Detalles del post: Hola, Bolkestein

03.12.08


Hola, Bolkestein
Permalink por Saravia @ 21:41:54 en Economía urbana -> Bitácora: Plaza

Síntesis de la intervención en la Jornada sobre Comercio, ciudad y territorio. La Directiva Europea de Servicios, el 3 de diciembre de 2008

Vista aérea del centro comercial Luz del Tajo, Toledo (imagen de Jav, procedente de skyscrapercity.com)

Organizada por la Agrupación Vallisoletana de Comercio, Avadeco, se pretendía en esa Jornada analizar de qué manera podrá incidir la nueva Directiva 2006/123/CE de servicios en el mercado interior, conocida como Directiva Bolkestein, en el régimen de concesión de licencias comerciales, y reflexionar sobre la forma de controlar el impacto de los grandes centros comerciales desde el punto de vista de la protección del medio ambiente y del entorno urbano. Digámoslo claro: la cuestión esencial vuelve a ser el coche; y respecto al coche, los aparcamientos. ¿Cuándo se limitará el número de aparcamientos?

[Mas:]

La intervención se titulaba “El impacto de los grandes equipamientos comerciales en el territorio”, y un resumen de lo dicho en el Salón de Actos del Museo Patio Herreriano es el siguiente:

1º. Para evitar confusiones, lo mejor es ir directamente al grano: el problema fundamental son los aparcamientos. Si se limitan los aparcamientos se controla el impacto del vehículo privado, se reduce la afección al medio ambiente y se favorece la movilidad en otros modos. No lo demos más vueltas. Los aparcamientos se regulan desde la legislación urbanística de la Junta de Castilla y León y desde los planes generales de los municipios. No existe ningún mandato divino, y ni siquiera de la Unión Europea o del Estado español que obligue a disponer plazas de aparcamiento. ¿Es tan difícil de comprender? Si no se eliminan muchas plazas de aparcamiento y no se limita su número en los grandes centros comerciales, todo lo que hagamos por el medio ambiente al decidir sobre su implantación serán juegos florales, comparado con el impacto de los coches yendo a comprar. ¿Que así esos centros ya no resultan tan interesantes? Lo sentimos. Hay muchas otras cosas interesantísimas que tampoco podemos hacer.

2º. Para atender al título reseñamos un par de decenas de impactos, de distinto tipo, que pueden acarrear la implantación de un gran centro comercial (llamémosle como sea: centro, superficie, establecimiento, etc.; pero no equipamiento: bastante confusión hay ya sobre el significado de los equipamientos como para que lo agravemos aún más). Impactos económicos de distinto signo (dinamización de la economía local, impacto sobre los precios, contribución a modificar los modelos de consumo, presencia de externalidades, etc.): unos claramente positivos, otros decididamente negativos y algún otro de dudosa valoración. Impactos sociales (sensación de enriquecimiento de la oferta de actividades urbanas por la mayor parte de la gente, impacto sobre el mercado de trabajo, afección al pequeño comercio, creación o impulso de posibles “desiertos de alimentación”, contribución al empeoramiento de la seguridad urbana –el papel del comercio en la seguridad pasiva es básico-, etc.). También en este caso debe hablarse de impactos de distinto signo.

Más fácil es valorar los impactos urbanísticos. Sólo uno es positivo (la formación de “centralidades periféricas”), todos los demás son negativos: desvitalización (término de López de Lucio) del espacio público urbano, posible contribución al desequilibrio entre áreas urbanas, desestructuración de la retícula urbana básica, reducción de la complejidad y estímulo de la ciudad difusa. Desde el punto de vista medioambiental las cosas son aún más evidentes: impactos muy negativos, tanto en el consumo de suelo como en el impacto del tráfico rodado. Desde el punto de vista del paisaje y la imagen urbana hay que hablar también, casi siempre, de impacto negativo. Y desde consideraciones culturales convendría igualmente limitar la extensión de ese nuevo tipo de espacio urbano que se vincula a los nuevos modelos de consumo. Por último, no es menor la importancia de los efectos políticos que pueda tener la implantación de grandes superficies en un determinado municipio, donde por su potencia empresarial (y la dependencia de gran número de puestos de trabajo) puede quedar limitada, o al menos muy condicionada, la autonomía del poder municipal. En resumen, por tanto, la mayor parte de los impactos urbanos y territoriales que acompañan a la instalación de estos centros son muy problemáticos.

3º. Suelen plantearse algunas fórmulas para medir los impactos, y algunas normativas confían en la objetividad y eficacia de tales procedimientos. Pero debemos desengañarnos. Son ya demasiados años y demasiadas decepciones para que sigamos confiando en unos mecanismos que se soslayan con enorme facilidad. Como referencia pueden tomarse los estudios de impacto ambiental, que tantas veces se sortean sin problemas. Por eso entendemos que son preferibles los estándares. Después de estudiar todo lo que se quiera, analizar lo que sea preciso y evaluar cuanto haga falta, pueden definirse las cantidades que no puedan superarse o deban alcanzarse, según los casos, en un lugar y sobre un tema. Siempre, por supuesto, con la generalidad que exige esa condición de “estandarte” que tienen los estándares.

Lo veremos más claramente recordando un ejemplo típico. La ley establece una cantidad mínima de zona verde en todas las ciudades de 5 m2/habitante. ¿Por qué esa cantidad? Por tradición. No hay ningún estudio que lo justifique. Simplemente se aplica desde hace más de un siglo, y se sigue manteniendo desde entonces. Los estándares se definen a partir de las tradiciones urbanísticas, las comparaciones entre ciudades y, en algún caso, con ciertos estudios complementarios. Pues bien: la aplicación de la superficie mínima de zona verde en cada nuevo sector de suelo urbanizable se lleva a cabo sin ningún problema. Todos los sectores dejan a la comunidad su superficie correspondiente de parque. ¿Se imaginan lo que podría resultar de establecer una cesión abierta, que se decidiese en cada caso en función de la trama urbana resultante, del tipo de población previsible, de los impactos sobre el sistema verde, de los estudios sobre el uso de los parques en esa ciudad, o cualquier otro parámetros de control? Sería una locura, efectivamente. En definitiva, nos inclinamos decididamente por la definición y aplicación de estándares. Es lo mejor, sin duda.

4º. Hay un artículo que publicó Moisés Naím muy llamativo, y que nos gusta recordar. Decía al lector, nada más empezar: Usted no es normal. No es normal porque, obviamente, sabe leer; porque compra periódicos; porque le interesan este tipo de artículos, etc. De manera que hacía sus cuentas y llegaba a la conclusión de que el lector pertenecía a un grupo de población que no es mayor del 4% de la población mundial (los que saben leer, compran periódicos, etc.). Y prevenía sobre el peligro de tomar decisiones pensando en que lo que nosotros consideramos normal, cuando en realidad es posible que sólo represente a una parte de la gente.

Con un planteamiento similar pretendíamos advertir de la presencia de una parte muy importante de la población que no conduce, no toma el transporte público, su vida se desarrolla en el barrio y para la que cualquier implantación que acabe afectando a su entorno comercial va a reducir su calidad de vida. Y que con frecuencia olvidamos porque tendemos a pensar que todos viajamos en coche. Helena Villarejo, en su magnífico libro sobre los Equipamientos comerciales. Entre el urbanismo y la planificación comercial (Granada, Comares, 2008), resume los peligros de formación de “desiertos de alimentación”, por destrucción del tejido comercial y “deterioro de las condiciones de compra de los colectivos con menos posibilidades de acceder a los formatos nuevos”. Ese es un tema crítico que nos debe preocupar de manera prioritaria.

5º. También deberíamos tener en cuenta el factor tiempo. No se trata ya de discutir si interesa más o menos cantidad de unos u otros “formatos” de establecimientos comerciales; sino de analizar en cuánto tiempo se llevan a cabo los cambios. No es lo mismo la transformación de los modelos de consumo en 50 años que en 20. En el primer caso, la adaptación a los nuevos tiempos puede ser menos agresiva, menos dura para aquellos a quienes les cueste acomodarse a los cambios, que en la segunda. Por concretar, en Valladolid se instaló el primer centro comercial en 1981, y desde entonces se han ubicado siete más. Todos en el plazo de una generación. ¿No sería lógico descansar unos cuantos años de nuevas aperturas? ¿No es razonable dar un respiro a esa generación, y esperar 8 ó 10 años para seguir con los cambios en el modelo de comercio, si es que fuesen necesarios? Pensamos que una moratoria podría ser conveniente, aunque sólo fuese con ese argumento.

6º. Por último, es preciso subrayar que todo lo planteado anteriormente es posible hacerlo, sin ninguna duda, desde consideraciones y técnicas urbanísticas, coherentes y perfectamente compatibles con la Directiva Bolkestein. Si finalmente su aplicación concluye en volver a pensar la ciudad de forma más integrada, bienvenida sea la directiva.

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Comentario de: manuederra [Member] · http://ciudadesaescalahumana.blogspot.com
Fantásticas notas. El punto 5 refleja la rotundidad de este proceso de "reconversión comercial" producido de forma abrupta en pocos años. En mi caso, en Bilbao hemos contemplado cómo en el plazo de 15 años se han localizado no menos de 8 grandes superficies en el Bilbao metropolitano y han influido deliberadamente en la morfología urbana y en el comportamiento social.
URL 04.12.08 @ 08:29
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