René Char al rescate
“¿Es vivir obstinarse en consumar un recuerdo?”: Gracias, René Char, por la pregunta (La palabra en archipiélago, Madrid, Hiperión, 1986). “En nuestros jardines se preparan bosques”: Gracias también por esta afirmación. “No es el estómago quien reclama la sopa caliente; es el corazón”: una advertencia digna de fijar en la memoria.

Veamos el conjunto de versos de Fernando Valverde que hemos espigado. Están publicados en el último capítulo de su libro Razones para huir de una ciudad con frío (Madrid, Visor, 2004), llamado “Las ciudades”.
La ciudad a través de un poema de Jorge Teiller

Para entender un lugar conviene, además, hacer acopio de fotos sueltas, relatos carnívoros y pegados al suelo, quizá algunos poemas. Veamos uno de estos últimos, referido a una extraña ciudad: "Un día en Madrid", de Jorge Teillier (publicado en la Revista de Occidente nº 292, septiembre de 2005).
Mentiras de Charles Tomlinson en beneficio de la verdad
No hay libro más sugerente y más bonito que el de Charles Tomlinson, La insistencia de las cosas (Madrid, Visor, 1994), sencillamente porque no puede haberlo. Dice el propio autor: “Estos poemas son muy musicales, con gran ritmo interno; poemas, he de añadir, de una música altamente visual: los poemas de un pintor”. Para nosotros, además, han de ser útiles, pues nos ayudan a describir (y descubrir) el entorno, las cosas de la ciudad. Sobre su contenido sigue la fórmula que cree ver en los cuadros de John Constable: “El artista miente en beneficio de la verdad. Creedle”.
Todo está lleno de dioses, y su multiplicidad permite la poesía y aligera la vida

Todo está lleno de dioses. Pocos libros tan interesantes (tan pacificadores, podríamos decir) como el de Giórgos Seféris Todo está lleno de dioses (México, Fondo de Cultura Económica, 1999; la edición griega original es de 1944). La frase del título es de Tales de Mileto, y la cita Aristóteles en De anima. Pero la ha hecho suya Seféris como recién acuñada, y nosotros la recibimos con la misma hospitalidad. “Cuando las `cabañas´ de los inmortales se destruyeron –dice Seféris-, cuando se convirtieron en ruinas, los dioses, privados de techo, volvieron al lugar de donde habían venido: se desparramaron de nuevo por el paisaje”. Y en él están.
Para un paisajista inexperto

Construir el paisaje no es tarea fácil, especialmente si pretendes controlar todo por completo. Quien tiene experiencia ya sabe que es preferible que algunos elementos crezcan solos, por libre. Por ejemplo: las nubes, ni tocarlas. Pero en los comienzos cualquier hueco angustia, y se busca afanosamente tener dominadas todas las piezas. Pues bien, para estos jóvenes principiantes, ahí va un primer catálogo del componente esencial del paisaje (seguramente el más importante): la cubierta, el techo, el celaje que tantas veces "mueve nuestros afanes".
Acero y aluminio, cristales, textiles, plásticos. Sobre todo, hormigón. Y brea, mucha brea en las calles. Las ciudades se endurecen con materiales salvajes, ecológicamente inconvenientes, agresivos y peligrosos como fieras en tantas ocasiones. Y sin embargo, ahí están también los ladrillos, las piedras, las pizarras o las viejas piezas de madera que, conviviendo con nosotros en miles de generaciones, han acabado por amansarse. Es curiosa la vida privada de los materiales. Los más primitivos son hoy los más domésticos; y los nuevos, los que nosotros hemos creado, los más indómitos.
Un paseo con Anna Ajmátova, Olvido García Valdés, Marina Tsvetáieva y Monika Zgustova

Bajo la imagen nevada ( http://wvs.topleftpixel.com/08/02/09/ ) hemos paseado los textos de El canto y la ceniza (Barcelona, debolsillo, 2008) con las cuatro mujeres que lo han entregado: las dos autoras de los poemas que se recogen en esta antología, y las dos traductoras al castellano. ¿Qué paisajes resuenan?
De Konrad Lorenz al Conde de Lampedusa, pasando por Mario Benedetti y Ángel González

Estamos ya en el estío, esa quinta estación de que hablaba Cervantes, ese verano decadente. Pero, con todo, oficialmente aún verano: todavía podemos permitirnos jugar con mariposas. Un recuerdo: al redactar el Plan General de Aguilar de Campoo, hace ya algunos años, propusimos que toda la nueva vegetación se eligiese de tal forma que floreciese a la vez, en las mismas semanas, y en azul. Los parques, las calles arboladas, las riberas del Pisuerga y todos los nuevos ornamentos urbanos debían, por unos días, hacer que la ciudad se cubriese con un manto azul. Lo veíamos entonces (ingenuidad) como una gran mariposa de corta vida (una "celeste común" de aquellos prados, por ejemplo), que volaría unas cuantas noches en torno a alguna luz. (Y que cada cual piense en la persona luminosa que prefiera). Otro recuerdo, más cercano: al visitar el ámbito del concurso para la denominada "Ciudad del Medio Ambiente", en Soria, junto al Duero, era tal la “calidad de paraíso” de aquel paraje que al andar, con cada pisada, brotaban cientos de mariposas entre los rastrojos. Cientos. (Naturalmente, no nos presentamos al concurso).
Un viejo texto de Barthes sobre la Torre Eiffel, en el debate en torno a los símbolos urbanos
No hay símbolo urbano como la Torre Eiffel. Es el más claro, el más radiante, el más fantástico. Pero ¿cuál es su mayor valor?, ¿cuál su potencial?, ¿qué nos dice?, ¿qué nos quiere decir? Habrá que reclamar la ayuda de Roland Barthes, con un librito antiguo, su enormemente atractivo ensayo sobre La Torre Eiffel (Barcelona, Paidós, 2001. El texto original del mismo título se publicó en París en 1964). Recordémoslo.
Dos escritores en El País: Fernández Galiano el 5 de agosto y Zizek dos días después

Zizek recuerda los peligros de la poesía y la vinculación de “una (especie de) poesía” en la limpieza étnica de la antigua Yugoslavia, mientras Fernández Galiano minimiza la situación de los derechos humanos en China al aplaudir las nuevas grandes obras de arquitectura de ese país. Es curioso: el último cita a Zizek, en un artículo anterior; pero da la impresión de no haberle entendido.
A propósito de los Papeles pintados de Madera y Noriega
Algunos tenemos el vano propósito de integrar poesía y trabajo. Ya digo: vano (finalmente ambos se pierden en contradicciones insalvables). Otros, aunque arquitectos, son decididamente poetas. Sin mediación (hasta el fondo). Miguel Madera ha publicado recientemente, en esa extrañísima y exquisita editorial llamada El Gato Gris, y acompañado de unos (también refinados) trabajos de José Noriega, un libro con un solo poema: Papeles pintados (cuartos de cielo).
Un poema de Oliverio Girondo

Hace unos días recordábamos al paisajista inglés John Constable, y su aprecio por todo, su contento omnívoro por todo lo que veía. Y nos gustaba. Porque esa aceptación universal de las cosas que están a la mano suele ir pareja, con frecuencia, al desafecto crítico de un orden general tan oculto a la vista como manifiestamente mejorable. Hoy traemos otra versión, esta vez poética, de la misma actitud.
Signos poéticos de la estación, el puerto, el aeropuerto

Es desde la estación o el puerto donde hay que empezar a hablar de la ciudad. Ámbitos de bienvenidas y despedidas que acompañan a unos sentimientos “concentrados por la espera” (Edel Juárez). Espacios de intensidad, donde llegan buques, trenes, aeronaves, pletóricos de pasajeros. John Berger expresó limpiamente lo que allí se da: “un tumulto de adioses” (Páginas de la herida) simultáneos, en lo que constituye alguna forma de adiós colectivo. Aunque ahora con menor intensidad afectiva que antes, al distribuirse en fases (pasaportes, embarques, controles), que lo desnaturalizan. ¿Cabría pensar en otra solución menos ortopédica de llegar o de marcharse? En cualquier caso, son las estaciones y los puertos lugares aún más dolorosos para quien ni siquiera tiene lágrimas que dar o recibir, pañuelos que agitar. Oigamos a Dulce Mª Loynaz cantar al viajero –ella misma- que llega a puerto y nadie le espera: el viajero “que pasa entre abrazos ajenos y sonrisas que no son para él (...) se alza el cuello del abrigo en el gran muelle frío”.
Un poema es un café

Dia 9: post de poética. Esta vez con un autor que gustaba pasear por el interior de la poesía, "reflexionar acerca de la poesía misma desde la experiencia del poema" (Sánchez Robayna); y que nos dejó este magnífico currículo: "Evíteme, por favor, contar los datos biográficos. Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son divertidos ni reveladores". Sus 289 aforismos fueron publicados en 1957, dos años después de fallecer Stevens, con el título de Adagia. Precisamente el año y la ciudad (Hartford, 1957) en que se desarrolla la película de Todd Haynes "Lejos del cielo" (Far from heaven, 2002), de la que hemos tomado la imagen (y los colores) de cabecera. Hemos seleccionado, casi al azar (y en desorden) 17 de ellos.
Notas sueltas para una geometría poética de la plaza

La plaza, por de pronto, es la arena de la plaza. Más que historia, es arena. Así escribió una vez Neruda: “No tiene historia, sino tierra”, y la plaza lo cumple. Una explanada dispuesta para la actividad urbana, para la reunión, el trato, el intercambio: el mercado, la información, las instituciones, las actividades públicas, el espectáculo. Aunque estuviera, paradójicamente, mal emplazada, es siempre centro. Activa, viva siempre. Por eso, al acabar la jornada, “permanece de frente ante la noche, fatigada de luz y de trabajo” (Benítez). La plaza, en la noche, parece cansada: tal es la carga de trabajo a que se la somete cada día.
Imágenes de la "poesía urbana" de Luis García Montero

Según nos explica Laura Scarano en la introducción de la Poesía urbana de Luis García Montero (Sevilla, Renacimiento, 2002), la ciudad “dispara el fluir poético”. Y es así porque, lo sabemos, está hecha de ladrillos, pero sobre todo de palabras. Es la médula del habitar humano, que siempre te acompaña, donde quiera que vayas. “La ciudad irá contigo adonde vayas”, escribió Kavafis. Te sigue y te conforma. Te rechaza y reclama. Se funde en ti, y hace tu mundo. La “poética de la experiencia” de García Montero le lleva a “una identificación tal entre poeta y ciudad que disuelve la distancia entre sujeto y objeto” (nuevamente Scarano). Una poesía en vaqueros, una mirada de pertenencia radical a toda la ciudad, dirigida a rescatar la cotidianeidad de la existencia urbana.
A propósito de “la lección de música” de Pascal Quignard

De la lectura del texto de Quignard retengo su interés por los orígenes, su fascinación por el momento de brotar todas las cosas, por ese surgir incesante de un origen. “A fuerza de retirar la lava desecada -comentó en una ocasión- los oropeles, es posible tomar parte de un brillo más nuevo, y que la `última mirada´, como dicen los japoneses, la mirada del adiós, sea también la más nueva, la más contemporánea de lo que brota del fondo de la tierra y del fondo del cielo”. Por el contrario, lo demás, “todos los conservadurismos, están dirigidos a asfixiar ese momento de surgir”. Vivir cualquier pérdida como un nacimiento, “perder todo para ser tan ligero como en el instante de nacer”, es también abrirse “a la posibilidad de la música”; una música que “viene de un primer mundo, anterior a nuestra llegada al mundo”.
A propósito de los poemas de Eugénio de Andrade

Signos que pueden leerse en los poemas del escritor portugués Eugénio de Andrade. Por de pronto, aguzar el oído. “He oído llegar el verano”, nos dice alguna vez. Y es cierto, basta con estar atentos para oír la llegada de las estaciones. O el crecimiento, quizá lento, pero constante, de las cosas (todas, hasta las rocas): “Sentir el tiempo, fibra a fibra, tejiendo el corazón de las cerezas”. Si no estamos atentos, pasa desapercibido: “Crecen en secreto, los niños”. Y en otra ocasión: “Donde fluvial en medio de la noche / crece la piedra / blanca de los álamos / los niños duermen con los pájaros”.
Extracto de la conferencia, del mismo título, organizada por la Fundación Coello el 22 de noviembre de 2007.

Con alguna frecuencia intento comentar la ciudad de Valladolid valorando una cierta poética. Una de las primeras ocasiones fue durante unas jornadas celebradas con motivo del 4º centenario de su declaración oficial como "ciudad". La charla llevaba por título "La bella mentirosa", y se acompañaba de unas buenísimas fotos de Germán G. Sinova. Una síntesis pudo leerse, más adelante, en el libro (escrito con Pablo Gigosos) titulado Arquitectura y urbanismo de Valladolid en el siglo XX (Ateneo, 1997, pp. 453 y ss.) Pretendía valorar una ciudad que todavía arrastraba demasiada mala fama, incluso (o principalmente) entre los propios vallisoletanos. Y es cierto, la ciudad es magnífica, da fe de vida. Miente (aunque hoy algo menos, pero sigue en ello), e intenta ocultar sus mejores rasgos.
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