Detalles del post: Símbolo de subversión

22.08.08


Símbolo de subversión
Permalink por Saravia @ 21:15:18 en Poética -> Bitácora: Plaza

Un viejo texto de Barthes sobre la Torre Eiffel, en el debate en torno a los símbolos urbanos

Construyendo la Torre Eiffel, en una imagen procedente de myeiffel.blogspot.com

No hay símbolo urbano como la Torre Eiffel. Es el más claro, el más radiante, el más fantástico. Pero ¿cuál es su mayor valor?, ¿cuál su potencial?, ¿qué nos dice?, ¿qué nos quiere decir? Habrá que reclamar la ayuda de Roland Barthes, con un librito antiguo, su enormemente atractivo ensayo sobre La Torre Eiffel (Barcelona, Paidós, 2001. El texto original del mismo título se publicó en París en 1964). Recordémoslo.

[Mas:]

La Torre Eiffel “afecta –nos dice Barthes- al imaginario humano más general”. Ya lo sabíamos todos. Su forma simple, “matricial, le confiere la vocación de un número infinito: sucesivamente y según los impulsos de nuestra imaginación, es símbolo de París, de la modernidad, de la comunicación, de la ciencia o del siglo XIX, cohete, tallo, torre de perforación, falo, pararrayos o insecto; frente a los grandes itinerarios del sueño, es el signo inevitable”. Lo es todo, sí. Pero ante todo, ¿qué es? Sigamos a Barthes, como decíamos, recordando algunas de sus muchísimas ideas sobre el asunto. (Qué densidad de ocurrencias en la mente del escritor normando).

La Torre es a la vez “objeto y mirada”. Se observa desde fuera, pero también desde su interior se mira hacia afuera. Como objeto es amistosa. Pues como quiera que es vista por todos en París, desde cualquier parte de la ciudad, “todos nosotros formamos con ella una figura móvil de la que es el centro estable”. Como objeto es también paradójica, pues ofrece una apariencia y una realidad opuestas. No podemos encerrarnos en ella, ya que su interior es un vacío. Y “¿cómo encerrarse en el vacío, cómo visitar una línea?” Es confortable, gracias al pequeño comercio de su base, que tiene la función de domesticar el espacio (con el comercio siempre se han dominado los espacios más salvajes, despojándolos, además, de cualquier atisbo de sacralidad: basta recordar el mito de los vendedores expulsados del templo). Y el restaurante de arriba la hace aún más confortable, llevándonos hacia una “polifonía de placeres”. Como mirador permite, a través de la mirada, “transformar en espacio a la humanidad” que pulula a distancia, y nos invita también a descifrar esa ciudad que vemos más abajo. Ofrece la sensación de ascender, es símbolo de la elevación y subir por ella nos regala la euforia que suele acompañar a la “imaginación ascensional”. Son valiosos, sin duda, todos estos aspectos que venimos comentando, pero se trata de propiedades simbólicas que podría compartir con otras torres. Diríamos que casi con cualquier torre que se precie de ser símbolo (¿queda alguna sin restaurante?).

La Torre Eiffel es además un monumento plenamente inútil. Por eso hay que convenir que su función primera es simbólica. Como tal, puede parecernos planta, animal, persona. Mujer, falo. Mil registros para elegir. Planta, con las dos líneas que salen de la tierra y se unen hacia el cielo, como las de un tallo. Animal, “jirafa que se ofrece al asombro de los parisinos, semejante a la que un sultán le regaló a Louis-Philippe, y que sería al mismo tiempo, por una ilógica acción contraria, la bestia y su jaula”. También es la Torre una silueta humana; sin cabeza, “sólo con una fina aguja”, y sin brazos. “Es una mujer que cuida de París, que tiene a París reunido a sus pies”; y es también, “en la gran suelta de símbolos”, un objeto sexuado: “el falo es sin duda su figura más simple”. Mil registros, decíamos. Como también lo pueden ser muchos de los símbolos urbanos habituales.

Pero igualmente significa subversión. Y este asunto ya es propio, específico. Muy pocos elementos de la ciudad son subversivos. La mayoría, por definición, ni siquiera lo fueron en el momento de su creación, de su diseño. Veámoslo, para empezar, en tres aspectos conocidos. En primer lugar la Torre simboliza el paso de la arquitectura a la ingeniería, lo que supone modificar el reparto urbano de las profesiones. Simboliza el paso de la arquitectura a la ingeniería. Ligada al futuro de la burguesía (presente en las ayudas oficiales a su construcción), ese paso del material propio de la morada, la piedra, a otra mitología que participa del mito del fuego, no del orden pesado, sino del energético; el paso al hierro, decíamos, supuso en su momento un importante desplazamiento del imaginario.

Pero es que también este edificio implicaba trastocar la estética al uso (de ahí la violenta queja de los artistas al levantarse contra sobre el cielo de París). Porque posee, digámoslo en términos de Barthes, una "belleza funcional". La Torre es un puente hacia arriba: “tiene su forma, su lanzamiento, su materia, como si Eiffel hubiese coronado la serie de sus puentes (...) con uno insólito: un puente de pie que une a la tierra y a la ciudad con el cielo”, pero no con el de la divinidad, sino con el de la futura nave espacial. Implicaba, de hecho, una nueva coartada del arte, por la que la belleza no habría de residir en la percepción de unos buenos “resultados”, sino “en el espectáculo de la misma función”.

Y hay más. En tercer lugar supone vencer a las circunstancias, a la naturaleza, a los límites. Supone, por ejemplo, vencer al viento, con el calado de su material y la ligereza de su diseño. Porque la Torre es también un símbolo de la ligereza. Es prodigiosamente ligera. Y es “un encaje de hierro” que permite a su través ver siempre el cielo. “El calado es un atributo precioso de la sustancia, pues la extenúa sin anularla”. Vence al viento, símbolo siempre del poder indómito, situándose del lado de lo ligero y de lo sutil. Se ha llegado a sugerir que (simbólicamente) sus capacidades son, potencialmente, infinitas. “La Torre es todo lo que el hombre pone en ella, y ese todo es infinito”, escribe Barthes.

Pero es sobre todo símbolo de subversión, de forma directa, clara. Símbolo de la subversión. No fue nunca lo que se esperaba de ella (y así es la subversión, naturalmente: inesperada). No simbolizó lo que se pretendía que simbolizase. La Torre surge, entre los monumentos de París, como un acto de ruptura, expresión de la libertad de un tiempo nuevo. “Todo en la Torre la destinaba a este símbolo de subversión: la audacia de la concepción, la novedad del material, el inestetismo de la forma, la gratuidad de la función. Símbolo de París, podemos decir que la Torre conquistó esa posición contra el mismo París, contra sus viejas piedras, contra la densidad de su historia (...). En una palabra, solamente pudo ser plenamente el símbolo de París cuando pudo levantar la hipoteca del pasado en la ciudad y convertirse también en el símbolo de la modernidad. La agresión misma que infligió al paisaje parisino (...) se volvió calurosa; la Torre se hizo, con el mismo París, símbolo de audacia creadora, era la expresión moderna con la que el presente decía no al pasado”.

Y ahí queríamos llegar. Si se quieren símbolos urbanos, por favor, sin ñoñerías.

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