Detalles del post: Ciudad abierta: un libro.

27.02.13


Ciudad abierta: un libro.
Permalink por Poto @ 12:57:31 en Poética -> Bitácora: Plaza

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Teju Cole es un norteamericano que creció en Nigeria, educándose como historiador del arte, fotógrafo y escritor. Es autor de “Ciudad abierta”, donde nos presenta a Julius, joven psiquiatra nigeriano residente en un hospital neoyorquino, que deambula por las calles de Manhattan, sintiéndose en todo momento extraño a su contorno físico y sentimental. Nunca demasiado negro y no lo suficientemente blanco, su mirada se refleja como una ilusión de identidad.

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Julius quiere explicar (lo inevitable) el espacio que ocupa uno en el mundo en cada instante, ese lugar estable desde el que proyectarse, escenario y actor de la conexión entre las distintas historias o mociones que se corresponden con los encuentros.

La intersección entre lo cotidiano y el pensamiento se produce en el medio urbano, donde sin desmayo habita su alma solitaria. Las historias confluyen y se superponen como un hojaldre de tiempos. Algunas evocan a los oprimidos: el joven intelectual marroquí encargado de un locutorio, con el que mantiene acaloradas discusiones sobre la izquierda en Estados Unidos, la mitificada libertad europea, las dictaduras en los países árabes, o la injusta prevalencia del holocausto judío sobre cualquier otro genocidio. Otras rescatan a los olvidados: el refugiado liberiano, postrado en el limbo de un centro de detención en Queens, en el que termina por huir de la guerra en su país; o el Cementerio Negro, que dejamos para el final de esta entrada.

Y en lo mítico las referencias culturales: desde el cine de Coppola al de Víctor Erice pasando por el de Wong Kar Wai; de las pinturas de Vermeer a las de Goya, de la obra de Coetzee a la de Roland Barthes, de Art Blakey o Bill Evans a Mahler o Bach, y por fin Nietzsche.

Un día de estada en el parque aparece algo en el cielo desafiando a la naturaleza. Se trata de unos paracaidistas. Su amigo entonces le dice: “Uno tiene que ponerse una meta, y debe encontrar la forma de cumplirla exactamente, sea lanzarse en paracaídas o desde un acantilado, sea sentarse una hora y quedarse completamente inmóvil, y por supuesto que la forma de cumplirla ha de tener su belleza”.

El autobús es una bestia en reposo, los tableros de ajedrez de los jardines son oasis del orden, la invitación a que dos fundan su soledad; un minusválido en el metro deja a Julius pensando sobre el mito Yoruba de la creación, lo que a su vez le trae al despiadado colonizador de Nueva Amsterdam, Cornelis Van Tienhoven, y el horror al que siglo tras siglo fueron sometidos los nativos, y de ahí al escepticismo sobre el calentamiento global, y el sectarismo en la política, Idi Amin, la introyección y los fantasmas amputados de Freud en relación con los catastróficos sucesos de 2001, y en definitiva el lugar de Julius entre todo eso. De nuevo el hojaldre.

El arte de Cole es ante todo honesto. En su corriente de estados de ánimo perfila con nitidez a quienes por acción u omisión, por miedo o arresto, luchan por superar “las cosas como son”. Sin provocación ni diatriba, solo conversación: desdibujando límites y patrias para descubrir la esperanza y dar aire a cuanto pensamos. La ciudad abierta.

Volviendo al Cementerio Negro, leemos:

“En medio de la calle lateral había una pequeña isla de tráfico y enfrente de ella, rodeada por los grandes edificios de oficinas, una parcela de césped. No me habría llamado la atención si, instalada en el centro, no hubiera visto una forma curiosa, aunque inmediatamente fui incapaz de discernir si era escultórica o arquitectónica. Una inscripción identificaba el monumento, pues resultó ser, como un homenaje a un antiguo cementerio de africanos.....la mayor parte de las sepulturas estaban ahora debajo de edificios de oficinas, cafés, farmacias y el fragor incesante del comercio cotidiano y la administración pública.

En aquel suelo habían sido enterrados los cuerpos de unos quince o veinte mil negros, la mayoría de ellos esclavos...Entre la hierba verde y un sol radiante, a la sombra del mercado y el gobierno. De pie a unos metros del monumento acordonado, yo no tenía indicio de quienes habían sido los seres a cuyos cadáveres, entre 1690 y 1795, se había dado sepultura a mis pies…..Después los muertos regresaron cuando, en 1991, durante las obras de un edificio en Broadway y Duane, salieron a la superficie restos humanos. Los habían enterrado en mortajas blancas. Los ataúdes que se descubrieron… estaban casi todos orientados hacia el este….Los cuerpos que se exhumaban tanto en el Cementerio Negro, como llegó a saberse, como en otros similares en la costa oriental, llevaban marcas de sufrimiento: un trauma brutal, un penoso daño físico. Muchos esqueletos tenían huesos rotos, evidencia de lo que habían padecido en vida. También abundaban las enfermedades: sífilis, raquitismo, artritis.

En 1780 los negros libres habían presentado una demanda en defensa de sus muertos. Era frecuente que los ladrones de cadáveres eligieran cuerpos de negros para ofrecérselos a cirujanos y anatomistas. La demanda, en un lenguaje palpablemente dolorido, lamentaba que quienes al amparo de la noche «desentierran los cuerpos de los difuntos, amigos y parientes de los demandantes, se los lleven, sin respeto a la edad ni al sexo, destrocen su carne por vana curiosidad y luego los abandonen a las bestias y los pájaros». Los poderes cívicos reconocieron que la causa era justa y, en 1798 fue aprobada la Ley de Anatomía de Nueva York….Qué difícil se hacía ahora, desde el punto de vista del siglo XX, comprender realmente que aquellas personas, a pesar de las vidas difíciles que se habían visto obligados a vivir, eran personas de verdad, complejas en todas sus dimensiones como nosotros, afectas a sus placeres, reacias a sufrir, apegadas a sus familias. ¿Cuántas veces la muerte no habría invadido cada vida para arrebatar un esposo, un padre, un hermano, un hijo, un primo, un enamorado? Y, con todo, el Cementerio Negro no era una tumba colectiva: a cada cuerpo se lo había enterrado solo, siguiendo cualquiera de los diversos ritos que los negros habían sido libres de practicar extramuros.”

Si al menos quedara quien de un modo tan bello y preciso como Cole hiciera relato y descripción de dónde recogieron nuestro dolor, hacia qué sombra se orientó nuestra pena, esta que no deja de matar y que nos ha convertido en reflejo y nada más.

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Comentario de: Poto [Member]
Al hilo del colofón, con este post despedimos un febrero con sensación de falta, de pérdida. Acaso porque las fechas se empeñan en contarnos cómo pasamos por la vida, y señalan con crueldad los nombres de quienes nos dejan, y también cuán disminuidos nos quedamos. Especialmente con lo próximo, lo que con mayor inmediatez sustituimos en el sentimiento, sin saber por qué. De repente, perdemos la cabeza y se petrifica el gesto, o nos abate una plancha sobre el esternón, queriendo llevarse la espalda, o lisa y llanamente acudimos a las mil formas de dormir o enajenarnos hasta que el cuerpo nos deja.

Según el Teléfono de la Esperanza, en la mitad de las llamadas recibidas subyace un problema de ansiedad provocado por la crisis. Según las ponencias publicadas en el pasado Congreso Nacional de Laboratorio Clínico (Barcelona, octubre 2012), cada día intentan suicidarse en España 243 (doscientas cuarenta y tres) personas ingiriendo psicofármacos.

No trato, a estas alturas, intentar demostrar si realmente podemos morir de pena. Bastante podemos leer desde que los griegos se ocuparon de la melancolía. Ni mucho menos determinar relaciones de causa y efecto con base en unas cifras que siempre serán espantosas, con independencia de que alguien surja señalando a alguna nación que nos gane a muertos o desgraciados, dándonos de paso por buenos.

Pero duele que la recurrencia (eso que sucede cuando los medios de comunicación descartan hechos por su escaso interés comercial) nos haga insensibles, que nos engañemos pensando que si nos precipitamos los últimos al despeñadero que se abre a nuestros pies, se hallará su cuenca tan llena de cadáveres que no nos dañará la caída.

De algún modo nos estamos dejando morir, y lo peor es que hay quien cuenta con ello, se diría que soñando alivio.

En inglés se tiene una frase "reaching out", que denota la acción de aproximarse a alguien porque hemos sido sensibles o conscientes de su pulso y existencia. Algo así como alcanzar + estrechar. Para estar y ayudar.

Es eso, un abrazo. Sin miedo.
URL 03.03.13 @ 20:37
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