Detalles del post: Un planeta de impresiones minuciosas

19.01.09


Un planeta de impresiones minuciosas
Permalink por Saravia @ 21:52:27 en Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

Chatwin en sus relatos

De la ciudad nepalí de Namche escribió Chatwin: “Una pequeña ciudad construida en terrazas sobre las laderas de un valle, como los asientos de un antiguo teatro griego” (imagen procedente de frontrange.ca).

Citando a Picasso dejó escrito Bruce Chatwin: “Yo sólo quiero saber una cosa: ¿qué es el color?” Lo cierto es que los textos de su último libro (el último que dejó preparado antes de morir, titulado ¿Qué hago yo aquí?, Barcelona, El Aleph, 2003; original de 1988) están salpicados de múltiples referencias al color de las cosas. La peripecia vital de este escritor viajero, que recorrió el mundo y vivió (aceleradamente) experiencias insólitas, nos sugiere un modo muy peculiar de entender las ciudades: atravesándolas en un instante del pensamiento.

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Es la fórmula de mucha gente de hoy: vivir en todas partes, sin centrarse en ninguna. Un modo nómada (un tema, el del nomadismo, que le encantaba a nuestro escritor), que lleva a leer los lugares y las ciudades, los espacios y las construcciones, de un modo peculiar. Contrastando todo con todo, lo próximo y lo lejano, lo visto en un relámpago y lo estudiado minuciosamente. Los relatos de Chatwin, que viajó por todos los continentes (Europa, desde luego -el Volga, el Danubio-, pero también Australia, África –Ghana-, América –Patagonia- y Asia –Afganistán, China, Tibet, India-), visitó múltiples culturas, conoció diferentes tipos humanos (algunos sorprendentes) e hizo amistad con gente de muy diversas clases sociales, obligatoriamente han de buscar un sistema de percibir, conocer y almacenar ese cúmulo de recuerdos tan dispares y desordenados. Pensamos que necesariamente había de desembocar en una práctica que hemos denominado impresionista: fijarse en detalles, llamativos o no, pero siempre significativos. Y poderosos en la imaginación. Caricaturas de los lugares. En cada punto, cuatro rasgos serán bastante. Los colores y los aromas, los efectos de la luz, los materiales y las plantas van a ser sus principales clavos mnemotécnicos.

Las casas

Con frecuencia alude a su luz y claridad. También al desorden vital. En una ocasión recuerda que “las habitaciones de la casa pendulan entre la claridad y la limpieza de los museos y el amable caos de la vida familiar”. En otra se refiere a los signos de la banalidad: “Nada había en el edificio sombrío y neoclásico de la universidad que lo distinguiera de un colegio cualquiera del Medio Oeste americano”. Pero lo más frecuente es que describa materiales y colores (y detalles, siempre se acompañan las descripciones de detalles críticos). “La casa de los Ulianov es un sólido edificio de madera, pintado de un color marrón meloso, y situado en un barrio construido sobre unas lomas”. “El Museo Maxim Gorki, un edificio encalado que hace esquina”. “A pesar de lo cual, las casitas de madera, con sus limpias cortinas, sus samovares, sus setos de grosella, sus violetas africanas en las ventanas y sus columnas de humo azul surgiendo en espiral de las chimeneas estrechas, todo ello sigue afirmando la dignidad de lo individual y la importancia de la Rusia campesina”.

En una mezquita de Marsella recuerda que “las paredes estaban pintadas de color verde pálido y sobre ellas colgaban rosarios musulmanes”. En otra advierte que “la catedral de Castro está hecha de uralita y pintada de un agresivo color naranja en honor del año santo”. Habla de un “edificio de paredes de chapa”, en Ghana. De “un apartamento del último piso de un nuevo bloque de hormigón y azulejos blancos, situado en la Perspectiva Vernadskogo”. Destaca que “las fachadas de madera de las casas están pintadas de un color sangre de toro”, en cierto lugar del Tibet. En otra región “las chozas del poblado están hechas de adobe con techos cónicos de paja”. En alguna ocasión cita unos versos chinos: “Una tienda es mi casa / de fieltro son mis paredes”. Y sigue: “Los barracones, una serie de destartalados edificios de madera”. O bien: “Debido al empleo de materiales de su infancia campesina –maderas bastamente cortadas y simple enlucido-, el efecto nunca llega a ser chabacano, y mostraba en cambio un aspecto de vitalidad intemporal”.

Esta última cita se refería a la casa de Melnikov, de la que también decía: “De hecho, toda la casa destilaba una atmósfera de mantelitos y samovar, que chocaba con su espíritu original”. Un capítulo lo dedicó al feng-shui, el arte antiguo de la geomancia china. Ayudándose de sus principios analizó el edificio del Banco de Hong Kong y Shanghai, proyectado por Foster: “Todo destilaba frialdad. De haber estado emplazado el edificio en la Rusia soviética, al menos habría habido un toque de rojo”. También subrayaba el color que adornaba a los animales: “En el camino pasamos junto a elefantes con las orejas pintadas de rosa, hornos de ladrillo e iglesias que parecían pagodas chinas”. La residencia de un antiguo Diván la resume así: “un edificio de madera donde, en el salón de la planta baja, había helechos en jardineras de latón, acuarelas venecianas y una reproducción de la Madonna de las Rocas”. Y a veces llega a conclusiones definitivas: “Una de las casas más hermosas y melancólicas del mundo, la Villa Malcontenta de Palladio”.

Los campos

Australia es un “cansino país de arenas rojas”. En Benarés “los campos eran de color gris”. De un lugar cerca del Ganges escribió: “El lugar tenía un aspecto tan decimonónico que sólo faltaba oir el gangueo de las voces británicas”. En otra ciudad señalaba: “Un paisaje anónimo de edificios altos, separados entre sí y expuestos al viento que sopla desde el bosque”. Y uno de los paisaje rusos más conocidos lo resumía así: “Los acantilados de las orillas del Volga aparecían sembrados de casitas en veraneo, cada una rodeada de su huerto de manzanos, y pintada con brillantes colores campesinos”. Los paisajes de Holanda: “azotados por el viento y con sus cielos altos y variados”.

La isla de Chiloé “es famosa por sus tormentas negras y sus tierras negras”. Algunos de los grandes cortijos de Argelia los veía “varados en los trigales como barcos a medio hundir”. Un paisaje chino mereció este recuerdo: “Los perales silvestres tienen un color rojo al pie de las montañas, y los alerces son como pagodas doradas; las laderas septentrionales, `de color verde-azulado por el junípero´. Las últimas gencianas están en flor y los rebaños de ovejas negras pululan por la llanura”. Mientras que con el paisaje francés era algo menos indulgente: “El paisaje francés es hermoso (…) si uno no mira las cosas con demasiada dureza” (si bien pone esta valoración en boca de un cónsul de Argelia en Marsella).

Las ciudades y los barrios

Cita a Malevitch, cuando alude a “la gran cultura metálica de la gran ciudad, la cultura de la nueva naturaleza humanizada”. Y también cita a los futuristas: “La vida urbana enriquecida por la sensación de velocidad”. Señala una ciudad como “el otro Kazán, sembrado de minaretes”: un solo rasgo la describe. Volgogrado, “en otro tiempo conocida como Stalingrado, es de estuco y mármol (…) Se alza por estratos en la orilla europea del Volga”. Pero veamos otro paisaje urbano: “Había tinglados de ladrillo en los muelles; y detrás, la ciudad, ascendiendo terraza tras terraza, hasta la catedral con sus cúpulas acebolladas sobre la colina”. Namche es “una pequeña ciudad construida en terrazas sobre las laderas de un valle, como los asientos de un antiguo teatro griego”. Argel es “la ciudad blanca”. Balkh es “la madre de las ciudades”. Y “Azamgarh misma no era más que una ciudad polvorienta y casi desprovista de sombra”. Desprovista de sombra: sorprendente.

De las aldeas del este de Argel escribió: “Sus superpobladas aldeas y sus apretujadas y rocosas terrazas, llenas de olivares y árboles frutales”. Y también: “Se trata de una aldea de casas hechas de piedra basta, con techos planos de adobe que ascienden escalonadamente por la ladera”. En Marsella “la ciudad vuelve su espalda al mar”. Y una de sus bidonvilles (barrios de chabolas) la veía como sigue: “Las chozas se levantaban en medio de una escombrera municipal: trozos desvencijados de paneles o de camionetas de reparto viejas, parcheadas con pedazos de plástico para evitar que entrara el aire”. El barrio de la Porte d´Aix (también conocido como la Kasbah) era así a sus ojos: “Las calles de la Kasbah son rectas pero estrechas, y sus habitantes tienden la ropa de un lado a otro de la calle. Vigas de madera asoman por los desconchados frentes de las casas. El agua sucia corre por los arroyos”. Y en la ciudad colonial de Benín veía “el antiguo sector europeo, lleno de bungalows con arriates de buganvillas junto a la puerta”.

Como decíamos, los olores son, para Chatwin, determinantes en la descripción de los lugares: “En la plaza que había detrás (…) un tufo de gasóleo barato se le metía a uno por la nariz”. Pero también la actividad: “Las calles de Kazán guardan la huella de su desaparecida vitalidad mercantil”. O (también en las ciudades) nuevamente el color: “Las callejas de la ciudad tártara estaban enlodadas, pero, en algunas casas, las puertas y las contraventanas estaban pintadas de un hermoso color azul”. Incluso el color de las plantas secas: “Los cardos obstruían el camino, y las hojas de las zarzas eran rojas”. “Penetré en el interior de la isla por un sendero casi cegado por las ortigas de color rojizo. El ajenjo despedía un olor acre al ser pisado. Los álamos crujían y los sauces jadeaban blanquecinos bajo la brisa”. Y desde luego se asocian firmemente al recuerdo los juegos de la luz: “La oblicua luz solar que penetraba por la Rue des Dominicaines facetaba con dureza los rasgos de la Virgen, y jugaba con las pintadas antirracistas y en árabe”. Más: “El sol penetra por las celosías y rebota en las vigas, de las que cuelgan mazorcas de maíz, iluminando las caras de todos”. Y más aún, ahora citando a Ezra Pound: “Y sobre Li Chiang, la capa de nieve es turquesa”. En Suecia, por último, “la luz del norte hacía rielar la superficie del lago en el interior de la pared blanca”.

Habitaciones y estancias

En los interiores se potencia, aún más si cabe, esa facultad de describir los signos elementales. “La sala de lectura donde Lenin estudiaba derecho: un aula de bancos desnudos, una pizarra, una estufa de azulejos blancos, y sombras verdes en torno a las lámparas de gas”. “El interior estaba muy deteriorado, y la luz del ocaso, al penetrar por los cristales de colores de las ventanas, arrojaba haces de luz roja sobre las alfombras”. “El sol penetra por las celosías y rebota entre las vigas, de las que cuelgan mazorcas de maíz, iluminando las caras de todos”. De un apartamento destaca que está “someramente amueblado”; y de otro (siguiendo una cita de Robert Byron) que se encontraba “lleno de muebles franceses de ebanistería francesa”. Una estancia del Tibet es “tenebrosa iluminada con lámparas vacilantes de manteca y decorada con frescos de las bestiales o benevolentes divinidades tibetanas”. Y “la señora G. nos recibió en una habitación blanca y desnuda”.

Seguimos. Un cuarto en Nueva York: “La habitación estaba forrada de terciopelo color ciruela y había un caballete también de color ciruela”. Otros en Brasil: “Las habitaciones en los hoteles de campo brasileños son compartimentos destinados meramente a colgar la hamaca”. El dormitorio de una historiadora del arte, experta en Zurbarán: “Nos mostró su alcoba. Las paredes eran blancas. Había una cama con cuatro columnas y un baldaquino blanco, pero sin cortinas”. Un albergue para inmigrantes: “Había dieciséis hombres repartidos en habitaciones escuálidas”. Basta con ese adjetivo: escuálidas. Veamos los patios: De un lugar “en el patio crecían unas papayas bordes”. Y de otro “el sol caía ahora vertical. El color del patio de revista iba adquiriendo un tono anaranjado”. Por último, un recuerdo del detalle material: “Empecé a contar las briznas de paja de mijo incrustadas en el barro de la pared”.

Chatwin recuerda campamentos provisionales, restaurantes y cafés (uno lo describe, siguiendo su tónica, como “un ruidoso café cubierto de azulejos blancos”). Describe los taxis y los aeropuertos. Pero sobre todo los hoteles. Su mundo es un mundo de hoteles. El Liberty Hall, el Hotel Metropol de Moscú, el Raphäel de París, el Buddha Lodge Hotel en Lukla, el Hôtel de l´Armistice de Marsella, el Hotel de Verdum, el Hôtel de la Plage y muchos más. Lo mismo que sus bares: el Black´s Paradise; o el Paris Snack, de Benín. Este último lo describe muy brevemente, del mismo modo y con los mismos elementos que utilizaba para explicar los grandes paisajes (aludiendo a los materiales, los colores, ciertos detalles, los brillos más llamativos): “La barra estaba forrada de cuero rojo, y los camareros llevaban brazaletes de oro macizo en las muñecas”. Recuerda que Indira Gandhi le dijo, humilde, en una ocasión: “No tiene usted idea de lo agotador que es ser una diosa”. Desde luego, ser diosa debe de ser cansado, es cierto. Pero ser Chatwin debió de ser agotador.

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