Detalles del post: Urbanismo (y urbanística) de las ciudades antiguas

21.03.10


Urbanismo (y urbanística) de las ciudades antiguas
Permalink por Saravia @ 11:52:20 en Cultura de los suburbios -> Bitácora: Plaza

Antes y después de la invención de la calle

Excavaciones en Çatalhöyük (imagen procedente de wikimedia.org)

Ante la reedición, en 2009, del clásico de Antonio García y Bellido, Urbanística de las grandes ciudades del mundo antiguo (Madrid, CSIC, 3ª ed. en 2009; or. de 1966: qué bonito libro), merece la pena recordar, siguiendo al autor, cómo algunos elementos de la ciudad que nos parecen dados y evidentes no son sino culturales. La vivienda, por supuesto. Pero también el emplazamiento o la calle. O dicho de otra forma: ha habido culturas sin vivienda; ciudades muebles (no inmuebles), y ciudades sin calles.

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En efecto, no es difícil rastrear culturas en las que la privacidad se resuelve con fórmulas distintas a la de asignar un espacio propio (una vivienda) a cada ciudadano o cada hogar. Pero ese asunto no se trata en el libro de García y Bellido, y lo hemos traído de rondón. No se estudia en este texto porque se limita a la “urbanística”, es decir, a las formas materiales y arquitectónicas de la ciudad (el urbanismo tendrá un campo semántico más amplio, refiriéndose “tanto a las realidades sociológicas e institucionales como a las materiales y arquitectónicas”, según precisa M. Bendala en el más que interesante “estudio preliminar” de esta cuidadísima edición). Bueno, la verdad es que en algunas páginas el autor hace incursiones en temas no urbanísticos, explicando ciertos usos y costumbres en las ciudades. Pero su propósito es el de centrarse en lo material, en la forma urbana.

Y ahí, en el campo de la urbanística, y con una arquitectura urbana singular, destaca por su rareza, desde las primeras páginas, Çatal Hüyük. Es algo así como el ornitorrinco de las ciudades: “La gran originalidad urbanística de Çatal Hüyük radica en el hecho de que las casas están adosadas unas a otras, como formando una verdadera colmena en la que no hay calles, ni plazas, ni espacios comunes en la superficie. En este enjambre de casas se podía pasar de unas a otras por las azoteas, y la entrada se hacía por aberturas en la parte superior, en las que se colocaban escaleras de mano. Este peculiar sistema debía tener una finalidad defensiva que hizo innecesaria la construcción de muralla”.

Respecto al emplazamiento de las ciudades, a la idea que se suele tener de que están algo así como atornilladas a un lugar determinado, nos conviene acudir al texto introductorio de Bendala, antes citado: “Nótese que la ciudad no era, en principio, una realidad `inmueble´, sino `mueble´, susceptible, por tanto, de moverse o trasladarse, un fenómeno frecuentísimo en la Antigüedad”. Lo habitual era que, en esos casos, se llevasen el nombre consigo (o añadiendo algún matiz: la ciudad bética de Sabora, cerca de Málaga, pidió permiso al emperador para trasladarse, y éste lo concedió a condición de que en adelante se llamara “Sabora Flavia”). Pero se trata de una práctica que seguimos viendo en la Edad Moderna (un ejemplo, entre tantos: la evolución de Antigua Guatemala). Y de ahí que no debieran resultar extrañas las propuestas actuales de traslado de ciudades surgidas después de algunas catástrofes, como se plantearon en Nueva Orleans tras el Katrina o recientemente en Haití.

Por lo demás, el libro sirve para recordarnos los parámetros tan distintos a los nuestros en que se movía la mayoría de las “grandes ciudades del mundo antiguo”. Muchas veces tanto la superficie ocupada como la población residente de las grandes ciudades eran muy reducidas (un ejemplo: Aosta ocupaba, en tiempos de Augusto, 42 has. y vivían en ella tres mil emeriti o veteranos –en efecto: una ciudad de jubilados, como tantas-; más o menos lo que Aldeamayor de San Martín, cerca de Valladolid, que en la actualidad cuenta con 3.300 habitantes y su suelo urbano es del orden de las 45 hectáreas). Las manzanas que se formaban eran también en algunos casos pequeñísimas, con cuadros de hasta 21 m. de lado; y muchas de las calles notablemente estrechas; con anchuras, por ejemplo, de 7 m en vías estructurales. García y Bellido habla también de “los rascacielos de Roma” con expresividad: “La carrera hacia las nubes había comenzado. Los rascacielos habían hecho su aparición veinte siglos antes que en Chicago y Nueva York”. Recuerda que las ordenanzas de Augusto fijaron una altura máxima de 70 pies romanos, unos 21 m. Y apostilla: “Ello viene a coincidir –y no es mera casualidad- con la altura que, poco más o menos, fijan las ordenanzas de las ciudades actuales”. Sorprende esta frase no tanto por lo benévolo que era con “las ordenanzas actuales” como por la expresión “no es mera casualidad”: ¿qué querría decir?

Acabemos. En el prólogo a la primera edición de esta Urbanística recogía García y Bellido la siguiente cita de Cicerón: “No hay tarea en la que el hombre se halle más cerca de Dios que la de fundar ciudades y conservar las ya creadas”. La pregunta es: ¿qué se había fumado Cicerón? En fin: que finalmente ha llegado, una vez más, la primavera.

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