Detalles del post: Aquel olor de lluvia

12.10.08


Aquel olor de lluvia
Permalink por Saravia @ 19:29:23 en Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

Los recuerdos de Abderrahmán Munif en Memoria de una ciudad. Una infancia en Ammán

Vista de Ammán (procedente de farm1.static.flickr.com)

No podemos más que "trazar un bosquejo de lo que un día fue la ciudad". Ni siquiera nos está permitido llegar más lejos aunque hablemos de lo que fue para cada uno de nosotros. Ammán para Munif, Valladolid en nuestro caso. Recuperar las ciudades de entonces, de hace varias décadas, es un imposible. "Las ciudades no son sólo aquellos espacios que nos hacen identificarlas, por prolija y diestra que sea su enumeración. No son sus aguas ni su tierra ni sus árboles (...). Las ciudades no son sólo sus gentes, pese a ser quienes las levantan, sostienen y dan esencia (...). Cualquier ciudad es todo eso a la vez y muchas cosas más que se entrelazan y funden hasta convertirse en algo distinto de los elementos que la integran. La ciudad es la vida múltiple y diversa; son sus rincones, su gente, sus árboles, el olor de la lluvia; es la tierra y el tiempo mismo que fluye. La ciudad es la forma en que la gente mira las cosas; es su manera de hablar y su reacción ante los acontecimientos; su modo de afrontarlos y superarlos. La ciudad son los sueños y los desengaños que pueblan la mente y el corazón; los sueños que se cumplieron y los que se truncaron para acabar dejando mil frustraciones y heridas. La ciudad son los instantes de alegría y las horas de tristeza. La ciudad es la forma de recibir a quien se ama y hacer frente al enemigo. La ciudad son las lágrimas con que se despide a quienes parten a su pesar -tal vez para siempre- y es la sonrisa con que se recibe a quien regresa".

[Mas:]

Qué libro tan bonito. Tan amable y tranquilo. Abderrahmán Munif nos relata en su Memoria de una ciudad. Una infancia en Ammán (Madrid, Ediciones del oriente y del mediterráneo, 1996) los recuerdos de los años 40, cuando contaba entre los 6 y los 16 años. Y lo hace generalizando. Son sus propios recuerdos, sus anécdotas personales. En el libro aparecen personajes con nombres y apellidos, sus familiares, sus amigos, sus profesores, sus vecinos. Pero todo adquiere un sentido de vida que fácilmente llega a cualquiera de nosotros como propio. Munif murió hace unos pocos años, pero este libro prolonga su aliento. De su mano, de la mano del niño que fue, llegamos a su ciudad, Ammán, y se ve distinta. Qué diferentes son las ciudades a los ojos de un niño.

Por supuesto, detrás está lo que los adultos llamamos realidad. Un fondo duro (siempre es duro) de guerras (guerra árabe-israelí de 1948), epidemias (tifus, cólera), plagas (langosta). Cartillas de racionamiento y miedo, mucho miedo. También odio. Incluso una declaración de independencia. Política, por tanto (mucha, intensa) y cultura (volcada en la poesía: “Ammán estaba llena de poesía”). Manifestaciones y mítines. Y la vida diaria del comercio y los trabajos agrícolas: sorprende el peso de la vida agrícola en una ciudad como Ammán, en aquellos años. También se descubre (se adivina, para ser más exactos) un urbanismo en desarrollo, pues a finales de los 40 es cuando la ciudad teje su ensanche. Llegan las primeras líneas de autobuses y se observa una mayor presencia de los coches, que paulatinamente transforman las calles. Se acentúan las diferencias sociales. Nada más acabar la guerra, Ammán “se dividió en dos: una ciudad para los ricos y otra para los pobres”. Pero finalmente nada supera en intensidad a los acontecimientos verdaderamente importantes: la primavera, el verano, el otoño y el invierno.

El otoño y el comienzo de curso. La vida en la escuela. El pan. El invierno y el frío. La ropa y sobre todo los gorros (“si un turista hubiera visitado Ammán en los años cuarenta su primera impresión habría sido la de que la ciudad vivía en un continuo carnaval de atuendos, acentos y costumbres, pues su variedad superaba a la de cualquier otro lugar”). El espectáculo de la nieve (la ciudad eufórica porque “la nieve es un don del cielo”). Temor: la infancia es un periodo también muy tenebroso. Hay que hacer sitio a las pesadillas y los lugares que la ciudad dispone para alimentarlas: los cementerios, por ejemplo (de musulmanes, de cristianos). También son importantes en el imaginario los locos y los mendigos conocidos, con nombre propio (Shettíe, Ali Yamani, Abu Hayaya –alias Salama-, Abu Zundhi, Abu Rahma, Om Ali la Arrabalera). Al fin y al cabo, un lugar para los sueños. Cómo se vivía “la noche del eclipse” (protestando por la desaparición de la luna), cómo se forjan las esperanzas (ese espacio fantástico donde confluyen niños y mayores, la abuela y Bagdag). Los 40 fueron unos años en los que finalmente “el dolor se impuso”. Pero nos vamos a fijar algo más en la primavera, el verano y los juegos. Simplemente unas notas.

La primavera y los paseos. La ciudad nunca pudo “resistirse a la llegada de marzo. De repente empezó a bullir, a delirar, y era su delirio un himno enloquecido que anuncia una nueva vida. En los almendros, secos leños que alguien olvidó cortar durante el invierno, brotó la vida con hiriente fragancia, y un manto de lozana blancura los revistió en pocos días”. Se volvió a la calle, y Om Áhmad sacó entonces “unas banquetas de palma al raso –que era como ella llamaba a la acera- para recibir a las visitas”. Todo se perfumaba. “Su mano agitaba una mata de albahaca, y la planta exhalaba un aroma limpio”. Son “fragmentos olvidados de la historia de Ammán que por azar quedaron prendidos en la memoria de algunos pequeños”. Lo cierto es “que la alegría inundaba el barrio y traspasaba sus confines cuando llegaba la primavera”. Los paseos comenzaban a alargarse y los pequeños descubrían entonces “montones de insectos que de pronto revoloteaban acá y allá, sin saber de dónde habían salido. La calidez y el olor de la tierra, el nuevo orden de la vida, les hacía no saber lo que querían y por tanto aceptar todo lo que cayera en sus manos”.

Los chavales se echaban avena loca por la espalda (cabrones) y “no hubo entonces muchacho que no se enamorase”, sobre todo de Luci. Los viernes la gente salía a comer al campo, más allá del depósito: “se iban sentando acá o allá para comer, beber y divertirse”. De hecho “en primavera siempre había algún lugar agradable o alguna fuente adonde ir cerca del barrio”. Se veían algunas codornices y se cargaban frutos silvestres. “Los patios de las casas, en los que tan escaso cuidado se ponía, mostraban una belleza exultante”. Y hasta las azoteas se poblaban de brotes y florecillas. En aquellos días las parras comenzaban a cubrir las casas “y, sinuosas, en cascada, como verdes nubes bajadas del cielo, vestían la áspera piedra que el invierno ponía al desnudo”. Esa era la primavera en Ammán, a los ojos de un niño: “un ambiente de satisfacción”, a pesar de que “la gente entonces era pobre o rayaba en la pobreza”. (Por cierto: Ammán también se llamaba Filadelfia, la ciudad del amor fraterno).

El verano y las noches de verano. La estación del juego. Cambiaban los colores de las azoteas, pues sobre ellas se extendía el trigo cocido o el concentrado de tomate, que luego se guardaría en vasijas. Por los arrabales aparecían los vendedores de agua de regaliz. “Si el invierno era recogimiento, y la primavera, sorpresa, descubrimiento y espontáneo abrirse a la naturaleza, las noches de verano –que no sus días- eran una ocasión para devolver las cosas a su sitio, para recuperar lo esencial; invitaban a reflexionar, a deleitarse apurando el néctar de la vida, al igual que hacen los niños al chupar las corolas dulces de ciertas flores silvestres violetas y espinosas”. En Ammán “las noches de verano eran mágicas y sugestivas. La gente no se acostaba sino de madrugada, y algunos incluso dormían bajo las estrellas. Las largas tertulias nocturnas se hacían gratas, y entre conversaciones y chismes surgía algún que otro canto entonado por humildes voces casi anónimas”. Con el calor y la llegada de la noche nos transportamos, entre canciones, al fin del mundo: qué cerca queda el fin del mundo en el mundo de los niños.

¿A qué se jugaba? Los niños se pasaban las horas muertas interpretando las formas de las nubes. O saltando desde un puentecillo sobre el río Zarká. Pero sobre todo se embelesaban con las carretas de los circasianos, “emblema y compendio del Ammán de aquella época”. Porque cuando llegaba la cosecha “el campo se convertía en la obsesión de toda la ciudad”. Pero para los niños el primer indicio de la nueva estación se lo daban las luciérnagas, que “con sus rabitos iluminados, volaban a la puesta del sol”. Unos niños que preferían entonces ir de un lado a otro a través de huertos, patios o campos: cualquier camino clandestino “siempre mejor que la calle”. Un buen entretenimiento consistía en robar almendras (“existía una especie de magnetismo que arrastraba los ojos de los pequeños hacia las almendras”). Otro, enredar en el zoco, entre los vendedores. Jugar a policías y ladrones (o en versión autóctona: a árabes y judíos). También se jugaba a la pelota, que se compraba o se confeccionaba para la ocasión, de trapo (“de excelente factura”, dice orgulloso Munif). En campos de fútbol existentes o improvisados. A veces simplemente “en medio de una avenida”, sin problemas. Pero también había otras ocupaciones. “Si la edad o las posibilidades económicas –o ambas a un tiempo- no permitían montar en bicicleta o a caballo, una caña podía hacer las veces de los dos”. Igualmente se jugaba con “el alambre con ruedecitas”. Y tras él llegaban los aros. “Los mejores aros se hacían con llantas de coches, una vez que el zapatero había retirado el caucho para aprovecharlo”.

Era muy popular el trompo, por supuesto (“durante las temporadas del trompo, las tardes transcurrían en medio de un combate al que sólo la caída de las sombras lograba poner fin”). Hemos echado de menos las chapas (seguramente no existían entonces). Pero no las cometas: “En un momento, cubrían todo Ammán”. El juego de las canicas “presentaba muchas modalidades”. La temporada de canicas “era larga, pero algo selectiva. Nadie se aventuraba a jugar con desconocidos ni se confiaba en quienes se dejaban ganar al principio”. En cuanto a esas puñeteras bolitas, la abuela de Munif (la principal protagonista del libro) decía: “Ya están aquí las puñeteras bolitas… alguna pierna nos vamos a romper con esas bolas sueltas por la casa”. También se jugaba a los botones, a los zancos, al “mono y el mojón”. A la honda (aunque estuviera prohibida por los adultos) y al tirachinas (más o menos tolerado). Se jugaba a pídola, se cazaban pájaros y lagartos y se pescaban pececillos, con todas las (malas) artes posibles. Si se descubría un avispero, “un ejército de niños armados con palos y botes se movilizaba para aniquilarlo”. También resultaba bastante divertido molestar a los pavos, pararse ante los afiladores de cuchillos y tijeras para verles trabajar, admirar el funcionamiento de la única gasolinera existente en Ammán (con los dos cilindros de cristal que se llenaban y vaciaban a ritmo), o tirar de la túnica a algún beduino y echarse a correr.

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