Detalles del post: “Negociar con las manos” el espacio público

14.06.09


“Negociar con las manos” el espacio público
Permalink por Saravia @ 02:08:43 en Cultura de los suburbios -> Bitácora: Plaza

Artículo de P. Gigosos y M. Saravia publicado en el nº 100 de Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global

Espacio público en Chile (imagen original de flickr.com/photos/delamaza; tomada de plataformaurbana.cl)

En la práctica urbanística se considera espacio público el que es espacio y el que es público. Sin metáforas ni sobreentendidos. Es una construcción social, desde luego, pero es ante todo volumen, extensión, la anchura que contiene las cosas. Lugar. Espacio. Y además público, por donde se puede mover libremente la gente sin tener que pedir permiso.

[Mas:]

1. Un campo demasiado amplio

Aunque las cosas no son tan fáciles. Siempre hay, incluso en estos espacios tan abiertos, límites. Por ejemplo, los relativos a la nacionalidad, a las fronteras que, en el linde de los estados, los acotan. Los límites de una ciudadanía que no es universal, y que ya de entrada marcan unas fronteras decisivas. Pero es que igualmente dentro de esos límites hay unas normas que establecen cómo puedes usar esos espacios, aunque sean públicos. Nos encontramos, además, con espacios privados, pero de uso colectivo, regulados por normas que pueden ser similares a las de los espacios públicos. Y con ámbitos “privados de uso público”, que tienen que estar abiertos a todos. Que aunque en rigor no sean públicos, también pueden cumplir una función “como ámbito en que se organiza la experiencia social” (1), de primer orden.

Por otra parte no conviene apresurarse en desvincular lo público de lo privado. Precisamente hay quien ha estudiado el uso de los espacios públicos en función de la forma en que se organiza el repliegue de lo privado. Martínez Veiga, por ejemplo, parte del concepto de “aglomeración compensatoria” para explicar el sobreuso de determinadas plazas latinoamericanas los fines de semana. Esas aglomeraciones “compensan” el aislamiento de las jóvenes que están internas el resto de los días (2). Y este tipo de explicación puede servir también a otros muchos lugares. Pues “el espacio público está unido por vasos comunicantes con otros espacios semipúblicos e incluso privados” (3), de tal forma que las restricciones de acceso a alguno de éstos últimos (equipamientos, por ejemplo) pueden llevar a aglomeraciones compensatorias en el espacio público.

Daniel Innerarity ha señalado que la calidad del espacio público, su relevancia, depende de la capacidad para organizar socialmente una “esfera de mediación de la subjetividad” (4). Algo que ha ido evolucionando conforme la ciudad ha adquirido otra dimensión. Es verdad que en ciertos aspectos el espacio público parece anclado en el proyecto de la Ilustración. Pero también es verdad que la globalización, con una tremenda metropolización de todas las ciudades de cierto tamaño y sus secuelas de informalidad, parece a su vez arrastrarnos a una enorme debilidad de la dimensión política de la ciudad.

Ante esta complejidad no va a resultar fácil analizar el espacio público en general. Hay que situarse en algún lugar más concreto para que el examen tenga alguna utilidad y no se quede en vaguedades. ¿Dónde? Digámoslo ya: nos interesan los espacios públicos donde más se necesitan, donde se acumulan las dificultades económicas, la descomposición social y el desprecio cultural; el posible papel de esos espacios en los enclaves obreros y etnorraciales desheredados de las metrópolis. Aún así, a pesar de haberlo definido algo más, a poco que avancemos en el tema todo se nos torna confuso y complicado. Se ha escrito demasiado sobre espacio público sin que se acoten las referencias. Pero no decaigamos: hay cosas que escapan del desconcierto y se nos presentan como claras evidencias.

2. Una realidad: la privatización de los espacios de encuentro

Por de pronto, la creación de espacios reservados y protegidos para una clase muy determinada. Lo vemos por todas partes. Son espacios no públicos que asumen funciones que hasta hace no mucho eran patrimonio de los espacios de todos. Hoy vemos multiplicarse las plazas, las calles y los parques cerrados, de acceso controlado en las gated communities (5). En todo el planeta. Lo vemos en Norteamérica y en Sudamérica; en África y en Europa. En el Sudeste asiático y en Mongolia. En Australia y en Madagascar. Es posible que no se dé en alguna isla remota del Pacífico, pero no nos consta. Se trata de uno de los fenómenos antiurbanos más claros, evidentes, rechazados por todas partes pero por todas partes presente, y en crecimiento. También en España, por supuesto. Incluso en ese modelo de ciudadanía con que se presenta a sí misma Barcelona. Qué desastre para el espacio público, de entrada.

Igualmente vemos otras funciones que hasta hace bien poco caracterizaban y daban vida a nuestras calles, y que se van yendo y encerrando en “centros comerciales” de todo tipo y condición. Recordemos: unos lugares a los que se va en coche, que no pueden albergar manifestaciones de protesta, y donde no se puede pedir limosna, por decir algo. Y lo cierto es que resultan endiabladamente atractivos. El Corte Inglés, Ikea, Carrefour, o cualquier otro. Ahí están por todas partes y por todas partes creciendo. No tendrán problemas porque el poder urbanístico les favorece descaradamente (véase el reciente caso del Corte Inglés en Salamanca) (6), ni apuntan el más leve signo de decadencia. Todo lo contrario de lo que sucede con otros espacios de comercio tradicionales, abocados a la superespecialización, al fracaso o al abandono.

Porque la otra cara de la moneda de los espacios urbanos reales, materiales, pisables, es el incremento de los baldíos. Junto al enorme desarrollo del urban sprawl (las grandes extensiones de vivienda unifamiliar) nos encontramos con el desmantelamiento de la ciudad industrial, que continúa dejando millones de hectáreas sin uso, tanto en muchas de las grandes ciudades occidentales (Chicago, Detroit, Philadelphia, Toledo, Indianápolis, por citar sólo algunas de Estados Unidos), como en algunos polígonos de los países pobres. No es difícil encontrar en cualquier ciudad sus espacios obsoletos, a la espera de ser utilizados. Y en ellos, las calles y los viejos lugares de encuentro adquieren una nueva vida zombie, sin reconocimiento oficial, pero muchas veces de gran efectividad.

Y por último se observa igualmente un proceso de transformación acelerada de espacios urbanos tradicionales, que pasan a dedicarse ahora, preferentemente, al servicio del turismo, auténtica vaca sagrada de nuestro tiempo. No conocemos ciudad que no esté inmersa en algún proceso, siempre de cierta envergadura, de modificación del uso y destino de sus áreas centrales, con la consiguiente adecuación de uso y de imagen, para que resulte más familiar (o atractiva, dentro de sus propios cánones) al turista internacional. Desde El Cairo hasta Dar-es-Salaam, de Oslo a Guayaquil, todos estamos procurando acomodo a ese nuevo vecino ocasional, el turista, que, en sus distintas modalidades, cada vez nos visita con mayor frecuencia.

3. Un prejuicio místico: el sueño del ágora

La idea que sobrevuela siempre que se habla del espacio público es la de la Ilustración. Y viendo lo que hay, es frecuente el diagnóstico de su pérdida. El fin del espacio público es un temor reiterado por muchos sociólogos y urbanistas. Incluso por algunos autores como Mike Davis, del que podían esperarse algunos matices más, y que sin embargo habla de que estamos abocados a la destrucción de cualquier espacio urbano verdaderamente democrático (7). Nosotros mismos, cuando hemos tenido ocasión de definir las características de las plazas públicas hemos insistido en la necesidad de vincularlas a los principios básicos de la ciudadanía (8). O del Estado. O de las instituciones que sean. Error. También hemos pecado de falta de matices.

Esta percepción de ciertos críticos del espacio público, que siguen muy de cerca las conclusiones de autores como Habermas o Sennett, parece que se basa en unas definiciones extremadamente limitadas de los conceptos de espacio y de público. Que al buscar un espacio público único y omniabarcante, acaban confundiendo los espacios públicos monumentales con la totalidad de los espacios públicos. Y se trata de una posición demasiado frecuente. Por todas partes aparece el ágora. “Es necesario pensar en lugares que promuevan vida activa”, según cuenta Mongin, quien, siguiendo pormenorizadamente a Hannah Arendt (aunque la critique) vincula “el teatro del espacio público” al escenario político, y clama por la creación de “lugares comunes allí donde los territorios tienen tendencia a disociarse” (9). Relacionar un espacio público idealizado en el ágora, donde se discutía de política y se reconocían los ciudadanos (aunque no todos), es una tentación demasiado fuerte.

Pero no es más que un sueño místico. Háganse todas las plazas que se quiera aquí y allá y la democracia llegará o no, según le plazca. O al contrario: la crisis de estos espacios no pone por sí sola en peligro las mismas ideas e instituciones democráticas. Al fin y al cabo, ¿quién va hoy al ágora o al foro? Y tampoco hay que sacar demasiadas conclusiones porque otros espacios sean mucho más utilizados que las viejas plazas, y acuda a ellos mucha más gente. En Los Ángeles, nos dicen, los pocos fragmentos del espacio público tradicional que hay están siempre desiertos, mientras que los centros comerciales y de entretenimiento, con su paisaje urbano simulado, están atestados de gente. “La existencia y popularidad de estos espacios públicos comerciales se usa para articular un discurso generalizado sobre la pérdida, que contrapone la actual degradación del espacio público con épocas y lugares dorados –el ágora griega, las cafeterías del primer modernismo en Londres y en Paris, la piazza italiana o sencillamente la plaza urbana (…) como lugares anteriormente vitales de la democracia en los que supuestamente se desarrolló el discurso público cohesivo” (10). La notable ocupación de tales espacios nos indica muchas cosas, pero no necesariamente que esos ámbitos sean los que más nos convengan.

Según nos dice Margaret Crawford, esa versión de una esfera pública presentada como un “espacio democrático” en el que todos los ciudadanos tienen derecho a intervenir, donde las desigualdades sociales y económicas se dejan de lado temporalmente con el fin de determinar un bien común, olvida que tales espacios siempre se han estructurado a partir de significativas exclusiones (mujeres y esclavos en Atenas, mujeres y trabajadores en la primera esfera pública burguesa). Y oculta que hay otros entornos físicos que a menudo representan más certeramente el espacio democrático, como muchos espacios cotidianos invisibles en el discurso de los profesionales sobre la ciudad, donde sin embargo se expresan públicamente diversos segmentos de la población. Lugares triviales y comunes (aceras, solares vacíos, aparcamientos), aparentemente sin significado, lo adquieren a medida que quienes los usan (sean manifestantes, paseantes o vendedores ambulantes) los reorganizan y reinterpretan.

Aunque no siempre el balance es positivo. Como sucede en demasiados lugares de los Estados Unidos y la Unión Europea, donde la situación del subproletariado urbano, sobre el que se han endurecido enormemente las políticas policiales y penales, “amenaza con engendrar problemas crónicos y plantea un temible desafío a la institución de la ciudadanía” (11) que no se resuelven con poner una estatua de Hermes o unas bonitas jardineras en el barrio, sino con una política social decidida que salga del estrecho perímetro del empleo asalariado y se dirija más bien a hacer efectivo el derecho a la subsistencia mediante alguna de las variantes del ingreso básico, por ejemplo. Ahí está Pericles, y no en la plaza.

4. Otro prejuicio místico: internet y los flujos como espacio público

Pero hay otra idea del espacio público especialmente esterilizante. Que te deja sin saber qué hacer. Se trata del entendimiento metafórico del espacio público, como un lugar virtual, de concentración de energías, de movimientos. Conducir el debate del carácter de esos espacios de todos (con su volumen, extensión y anchura, como dijimos antes) hacia la posibilidad de encuentro, de contraste de pareceres, etc., que ofrece internet es una extensión del ágora a la red que arrastra sus propios prejuicios. O sea, dos convencionalismos encadenados. Desde que Castells se ha empeñado en que veamos la ciudad como espacio de flujos una parte del pensamiento urbano está un tanto trastornada (12). Innerarity, por ejemplo, a quien citamos antes, nos dice que “las sociedades modernas apenas necesitan centralidad espacial”, lo cual “es importante comprenderlo para concebir el nuevo espacio público que se nos abre más allá del antiguo paradigma arquitectónico y nos invita a pensar la ciudad de otra manera” (13).

Y efectivamente, conviene pensar la ciudad sin reducirla al paradigma arquitectónico. Pero, por favor, no lo sustituyan por el “paradigma de los flujos”. Si sales a la calle, se sienten muchos flujos, sí; pero lo que se ven son coches, casas y gente. Lo que te atropella es un coche, donde entras es una casa y quien te habla es una persona. Los flujos no hacen nada de eso. Ahora sí debemos estar de acuerdo con Mongin. Ante las mutaciones sociales en curso, dice que “no debemos llegar a la conclusión de que los territorios han desaparecido; sencillamente son el origen de nuevas configuraciones, de nuevas concepciones tópicas que dan prioridad a las escalas, los niveles, las redes y las velocidades según modalidades inéditas” (14). Los flujos prometen; pero hay que reconocer que algo de espacio de verdad también nos hace falta. Al menos algún sitio donde colocar los cuerpos, para poder hacer algo con ellos. Mejor pensar la ciudad, o al menos parte de ella, como “trama de infinitas trayectorias corporales” que como ámbito de flujos. Los trabajadores, los vecinos, los transeúntes, los escolares y los ancianos tienen cada uno su cuerpo. En cada ciudad hay flujos y también un genio del lugar, pero desde luego hay muchos cuerpos de gente, quietos o en movimiento (15).

5. Un hecho: la gente se reúne y toma los espacios que necesita

Además, la gente intenta sacar ventaja del asentamiento, y toma el espacio que necesita. Al describir los espacios, en el primer epígrafe, más arriba, dejamos sin mencionar una categoría especialmente interesante. Es esa tierra de nadie que ni forma parte de los antiguos espacios tradicionales, hoy dirigidos al turismo (o en vías de hacerlo), ni de los espacios cerrados; que no es propia de las áreas abandonadas, y ni siquiera es un resto (uno de esos “espacios interbloques”) de algún viejo polígono residencial. No es ninguno de ellos. Hay otros espacios que son sobrantes del proceso de globalización del suelo o, más modestamente, de metropolización de las ciudades medias y grandes. Esas bandas junto a las autovías, esos espacios de separación de los principales enclaves, esas áreas blancas. Suculentos metros cuadrados que sólo son margen, y parecen a la espera de ser tomados por quien los requiera.

Son los preferidos por la gente que no tiene espacio. Koolhaas los ha descrito en Lagos (16), donde se observan miles de estrategias de supervivencia que, lejos de una idílica y armoniosa coexistencia urbana basada en un modelo canónicamente ordenado, se desarrolla una “no forma” espontánea y silvestre. Son espacios públicos como los demás, aunque alejados de cualquier “cuestión de ciudad” que se enuncia en los estudios urbanísticos habituales. Espacios donde se aglomeran funciones, se conecta la gente, se pasa información. Que cumplen una función necesaria, sin duda; que el urbanismo oficial no resuelve, o que al menos no lo hace adecuadamente. De todo tipo: para reunión, para actividades económicas (venta ambulante, servicios), para espectáculos y catarsis, para información y convocatoria. Incluso para la residencia.

Se ocupan todos los intersticios disponibles, e incluso los que no lo están tanto. En El Cairo, por ejemplo, una vez llenas de gente las azoteas de los edificios, se colonizan los cementerios para la vivienda (17). Lo mismo que hace el “movimiento Okupa”. Pero el caso más conocido de apropiación espontánea de espacios públicos, el que primero viene a la mente, es el de los vendedores ambulantes. Se sitúan en las calles que maximizan las posibilidades de venta, bien a los turistas, bien a la población estable. No hay ciudad que no tenga sus mercadillos, más o menos institucionalizados, desde los más modestos a los inmensos de Turín o Luanda.

Aunque no conviene generalizar ni siquiera en este caso. Los usos son muy diferentes en unos y otros casos. Y extraordinariamente heterogéneos los colectivos que los ponen en marcha. Algunos destacan mucho en la ciudad y son muy visibles; pero otros, aún siendo numerosísimos, ni se les nota. Las convenciones sociales que regulan su uso, aunque sea de modo informal e inestable, también son variadísimas (18). Y está siempre presente la posibilidad de cambio y de conflicto entre distintos grupos y distintas prácticas sociales. “Pretender un espacio público sin conflicto es una contradicción, ya que su naturaleza democrática lo convierte en un lugar de rivalidad en el que hay que negociar constantemente los significados y usos que se ponen en juego” (19). Y sobre ellos siempre está latente, como espada de Damocles, la amenaza del orden. De las fuerzas del orden, queremos decir.

6. Una convicción: ¿qué se puede esperar del urbanismo oficial?

Esta diversidad de usos y actividades, connatural a la ciudad, frecuentemente se trata de delimitar en estos ámbitos. Las políticas municipales, excesivamente sensibles a las exigencias de orden y control, tienden a encapsularlos. “Acaba predominando la separación, la delimitación y la restricción. El deseo de clarificar los papeles, de obsesionarse por la seguridad y el control, (que) genera segregación” (20). Porque lo primero que el urbanismo hace es distinguir entre los espacios “adecuados” y los espacios que necesitan “reforma o adecuación”. Los primeros progresan adecuadamente, mientras que a los segundos se les aplican recetas de esterilización, domesticación y gentrificación (21). Casi siempre con sustitución de gente.

La obsesión por los espacios considerados peligrosos es universal. Y las reacciones de rechazo también son parecidas. Las parcelas abandonadas se llevan la palma, al considerarse nidos de droga y prostitución. Lo mismo que los edificios interrumpidos a medio hacer, esos “esqueletos de hormigón” que se ven como refugio de indigentes y viveros del delito. Y por supuesto, se rechaza la presencia no reglada de vendedores en las calles “decentes”. Las operaciones de limpieza no se hacen esperar. Tampoco las de saneamiento. Y si hace falta se aplica incluso la legislación antiterrorista (22).

Aunque el problema parece aún más grave cuando se trata de espacios privados. Tomar la calle está mal, pero tomar un edifico privado es aún peor. Afectar al comercio no es admisible; pero perjudicar los intereses de las promotoras inmobiliarias es alta traición. Los desalojos de viviendas, como sabemos, están a la orden del día. Los hay en Lagos, los hay en Copenhague. Se desaloja el Cartucho en Bogotá, y se desalojan los lilong en Shanghai. Se desaloja Luanda, Madrid, Albacete (23). Últimamente Naomi Klein, con su idea del “capitalismo del desastre”, ha aportado una nueva e interesante visión del asunto: la vinculación de los desalojos a la aparición, o la provocación incluso, de situaciones catastróficas que permiten resultados que de forma ordinaria no se obtendrían fácilmente. En Sri Lanka se limpió la playa tras el tsunami de 2004 para ofrecérsela a la industria del turismo. Y en Nueva Orleans se demolieron miles de viviendas oficiales y se privatizó la reconstrucción de los barrios que arrasó el Katrina en 2005 (24). ¿Qué puede esperarse del urbanismo en los espacios tomados libremente? En principio, la liquidación.

Pues el urbanismo oficial, si se le deja suelto, tiende a cumplir el papel que de él espera el “capitalismo sin barreras” hoy vigente. Frente a ello, la tentación de los pobladores es actuar al margen del estado, oponerse a cualquier signo de oficialidad. Y sin embargo el papel de las políticas estatales, de la intervención estatal en las áreas deprimidas, sigue siendo decisiva. Wacquant lo ha documentado pormenorizadamente en el hipergueto de las ciudades norteamericanas y en las banlieus francesas, y concluye que “las políticas estatales juegan un papel decisivo en la articulación diferencial de las desigualdades de clase, de lugar y de origen (etnorracial o etnonacional), y esto se verifica a ambos lados del Atlántico” (25). Por eso decimos que hay que empujar al Estado a intervenir. Aunque no lo haga de buena gana. Hay que empujarle; y de ahí la conveniencia de “negociar con las manos”, según una expresión de Tom Kerr, de la “Asian Coalition for Housing Rights”, que alude a las ventajas de negociar con la administración mientras se aplica la acción directa (26).

7. Un mecanismo de defensa: casos concretos, no violencia.

La alternativa a la ciudad de la especulación urbanística es la ciudad inclusiva. Marcada por la diversidad, la capacidad de integrar y la ambivalencia. Con memoria, con mucha historia. Desarrollada desde el punto de vista de la gente. Y formada, como era de esperar, a la defensiva. El caso de las playas de Tailandia, muy diferente al de Sri Lanka, es expresivo. También allí, tras el tsunami, y con el argumento de la seguridad pública, se expulsó a los moken y se les recluyó en campamentos de refugiados. Después (al parecer ya no había problemas de seguridad) fueron entregadas a promotores turísticos para levantar nuevos hoteles. Pero se encontraron con los moken, que habían decidido reunirse, volver a sus playas y reconstruir sus casas. Acción directa. Resistencia. “La gente negoció por sus derechos de propiedad en una posición de ocupación” (27). Negoció con las manos. Haciendo. Recuperando sus barrios.

Algo parecido (salvando literalmente las distancias) aparece reflejado en el artículo de Manuel Ribas a propósito de la Trinitat, en Barcelona. Un proceso reivindicativo de largo recorrido, en el que se ha mantenido la tensión, y que ha dado sus frutos (28). Porque la administración puede ser, aún con todo, más o menos receptiva. En algunos casos con buena disposición, como en el interesante “Plan Maestro de Espacio Público” de Bogotá. O simplemente ayudando a hacer, como en algunos barrios de Quito, donde el ayuntamiento facilita la maquinaria que necesitan los vecinos (29). Son posiciones que podríamos llamar “integradas”, que permiten llegar a acuerdos con la administración; aunque hay otros grupos (más “apocalípticos”, en la vieja terminología de Umberto Eco) situados totalmente a la contra, con los que el acuerdo es difícil. Los ejemplos se mueven en ámbitos diversos, y entre los dos extremos. Pero tienen en común su reacción a un urbanismo oficial excesivamente decantado. No es extraño que este nuevo urbanismo vecinal resulte, por su origen, improvisado y vacilante, y que tenga que aprender sobre la marcha. Pero podríamos señalar en él, para sugerir un camino, algunas pautas comunes.

La primera, el sentido crítico. No es recomendable el conformismo: desde luego hay que huir de esa visión de inevitabilidad de las soluciones que se ofrece desde la administración. Casi ninguna disposición de ese urbanismo oficial (de autovías, urbanizaciones de diseño, equipamientos de prestigio, grandes instalaciones comerciales o de ocio, conservación turistizada, etc.) es completamente necesaria tal como se enuncia. Puede modificarse, al menos en su trazado o en algunas de sus características. Basta con cotejar los derechos “en presencia” y las supuestas ventajas de unos y otros.

La segunda se refiere al tipo de actuación que se propone. Pues se trata de temas muy apegados al caso concreto, a las necesidades reales de la gente. La verdadera “monumentalización” de la periferia no está en las necesidades de representación que llevan a una gentrificación encubierta, sino en mejorar situaciones concretas, a partir de lo existente. Exigiendo que las inversiones se apliquen sin despilfarro, que el presupuesto municipal se distribuya con la máxima eficacia. Podría esperarse que, a la vista de la necesidad evidenciada con la toma del espacio, las autoridades respondiesen con su mejora real: plantar árboles aquí, eliminar peligros allá, reducir los ruidos, poner bancos, etc. Esa sería la verdadera monumentalización de la periferia: lo que podríamos llamar un diseño sensato, comedido, fundado en un igualitarismo que se basa en el reparto (los medios son limitados, hay que distribuir).

Y aferradas, como dijimos, a personas concretas, usuarias del espacio en cuestión. El caso concreto mueve, los movimientos sociales crecen sobre casos concretos (30). La expulsión de rumanos en Albacete era la expulsión de personas concretas, con sus vidas y memorias. Se reclama el parque de Chamberí, en lugar del campo de golf proyectado, porque lo necesitan personas concretas. En Kibera (Nairobi) las reclamaciones se “encarnan” cuando se asocian a nombres e historias.

La tercera, la apuesta por un urbanismo no violento. Una resistencia no agresiva. El enemigo es poderoso, el urbanismo oficial impone respeto y cuenta con las fuerzas del orden. La única posibilidad del urbanismo de la gente es aprovechar esa fuerza en favor propio. Como en el movimiento del judoka, con flexibilidad para aguantar el golpe y no caer. Un urbanismo, en suma, mucho más respetuoso y menos violento que el que suele caracterizar a las actuaciones oficiales. Una no violencia para aunar voluntades.
__________

(1) Así se define el espacio público en O. Negt y A. Kluge, Öffentlichkeit und Erfahrung, Suhrkamp, Frankfurt, 1972 (cit. en Daniel Innerarity, El nuevo espacio público, Espasa, Madrid, 2006, p. 14).
(2) Ubaldo Martínez Veiga, “El lugar estable y móvil de los inmigrantes, las paradojas de su vivienda en las ciudades”, en M. Delgado (comp.), Ciutat i inmigraciò. Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, 1997.
(3) Mikel Aramburu, “Inmigración y usos del espacio público”, en Barcelona Metrópolis Mediterrania, 634, 2005. Disponible en www.bcn.es/publicacions/b_mm/ebmm_civisme/034-042.pdf.
(4) D. Innerarity, El nuevo espacio público, Espasa, Madrid, 2006.
(5) Sobre las gated comunities ver Informe de Valladolid 2004, sobre el derecho a la seguridad, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valladolid, 2005. Disponible en http://www.ciudad-derechos.org.
(6) Ver El Adelanto de Salamanca del 16 de octubre de 2007 (dirección web: http://www.eladelanto.com/epaper).
(7) Mike Davis, Ciudades muertas. Ecología, catástrofe y revuelta, Traficantes de Sueños, Madrid, 2007. Puede descargarse el pdf en www.traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo.
(8) Rosario del Caz, P. Gigosos y M. Saravia, Ciudades civilizadas. Lecciones de urbanismo, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valladolid, 1999.
(9) Olivier Mongin, La condición urbana, Paidós, Buenos Aires, 2006.
(10) Margaret Crawford, “Desdibujando las fronteras: espacio público y vida privada”, en Quaderns 228, Barcelona, 2001.
(11) Loïc Wacquant, Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estado, Siglo XXI, Buenos Aires, 2007.
(12) Manuel Castells, “El espacio de los flujos”, cap. 6 de La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Vol. 1 La sociedad red, Madrid, Alianza, 1997.
(13) D. Innerarity, op. cit., cap. 4, “Los espacios de la ciudad”.
(14) O. Mongin, op. cit, p. 278.
(15) Steve Pile, The Body and the City, Routledge, Londres, 1996.
(16) Bregtje van der Haak (dir.), Koolhaas: Lagos Wide & Close Interactive Journey Into An Exploding City, vídeo de 55 min., 2006.
(17) Ángeles Espinosa, “Todo un hogar en pleno cementerio”, en El País, 8 de abril de 2007. Disponible en www.elpais.com.
(18) Manuel Delgado, El animal público. Hacia una antropología de los espacios urbanos. Anagrama, Barcelona, 1999.
(19) M. Aramburu, op. cit.
(20) Joan Subirats, “El debate sobre los espacios públicos”, en El País, ed. Cataluña, 20 de enero de 1999. Disponible en www.elpais.com.
(21) La gentrificación es un proceso de transformación urbana en el que la población original de un sector o barrio depauperado y deteriorado es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo a la vez que se renueva y mejora. Ver http://es.wikipedia.org.
(22) Sobre el “esqueleto de hormigón” de la avenida Navarra de Zaragoza, ver www.elperiodicodearagon.com. Sobre la parcela abandonada de Los Rosales, en A Coruña: www.lavozdegalicia.es. Una operación denominada explícitamente como “de limpieza”: la propuesta para “mover” a 13.000 vendedores ambulantes del centro histórico de México DF (ver El País, 14-10-2007). Una operación denominada como “de saneamiento”: la lanzada en este mismo mes de noviembre de 2007 en Dakar para “despejar las calles de los miles de mendigos y vendedores ambulantes que pasean por Dakar cada día” (información de www.europapress.es). Un ejemplo de aplicación de la legislación antiterrorista contra los vendedores ambulantes: la operación “Vendedores Informales” en El Salvador (ver http://chichicaste.blogcindario.com/2007/06). Se estima que hay 27.000 vendedores informales en esta ciudad, y se prevé aplicar un “plan de reordenamiento” (www.diariocolatino.com).
(23) Sobre “El Cartucho” de Bogotá: www.polodemocratico.net/Se-inicio-reubicacion-de. Sobre los lilong de Shanghai: http://diagonalperiodico.net/article3357.html. Sobre Luanda: http://web.amnesty.org/library/Index/ESLAFR120052005. Sobre Madrid: www.diagonalperiodico.net/article2782.html?var_recherche=desalojo. Y sobre Albacete: www.casoabierto.com/actualidad/nacional/Desalojados-300-rumanos-acampados-en-Albacete.html.
(24) Naomi Klein, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidós, Barcelona, 2007.
(25) L. Wacquant, op. cit., p. 18.
(26) Cit. en N. Klein, op. cit., p. 603.
(27) N. Klein, “Conclusión. El shock se gasta. El auge de la reconstrucción popular”, op. cit.
(28) Manuel Ribas, “El prodigio de Nou Barris”, en El País Semanal, 21-01-2007, pp. 54-65.
(29) El Plan Maestro está disponible en pdf en www.bienestarbogota.gov.co/unicef. Sobre el barrio Colinas del Norte de Quito, donde los moradores formaron una microempresa comunitaria para fabricar sus propios adoquines con maquinaria municipal, ver www.hoy.com.ec.
(30) Sobre la importancia del caso concreto, ver Zygmunt Bauman, “En busca de espacio público”, cap. 1 de En busca de la política, FCE, México, 2002.

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Comentario de: manuederra [Member] · http://ciudadesaescalahumana.blogspot.com
Cuando te leo siempre pienso lo mismo: lo dice mejor y más claro de lo que consigo hacerlo yo. un poco de sana envidia y sobre todo, de agradecimiento por pensar las cosas tan claramente.

A mí me interesa el impact del turismo en los espacios públicos, con el claro ejemplo de la ciudad de Barcelona, pero también de la mayor parte de las ciudades, que sufren en más o menos espacios este trauma. Trafalgar Square me impactó, por ejemplo, pero hay muchos otros. Lo que no sé es si entra en el capítulo de privatización, quiero decir, es una forma muy particular de privatizar. En realidad es casi una especie de exportación de territorio: la ciudad produce un territorio apropiado para el turismo global y lo exporta a compradores extranjeros. Claro que como aún no podemos mover los territorios como mercancías, el acto de consumo se produce en el lugar de producción. En fin, desvarío un poco, creo.

Me parece también muy necesaria la apelación al sueño del ágora, porque es bueno recordar que no es así, que el espacio público está en permanente conflicto de apropiación de intereses y de usos que tienden a ser privativos. Y ese espacio acaba replicando los equilibrios/desequilibrios ya existentes e la mayoría de las ocasiones.

Un saludo,
URL 15.06.09 @ 10:25
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