Detalles del post: Lina no teme la lluvia

04.12.09


Lina no teme la lluvia
Permalink por Saravia @ 17:53:32 en Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

La vida en Beirut contada por Olga Rodríguez

Una imagen del campo de refugiados de Chatila en 2009 (procedente de refunitebrasil.files.wordpress.com)

El excelente libro de la periodista Olga Rodríguez, El hombre mojado no teme la lluvia. Voces de Oriente Medio (Barcelona, Debate, 2009), dedica un amplio capítulo al Líbano. Aparecen Najib, Fahed, Badie al-Habet, Sahar Khalid, Atha Sabak, Saná Sersawi, Horiya, Lara y Tony. Pero sobre todos ellos, la extraordinaria solidez y delicadeza de Lina Hassan, la palestina de 22 años natural de Chatila, uno de los cuatro campo de refugiados de Beirut. Según un viejo refrán iraquí, “el hombre mojado no teme la lluvia”, porque nada tiene que perder. Lina sí tiene que perder. Pero no parece que le tema a nada.

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El relato nos presenta una serie de vidas cruzadas en el complicadísimo espacio de la capital del Líbano. Por de pronto nos llaman la atención ciertos signos de identidad que diferencian las áreas de la ciudad. En primer lugar, las imágenes que representan los rostros de sus (respectivos) héroes, que se repiten y multiplican en algunas zonas. Los numerosos Hariris omnipresentes en Hamra (al barrio suní). Los retratos de los líderes de Hezbolá en Dahiya (los suburbios chiíes del sur). Las imágenes de los Gemayel en el barrio cristiano de Ashrafiyeh. Los rostros de Arafat y Haniya (el líder de Hamás) en los campos de refugiados. También, por supuesto, las distintas banderas colgadas de las ventanas. Luego está, como en un mundo aparte, la Corniche, el paseo marítimo, y el llamado downtown, o centro urbano, cerca del mar, con una estética un tanto monegasca (entre casas derruidas, todo hay que decirlo). Un extraño “puzzle de tragedias” muchas veces impenetrable, cuya historia reciente se puntúa con las distintas guerras y operaciones militares. Una ciudad a la que le “han brotado fronteras por todas partes”. Algunos taxis se niegan a llevarte a una u otra zona, según cuál sea el origen y destino del viaje.

Y en este entramado podemos ver a Lina (a la izquierda de la fotografía, con camiseta morada; la de la derecha es su amiga Lara). Es palestina. Y por lo tanto, marginada. Líbano “es uno de los países donde más marginada vive la población palestina”. Son 400.000 personas, de los que más de la mitad residen en alguno de los doce grandes campamentos de refugiados del país. En Beirut hay cuatro, y entre ellos se encuentran los de Sabra y Chatila, donde se perpetraron las masacres de 1982. Lina tiene 22 años. Nació en Chatila. “Al principio, cuando iba con ella a Chatila, me maravillaba la destreza con que se orientaba en el laberinto de callejuelas que componen la fisonomía del campo de refugiados. Tengo una grabación en la que se nos ve caminar por Chatila y lo único que hacemos es doblar esquinas, primero a la izquierda, luego a la derecha, otra vez a la derecha, esquivamos una maraña de cables eléctricos que cuelgan de una pared (…), nos internamos en un túnel angosto y oscuro plagado de carteles de al-Fatah y Hamás en las paredes, después a la derecha, sorteamos grandes charcos de aguas fecales, yo me mojo el calzado, ella lo esquiva con soltura, y así varios minutos hasta llegar a su casa, situada a pocos metros de un gran solar siempre cubierto por una inmensa alfombra de basura. La administración libanesa no ofrece servicio de recogida de desechos a los campos de refugiados. La basura se acumula en solares y en torno a las construcciones semiderruidas en los años 80 por las bombas israelíes”.

Las casas de estos campos son muy pequeñas. La de Lina tiene 40 m2 y sólo dos pequeñas ventanas. “Desde una se ve la vivienda en enfrente, a tan solo tres metros”, y bajo ella una panadería que regenta un tío suyo. La otra da directamente al solar de la basura. En esos 40 m2 vive Lina, su hermana Mona y su madre Horiya. El padre murió en 1986, víctima de la guerra. La casa de su amigo Badie es de 30 m2. Cuenta con un pequeño cubículo donde está la cocina con dos fogones. Luego, una sala estrecha presidida por un retrato de Arafat, con un sofá y el televisor. Desde ahí se accede al único dormitorio, con tres literas y la ropa de cada uno a los pies. Y luego el aseo, con un viejo inodoro, un lavabo y una ducha.

Lina ha nacido y crecido en Líbano, pero no tiene derecho al voto ni a la nacionalidad libanesa. Ni ella ni ninguno de los refugiados. Sus hijos tampoco podrán ser libaneses. Cuando enferman son atendidos por la Unrwa, Organización de las Naciones Unidas para ayuda a los refugiados palestinos. Estudió primaria también en escuelas de la ONU. Y aunque ahora está matriculada en Biología de la Universidad Árabe de Beirut (“donde por primera vez ha intimado con personas de su edad no palestinas”. De hecho, la universidad actúa “como elemento unificador de la juventud libanesa”), Lina “no podrá acceder a 85 tipos de trabajo por el hecho de ser palestina, y tendrá vetado todo tipo de empleo público. La hermana mayor de Lina, Mona, ya licenciada, estudió Enfermería, pero no ha conseguido empleo en ningún hospital de Beirut. Trabaja para el servicio de salud del Unrwa”. Los refugiados palestinos no están amparados por los mismos derechos que los demás refugiados del mundo; y su marginación se perpetúa generación tras generación. No son de ningún estado. Además de las ONGs presentes en la zona, sólo les dan la cobertura económica y social que niega el estado libanés las diferentes facciones palestinas: al-Fatah, Hamás, el Frente Popular, la Yihad islámica, etc. Lina colabora con una ONG italiana, la de mayor presencia en Chatila, que ofrece ayuda a las víctimas de la masacre de 1982 (efectuada por las milicias cristianas maronitas, impulsada por Israel).

Precisamente el libro nos relata también la vida de Tony, un cristiano maronita nacido en 1975, que lleva tatuado el rostro de Jesucristo con la corona de espinas en el bíceps izquierdo. Regenta una tienda de decoración en el barrio de Ashrafiyed. Ahí está uno de los centros comerciales más importantes de Beirut, el ABC, con restaurantes y tiendas de lujo. No lejos de allí se emplaza la calle Monot, una de las más animadas por la noche, con discotecas y bares de copas, “y en cuanto cae la tarde, de descapotables caros aparcados en doble fila”. Tony frecuenta el pub Rai, y los fines de semana se acerca a los clubes al aire libre del norte de la ciudad, donde se paga una entrada de más de 20 euros y se disfruta del sol tumbados en el césped a pocos metros del mar, y donde se puede tomar un cóctel sin salir del agua. En alguna ocasión se convoca a los clientes a “bailar por Líbano”. “El dueño del Ziam, un célebre exfutbolista libanés, se vanagloriaba de haber tenido clientela bañándose y bailando todos los días del verano de 2006, mientras se sentían las bombas israelíes que caían a pocos kilómetros de allí”. A la pregunta de cómo interpretaba las masacres del 82 Tony contestó: “Líbano es muy complicado”.

Pero, para concluir estas notas, oigamos de nuevo a Lina: “Si las cosas mejoraran para los palestinos, yo podría terminar dedicándome a la investigación biológica o siendo profesora cuando me licencie –me dijo luego, camino a su casa-. Eso es lo que me gustaría. No quiero estar condenada a la pobreza”. Oigamos ahora a Olga: “Entramos en Chatila, esquivamos los charcos de aguas fecales, caminamos entre los edificios en ruinas bajo las marañas de cables eléctricos, nos internamos en el laberinto de calles y pasamos junto al gran solar lleno de basura, señal de que Lina había llegado a su casa”.

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