mar totalmente en calma. Un mar que “parece la infinita plaza de una ciudad con baldosas líquidas”. Una quietud que ya fue observada a lo largo de los siglos. Sigamos con Hertmans, que ahora cita a Von Platen (“el hecho de que el mar fuera tan bonito, tan indescriptiblemente bonito, no me lo habría podido imaginar”) y a Adalbert Stifter (“encontrándome cerca del agua, asimismo, he pasado muchas horas en la costa y nunca pude cansarme de contemplar el mar; nunca habría podido suponer que el mar pudiera ser tan dulce”); y concluye: “Son la tranquilidad y la intimidad que emanan de esta extensa superficie las que conmueven”. ¿Lo sabe el planeamiento?

En el año 2002, el Ayuntamiento convocó un concurso de proyectos para la “Riqualificazione del fronte mare triestino” (cómo gusta la palabra “recualificación”). Lo ganó un equipo de Roma encabezado por Franco Zagari (capogruppo), del que formaban parte M. Cagnoni, A. Villari y otros. Veamos lo que dice la memoria del proyecto: “La línea entre la tierra y el mar del Borgo Giuseppino (el “burgo josefino”, a que nos referimos antes) es rediseñada con un gran “ripascimento” (regeneración, relleno, restablecimiento de terreno): a lo largo de aproximadamente un kilómetro la relación con el agua será mediada con una “gradonata” (un conjunto de gradas) rectilínea. La vialidad es replanteada formando un sistema preferentemente peatonal, pavimentado en piedra. Un túnel de 580 metros permitirá la creación de una plaza de dimensiones desconocidas, entre la Riva (ribera, orilla) 3 Novembre y la Riva Nazario Sauro. Un gran estacionamiento subterráneo al servicio del centro histórico será accesible desde el túnel. Y también el transporte público podría insertarse allí. Los elementos históricos significativos son tratados en armonía con un nuevo sistema del sistema de iluminación y de mobiliario urbano de diseño específico. También son restaurados los jardines históricos con nuevo arbolado, con aromas ya presentes sobre las Rive o Miramar. La nueva arquitectura, ligera y transparente, “aparece como un juego de cristal, desmaterializada, reflejos sobre el agua”. No está mal (a pesar del gran aparcamiento).

Ciudad vieja, colores urbanos, la línea del mar. ¿Tres tristezas? A la gente de Trieste parece que les encanta hablar de penas y dolores. Una muestra más (de nuevo Balzen): “Trieste tenía (no sé si todavía lo tiene) uno de los porcentajes más altos (...) de locura y de suicidios de toda Europa”. Qué dolor. No lo hemos visto en ninguno de los tres aspectos que hemos comentado. Pero seguramente será así, si así lo quieren ver. En todo caso sólo será una pena transitoria. Pues (volvamos, una vez más, y ya por último, a Umberto Saba) así concluye el poema que nos sirvió de referencia: “volverán, o a este Barrio, o a otro como éste, los días en flor”. Dios te oiga, amigo.

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