Detalles del post: Seis días de agosto

06.12.09


Seis días de agosto
Permalink por Saravia @ 13:46:55 en Derechos humanos -> Bitácora: Plaza

Enseñanzas de la “redacción a la desesperada” en la Asamblea Nacional francesa de 1789

Un grupo de niños en una escalera de la Jama Masjid, en Delhi, India, 2007 (foto de Celia Fernández Duque)

Es curioso ver cómo se debatió en Francia para implantar los derechos humanos. Lo cuenta un libro de reciente aparición, de apasionante lectura: Lynn Hunt, La invención de los derechos humanos (Barcelona, Tusquets, 2009). En enero de 1789, varios meses antes de la toma de la Bastilla, el marqués de La Fayette preparó el borrador de una declaración. Probablemente con la ayuda de su amigo Thomas Jefferson. Pero finalmente no sería una persona quien diese forma al documento definitivo, sino una comisión de 40 diputados. Nada menos que 40, que llegaron a preparar un texto con 24 artículos. Y el 20 de agosto de ese mismo año comenzaron los debates en la recién creada Asamblea Nacional. Se preparó un buen follón.

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Un gran lío, pero que sólo duró seis días. Teniendo que ocuparse de otros asuntos urgentes no podían dedicar más tiempo al tema. “Tras seis días de discusiones tumultuosas y un sinfín de enmiendas, tan sólo se habían aprobado 17 artículos”. Y así, el 27 de agosto de 1789 los diputados votaron a favor de suspender el debate y adoptaron provisionalmente los artículos ya aprobados bajo el título de “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Y ése fue el texto que quedó. Un documento, pese a todo, que aún “redactado a la desesperada era maravilloso por su alcance y sencillez”. No mencionaba ni una sola vez al rey, a la nobleza, al clero. Declaraba que había una serie de derechos “naturales, inalienables y sagrados” que habían de ser el fundamento de toda forma de gobierno. Asumían y declaraban que todos eran iguales ante la ley, eliminando implícitamente cualquier privilegio de nacimiento. Sus afirmaciones no se dirigían a Francia, sino que eran universales, haciendo referencia a “todos los ciudadanos”, “todo hombre”, “toda sociedad”. En solo seis días se dio forma a una magnífica declaración, de incalculables consecuencias.

¿Cómo pudo ser? ¿Cómo se obtuvieron tales resultados trabajando con tanto apremio? Está claro: porque el terreno estaba ya abonado. Las actitudes y predisposición de la gente ya no eran las que se reflejaban en las leyes precedentes. Los valores se habían modificado profundamente y la nueva declaración se vio como un resultado natural. De la misma forma, si pretendemos consolidar la implantación o concreción de derechos, referidos ahora a la materialización en la ciudad de algunos de los recogidos en la Declaración Universal de 1948, debemos definirlos apelando, desde luego, a la razón. Pero también al sentimiento. Debemos recordar que la formulación concreta de un derecho se afianza cuando nos sentimos horrorizados ante su violación. Porque los derechos, para ser efectivos, han de ser interiorizados de algún modo por una parte importante de la población. Y la práctica de la empatía puede promoverse. Como se había promovido también en América. De ahí que, algunos años antes de los debates de París, Jefferson pudo escribir en la proclamación americana de los derechos humanos: “Sostenemos como evidentes estas verdades”. Llegar a hacerlas evidentes: esa es la cuestión que habría que trabajar ahora para su concreción urbana.

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