Detalles del post: Wadha, Jazna y las ciudades de sal

25.08.08


Wadha, Jazna y las ciudades de sal
Permalink por Saravia @ 01:49:54 en Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

Urbanismo depredador en la novela de Abderrahmán Munif

Hombre en un oasis beduino (Foto de trente-trois, julio 2006, publicada en flickr.com/photos/33export)

El libro de Munif Ciudades de sal (Barcelona, Belacqua, 2006), se sitúa en una serie de poblados beduinos de un imaginario país, entre los años 1933 y 1953, y alude a varios temas urbanísticos básicos: cómo los grandes promotores aplastan a los pequeños propietarios, cómo se transforman radicalmente los mejores paisajes en beneficio de las grandes explotaciones, cómo se crean nuevas ciudades de la noche a la mañana, y cómo en ellas, aún en nuestro siglo, se sigue discriminando sin vergüenza a la población por su origen y nivel de ingresos. Las ciudades que aparecen (en especial Harrán) son los verdaderos protagonistas colectivos de la historia. Pero nos interesa seguir los pasos de algunos personajes muy concretos (Wadha, Jazna), y ver cómo esas mismas transformaciones urbanas sumergen implacable y despiadadamente sus vidas en la tristeza.

[Mas:]

Este relato es la primera parte de una pentalogía sobre la sociedad beduina, que lleva ese mismo título general: Ciudades de sal. Un título que no se refiere a las verdaderas ciudades de sal (como Taudeni o Tagaza, ciudades mineras de Malí donde las casas y la mezquita están construidas con bloques de sal), sino que alude a aquéllas que, para explotar algún recurso, se levantan en muy poco tiempo, pero que pueden desaparecer a la misma velocidad: “ciudades con la inestabilidad de la sal, una sustancia fundamental para el mantenimiento del ecosistema pero cuyo mínimo exceso impide la vida” (Luis Miguel Cañada). El autor hace un relato minucioso y muy atractivo de la vida en un imaginario país árabe (¿Arabia Saudí?, ¿los Emiratos?), en el periodo que transcurre entre las primeras prospecciones petrolíferas y las primeras explotaciones. Una historia que expone con conocimiento de causa, pues el autor, nacido en Amman de madre iraquí y padre comerciante caravanero de la región central de la península arábiga, era un experto en economía del petróleo. Él mismo recordaba que el título se le ocurrió al visitar una ciudad surgida junto a una mina de oro estadounidense, la cual, agotado el filón, “estaba condenada a desaparecer”.

La historia se desarrolla sucesivamente en tres ciudades: Wadi al-Uyún, un oasis, “un pedazo de verdor en medio de un desierto hosco y obstinado”, que fue completamente eliminado en función de la explotación petrolífera que debía instalarse en esas tierras: “los tractores embistiendo cual lobos hambrientos los árboles del valle, abatiéndolos y arrojándolos al suelo uno tras otro”. Toda la población, tras el pago de las correspondientes indemnizaciones, fue expulsada. La familia de Miteb al-Hadal, que sirve de enlace en esta primera parte, se trasladó (excepto el mismo Miteb) a la ciudad de Hadra, “triste y marchita”. Esta ciudad, “con todo su pasado y su presente a cuestas, existía desde que Dios creó el mundo”, y en ella “la gente estaba tan acostumbrada a su estilo de vida que no creía que pudiera haber nada mejor”.

La tercera es Harrán, un enclave costero hacia donde se dirigió Fawaz, uno de los hijos de Miteb al-Hadal. Se trataba de “un puñado de casas bajas hechas de adobe”, rodeadas por unas cuantas colinas, junto al mar. Pronto llegaron los americanos y comenzó la demolición de toda la ciudad, a excepción de la mezquita y el cementerio. Los habitantes fueron trasladados a las colinas y alojados en tiendas. Este lugar había sido el elegido por la compañía petrolífera para fundar una nueva ciudad, un nuevo puerto y la sede local de la compañía. En realidad se construyeron dos ciudades: el “Harrán de los americanos” y el “Harrán de los árabes”. Esta última era para los trabajadores que reclutaban en el país, no para los primitivos habitantes de Harrán, que siguieron por muchos años en el campamento provisional.

El libro trata de la destrucción de los equilibrios sociales, culturales y medioambientales preexistentes; del choque entre países ricos y pobres, de la instrumentalización de los cargos políticos locales en beneficio de los intereses externos, de la rápida retirada de los códigos morales de los beduinos y sus sustitución por los que impulsan los americanos, etc. Pero sobre todo describe cómo se machacan vidas concretas, con nombres y apellidos. Nos han llamado la atención especialmente dos mujeres. La primera: Wadha, de Wadi al-Uyún, la esposa de Miteb al-Hadal. Su marido, al ver cómo se hunde su mundo decide desaparecer con su corcel y su escopeta para convertirse en leyenda (y protagonizar “apariciones” en las noches de tormenta, como si fuera el maquis): muy digno, desde luego, pero dejó a su mujer completamente abandonada a su suerte. Y ella, sin opción alguna de ser leyenda, tuvo que cargar con la familia y aguantar la vida. La segunda: Jazna al-Hasan, de Harrán. Una especie de enfermera voluntaria, ocupada principalmente del cuidado de mujeres y niños enfermos, que vive esperando la vuelta del hijo que se hizo a la mar varios años atrás. Colaboradora de Mufaddi, otro espíritu libre y sanador “multiusos”, con el que tenía una fuerte vinculación. A éste le mataron por denunciar la corrupción y a ella la dejaron destrozada.

Podía haberse evitado. Todo proceso de cambio modifica las pautas de vida de la población afectada, en mayor o menor grado. Pero no tendría por qué arrasar a nadie. Si rompe vidas es porque actúa con violencia innecesaria y desprecio de la dignidad y los derechos. Cuando hablamos del “urbanismo con nombres” pretendemos insisitir precisamente en esa cuestión: es posible hacer urbanismo sin aplastar a nadie. Habría sido posible (más lento, quizá más costoso, siempre más engorroso; pero posible) explotar los pozos de Wadi al-Uyún con más cuidado, sin tanta violencia. Habría sido posible levantar el “Harrán de los americanos” sin tanta corrupción. Es posible. Tiene que ser posible. Para empezar, considerando en primer lugar quiénes serán concretamente (con sus nombres, con sus apellidos) los más afectados, los más débiles, los que no están en condiciones de recomponer fácilmente sus vidas ante la avalancha. Y cuidar, simplemente, de no ahogarles.

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