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11.06.08


Disneylandia, demasiado
Permalink por Saravia @ 22:32:20 en Años 50 -> Bitácora: Plaza

Los parques de atracciones como contramodelo urbanístico

El Castillo de la Bella Durmiente, en obras (Imagen del Libraries Digital Archive de la University of Southern California, procedente de digarc.usc.edu).

El 17 de julio de 1955 se inauguraba en Anaheim, cerca de Los Ángeles, el llamado a ser el más famoso parque de atracciones del mundo: Disneylandia. Ese día, al parecer, hubo múltiples contratiempos y dificultades (se habla de “domingo negro”). Hubo problemas con la red de agua, un escape de gas, materiales sin fraguar, se hundió un barco, hizo un calor extremo. Y entró mucha más gente de la prevista, porque se vendieron miles de entradas falsificadas. Pero, aún así y todo, el éxito fue absoluto. Y lo que entonces se puso en marcha no ha hecho sino crecer en las cinco décadas posteriores. Eso sí: el castillo de la Bella Durmiente está vacío desde 2001, por miedo a un atentado terrorista. De manera que el centro del centro de la ciudad mágica y heroica está vacío, dominado por el pánico. Qué contrariedad. Y sobre todo, qué contradicción.

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1. Disneylandia, para empezar. Tiene su origen en los parques de atracciones de la época, como Children's Fairyland, Playland o Tivoli Gardens; y en el interés de Walt Disney, su creador, por mejorarlos y dotarlos de un sello propio. Dirigido al entretenimiento familiar lo pensó, al parecer, inicialmente como espacio de diversión para las familias de los empleados de los propios estudios Disney (Burbank, en California), pero acabó siendo, al olerse el negocio, un parque temático abierto al público. Primero bastaban 8 has., pero cuando se inauguró ya ocupaba una extensión de 65 has.; y en la actualidad se ha ampliado con otras 55 has. del Disney's California Adventure (abierto en 2001). Naturalmente, es un espacio cerrado; pero que, de algún modo, semeja una ciudad, con su callecita principal destinada al comercio (Main Street). El parque se realizó en muy poco tiempo. En 1953 aún se estaba buscando suelo. Pero ya en julio de 1954 se habían comenzado las obras; y se inauguró en julio de 1955. Costó 17 millones de dólares. Cuando se abrió tenía cinco áreas temáticas: Main Street, Adventureland, Frontierland (como se ve, todo muy USA), Fantasyland y Tomorrowland. A lo largo de los años se añadieron otras tres: New Orleans Square, Critter Country y Mickey´Toontown. Después vino la expansión: nuevos parques, nuevos países.

2. Imperiolandia. Sólo cuatro años después de abierto Anaheim Walt Disney ya pensaba en la creación de un nuevo parque más grande y más elaborado, con hoteles, industrias, aeropuerto. Pensó en crear Epcot Center (así lo llamaba) como una ciudad del futuro (Experimental Prototype Community of Tomorrow), aunque lo que finalmente se hizo, y ya tras su muerte (que tuvo lugar en 1966), fue algo distinto: un enorme complejo de parques en Orlando, Florida, de más de 8.000 has., llamado Disney World. Cuenta con 7 parques de atracciones e innumerables áreas recreativas, comerciales, deportivas, turísticas y hoteleras. Naturalmente, es el complejo de parques temáticos más grande del mundo. Después se abrieron otros “Disneys” en París (1.943 has) y Tokio; recientemente en Hong Kong (126 has), y está en marcha otro en Shangai de 600 has. Y se levantó una ciudad de casitas llamada Celebration (2700 habitantes), también en Florida y directamente vinculada al complejo de Disneyworld.

3. Frivolilandia. Lo primero que llama la atención, o lo primero que puede trasladarse al urbanismo (ya se ha hecho) es la enorme frivolidad del conjunto. Se ve que está suelto, diseñado sin presión conceptual alguna. Un cúmulo de formas más o menos gratuitas, supuestamente amables, que algunos quieren ver como modelo de un urbanismo supuestamente humano. Veamos: ¿qué es lo frívolo y que lo serio? Y sobre todo: ¿es mejor, necesariamente, siempre lo serio? No, desde luego. Frívolo es lo superficial y epidérmico, que suele tomarse como ligereza tontuna plagada de bromas y boutades. Pero también hay quien lo ha visto como una virtud. Concretamente, como “la gran virtud posmoderna”. Y en este sentido se valora de quien practica la frivolidad que “no toma nada excesivamente en serio, evita la confrontación dialéctica y opta por una cultura de la representación por contraposición a la autenticidad como actitud vital”. Algunos apologistas del pensamiento débil consideran que “es la gran virtud que debemos enseñar a los niños en las escuelas”, para evitar la caída en fanatismos, intolerancias o fundamentalismos. Sin embargo, paradójicamente, a veces se sigue este dictado tan al pie de la letra que se cae en el fanatismo de lo débil, y el único pensamiento fuerte que se admite es el de que no se admita ningún pensamiento fuerte. Sabemos que el mundo civilizado sólo puede subsistir si los ciudadanos asumen una serie de convicciones fundamentales como el respeto a la vida, a la libertad, a la igualdad, como el sentido de tolerancia y de solidaridad; de manera que deberíamos decir: frivolidad, según cómo, cuándo y dónde. Algo que no parece estar muy claro en todas partes: “Pongo sobre la mesa mis certezas –ha escrito Humberto González Ortiz- sobre la frivolidad en la que se mueven los grandes despachos de arquitectura; que parecen más preocupados por la retórica del objeto y dejan totalmente abandonada la poética del habitar humano”. Ahí lo dejamos.

4. Asombrolandia. Disneylandia es un caso extremo de ciudad del ¡oh!, un paradigma de tantos ámbitos turísticos que venden prodigios, y que cada vez se parecen más a un parque de atracciones. Temático, desde luego. Rodeado de gente que mayoritariamente está en el mismo plan, el visitante no cesa de mostrar admiración. Recorre las instalaciones permanentemente con la boca abierta. Como quiera que la capacidad de asombro se va perdiendo día tras día, los promotores de estos parques (o de los espacios turísticos: insistimos en el paralelismo), tienen que forzar la máquina para conseguir algún resultado aceptable. Y decimos bien: la máquina. Porque el espacio urbano de los destinos turísticos funciona de algún modo como la tramoya de la escena barroca, dispuesta siempre igualmente al asombro. Conocemos los esfuerzos de los autores barrocos para hacer efectiva la propaganda fide (para extender la fe: lo contó José A. Maragall, lo cuenta Javier Aparicio): enlazar la “memoria afectiva” con un desarrollo escénico ilusionista tan apabullante “que dificulte cualquier razonamiento individualizado” (Aparicio).

5. Ficciónlandia. Una tramoya barroca para mezclar realidad y ficción, un discurso que enlace lo verosímil y lo fantástico. Fernández Galiano ha llamado la atención sobre este aspecto en un artículo memorable, donde comenta el escenario de la película El Show de Truman (Peter Weir, 1998), “una pequeña población americana de casas de madera y vallas blancas que parece extraída de un dibujo de Norman Rockwell. El escenario es tan perfecto que el espectador piensa que se trata de un enorme decorado" (como de hecho figura en el guión de la película, y como los productores previeron construir en sus estudios de Los Ángeles). "Sin embargo, y de forma paradójica, lo que en la ficción es un decorado se filmó en un lugar real: un pueblo de vacaciones en la costa de Florida [Seaside] proyectado en los ochenta por dos urbanistas de Miami (…), un pueblo, además, que se ha convertido en el símbolo del 'nuevo urbanismo' norteamericano”. Lo cual es un síntoma llamativo de “la proliferación del simulacro en el mundo contemporáneo; pero también al carácter engañoso de la percepción de la realidad y a la naturaleza falsa o fingida de nuestras propias vidas”. Fernández Galiano pone en relación este urbanismo con “el costumbrismo meloso de Celebration -la urbanización proyectada por Robert Stern y Jaquelin Robertson para Disney en Florida-“, precisamente la ciudad de Disney.

Así estamos, efectivamente. “Si lo habitual es que el decorado remede la realidad, en el show de Truman la realidad remeda un decorado: la programática Seaside de los nuevos urbanistas es en la película la plácida y ficticia Seahaven donde habita el protagonista; y edificios genuinos de Seaside se fingen escenografías en Seahaven para hacer entender al público que Truman se desenvuelve en un vasto estudio televisivo”. Y concluye: “El modelo de este urbanismo es, de forma destacada, la calle mayor de Disneylandia, esa main street que reproduce en facsímil la del pueblo natal de su fundador, y que reconcilia el populismo feísta de Venturi con el historicismo vernáculo de Krier. Quizá por eso no puede sorprender que la más ambiciosa rcalización del nuevo urbanismo haya sido precisamente Celebration, un conjunto en todo similar a Seaside, levantado cerca de la ciudad de Orlando, en Florida, y propuesto como prototipo de una revolución comunitaria e inmobiliaria que haga de la multinacional del ratón la compañía Levitt del siglo próximo, utilizando su experiencia en las realidades ficticias del celuloide y los parques de atracciones para construir las ficciones realistas de las nuevas urbanizaciones, que prometen a sus habitantes una vida sedada, deshuesada de conflictos, sonriente y trivial”.

6. Empalagosolandia. La palabra “empalagar” significa “sentir hastío de un manjar comido en demasía”. Pero su etimología es preciosa. Procede de “empelagarse”: “internarse demasiado en el mar”, en el piélago (alta mar). Si algo nos rodea por completo, hasta la extenuación, resulta empalagoso. Y el tono Disney es, en su ciudad, empalagoso de empalagar empalagando. Roman Gubern ha descrito estos parques como “mundos sin matices”; y lo explica: “Si Disney ha educado a tres generaciones de espectadores, también las ha maleducado, con su visión del mundo dividido entre buenos y malos, sin explicaciones ni matices”. Por eso es empalagoso, porque todo es bueno, todos son buenos, no hay ni mácula de maldad.

¿Hay algo más empalagoso que los suaves cachorritos o los gatitos juguetones? Contamos con varias palabras que lo expresan: baboso, almibarado, dulzón, repipi, super-mega-tierno. Las más tiernísimas situaciones están aquí, en Disneylandia. Pero fuera se prefiere, o eso nos dicen, la dureza. Gehry añora la dureza industrial que ha perdido la zona del museo Guggenheim Bilbao, y dice de las modificaciones que se han llevado a cabo en el entorno: "Lo encuentro empalagoso (…). Es un magnífico lugar de encuentro para la gente, pero los jardines son demasiado bonitos. Han eliminado esa estética que me gustaba de Bilbao, una dureza industrial en las orillas de la Ría modificada por los montes verdes que rodean la ciudad".

7. Ciudad del Juego. En origen, Disneylandia es una gran zona de juegos, también para los padres (así la concibió Walt Disney). Lugar de infantilización universal. Hasta entonces no se sabía que los padres son niños toda su vida. (¿Decimos infantilización? Quizá todo lo contrario: la gente entra en el parque, pero dejando claro que lo infantil está en el parque, y en el tiempo de la visita). En cualquier caso, los juegos son tan vitales como cotidianos en la vida urbana. Juegos para sudar, que se mezclan con el deporte, la danza, el riesgo. Y también juegos de salón. Pablo Allard comenta una imagen inquietante de otro espacio urbano del “nuevo urbanismo” americano (Park View, Chapell Hill, Carolina del Norte), y expresa su convicción de que, precisamente por su carácter tan extraordinariamente regulado, esa práctica del juego espontáneo es prácticamente imposible. Insistimos: espontáneo. Por su parte, Rodrigo Pérez de Arce, en la misma publicación, recuerda, con textos de Huizinga y Callois, “la naturaleza extraña del juego”. Después de distinguir entre game (juego organizado) y play (juego sin reglas); o mejor, entre ludus (juego normado) y paideia (algarabía, acción espontánea), subraya el potencial creativo y cultural de los segundos términos (el juego libre y espontáneo), y su permanente propensión a (y caída en) el establecimiento de reglas, tiempos, espacios y formas. Cómo el mismo juego tiende siempre a crear orden… que intenta controlar la espontaneidad.

8. Canguelolandia. También a Disneylandia le llega la situación exterior. Y de qué manera. El olvido que pretende conseguir para el público nunca puede ser completo si el castillo de la Bella Durmiente está vacío por miedo a atentados. Es uno de los elementos más simbólicos de las películas de Disney, donde habita la felicidad de príncipes y princesas. Pero ahora descubrimos que está clausurado y vacío. Es curioso. Se trata de un espacio cerrado e hipervigilado, y sin embargo presa del miedo. Pieza aislada de la ciudad, segregada por completo y desarticulada del sistema de vías y de los usos que la rodean. Orlada de altos muros y verjas, aunque siempre insuficientes. En ella se aplica un discurso que ve “la ciudad como espacio de amenaza, donde la criminalidad ha tomado un lugar central” (Liliana López Levi). Aunque los únicos ataques reales de los que tenemos constancia son los de Bansky, cuando (septiembre 2006) colocó una réplica a tamaño natural de un detenido de Guantánamo junto a la verja de la montaña rusa "Big Thunder" (Gran trueno) del parque californiano. Estuvo sólo 90 minutos, antes de que la retiraran, pero fue suficiente.

El miedo que se refleja en la fortificación genera una simulación. Un entorno amurallado lleva a la creación de un mundo diferente al que se encuentra del otro lado de la barda, la reja o el muro. El imaginario urbano de la criminalidad queda oculto ante la vista y con ello se promueve la fantasía de que no existe dentro de su cotidianidad y que, por lo tanto, no representa amenaza alguna. Desde el punto de vista físico y psicológico, el aislamiento segrega a un número cada vez mayor de espacios para la vida pública y privada (centros comerciales, clubes deportivos, fraccionamientos cerrados, entre otros). De nuevo, el consumo es una fuerza que contribuye a explicar este estado de cosas y frente a una versión activa de la ciudadanía, el ciudadano consumidor. “El cliente representa el paradigma de una ciudadanía pasiva o privada orientado al disfrute pasivo de los derechos y sin percepción de ningún sentido de la responsabilidad u obligación de participar en la vida pública”. El encierro urbano está delineando los nuevos espacios urbanos “conformando una lógica bajo la cual el miedo se combina con el consumo y eso es aprovechado de manera importante por diversos agentes que saben insertar sus intereses dentro de las políticas urbanas para su propio beneficio”.

9. Exclusivilandia. Los parques de atracciones funcionan en el contraste con otros espacios exteriores que podríamos denominar como “poco atractivos”. Es cierto que, como se ha dicho antes, la fórmula almibarada se extiende a otras áreas residenciales convencionales. Pero, no lo olvidemos, estamos hablando de urbanizaciones de un determinado nivel. Al otro lado, en otros barrios y en otras ciudades, siempre hay otro urbanismo mucho más duro. Para que la catarsis funcione siempre tiene que haber gente que no se embriague, un mundo real que compense el exceso de almíbar.

Pero es que en el interior del parque también hay clases. Hay algún lugar casi secreto y reservado desde su apertura: el Club 33, un club privado localizado en New Orleans Square, La idea de crearlo surgió, al parecer, cuando Disney, vio cómo la Feria Mundial de Nueva York de 1965 tenía espacios VIP, reservados a las personas “de mayor importancia”. Cómo no dedicar un ámbito privilegiado reservado a los patrocinadores y empresarios que le apoyaron, debió de pensar. Y dicho y hecho. Chevron, Boeing, AT&T y Coca-Cola, Johnny Deep o Elthon John son algunos de los casi 500 miembros (no puede superarse esa cifra) de este exclusivo club. (Por cierto: la cuota no es precisamente barata: 25.000 dólares al año, para las empresas; y 10.000 dólares/año para miembros individuales. El interior del club consta de un par de comedores y otras áreas de estancia, decoradas en “estilo Napoleón Bonaparte” (¿qué querrá decir eso?) donde se expone “una amplia colección de antigüedades y obras de arte auténticas”.

10. Pastalandia. Fue construido para el consumo, y a pesar de algún que otro resbalón (como el nuevo parque de California Adventure) no le ha ido mal. Leemos en la prensa que “Disney ganó 33% más en el ejercicio fiscal del 2006”, con un beneficio neto de 3.374 millones de dólares. Porque el negocio es múltiple. “Fuentes de la empresa atribuyen este crecimiento a la buena marcha de determinados segmentos de negocio, como fueron los estudios de cine, los parques, y la red de medio de comunicación que posee, entre los que se encuentran los canales de TV ESPN y ABC televisión”. En fin: ya no se trata sólo de divertirnos, sino también de controlar la información (que, por cierto, es actualmente la fuente principal de beneficios de la corporación Disney). ¿O ambas cosas formaban parte del mismo proyecto? Porque se trata de multiplicar sinergias. Ante todo sinergias.

Porque Disney tuvo siempre olfato para los negocios. Por de pronto, entendió bien la importancia de registrar los productos y promocionarlos directa e indirectamente. Ya en 1927 un dulce de malvavisco anunciaba a su propio personaje Oswald, el conejo de la suerte. En los años 50 fue uno de los primeros en superar el prejuicio contra la televisión, y produjo un programa semanal. Su serie “Disneylandia” hacía propaganda de su nuevo parque temático. Más adelante formó su propio canal de televisión de pago y compró la ABC. Quizá, aunque esté fuera de la moda, no esté de más traer a colación aquella vieja crítica que se le hizo en los primeros 70, cuando el escritor chileno Ariel Dorfman y el belga Armand Mattellart publicaron un panfleto en el que se atacaba el capitalismo y el imperialismo presentes en las animaciones de Disney: “su justificación de la avaricia, su mala lectura de la explotación, su presunción ante los atrasados salvajes” reflejaban, en su opinión, un capitalismo más que peligroso.

11. Disneylandia, de nuevo; y otros espacios de juego. Disney gusta y Disneylandia también. Muchos niños van a pasar el día, y parecen bastante contentos. Allí hay maravillas, también grandes dosis de infantilismo, el miedo en el cuerpo, lo asombroso, el juego, el circo. ¿Interesa? Tenemos dudas, sobre todo por la escala. Por un lado el negocio es demasiado, sólo al alcance de las multinacionales (que a su vez están demasiado lejos de todo). También supone demasiado tiempo para los niños, en una experiencia monotemática. Y demasiado separada de la realidad. No ilustra el mundo real: lo ahoga en azúcar. Es demasiado. Decían Alexander, Ishikawa y Silverstein: “Un castillo que los niños han hecho ellos mismos con cartones, piedras y ramas viejas, vale por mil castillos perfectamente detallados, y exactamente acabados, fabricados por una industria”. Y esta declaración vale también (o especialmente) para los castillos de Disney. El juego es, sobre todo (y para todos: no sólo para los niños) función de la imaginación. “Todo aquel campo de juego que perturbe o reduzca el papel de la imaginación y aumente la pasividad”, o que sea el “recipiente de la imaginación de otros, podrá parecer agradable, limpio, seguro y saludable, pero en absoluto podrá satisfacer la necesidad fundamental que da al juego su razón de ser”.

De manera que lo que da más juego al juego son los terrenos libres, en la vecindad, con materiales brutos para que los niños puedan crear y recrear su espacio. Disneylandia puede tener su gracia, o su sentido. Pero siempre como excepción. Demasiada Disneylandia (esa proliferación de parques de entretenimiento y ocio), en modo alguno. Con lo bien que estaba Mickey en 1929 (ver un solo de piano). Y todavía magnífico Goofy en 1953 (How to dance). Disneylandia parece el signo de la falta de medida, del exceso de éxito. Definitivamente, aquí a Disney se le fue la mano.

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