Detalles del post: Se oirá otra música en Detroit

07.11.08


Se oirá otra música en Detroit
Permalink por Saravia @ 23:03:08 en 100 ciudades -> Bitácora: Plaza

Las ciudades también se encogen

Detroit hoy (una imagen de Alec Soth, procedente de telegraph.co.uk)

Siguiendo la implacable lógica de Mick Brown, en su artículo del 5 de julio de 2008 en el Telegraph (con las impresionantes fotos de Alec Soth), asistimos al final del sueño americano que se materializó en una forma específica de ciudad. Paciente y constantemente construida a lo largo del siglo XX en todo el territorio de los Estados Unidos, hoy parece haber agotado su ciclo vital. Detroit, la gran ciudad del automóvil, seguramente es el lugar donde con mayor dramatismo se manifiesta la ruina de ese modelo.

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1. El fin de un modelo de la abundancia

Sigamos, como decíamos, a Brown. Según cree (siguiendo al profesor de urbanismo Christopher Leinberger), la índole territorial del sueño americano se fraguó en tres etapas, que fueron dando forma a una idea de ciudad que acabó siendo hegemónica a finales del siglo XX. En cada momento se adecuaba a la economía subyacente en el país. Durante la Guerra Civil americana, cuando la gran mayoría de la población se dedicaba a la agricultura, se soñaba con una parcela de “40 acres y una mula”. Un terruño para cada familia, para los colonos, que representaba la independencia del hogar. Más adelante se vinculó a esa parcela un coche. En la posguerra, cuando un tercio de la población estaba vinculada a la construcción de automóviles, se soñaba con la posibilidad de “ver los EE.UU. en su Chevrolet”. Un símbolo de la libertad.

El país se pobló de carreteras y autopistas que acabaron eclipsando al ferrocarril. Y llegó la casa: el sueño derivó en dreamscape, en el deseo de una casa suburbana para cada familia. Lejos del ajetreo de la ciudad, en un entorno pacífico donde los niños desarrollan suavemente el sentido de comunidad (y los padres de clase media potencian a su vez un conformismo acrítico). Parcela, coche y casa, una fórmula suburbana de organizar la ciudad que se aplicó implacable durante varias décadas, y que acabó por pulverizar los centros de las viejas ciudades, reducidos a enclaves de negocio. Naturalmente, la Administración colaboró. Una densa red de autopistas facilitaba la comunicación entre la residencia y el espacio de trabajo, y algunas leyes, como la que completaría el sistema.

2. Detroit como ejemplo

En la ciudad de Detroit se ha visto como en ningún otro lugar el éxito y las contradicciones de ese modelo. Fundada inicialmente como lugar estratégico (“detroit” significa estrecho en francés), y dedicada más tarde a la construcción de barcos y manufacturas, acabó siendo un espacio de monocultivo económico: la ciudad del automóvil. En ella tenían su lugar los tres grandes empresas automovilísticas: General Motors, Ford y Chrysler. Se conocía como “Motor Town”. (También, durante de la guerra mundial, y aprovechando la industria del acero, se dedicó a fabricar armas; pero esa es otra historia). Es más: allí fue donde se utilizó por primera vez el hormigón en una carretera (1901), donde se construyó la primera autopista de América (la Davison, que se inauguró en 1944), y se abrió el primer centro comercial de los Estados Unidos (en 1954). Era tal la pujanza del automóvil que se renunció a cualquier forma de transporte público, en beneficio del transporte privado de los trabajadores (el sarcasmo está en que actualmente más de la quinta parte de las viviendas de Detroit no tienen coche). Y a sus industrias llegaban en busca de trabajo gente de todas partes, inmigrantes del Este y del sur, blancos y negros.

La ciudad fue fundada en 1701 por el explorador francés Antoine de la Mothe Cadillac, e integrada en los Estados Unidos por Washington en 1796. Un siglo más tarde, en 1896, Henry Ford construyó aquí su primer vehículo; y en 1913 se puso en marcha la primera cadena de montaje. Aquí, por tanto, se materializó el “fordismo”. Podría decirse que fue víctima de su éxito. Pronto se advirtieron sus limitaciones, al menos en el terreno de la ideología: el mural que Diego Rivera pintó para la planta de automóviles de Ford en Detroit implica una gran confusión de ideas en el pintor (marxista), el encargante (el hijo de Ford, capitalista), en ambos o en nosotros; pero alguien tiene las ideas confusas. Mas lo cierto es que entre los años 1910 y 1940, desde que convenciesen a Henry Ford para que fabricase su modelo “T” en la ciudad, y se organizase en la fábrica de Highland Park la magnífica maquinaria productiva (la cadena de montaje), puede decirse que fue la historia de un éxito.

3. Un desarrollo incierto

Pero también muy pronto comenzaron los problemas. Pues fue en Detroit donde los sindicatos se hicieron más poderosos (United Auto Workers) y los conflictos más duros y continuos (1943: 34 muertos; 1967: 43 muertos). Allí las luchas raciales también se exacerbaron. La segregación de barrios se intensificó (guetos ricos y pobres, blancos y negros). La discriminación en las escuelas y en la vivienda, y el comportamiento racista de la policía avivó una tensión siempre a flor de piel. En los años 40 y 50 se lllegó a levantar un muro de hormigón a lo largo de la Eight Mile Road para aislar los barrios blancos de potenciales vecinos negros. El white flight, la tendencia de la población blanca a alejarse de los suburbios habitados por gente de color, que también se planteó en muchas otras otras ciudades americanas, tuvo aquí una drástica expresión: en la actualidad, más del 80% de la población son afroamericanos. El éxodo de los blancos fue hacia otras ciudades (incluso a la Canadá cercana), pero también a los suburbios más próximos de unifamiliares.

El desarrollo urbano está bien expuesto en wikipedia, donde también puede consultarse el masterplan de 2004. Los proyectos en marcha están reseñados por la concejala Martha Reeves al autor del artículo citado al principio (Mick Brown): implantación de nuevos edificios de oficinas, demolición de edificios abandonados, creación de un “banco de suelo” que permitirá facilitar solares a grupos sin ánimo de lucro dispuestos a revitalizar áreas degradadas, impulso del turismo como motor económico alternativo, etc. Pero el optimismo de esta mujer, o el “activismo guerrillero” de algunos anónimos artistas que, “como si fuese una exposición surrealista”, han pintado de naranja una serie de edificios abandonados por toda la ciudad, no bastarán para recuperar un tono urbano que hace tiempo les abandonó. Porque además el modelo en que se fundaba, aquella expresión urbana del sueño americano, hoy se ha revelado, con la crisis de la vivienda, radicalmente en bancarrota.

4. Abatimiento y síntomas de decadencia

Como decíamos, la decadencia empezó pronto. Al igual que tantas veces, cuando la ciudad parecía estar en la cumbre del éxito, los cimientos empezaban a socavarse. Ya en ¡1961!, en un artículo de Time, se hablaba de Detroit como “ciudad enferma”. Fue considerada el "París del Oeste" a finales del siglo XIX, por su elegante arquitectura. Se levantaron en ella, en el primer tercio del siglo XX, construcciones residenciales, industriales y representativas de gran lujo. Pero la fiesta terminó. Y una de las más llamativas, quizá la última del periodo glorioso, The Renaissance Centre, costó 350 millones de dólares en 1970; pero cuando fue vendida en 1996 sólo se pagaron por ella 76 millones. He ahí la decandencia.

En la actualidad, como muestran expresivamente las fotos de Soth, todo es señal de declive. De un largo declive. Edificios incendiados, bien por grupos de jóvenes, por los propietarios para cobrar el seguro, o simplemente por falta de mantenimiento. Violencia y sensación de inseguridad. Abandono. Vacíos urbanos: esa desidia que afecta a la percepción del espacio, reduce las oportunidades de interacción y distorsiona la funcionalidad y el coste de los servicios. La escalofriante imagen es (en la ciudad de Filadelfia) ésta: manzanas que se van despoblando de edificios, progresiva ruina, acción municipal para limpiar escombros. Las manzanas, más desnudas, se vacían. La vida social, sin densidad suficiente, se resquebraja. Y la ciudad, poco a poco, se hunde más y más. La deslocalización industrial de los 80 y la crisis de los 90 acentuaron un proceso de vaciamiento y abandono que se inició, como hemos dicho, con las políticas de dispersión urbana de los 50. Lo cual también permite lecturas emocionantes: “Hay algo hermoso en el abandono de Detroit”, dice Mick Brown: una atmósfera de “inquietante quietud”.

5. Pérdida de población

Uno de los síntomas más claros de la decadencia urbana es, desde luego, la pérdida de población. No tendría que ser así (Nápoles ha sido siempre una de las ciudades más pobladas del mundo, y sin embargo nunca ha estado en posiciones de poder comparables a otras de menor peso poblacional). Pero lo cierto es que la pérdida de peso demográfico suele ser indicativa de falta de fuerza económica y social. ¿Cómo se mueve hoy la gente en los Estados Unidos? ¿Qué ciudades ganan y cuáles pierden población actualmente? ¿Qué ámbitos reciben gente, qué barrios se vacían? Dentro de las ciudades se observa cómo ha comenzado la degradación de los amplísimos suburbios de unifamiliares, mientras los viejos centros comienzan, una vez más, a “elitizarse” y perder diversidad social. Por regiones se puede ver el nuevo atractivo que hoy parecen tener las ciudades del interior. Ni el cinturón de hierro, ni el de nieve ni el de sol: Fort Myers, Tucson, Dallas, Houston, Atlanta. Hay un movimiento de población muy significativo desde las grandes ciudades costeras y Chicago hacia otras ciudades del interior.

Se dice que el altísimo precio de la vivienda o el de la gasolina, y el creciente coste de la vida en el suburbio, pueden explicar esa tendencia (también lo comenta Juan Freire en su blog). Pero las nuevas pautas de la criminalidad, incluso la aversión de parte de la población hacia la vecindad con inmigrantes han contribuido también a trastocar la geografía habitual de tanto tiempo, un cambio en el patrón de emplazamiento que la quiebra de las hipotecas promete acentuar aún mucho más. “Ahora son los más pobres –dice Freire-, especialmente inmigrantes, hispanos y negros, los que se marchan de los centros de las ciudades hacia los suburbios (en particular hacia los más antiguos, baratos y degradados, los mismos que abandonan los blancos que se marchan al interior del país).” Detroit, en concreto, en un proceso de pérdida de población largo y sostenido, sigue vaciándose. Llegó a tener 1.850.000 habitantes en 1950, pero no llega en la actualidad a los 900.000.

6. Cambia la música

Mas hay otra forma de hacer un retrato de la ciudad que nos ha parecido interesante. El artículo de Labosonic, titulado Detroit, ciudad musical, pretende relacionar el tono vital (económico, social, cultural) de la ciudad con la producción musical que se da en ella. “La música ha sabido mezclarse con el destino de la ciudad hasta un punto tal” que se la podría denominar no sólo "Motor City" (ese conocido eslogan), sino igualmente “Music City”. Cuando el declive tomaba cuerpo, la cultura (esa administración de la decadencia que solemos llamar "cultura") la ciudad ofreció un producto musical poderoso y vivo, en el que se pueden distinguir tres fases. La primera, propia de los 60 y 70 (aunque se extendió hasta los últimos 80), se identifica con la compañía de discos Tamla-Motown (Motown: motor-town). Fundada en 1959 por Berry Gordy Jr. conoció un inédito y sostenido éxito con una música afroamericana de “una cadencia increíble, digna de la de las fábricas de Henry Ford”. Martha Reeves, Smokey Robinson, The Four Tops, The Temptations, Marvin Gaye, The Supremes o Stevie Wonder, entre muchos otros, “cincelaban joyas de soul music con una precisión industrial digna de la de General Motors con sus coches”. Una música optimista en una presentación rítmica y limpia.

La segunda fase es de los años 70. El punk, que llegaba de la mano de Iggy Pop y Stooges, fue lo contrario de la Motown. Su rock era la imagen hacia la que se deslizaba la ciudad: “sucia, obscena, drogada, furiosa contra su propio destino”. Iggy “balbucea I wanna be your dog sin pasión ni fervor, con un tono indiferente, sin más, por encima del jaleo de guitarras eléctricas saturadas”. Berry Gordy no soportaba ver a sus artistas mal vestidos, pero Iggy Pop “canta, aúlla, se droga, acaba sus conciertos sistemáticamente desnudo, se automutila, escupe al público (…). Los tiempos definitivamente habían cambiado en Detroit”. Finalmente, y tras el paréntesis techno, llegó, a finales de los 90, Eminen. Un blanco en el mundo del hip hop, con su brutal manera de rimar y ejecutar unas letras ácidas contra todo y contra todos. “No me van a amordazar”. No parecen los actuales tiempos de escupir, sino de hablar, hablar, hablar. (No dejar de hablar, compulsivamente, por ver si entre la marejada de frases llega alguna que pueda explicar lo que pasa: en eso estamos todos).

Nos gustó escuchar a The Supremes cantando Stop! In The Name Of Love. Nos gustó Iggy Pop, con su deshilvanado I wanna be your dog. También hemos escuchado muy a gusto el Sing For The Moment del polémico rapero “detroités” Eminem. Y ahora que se anuncian tiempos radicalmente nuevos, donde habrá que definir nuevos modelos de convivencia urbana, ¿qué música nos llegará de esta ciudad perdida, “donde el urbanismo es tan funesto que una biblioteca parece una anomalía”?

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