Detalles del post: El mar y otros dioses

09.01.09


El mar y otros dioses
Permalink por Saravia @ 15:20:16 en Poética -> Bitácora: Plaza

Todo está lleno de dioses, y su multiplicidad permite la poesía y aligera la vida

Islas Cícladas, entre Santorini y Naxos (imagen procedente de 4321.co.il/property)

Todo está lleno de dioses. Pocos libros tan interesantes (tan pacificadores, podríamos decir) como el de Giórgos Seféris Todo está lleno de dioses (México, Fondo de Cultura Económica, 1999; la edición griega original es de 1944). La frase del título es de Tales de Mileto, y la cita Aristóteles en De anima. Pero la ha hecho suya Seféris como recién acuñada, y nosotros la recibimos con la misma hospitalidad. “Cuando las `cabañas´ de los inmortales se destruyeron –dice Seféris-, cuando se convirtieron en ruinas, los dioses, privados de techo, volvieron al lugar de donde habían venido: se desparramaron de nuevo por el paisaje”. Y en él están.

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La ciudad está llena de dioses. Habitan el paisaje y también la ciudad. ¿No era la ciudad paisaje? Son diversos, y nunca uno solo. Está el dios de la belleza, desde luego. Para muchos también el de la ecología. Y el de los parques, y el dios, para quien crea en él, de los caminos. Pero también habrá de estar allí el de la justicia. El dios de la igualdad y el de la libertad. Muchos dioses de la antigua Grecia se refugiaron en nuestras ciudades: Hermes o Dioniso. Adonis (encargado de la renovación anual de la vegetación, hace lo que puede), Hestia (en cada casa), Eolo (sin ninguna duda), Radamantis (legisladora), el mismo Zeus (como dios de la hospitalidad), y muchos otros. Incluso diosecillos del lugar, de la historia local y concreta, protectores de una esquina o de una astucia. Pero, repetimos, lo importante es que son muchos. Al menos dos. Ya hemos dicho aquí, en este blog (citando a Isaiah Berlin), que esa habitual creencia “de que todos los valores positivos en los que han creído los hombres tienen que ser compatibles en último término, e incluso quizá tienen que implicarse unos a otros" es ilusión, fantasía irracional. Unos y otros valores pueden entrar en conflicto, y a menudo lo hacen, incluso de forma violenta. "Admitir que la realización de algunos de nuestros ideales pueda hacer imposible la realización de otros" parece lo más razonable.

La multiplicidad permite la poesía. De manera que no nos bastará atender a la ciudad sostenible para esperar que con ella nos llegue una ciudad justa: habrá que perseguir específicamente tanto la sostenibilidad como el cumplimiento de los derechos. Y ni siquiera será suficiente esto último para esperar que luzca la belleza: habrá que ir también detrás de esa esquiva belleza. Pero vendrá bien. Pues es la multiplicidad de objetivos, el mundo poliédrico de valores quien abre espacio para la poesía (el juego de metáforas y metonimias). Especialmente a la poesía del espacio. La poesía, como sabemos, se asienta en el tiempo, y el tiempo es dual. “El curso del tiempo tiene dos rostros, uno que llora –la carrera de la humanidad hacia la autodestrucción a través de sangrientas tribulaciones- y otro que ríe -la ronda tranquila y familiar de las estaciones y los astros” (Tournier). La naturaleza juega alternativamente con los dos, y la poesía nace en su seno. En Grecia las ninfas estaban ligadas a los árboles, y cuando éstos se marchitaban aquéllas morían. Dice Seféris: “Así nosotros: cuando dejamos que se marchite la naturaleza en nosotros, morimos”.

El mar. Muchos siglos han poblado de piedras el paisaje. En el Mediterráneo “bajo las flores, pronto aparece la piedra”. Braudel, el autor de la frase, se refería a la composición del suelo, pero bien ha de valer para hablar de las ruinas. Antes, al citar los dioses urbanos no hablamos de Poseidón. Pero es obvio que también habita las ciudades. Y allí actúa a veces como un bálsamo. “El mar calma las ruinas” (otra vez Seféris, ¿quién si no?). Calma las ruinas, pero aviva el poema. Jules Michelet, en su obra más personal, El mar (puede leerse en castellano en elaleph.com; el original es de 1861), intentaba ponerlo en su lugar. “Tal es el mar (…), la gran hembra del globo, cuyo infatigable deseo, concepción permanente y alumbramiento son eternos”. Un dios que nos habla permanentemente. “La tierra es muda mientras que el Océano habla”; si bien “requiérese cierto tacto para comprender el gran idioma de los mares”. Junto a él se siente “la fermentación, el oleaje de la vida”. Y por eso cualquier ciudad que se pretenda poéticamente viva, ha de tender hacia el mar. Un espacio fuera del espacio, fuera de la realidad (“En medio de la oscuridad de los castaños, el mar, las Espóradas y las chicharras / aguardan, al margen de la realidad, el paso de los años”), que nos renueva cada día (“conozco un pino que se inclina cerca del mar (…). Una vez pasé la noche bajo ese árbol. Al alba yo era un ser nuevo, como si en ese mismo instante me hubieran arrancado de la cantera”: Seféris en Poesía completa, Madrid, Alianza, 1986).

Los olivos. Decía el poeta griego que “todos estos templos de Grecia, de la gran Jonia, están, de alguna manera, sembrados, enraizados en sus lugares”. Una afirmación que concuerda bien con el sueño de la señora Helianos, la protagonista de la novela de Glenway Wescott titulada Apartamento en Atenas (Barcelona, Debolsillo, 2007; original del mismo año que el libro de Seféris Todo está lleno de dioses: 1944): “Ojalá hubiera alrededor [del Partenón] acres de olivos que engalanaran el lugar con aquel traje de ramas entrelazadas y vacilantes (…) y que todo el camino que ascendía por el campo estuviera salpicado de restos de fruta masticada y el aire oliera a aceite; incluso en la cumbre, contra el cielo, la cima y los propios templos se nublaran con el pálido, fino y vivo follaje, centelleante, como un paisaje de cuento, como la luz de la luna en la neblina del sol”. La luna y el sol, y el Partenón abajo, rodeado de olivos: una preciosa historia imaginada. La novela narra la convivencia forzada de un oficial nazi con la familia Helianos en la pequeña casa de estos últimos, durante la ocupación alemana de Grecia en la Segunda Guerra Mundial. El fervor totalitario (la unidad) frente a ese cúmulo de dioses (la multiplicidad) que sobreviven dispersos en una ciudad más lejos del mar que nunca, casi sin olivos.

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