Detalles del post: La ciudad hecha a mano

22.05.09


La ciudad hecha a mano
Permalink por Saravia @ 17:55:26 en Cultura de los suburbios -> Bitácora: Plaza

Comentarios sobre el último libro de Sennett

Villa Moller, proyectada por Adolf Loos (imagen procedente de flickr.com, cargada por Dioest el 26 de febrero de 2009)

El libro de Richard Sennett El artesano (Barcelona, Anagrama, 2009) propone eliminar las “falsas líneas divisorias entre práctica y teoría, técnica y expresión, artesano y artista, productor y usuario; la sociedad moderna –continúa- padece esta herencia histórica”, pero pueden establecerse otros términos de referencia y otras clasificaciones más útiles. También para la construcción de la ciudad.

[Mas:]

No es un libro de urbanismo, desde luego. Pero lo parece. Las alusiones a episodios arquitectónicos y sobre todo urbanísticos son constantes. Sennett habla con cierta extensión de la construcción de los suburbios de Moscú (al tratar sobre la motivación de los trabajadores), del monasterio de Saint Gall (en relación a los orfebres medievales), los libros de Ruskin (al hablar de las máquinas), las construcciones en ladrillo del Imperio Romano y de otras épocas (la conciencia material), los cottages ingleses (la antropomorfosis), Alvar Aalto (la autenticidad de los materiales), el plan de Christopher Wren para Londres (en el debate sobre las reparaciones), la planificación urbana del siglo XX (las resistencias), el Guggenheim de Ghery (el trabajo de la piel), los guetos y las comunidades cerradas (paredes y resistencias), los parques de Van Eyck (la ambigüedad), los estudios de Rudofsky (la improvisación), los proyectos de Ludwig Wittgenstein y Adolf Loos (la perfección y la obsesión), además de la técnica del CAD aplicada al diseño urbano y la arquitectura (la fractura de las habilidades), entre otros temas, autores, técnicas o ejemplos relacionados con el urbanismo y citados con menor amplitud. Pero a pesar de este énfasis en lo urbano, el libro no es específico del urbanismo y se refiere a la cultura material, en general.

Un libro de lo más sugerente, por otra parte. Para Sennett, la artesanía designa “un impulso humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más”. Abarca, por tanto, “una franja mucho más amplia que la correspondiente al trabajo manual especializado”. La actividad de los artesanos es práctica, pero su tarea “no es simplemente un fin para un trabajo que los trasciende”. En tal sentido, podríamos entender la construcción de la ciudad como un conjunto de prácticas que no se limitan a cumplir unos objetivos exteriores, definidos desde fuera, sino que el mismo hecho de su elaboración, transformación o manipulación aporta valores propios, distintos e insustituibles. Porque la artesanía implica compromiso con el resultado y “una habilidad desarrollada en alto grado”. Para la ciudad: habilidades en la concepción de los planes y en la de los edificios, en el control jurisdiccional y la tramitación adecuada y aplicación de los procedimientos, construcción de las calles y las casas, formación de opinión y crítica, implicación en las soluciones, en los detalles, en los cálculos. Habilidades que siempre “mejoran la sintonía con el problema”; porque la técnica “ya no es una habilidad mecánica; se puede sentir más plenamente lo que se está haciendo y pensar en ello con mayor profundidad cuando se hace bien”.

Y se refiere el autor a habilidades que a todos nos alcanzan. Pues “prácticamente todos los seres humanos pueden llegar a ser buenos artesanos”. Las sociedades modernas clasifican a las personas según sus habilidades, con una estricta jerarquía. Pero “la artesanía no se adapta a este marco (…). El ritmo de la rutina en la artesanía se inspira en la experiencia infantil del juego, y casi todos los niños juegan bien”. Se trata de vincular el saber y el hacer, y de enorgullecerse después del trabajo realizado. Por el contrario, “cuando se separan la mano y la cabeza, la técnica y la ciencia, el arte y el oficio”, se dañan “tanto la comprensión como la expresión”, y “sufre entonces la cabeza”. Porque, insistimos, se aprende haciendo, se piensa con las manos y las prácticas concretas impulsan el pensamiento. Frente a los burócratas “que se niegan a dar un paso hasta que no estén previstas todas las metas, todos los procedimientos y los resultados deseados”, el artesano discurre por otro camino. Ya lo dijo Platón: “todos los artesanos son poetas… no se les llama poetas, tienen otros nombres”. Tienen otros nombres, pero son poetas.

Uno de los argumentos básicos del libro sostiene “que el oficio que consiste en producir objetos físicos proporciona una visión interior de las técnicas de la experiencia capaces de modelar nuestro trato con los demás”. Las dificultades, los desafíos materiales, las resistencias o el manejo de las ambigüedades “ayudan a comprender las resistencias que unas personas desarrollan con respecto a otras o las inciertas fronteras entre ellas”. Y citemos un párrafo más, vinculado a la participación ciudadana en el urbanismo: “El autogobierno supone la capacidad de los ciudadanos para trabajar colectivamente en la solución de problemas objetivos, para desconfiar de las soluciones rápidas (…). El pragmatismo insiste en que el remedio [frente a perturbaciones en la comunicación social] debe radicar en la experiencia, en el terreno de la participación ciudadana”. No nos hacen falta muchos artistas, sino muchos artesanos. El privilegio que la sociedad concede a la subjetividad es excesivo. El artista está volcado hacia adentro y el artesano hacia fuera. El arte llama la atención sobre el trabajo único y la artesanía es una práctica más anónima, colectiva y continuada (esa pantalla en blanco que reclamábamos). “El arte tiene un agente orientador o dominante, mientras que la artesanía tiene un agente colectivo. Además, se distinguen por el tiempo: lo súbito contra lo lento”. Por supuesto, esa ciudad hecha a mano, impagable y beneficiosa, tal como la sugiere Sennett, es casi exactamente lo contrario de la “ciudad inteligente” que defienden otros autores. No del todo: podría haber algunos puntos de contacto (una ciudad inteligente a base de Linux y Wikipedia, por ejemplo). Pero nos tememos que por ahí no van los tiros de la inteligencia artificial que con tanto énfasis se nos ofrece en los últimos tiempos.

Mas acabemos este post con un giro final (extemporáneo y quizá inoportuno, pero que nos ha parecido sugerente). Nos lleva a Roma, en la posguerra. Y se refiere a uno de los libros más conocidos de Alberto Moravia es El tedio (Barcelona, Backlist, 2008; original de Milán, 1960). El protagonista es un rico artista, joven y despreocupado. La historia que relata es penosa. Pero no la traeremos aquí. Nos fijaremos únicamente en los comentarios de Dino, el protagonista, sobre el significado del tedio. “El tedio es para mí una especie de insuficiencia, incapacidad o escasez de realidad (…). Mi tedio podría definirse como una enfermedad de los objetos, consistente en un deterioro o pérdida casi repentina de la vitalidad (…). El sentimiento del tedio nace en mí de una realidad insuficiente (…). Un malestar que me inspiraba aquello que he llamado el afeamiento de los objetos, o sea, el oscuro conocimiento de que entre las cosas y yo no existía ninguna relación (…). El tedio consiste principalmente en la incomunicabilidad (…). La historia universal según el tedio se basaba en una idea muy sencilla: el resorte de la historia no era el progreso ni la evolución biológica ni el hecho económico ni ningún otro de los motivos aducidos por los historiadores de las diversas escuelas; era el tedio”. Está claro. Pues unamos ahora Moravia con Sennett y concluyamos: contra el tedio, artesanía.

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