Detalles del post: Ciudades engañosas y telecomunicaciones

16.05.08


Ciudades engañosas y telecomunicaciones
Permalink por Saravia @ 17:53:50 en Tecnología -> Bitácora: Plaza

Comentarios al estudio de la OCDE Infrastructure to 2030

Palomas mensajeras iniciando el vuelo en la Estación de la Sagrera, Barcelona, en los años 70 (imagen procedente de palomasbcn.com)

Veamos. Lo primero, las palomas mensajeras (palomas bravas entrenadas para volver a su palomar desde muy lejos, llevando mensajes en sus patas). Están en la Biblia, en los griegos, en los árabes, y llegan activas hasta el siglo XX. Después, las señales de humo (de ahí procede el nombre del municipio vallisoletano de Tordehumos) o el telégrafo óptico. Las postas, el correo, otros sistemas de telegrafía, el teléfono. La red de transmisión por cable (de cobre, de fibra óptica). Las antenas. Los satélites (el primer satélite de comunicaciones, el Telstar 1, se puso en órbita en 1962). Es un progreso continuo desde hace siglos, pero en las últimas décadas queremos verlo como algo radicalmente novedoso que nos va a transformar profundamente, dicen, el espacio urbano y el rural, los transportes, la enseñanza, la vida. ¿Será para tanto?

[Mas:]

OCDE, 2006

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) cree que sí. En su informe publicado en 2006 y titulado Infrastructure to 2030 se dedica, en extenso, a justificar tal afirmación. En el capítulo específico sobre las infraestructuras de telecomunicación (capítulo 2) estudia detalladamente los posibles “efectos de sustitución” de otras infraestructuras por las de telecomunicaciones. Confía en que la extensión de estas redes “puede remplazar otros elementos de infraestructura” si se llegan a aplicar unas tarifas adecuadas. “La videoconferencia –continúan Erik Bohlin, Simon Forge y Colin Blackman, autores de este (flojo) capítulo- puede sustituir a un desplazamiento previsto para una reunión”. Y algo parecido puede darse respecto a muchos otros “efectos secundarios”. Y así, “se podría impulsar el teletrabajo y la migración hacia las zonas rurales, lo que tendría efectos importantes sobre otras infraestructuras, como la electricidad”.

Globalmente, piensa la OCDE, las infraestructuras de telecomunicaciones pueden producir economías (en términos presupuestarios) en dos grandes grupos de temas: 1º) Cuando pueden remplazar infraestructuras físicas (por disminución del uso de los transportes, públicos y privados, asentamiento de la demanda de extensión de la red viaria y repliegue de la demanda de aeropuertos; reducción del consumo de hidrocarburos (con el consecuente descenso de la contaminación), y reestructuración del uso de suelo, por la que se atenuará la concentración urbana y las demandas conexas en materia de transporte. 2º) Cuando se pueden completar o extender determinados servicios sin que implique el aumento de las infraestructuras, como los que se refieren a la salud y cuidados de las personas mayores (con una mejora paralela de la calidad); ampliación de la cobertura pedagógica en términos de distancia, de edad, diversidad de materias y de material educativo; o mejora de los servicios de urgencia en términos de eficiencia y costes.

En relación a los impactos que las nuevas redes de telecomunicaciones acabarán produciendo sobre los espacios residencial y laboral los autores son muy optimistas. “Las telecomunicaciones facilitan el reemplazo de los trabajadores por una mano de obra menos costosa”. Hoy por hoy –continúan-, la implantación de los lugares de trabajo está determinada en gran parte por una reserva de mano de obra dotada de las competencias necesarias. Y además, los trabajadores deben vivir cerca de los lugares de trabajo. Estos dos factores han venido definiendo hasta ahora la localización de la residencia y el empleo en el sector servicios y en el manufacturero. Los “movimientos pendulares” entre los ámbitos de residencia y trabajo siguen siendo muy habituales. “Sin embargo, las telecomunicaciones permitirán a las empresas establecer más fácilmente sus actividades en otro lugar de manera que se saque ventaja de la mano de obra cualificada, sea en regiones donde existen reservas inexploradas, sea en el extranjero. La descentralización, o externalización internacional de los servicios de apoyo a las empresas apoyándose sobre las TI (tecnologías de la información) y los TIC (TI y comunicación), marcan una evolución reciente en la mundialización de los sectores de servicios”, en el contexto de una concurrencia mundial.

“Los progresos de las TIC favorecen la externalización a escala mundial. En particular, las `actividades del conocimiento´, tales como la captura de datos, el tratamiento de la información, la investigación, el asesoramiento, etc., pueden efectuarse fácilmente por Internet y por correo electrónico, así como por teleconferencia y videoconferencia”. Para abundar en esta idea explican los autores que “en estos últimos años se ha asistido a una externalización creciente de ciertas actividades, como los centros de llamada. Según diversas estimaciones “el número de empleos perdidos en el conjunto de los sectores como consecuencia de las `deslocalizaciones´ producidas sólo en los EEUU” es el siguiente: Pérdidas de empleo estimadas en 2005: entre 300.000 y 995.000; pérdidas de empleo proyectadas: entre 3,3 y 6 millones en los próximos 10-15 años; empleos susceptibles de ser afectados: 14,1 millones. (Téngase en cuenta que la población activa total norteamericana es de 140 millones de personas). Es difícil, reconocen, medir el fenómeno. Pero estiman “que hasta el 20% del número total de empleos existentes en la Unión Europea de los 15, los EEUU, Canadá y Australia podrían ser afectados por la externalización internacional de actividades de servicios.

Nuevos modelos territoriales, según la OCDE

Estos cambios se inscriben un una profunda transformación del territorio, de la que sólo conocemos, según la OCDE, una pequeña parte. En el informe que venimos comentando se sintetiza como sigue el proceso habido en los últimos siglos. El desarrollo industrial –dicen los autores- se ha visto acompañado en los últimos siglos de una gran expansión demográfica, pero también de una nueva distribución territorial de la gente. La población rural y de localidades semirrurales, antaño volcada en la economía agrícola, ha cedido espacio a la actividad urbana relacionada con el uso industrial. Hacia finales del siglo XIX los barrios periféricos de las ciudades de los países de la OCDE empezaron a desarrollarse intensamente, pero sólo alcanzaron su auténtica dimensión en el siglo XX, con la expansión del sector servicios. “Los PNI (países no industrializados) están todavía en la primera fase de esta evolución: en China, donde la economía rural está completamente orientada hacia la agricultura, 750 millones de personas migran hacia las ciudades en busca de empleos mejor remunerados”.

Pero hoy, con las nuevas tecnologías, asistimos en los países ricos a la implantación de nuevos modelos. El progreso de las telecomunicaciones de los países de la OCDE ha llevado a desarrollar nuevas pautas de utilización de las oficinas que podrían generalizarse. El trabajo a domicilio, por ejemplo, gana terreno. En el mercado de las profesiones liberales y los teletrabajadores; las oficinas tradicionales se transforman en centros de reunión y comunicación, y son cada vez menos los lugares de presencia en el trabajo. De manera que la demanda de oficinas podría evolucionar, con un coste reducido, hacia la constitución de nuevos sitios de acogida situados en el exterior de las ciudades, y pequeñas oficinas de prestigio situadas en el centro, eventualmente compartidas por varias empresas. Con estos cambios se reduciría una parte la construcción de oficinas y las infraestructuras conexas, y además también caería el número de trayectos realizados y el consumo de energía asociada a ellos.

Tratándose de la utilización futura de suelos para vivienda, y conocida la actual subida de los precios del suelo, esta concurrencia mundial que comentamos incitará a los que puedan trabajar a distancia (especialmente los trabajadores del conocimiento) a instalarse en regiones antes despreciadas, donde los precios son más bajos o la criminalidad más débil (bien sea en el campo o en pequeñas ciudades y pueblos). Las viviendas más alejadas podrían ser ocupados por los trabajadores a tiempo completo. Los teletrabajadores a tiempo parcial, que sólo se desplazan hacia el lugar central de trabajo una o dos veces a la semana, seguramente no pondrán ninguna objeción a efectuar trayectos más largos, y optarán probablemente por adquirir propiedades menos costosas, situadas más allá de los barrios periféricos caros, pero a menos de una hora de trayecto de su trabajo. Una tercera categoría estará constituida –seguimos con el informe de referencia- por los que trabajan desde su telecottage (telecasa-de-campo), para una o varias empresas, en una ciudad alejada, elegida por la calidad de sus equipamientos o por sus precios más asequibles. Las viviendas serán valoradas en función del medio ambiente que las rodea y las posibilidades de uso del espacio, más que por su proximidad a la ciudad o las posibilidades de transporte, público o privado.

Esta dispersión geográfica, o “sobreescalonamiento urbano” (como en el caso de las “zonas extra-urbanas” de los EEUU), constituye una especie de vuelta a las redes de ciudades que existían antes de la revolución industriual. Se presenta, de forma esquemática, como figura en este gráfico (una copia de otro incluido en el mismo libro de la OCDE). Evidentemente, la telerregión no existirá sola. Se añadirá al conjunto de grandes y pequeñas ciudades, de banlieus y de zonas semirrurales que coexisten hoy. Y de hecho ya han nacido ciudades y pequeñas ciudades encajadas en un sistema de este tipo, como (los ejemplos son del libro que citamos) las de Breckenridge, en Colorado, USA; Gordes, en Francia, o Little Missenden, en el Reino Unido. Este nuevo sistema territorial “no suplirán a la ciudad de Los Ángeles –dicen los autores-, ni solucionará la pobreza de Mumbai, pero podrá servir para aliviar algo las presiones” del nuevo siglo.

Esta nueva configuración tendrá el efecto de aumentar los gastos en algunas infraestructuras, como las que se refieren a servicios de las zonas habitadas, como las de abastecimiento de agua, energía para la calefacción y refrigeración, saneamiento, etc., y que serán más dispersas, menos concentradas para una población numerosa. La economía local deberá animarse para abastecer de determinados servicios y productos locales a ese nuevo entramado territorial (pan fresco, por ejemplo; o servicios de distribución y compras al por menor). Sea lo que sea, estos efectos jugarán un papel limitado: en primer lugar, porque el número de teletrabajadores no debería crecer más que lentamente. Y en segundo lugar, porque –concluyen- “las telecomunicaciones y las TIC en general han favorecido la urbanización siempre”.

Peter Hall, 1985

Ahí estamos. ¿Dónde quedan ahora los cantos de los primeros párrafos del mismo capítulo, cuando se decía que las nuevas tecnologías reducirían las necesidades de transporte y movilidad, por ejemplo, o incluso la contaminación? No está de más releer en este punto la trascripción de una conferencia que dictó Peter Hall en Madrid, hace más de 20 años, en 1985 (y publicada en Metrópolis, territorio y crisis, Asamblea de Madrid, 1985; las citas -muy largas- corresponden a las pp. 75-77, y se encuadran en el capítulo titulado “El impacto de las nuevas tecnologías sobre los cambios urbanos y regionales”). Veamos lo que decía, que es extremadamente curioso e interesante: “Me gustaría hacer un paralelo histórico. Si hubiéramos tenido un simposio como éste hace ochenta años, en el año 1904 hubiéramos advertido ya entonces el impacto de dos grandes innovaciones tecnológicas: el automóvil y el teléfono. El teléfono llevaba ya inventado 28 años y su utilización era bastante normal en los negocios, pero todavía excepcional en los domicilios. El coche llevaba ya 10 años inventado, pero todavía no era más que un juguete de lujo para gente muy rica; del modelo T de Henry Ford faltaban cuatro años para su construcción y ocho años para su producción en cadena de montaje. ¿Podríamos haber augurado las consecuencias de estas dos invenciones?”

“Alguien lo hizo bastante bien. Tres años antes, en 1901, H. B. Wells, en su obra Anticipaciones había predicho con gran exactitud que hacia el final del siglo XX se circularía en coche por todo el país, a gran velocidad, en autopistas especialmente concebidas para su uso (Wells, 1902; capítulo 1; la primera autopista del mundo, la de Berlín, se construyó 18 años después de esta profecía, en 1919). Predijo también que la consecuencia del desarrollo del coche sería la suburbanización masiva; la región del sur de Inglaterra, según él, se convertiría en un inmenso barrio de Londres. Si miramos el mapa de los crecimientos de población en Inglaterra en los años 70, encontraremos que a veces los profetas de genio pueden acertar.”

“Pero en mi conocimiento nadie acertó igualmente en el tema del teléfono. En 1904 la conclusión lógica hubiera sido seguramente que el impacto iba a ser similar al del automóvil en el sentido de una mayor dispersión. Se hubiera dicho entonces lo que se dice ahora acerca de la nueva tecnología de la información: que el teléfono iba a permitir a la gente vivir y trabajar en cualquier sitio. Sin embargo, 80 años de teléfono liberador más 80 años de automóvil liberador han tenido el efecto de concentrar cada vez más las industrias de la información en los mismos centros de las grandes ciudades; si existe ahora una tendencia opuesta, es muy reciente.”

“Lo que demuestra, en mi opinión, que el impacto de las tecnologías de la información es un fenómeno complejo. Puede favorecer el intercambio de una gran cantidad de información entre puntos remotos, pero puede también crear una mayor demanda o una mayor necesidad de comunicación cara a cara. Podéis ver cómo esta conferencia escrita en mi casa con ayuda de nueva tecnología, me ha llevado luego a emprender un viaje de 10.000 km. para reunirme aquí con vosotros. Si la historia del ordenador personal repite la historia del teléfono, podemos tener ciertas sorpresas. En consecuencia, deberíamos ser tremendamente prudentes a la hora de hacer profecías.”

Y al cabo de unos párrafos más, en que Peter Hall ilustra su idea de cómo evolucionarían las cosas (a día de hoy, con bastante acierto, todo hay que decirlo), concluye: “Podemos intentar prever de forma imaginativa los impactos de las nuevas tecnologías de la información sobre la distribución geográfica de las actividades, pero lo sensato es mostrar una gran prudencia. Las grandes ciudades del mundo nos han engañado en el pasado y seguirán, sin lugar a dudas, engañándonos en el futuro, incluso a nosotros, los que somos lo bastante atrevidos como para llamarnos urbanistas profesionales”.

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