Detalles del post: Frente a la guerra, más ciudad

06.06.08


Frente a la guerra, más ciudad
Permalink por Saravia @ 23:13:05 en Derechos humanos -> Bitácora: Plaza

La ciudad es un arma

Un muchacho en cuclillas, junto al reguero de aguas residuales en una calle de Sadr City, Bagdad, 2006 (imagen procedente de faustablog.com).

La ciudad, antaño bien defendida, es hoy todo vulnerabilidad. La historia de las murallas que la protegían de eventuales ataques exteriores es bien conocida. Formaban parte de su misma constitución, y hasta de su nombre (en muchas lenguas se denomina de la misma forma, o al menos con idéntica raíz, muralla y ciudad).

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Fueron evolucionando a la par que la técnica de guerra, para continuar garantizando la seguridad urbana. También la ciudad, desde siempre, ha estado poblada de cuarteles y otras instalaciones militares dispuestas a intervenir frente a una amenaza. Las ciudades estaban acorazadas, como enormes crustáceos. Y fue así hasta no hace tanto tiempo. Pero con la formación del estado moderno la defensa se trasladó a las fronteras nacionales y las murallas, de ser indispensables, pasaron a considerarse un estorbo para el crecimiento. Pronto se demolieron, al tiempo que los cuarteles iniciaron también una lenta, pero constante, huida hacia las afueras. La ciudad quedó desguarnecida.

Las guerras del siglo XX aportaron nuevas tecnologías que ahondaron su vulnerabilidad. El tanque y el avión que se empezaron a utilizar en la primera guerra mundial ofrecen la imagen de un espacio urbano a merced de los ataques exteriores, una ciudad sin medio alguno de respuesta propia frente a cualquier ataque armado. Tan sólo el sistema de refugios antiaéreos ofrecía una mínima y sumamente precaria infraestructura a tales agresiones. Pero se trataba de un mecanismo provisional y que sólo permitía una utilización corta. El armamento nuclear, con las demostraciones de Hirosima y Nagasaki en 1945, acabó por completar el proceso. La ciudad había pasado de ser un enclave defendido, fuerte, seguro, a un objetivo militar que podía ser destruido por completo en una sola operación aérea.

Un proceso que fue parejo a modificaciones fundamentales en la idea misma de la guerra. En la Edad Media las ciudades se defendían de grupos armados, más o menos numerosos. Pero con la modernidad los enfrentamientos se daban entre los estados nacionales. Clausewitz pudo entonces codificar las guerras y establecer unas pautas de comportamiento que desembocaron en los acuerdos de Ginebra. En la actualidad las cosas han cambiado. Por de pronto, la guerra de Clausewitz prácticamente no se da. Desde nuestra perspectiva occidental, ni se comprendería. Vivimos en una sociedad posmilitar y posheroica. Es decir, muy poco preparada para para resistir una guerra “clásica”. O bien se sufre directamente en el espacio bombardeado, asediado; o se participa como “espectadores deportivos” de los acontecimientos retransmitidos (más o menos, mejor o peor, pero contados) por la televisión y los periódicos. Ya no fascina el espíritu heroico de los combatientes, sino la técnica de un armamento llamado inteligente, preparado (se dice) para no causar bajas civiles. No importa tanto que la ciudad esté indefensa porque los aliados nos defenderán eficazmente con unos medios poderosos, sofisticados, civilizados, de eventuales ataques. El escudo antimisiles cubrirá, de alguna forma, a los países amigos.

Pero todo esto no es una correcta comprensión de los hechos. Al menos es muy incompleta. Porque la guerra también es otra. Tiene otras formas, otras dimensiones. Se habla, por de pronto, de la existencia de guerras “de baja intensidad”. Continúa presente la guerrilla (todavía las Farc), y se ha multiplicado el terrorismo. En algunos países hay una presencia continua, crónica, del terror en las calles. Pero otros que hasta hace poco se consideraban a salvo, también sufren hoy el miedo. El caso más llamativo de ciudades que se han incorporado al club del miedo en los últimos tiempos ha sido, sin duda, el de Nueva York y Washington.

También hay quien considera que deben tratarse ciertos actos de violencia urbana como nuevas formas de guerra. Una guerra peculiar, distinta. “Molecular”, “autista”, como se quiera, pero en cualquier caso nuevos modos de “guerra civil” (Enzensberger). La policía se funde paulatinamente con el ejército y en algunos lugares es ya difícil distinguir los campos de una y otro. Pensar en las guerras codificadas por Clausewitz no tiene ningún valor. Ni siquiera puede ya pensarse en los términos de las “guerras totales”, de masas, del siglo XX.

Se ha señalado que actualmente las guerras dependen, más que nunca, de la política de alianzas. Que no se lucha por patriotismo de estado, sino por modos de vida. Así fue cuando “el mundo libre” se enfrentó al nazismo en la 2ª guerra mundial y así se repite hoy incesantemente: estamos en guerra contra el terrorismo para defender un modo de vida. Llevándolo a un extremo que parecería cómico si no fuese porque están en juego las vidas de tantos.

Para lo que queremos subrayar (la idea de ciudad, su forma, su desarrollo), deberían considerarse todas estas formas de guerra conjuntamente. En nuestro criterio debería seguirse con atención el dictado de Martin Shaw, cuando señaló que las actuales guerras lo son “contra la ciudad”. Cuando indicó que es este modo de vida urbano (y necesariamente laico, civil, de alguna manera civilizado) el que se ataca desde múltiples lugares. Quizá no sea básicamente un enfrentamiento entre grupos étnicos. Tampoco se ataca a una religión o a un sistema económico. Es cierto que hay guerras derivadas de los actuales nacionalismos; hay guerras también por ideología; las hay por religión; se da la violencia urbana por falta de sentido, por la marginación de ciertos grupos. Pero lo que todas las guerras comparten, el enemigo común, es el modo de vida urbano y lo que representa.

En efecto, las guerras presentes son muy rurales, con sesgo antiurbano. Sucede desde hace décadas, pero en la actualidad se ha acentuado. Pudo verse en los años 1970, con el caso tremendo de los jemeres rojos de Camboya, que hicieron abandonar Phnom Penh a sus 2 millones de habitantes en una delirante y cruel operación que acabó con la vida de cientos de miles de ciudadanos compatriotas de los jemeres. Lo vimos en los 1990 con el asedio a Sarajevo, donde lo que se atacaba era el símbolo mismo de mezcla urbana de culturas. Y desde luego se ha repetido en 2001, con el atentado a las torres gemelas (el centro de la ciudad) y las posteriores guerras de Afganistán e Irak. En todos estos casos (y los ejemplos podrían multiplicarse) el objeto de referencia, el objetivo militar es la misma ciudad. Porque las nuevas guerras ofrecen “una nueva centralidad de la ciudad”, señalaba Martin Shaw.

Con este panorama, cabe preguntarse si la ciudad puede plantear por sí misma alguna línea de defensa activa, o tan sólo puede esperar y confiar en la intervención de los organismos de defensa estatales, o las alianzas internacionales; poniendo, entretanto, los muertos. Nuestra respuesta es clara. Lo que la ciudad puede enfrentar a las guerras de hoy, su posible defensa, sólo tiene un camino: más ciudad. Es decir, acentuar lo mejor de sí misma. Desarrollar e impulsar sin tregua los derechos humanos, para todos, generalizados. No replegarse en soluciones ineficaces e injustas, en espacios cerrados en sí mismos, ultraprotegidos, con policía privada, que sólo ofrecen seguridad para unos pocos y sólo pueden ofrecer una cierta clase de seguridad.

Al contrario. Se trataría de abrir más y más la ciudad. El sentido igualitarista está en la base de la civilización urbana. Lo mismo que la mezcla. Fomentar el mestizaje, el multiculturalismo (y el pluralismo, no se ofenda Sartoris). Impulsar la apertura de las obsoletas (e injustificadas) fronteras nacionales. Replantear radicalmente la cuestión de la emigración, entendiéndola como una cuestión de derecho. Y defender la libertad de movimientos. No puede convertirse la ciudad en el territorio del Gran Hermano hipervigilado. Este planteamiento que defendemos tiene un coste, desde luego. Pero también un sentido: el sentido mismo de la civilización humana.

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