Detalles del post: Catálogo de nubes

09.12.08


Catálogo de nubes
Permalink por Saravia @ 00:10:35 en Poética -> Bitácora: Plaza

Para un paisajista inexperto

El autor (o autores) de esta imagen, Kylie and Rowan, la ha (han) titulado Storm spreading south across Sawbridgeworth, Herts, U.K. (está publicada en la sorprendente cloudappreciationsociety.org)

Construir el paisaje no es tarea fácil, especialmente si pretendes controlar todo por completo. Quien tiene experiencia ya sabe que es preferible que algunos elementos crezcan solos, por libre. Por ejemplo: las nubes, ni tocarlas. Pero en los comienzos cualquier hueco angustia, y se busca afanosamente tener dominadas todas las piezas. Pues bien, para estos jóvenes principiantes, ahí va un primer catálogo del componente esencial del paisaje (seguramente el más importante): la cubierta, el techo, el celaje que tantas veces "mueve nuestros afanes".

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Nubes de los pintores

Cuando pueden elegir cielo, ¿qué cielo eligen los pintores? A Velázquez parecen gustarle las nubes consistentes, con mucho contraste. Muy verdes (sobre las tierras también verdes), cuando dan fondo al Conde-Duque; y en tonalidades grises y azuladas (con las montañas también azules), cuando rodean al pequeño príncipe. En los dos casos, con retazos blancos para dar viveza. Rubens, por su parte, gusta más de los oros en sus “nudos de luz” (sobre tierras también amarillentas, desde luego). En Tiépolo las nubes se nos muestran carnosas, materiales, incluso cavernícolas. Ruisdael no sale de los grises para abrumar, literalmente, sus paisajes. ¿Dónde está la luz en Ruisdael? En Constable, sin embargo, es fácil encontrar buenas manchas azules sobre las que se disponen unas nubes siempre muy fotogénicas. Aunque no siempre. Lo cierto es que no es difícil encontrar en sus pinturas dónde está la fuente de luz que las da vida, incluso cuando los paisajes se encuentran totalmente cubiertos.

Nubes de los fotógrafos

En algunos de los fotógrafos más expresionistas, como Salgado, las nubes forman parte de la composición. Bien para acongojar, bien para entristecer. En otros autores, esas "masas de cristales níveos" construyen simetría con el mar. Y alguno más dibuja las ciudades con esas bonitas nubes de la tipología “Dios nos quiere” (las que permiten asomar rayos de sol, ilustraciones fijas de los catecismos, según nos explicaba Carmen). Para Doisneau las nubes eran, como el violoncello, un elemento más de la composición.

Nubes tras los acontecimientos

Según nos cuentan, hoy el cielo estaba nuboso en Gijón. Lo que no es baladí. Salvo si sol es radiante o se acompaña de agua (quién se olvida del aguacero de la boda del Príncipe Felipe y Letizia Ortiz), el cielo no suele quedar en la memoria. ¿Cómo era el cielo el día en que cayó el Muro de Berlín?: francamente soso. ¿Cómo hizo durante la gigantesca manifestación contra le guerra de Irak, en Londres? Un cielo repetidamente soso también. ¿Y el 11 de septiembre en Nueva York? Esta respuesta es más fácil, ya que todos mirábamos al cielo: despejado. ¿Qué nubes había sobre la ciudad el día de la liberación de París? Si no nos equivocamos con las fotos, el 24 de julio de 1944 el cielo estaba limpio, una vez más sin nubes, prometedor y azul.

Nubes de los meteorólogos

Los meteorólogos nos hablan de algunas nubes singulares. La tubular Morning Glory australiana, con más de 1000 km. de longitud. O las nubes iridiscentes, que se rompen en los colores del arco. Pero antes ya los físicos nos clasificaron, como botánicos, todas las “espumas blancas” de la atmósfera. Cúmulos para las “nubes de desarrollo vertical” (siempre hemos querido decir algo así). Es decir: son cúmulos las nubes más bonitas, las más típicas, las nubes-nubes. Altas, algodonosas, amigas, alegres. Estratos son las hojaldradas, ensanchadas, chatas, bajas, sin forma; que parecen “niebla por encima del nivel 0”. O sea, niebla sin la gracia de la niebla. Los nimbostratos cubren el cielo, son oscuros, bloquean la luz del sol, acongojan y entristecen. Los cumulonimbos son nubes también con un gran desarrollo vertical, "que internamente están formadas por una columna de aire cálido y húmedo que se eleva en forma de espiral rotatoria”: lluviosas, tremendas, húmedas, eléctricas, negras. Menos famosas son las nubes fractus: pequeñas, “fragmentarias”, situadas bajo un ambiente nuboso y ventoso. Los cirros son “hebras de cabello” compuestas de cristales de hielo; “rayas de verano”, altas, enmarañadas, a veces rotas.

Vivir en la niebla

También están las nieblas: esas masas de aire que a veces nos envuelven entre aguas que han llegado del mar y de otros prados, cuidadosa y previamente agregadas y blanquedas. Los pintores orientales (Guo Xi, Kao K´o-kung, por ejemplo) gustan de ese exquisito paisaje que mezcla la nube y la montaña, y que Eduardo Zambrano relata para su Valle de Oaxaca: “Ni la vieja gloria de los maravillosos imperios se ha salvado. Ni el orgullo de las catedrales, ni siquiera el remanso de la fe en los monasterios compiten con esa otra arquitectura de cerros y nubes en el Valle de Oaxaca (…). En estas tierras es evidente que solo los sueños perduran”. Efraín Bartolomé, advirtiendo que esa misma niebla que nos envuelve y en cierto modo atemoriza le recuerda demasiado a la sensación de agobio de la fronda tropical, prefiere hablar de “selva de niebla”. Y cuando esa misma forma de humedad toma la ciudad, cuando la empapa, consigue, al menos provisionalmente, cambiarla el carácter: “Una historia narcótica empapa a esta ciudad suspendida en la nada” (Ida Vitale, “Alianza con la niebla”).

Viajar en avión

El viaje en avión nos lleva hasta las nubes altas, y nos las acerca. Con frecuencia se da el impulso de fotografiar ese manto blando de nubes que queda por debajo, pero muy cerca: Ismael nos deja ver media docena de uno de sus viajes. “Algodones blancos” bajo el avión que algunos han asociado, lógicamente, con la música acuática de Haendel. Pero si subimos más y más llegaremos al satélite. Las nubes se transforman entonces en un mapa del tiempo. Y en cualquier caso, arriba, a la altura que estemos, siempre nos invade una inquietante sensación voluptuosa: “Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes” (Oliverio Girondo, cómo no).

Simplemente soñar (nubes de los poetas)

El juego habitual de todos los niños, al mirar las nubes, es descubrir en ellas formas y dibujos. Aquí un pez (lo hemos visto, lo juramos), allá un dragón (que sí, que hay un dragón). Pero en la noche, cuando casi nada se ve, las nubes esconden las estrellas: sólo queda soñar. Son “las hermanas mayores de los sueños” (Efraín Huerta); aunque también, inversamente, “todo sueño que es nube se deshace” (Manuel Altolaguirre). Por eso en cualquier momento los poetas cargan sobre ellas. Muchos han escrito de las nubes. “Buscas detrás de las nubes huellas que se llevó el viento. Buscas las manos calientes, los rostros de los que fueron” (José Hierro, “Las nubes”, en Cuanto sé de mí, 1957-59). “Si las nubes no anticipan en sus formas la historia de los hombres (…) qué será de mí” (Gómez Jattin). “Pasar, como las nubes, los cielos arrasados del verano tardío” (“Las nubes”, de Sánchez Robayna en Sobre una piedra extrema, 1995). Cuando están sobre el mar son “su arboleda” (Altolaguirre, de nuevo). Para Cernuda, en fin, las nubes son "sombras blancas". También el cine ha buscado cobijo entre ellas y las ha dado protagonismo: Infierno en las nubes (Nicholas Ray, 1951), Amor en las nubes (Manuel Zecena, 1968), Un camino entre las nubes (Alfonso Arau, 1994), Nubes de mayo (Nuri Bilge, 1997), El color de las nubes (Mario Camus, 1997), O caminho das nuvens (Vicente Amorin, 2003), Nubes de verano (Felipe Vega, 2004). Y ya fuera del cine, no resistimos la tentación de la broma fácil (siempre caemos): ¿A qué huelen las nubes? (Lo sentimos: perdón, perdón; no lo volveremos a hacer).

La historia de las nubes

Pero a la cabeza de todos los poetas ha de figurar, obviamente en este caso, Hans Magnus Ensensberger y su Historia de las nubes (subtitulado “99 meditaciones”, Barcelona, La Pesía, señor hidalgo, 2005. La “Historia de las nubes" es el último y más largo poema). Nos hemos tomado la libertad de seleccionar de esa historia un puñado de versos, y acompañarlos de algunas imágenes de esa sociedad inglesa, admirable y curiosísima, de “apreciadores de nubes”. Su web tiene muchísimas fotos, algunas magníficas. De hecho, bastaría con esa página para hacer el catálogo completo que queremos sugerir en este post. Pero vayamos con Enzensberger. “Así como ellas aparecen, de la noche a la mañana o de repente en el cielo, difícilmente puede afirmarse que sean dadas a luz” (…). “Suben ante el azul de seda”. (…). “Retumbantes, luminosas, insensibles, granizan y se derraman” (…). “Remedan todo lo que es sólido” (…). ”Probablemente creen en la resurrección, irreflexivamente felices como yo, que las observo durante un rato tendido de espaldas” (…). “Arqueología de las nubes: una ciencia para los ángeles” (…). “Sublimes cristales. Lo caduco es lo que diminuto, imperceptiblemente ligero, cae sobre nuestras cabezas y, mientras dormimos, con un peso de toneladas debajo de sí, entierra algo de lo que respira” (…). “Estas gigantescas nómadas caminan medrosas del desierto, ligeras, lentissimo maestoso”.

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