Detalles del post: Huasipungo.

16.10.11


Huasipungo.
Permalink por Poto @ 12:42:15 en Derechos humanos -> Bitácora: Plaza

De artepolitica.com.

Huasipungo es el pequeño lote de tierra, estéril arenal del páramo andino, que el amo entregaba al indio para labranza o pastoreo. Durante cinco siglos éste se resignó a trabajar bajo la ilusión de ser algún día redimido, entregando todo beneficio a su caritativo latifundista. Dentro de la parcela se localizaba su espacio de habitación: una choza. Si el indio destacaba en su afán productivo, era recompensado con la opción de doblarse sobre tierras más fértiles.

[Mas:]

En 1934 el escritor quiteño Jorge Icaza publicó la novela del mismo nombre, precursora notable del realismo mágico, testimonio de la rabia frente a una sociedad donde la libertad es algo graciable. Huasipungo, esa fútil ración de vida y territorio, termina convirtiéndose en un grito de guerra, el clamor que defendía la sola referencia de una existencia: su casa.

Mi casa.

El artículo 47 de la Constitución Española señala que todos los españoles tenemos derecho a una vivienda digna y adecuada. Este derecho supone no sólo el uso y disfrute de un espacio habitable, sino también el acceso a un medio urbano digno y adecuado en el que se inserta nuestra morada. Lo que se reconoce como Derecho a la Ciudad (Carta Europea de Salvaguardia de los Derechos Humanos en la Ciudad), a su vez vinculado a otros como la educación, igualdad, integridad física y moral, intimidad personal y familiar, o libertad de residencia. Los poderes públicos no solo han de respetar el derecho a la vivienda, sino además protegerlo, garantizarlo y promoverlo.

Diversos autores han ido más allá, planteando la estimación de la vivienda como servicio público. Aquí las leves referencias jurídicas que los relacionan ceden ante la falta de consideración de servicio mínimo obligatorio por parte de la Ley Reguladora de las Bases del Régimen Local. En consecuencia no parece posible ejercitar el derecho de los vecinos a exigir el establecimiento y prestación de tales servicios. Lógico desliz en la articulación de nuestro “estado social”, dado que la vivienda se ha consolidado en las últimas dos décadas como un objeto de tráfico mercantil, y no como el lugar en el que podemos vivir. Así es natural la creciente reclamación de que la legislación básica estatal, así como la autonómica, incluyan entre los servicios mínimos obligatorios locales el hogar, pudiendo cualquier ciudadano instar su establecimiento ante la Administración Pública y los tribunales de justicia, habilitando mecanismos de denuncia plenamente accesibles.

Varias Comunidades Autónomas se han dedicado los últimos años a ello, al menos formalmente: Cataluña, Andalucía, Navarra, Castilla-la Mancha, Castilla y León, Galicia. Puede afirmarse que en todos los casos es más el ruido que la furia, salvando el caso del País Vasco, que en el presente año planteó una medida legislativa (aún en ciernes) por la que se reconoce el derecho individual a la vivienda, exigible ante los poderes públicos.

Hasta aquí nada nuevo. Da la impresión de que legisladores y gobernantes no terminan de interpretarnos, o quizás es que somos nosotros quienes nos mostramos incapaces de elevar nuestra súplica por el medio adecuado. El tema fue objeto de intensa reflexión hace más de un año en este blog (post de 24 de abril de 2010: El contenido no responde al título), y exceptuando la iniciativa vasca, el escenario era exactamente el mismo. Dado que en este país la responsabilidad ha devenido pieza de arqueología (lo mismo que la hora de trabajo), a igualdad de diagnóstico estamos peor.

Ejecuciones sumarias.

Según el Consejo General del Poder Judicial, hasta septiembre de 2008 se habían instruido 53.696 ejecuciones hipotecarias, más del doble que en todo 2007, en 2009 una cifra superior a 90.000, repitiéndose el dato (ligeramente incrementado) en 2010. Siguiendo la misma fuente, los desahucios tramitados en lo que se lleva cerrado del ejercicio de 2011 han supuesto 16.464 ejecuciones, un 21,2% más que en el mismo período de 2010. En otras palabras, casi 300.000 ejecuciones hipotecarias y embargos en tres años, y progresando. Por otro lado, la pérdida del valor de las viviendas limita ostensiblemente la posibilidad de saldar deudas, con lo que más de 160.000 familias españolas (datos de ADICAE) se encuentran inmersas actualmente en procesos de ejecución hipotecaria que aún no han concluido en desahucio, existiendo más de 270.000 hipotecados que tienen cuotas impagadas, pendientes de ser demandados por sus respectivas entidades financieras. A ello hay que añadir que, según el Instituto Nacional de Estadística, los centros para personas sin hogar en España alojaron a una media de 13.701 usuarios diariamente durante el año 2010, estimándose que en el mismo año el número de personas sin hogar superaría los 30.000, mientras que 273.000 vivirían en infraviviendas.

El sistema no ayuda. Siguiendo a Observatori DESC:

- La Ley Concursal, si bien formalmente está destinada tanto a personas jurídicas como físicas, en la práctica permite que una empresa pueda liquidar sus deudas y empezar de cero, pero no contempla la misma posibilidad para las familias insolventes.

- La Ley de Enjuiciamiento Civil tampoco facilita el ejercicio del derecho a la tutela judicial efectiva de los afectados en procesos de ejecución hipotecaria, impidiendo que un juez pueda examinar las circunstancias que han conducido a la insolvencia familiar o evaluar el grado de información efectiva que tenían los afectados al momento de contraer la hipoteca. Aún más, la propia Ley habilita que en caso de quedarse desierta la subasta, el acreedor podrá adjudicarse el bien por el 50% de su valor de tasación, oportunidad que aprovechan lo que las entidades financieras, reclamando el pago de la deuda restante más los intereses y costas judiciales.

Las propuestas de las organizaciones sociales van dirigidas a demandar que se aproveche la coyuntura actual para constituir un parque público de viviendas de alquiler, conformado por las ingentes reservas de viviendas nuevas que no encuentran comprador, la tradicional bolsa de viviendas vacías, además de las viviendas ejecutadas y subastadas a precios de saldo. La oportunidad que se le presenta a la Administración Pública es extraordinaria:

- se evitarían desahucios, incrementando el parque público de vivienda en alquiler;

- se inyectaría la liquidez que reclama el sistema financiero;

- se desvincularía la política de vivienda de la promoción de la construcción;

- se redirigiría la ayuda monetaria al conjunto de la sociedad, en particular a los colectivos más vulnerables.

Los británicos llaman a eso “wishful thinking” (en Latinoamérica “pajaritos preñados”). Bastará un ejemplo: en febrero de 2009 el grupo parlamentario ERC-IU-ICV presentó una Proposición de Ley sobre el derecho a la vivienda. Las medidas recogidas se orientaban, de un lado, a impedir el sobreendeudamiento de las familias mediante límites temporales y cuantitativos a los créditos hipotecarios, y a través del control de las entidades de crédito. Por otro lado se establecían medidas de intervención en caso de insolvencia familiar (derecho a renegociar la deuda antes de enfrentarse al desahucio o dación del inmueble en pago de la deuda en caso de llegar a subasta). En el caso de las personas que hayan perdido su empleo o cuyos negocios hayan quebrado se disponía la posibilidad de aplazar la deuda, fraccionarla o buscar otra solución que permita que las personas afectadas sigan habitando en su vivienda. Efectuada la votación, dio el siguiente resultado: votos emitidos, 337; a favor, 8; en contra, 320; abstenciones, 9. Tras la convocatoria de las elecciones generales para el próximo 20 de noviembre, los partidos mayoritarios han decidido retomar el tema, buscando música a la letra que con tanto desdén rechazaron.

Sin casa.

La pérdida del hogar supone mucho más que la ruina de una posesión material: menoscaba la estabilidad familiar, la convivencia, el acceso a servicios básicos (empezando por la educación, empleo, salud, todo lo que procuramos en el entorno). Derriba el ánimo, la autoestima, la entereza de la comunidad, implica un desplazamiento que conduce a la desvinculación con la sociedad, la negación del derecho a estar y de relacionarse con otros en un determinado lugar, el que fue propio a lo largo de gran parte de la vida (el que para los sabios de la antigua Roma identificaba “vivir”, que no era otra cosa que “estar entre los hombres”). No hace falta abrir muchos libros de Historia para calificar un país que arroja (por el momento) un millón de familias a la fatalidad.

Razones para obedecer y razones para sublevarse.

"-Nu han de robar así nu más a taita Andrés Chiliquinga- concluyó el indio, rascándose la cabeza, lleno de un despertar de oscuras e indefinidas venganzas. Ya le era imposible dudar de la verdad del atropello que invadía el cerro. Llegaban... Llegaban más pronto de lo que él pudo imaginarse. Echarían abajo su techo, le quitarían la tierra. Sin encontrar una defensa posible, acorralado como siempre, se puso pálido, con la boca semiabierta, con los ojos fijos, con la garganta anudada. ¡No! Le parecía absurdo que a él... Tendrían que tumbarle con hacha como a un árbol viejo del monte. Tendrían que arrastrarle con yunta de bueyes para arrancarle de la choza donde se amañó, donde vio nacer al guagua y morir a su Cunshi. ¡Imposible! ¡Mentira! No obstante, a lo largo de todos los chaquiñanes del cerro la trágica noticia levantaba un revuelo como de protestas taimadas, como de odio reprimido. Bajo un cielo inclemente y un vagar sin destino, los longos despojados se arremangaban el poncho en actitud de pelea, como si estuvieran borrachos, algo les hervía en la sangre, les ardía en los ojos, se les crispaba en los dedos y les crujía en los dientes como tostado de carajos. Las indias murmuraban cosas raras, se sonaban la nariz estrepitosamente y de cuando en cuando lanzaban un alarido en recuerdo de la realidad que vivían. Los pequeños lloraban. Quizás era más angustiosa y sorda la inquietud de los que esperaban la trágica visita. Los hombres entraban y salían de la choza, buscaban algo en los chiqueros, en los gallineros, en los pequeños sembrados, olfateaban por los rincones, se golpeaban el pecho con los puños -extraña aberración masoquista- amenazaban a la impavidez del cielo con el coraje de un gruñido inconsciente. Las mujeres, junto al padre o al marido que podía defenderlas, planeaban y exigían cosas de un heroísmo absurdo. Los muchachos se armaban de palos y piedras que al final resultaban inútiles. Y todo en la ladera, con sus locos chaquiñanes, con sus colores vivos unos y desvaídos otros, parecía jadear como una mole enferma en el medio del valle."

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