Detalles del post: El urbanismo en un reloj de arena

07.03.09


El urbanismo en un reloj de arena
Permalink por Saravia @ 12:33:00 en Un urbanismo b -> Bitácora: Náufragos

(Una chuleta en la cajonera)

Una calle de la Isla de Gorée, Senegal, 2003 (foto de Valerie Durand, procedente de linternaute.com)

Intentamos definir una forma de hacer ciudad (o más modestamente, de hacer urbanismo) que tenga sentido. El motivo, el horizonte, ha de ser para nosotros el de los derechos humanos. Sin justificarlo: simplemente lo queremos así. Establecido el objetivo, repasamos entonces, en capítulos anteriores, uno a uno los diez derechos que afectan más directamente al urbanismo. Y no nos fue fácil hacer propuestas encaminadas a que tales derechos se cumplieran, al menos parcialmente (en cierto momento, de determinada manera), para algunos de esos “últimos ciudadanos” que habrán de ser el referente de nuestro urbanismo. No fue fácil, decimos, porque nuestro pensamiento se nutre habitualmente de una información muy dirigida hacia otros objetos, y está demasiado impregnado de una forma de razonar que se resiste a ver la parte menos brillante de la realidad. Mas finalmente formulamos un grupo de propuestas para esa minoría. ¿Minoría? No, no es minoría. Todo lo contrario.

[Mas:]

Después de considerar la situación de los náufragos en nuestras ciudades revisamos, interpretando los datos disponibles y haciendo valer nuestra propia experiencia, los campos que describen aquellos derechos en las ciudades del mundo. Y el resultado es el de la precariedad generalizada. Cuando se analiza la seguridad en las ciudades, la movilidad de la gente, sus posibilidades de trabajo, las características de los lugares en que se lleva a cabo, la distribución de las viviendas o el cuidado de los espacios urbanos, la representatividad de sus símbolos o la sensación de pertenencia a la ciudad, no es posible eludir un fortísimo sentimiento de injusticia. Y también de fracaso. O de engaño. La humanidad se acumula en las ciudades y el urbanismo no llega para todos. Décadas y décadas, siglos ya, con las mismas promesas e idénticas frustraciones. ¿No es bastante?

Promesas incumplidas

Pero el urbanismo sigue prometiendo la felicidad generalizada. Con lo cual pretende, esto sí está claro, más vida en espera. Cuando finalmente se lleve a cabo lo que prometemos -dice-, todos seremos felices. Pueden leerse cuantos textos se quiera. Se promete felicidad en muchos de los documentos oficiales urbanísticos de la Unión Europea (ahí están los de Espon), en los de los institutos profesionales de urbanismo (del Consejo Europeo de Urbanistas –CEU-, The Congress for the New Urbanism –CNU-, South African Planners, Conseil National des Architectes du Senegal), grupos de expertos (City Mayors, The Organization of Islamic Capitals and Cities), universidades (Institut d´Urbanisme de la Université de Montreal, Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, Department of Development and Planning de la Aalborg University), gobiernos nacionales o regionales (Generalitat de Catalunya, Ministerio dell Ambiente e della Tutela del Territorio e del Mare de Italia) o ciudades (Chicago: Department of Zoning and Land Use Planning; México: Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda; Estocolmo: City Planning and Traffic Division; Jerusalén: District Committee).

Hemos repasado algunos textos de esas instituciones, y en este aspecto son todas coincidentes. Veamos lo que se dice en alguna de ellas. Por ejemplo, en el CNU. El urbanismo –señalan en “Benefits of Urbanism”- proporcionará “mayor calidad de vida, mejores lugares para vivir, trabajar y jugar; más estabilidad en el valor de la propiedad, menos congestión de tráfico y menos necesidad de conducir; un estilo de vida más saludable, donde se camine más y haya menos estrés; proximidad a la calle comercial principal y a los servicios; proximidad a los carriles bici, a los parques y la naturaleza; más oportunidades de conocer a otras personas en el propio barrio y en la ciudad, dando lugar a relaciones significativas con un gran número de personas; una ciudad más amigable; mayor libertad e independencia para los niños y los ancianos”. El urbanismo supondrá –continúan- un ahorro para los residentes, los niños y los comerciantes. La ciudad será “menos fea” y su arquitectura “más singular”. El urbanismo, en fin, llevará a un “uso más eficiente de los impuestos”. Veamos ahora otro ejemplo, esta vez de Espon (“Spatial Scenarios and Orientations in relation to the ESDP and Cohesion Policy. Final Report. October 2006”). Si se sigue la planificación que se sugiere en el documento, se llegará a un escenario donde se prestará “gran atención a la conservación de las zonas urbanas hasta ahora afectadas o amenazadas por múltiples carencias; se abordará no sólo el aspecto físico del tejido urbano, sino también la dotación de servicios e instalaciones que favorezcan la inclusión social. Se desarrollarán políticas de apoyo a las diversas culturas étnicas y religiosas en un clima de tolerancia”. Y una cita más, ahora del CEU (“Nueva Carta de Atenas 1998. Normas del Consejo Europeo de Urbanistas para la planificación de ciudades”): El urbanismo del siglo XXI “presupone que los recursos urbanos deben ser distribuidos de manera más equitativa según los principios de justicia, necesidades locales y subsidiaridad”.

Promesas, promesas, promesas. Para ofrecer lo mismo de siempre: felicidad para todos, en un futuro no inmediato, desde luego; aunque tampoco demasiado lejano. Lo suficientemente cerca como para que el producto sea atractivo, pero lo suficientemente lejos como para que ya no se puedan pedir cuentas. Ilusiones urbanísticas. Se sigue prometiendo en base a un mismo modelo que ya ha fracasado en todas partes, desde hace tanto tiempo, y que hemos intentado caracterizar en sus distintas facetas. Lo hemos visto: las ciudades no cumplen. Y el modelo, en lo básico, no ha cambiado. Sólo en aspectos menores, circunstanciales. Todos los documentos urbanísticos que hemos consultado, sin excepción, quieren la formación de una estructura total, y nadie renuncia a ella. Se persigue una total interdependencia territorial y urbana. Todos reclaman el consenso para conseguirla, y que se apaguen los conflictos que pudieran surgir. Todos se basan en (o al menos admiten como inevitables) grandes actuaciones (de infraestructuras, energía, conocimiento, control, obra, etc.), que sólo grandes empresas pueden acometer. Ninguno desconfía de esos operadores, y ni mucho menos de su conjunto sistemático. Pero es posible que se esté llegando a una sensación de hartazgo que acabe con la confianza.

La garganta del reloj de arena

No queremos ser maximalistas, y no querríamos exagerar. Es difícil hacer propuestas de este tipo. Pues en las ciudades se hacen cosas, sin duda; algunas incluso hermosas, que funcionan, interesantes. Pero son muy pocas, en general están dirigidas a muy pocos y se corresponden con ese modelo fallido, de imposible generalización. ¿Por qué falla tantas veces este urbanismo que vemos, por qué yerra con tanta insistencia?

Para responder, nos hacemos eco del libro de Loretta Napoleoni, La economía canalla (Barcelona, Paídós, 2008): “La economía es la impredecible ciencia de la interdependencia (…). Los beneficiarios principales de estas transacciones no son aquellos que crean o consumen nuevos productos, sino los que los comercializan”. Y el libro da cuenta, uno tras otro, de los “actores canallas” que sacan tajada de este fabuloso movimiento económico, “sobre la tela de araña de las ilusiones políticas y económicas que atrapan al consumidor en un mundo de fantasía”. Existe, pues, un cuello de botella en la distribución de los beneficios del desarrollo urbano. Se ha ido constituyendo un embudo, un estrecho en el paso que enlaza el hacer ciudad con su consumo, con la vida en ella, que termina ahogándola. Pensamos, con Napoleoni, que hay un grupo de operadores poderosos estratégicamente situados que falsifican, privatizan y se apropian, de forma creciente, de los beneficios de la ciudad. Los señores del suelo y los del agua, financieros y empresarios inmobiliarios, un buen puñado de mafias, los beneficiarios del negocio de la guerra, el tinglado del coche y el de la seguridad, empresas promotoras de centros comerciales, los grandes operadores de la nueva tecnología, los grandes grupos de comunicación, los del turismo, el sector energético y los latifundistas, buena parte del sector industrial, de las iglesias, los jueces, políticos y funcionarios, fundaciones y lobbies, y un amplio sector investigador y docente de las universidades.

Lo sabemos: son muchos y poderosos. También indeterminados: no se conocen bien sus límites. Enfrentarse a esa maraña canalla casi suena a broma: ¿David contra Goliat?, ¿Don Quijote contra sus molinos? Es casi un despropósito. Pero es así como vemos la situación, y no de otra manera. Podría parecer una propuesta antisistema, pero no lo es. Todo lo contrario. Nos gusta el sistema y queremos defender la democracia. Intentamos no ser maximalistas. Pero, repetimos, es así como lo vemos. Las mafias de la ciudad están ahí: en el estrecho cuello del reloj de arena, por donde nos hacen pasar a todos. Todos producimos ciudad y todos la consumimos, pero ellos controlan el flujo entre ambos términos y lo aprovechan en su exclusivo y creciente beneficio.

Los Insaciables

Son bien conocidos desde hace tiempo. Tony Judt reconoce que en los 30 años "de guerra" que transcurrieron entre 1914 y 1945 “políticos, banqueros, hombres de negocios y militares fueron los que (llevaron) sus países al desastre”. Por su parte Janet Mair, en carta dirigida a William Beveridge, los llamaba directamente gangsters. Son unos gánsteres, decía, “que en beneficio mutuo se apoyan unos a otros en mantener a todos los demás. Porque eso es lo que realmente está sucediendo en Inglaterra (…) la única finalidad de su telaraña de grandes bancos y de grandes hombres de negocios interconectados (es) un esfuerzo frenético para mantener su propia casta”. Y ahora mismo Naomi Klein empieza así un muy difundido artículo de prensa (The Nation, 5 de febrero de 2009): “Viendo a las multitudes en Islandia blandiendo y golpeando ollas y cacerolas hasta hacer caer a su gobierno me acordaba yo de una popular consigna coreada en los círculos anticapitalistas en 2002: `Ustedes son Enron; nosotros, la Argentina´. Su mensaje era suficientemente simple. Ustedes –políticos y altos ejecutivos amalgamados en alguna que otra cumbre comercial— son como los temerarios estafadores ejecutivos de Enron (…)—. Nosotros –el populacho mantenido al margen— somos como los argentinos, quienes, en medio de una crisis económica misteriosamente parecida a la nuestra, salieron a la calle con ollas y cacerolas al grito de: `Que se vayan todos".

A esos “todos” no referimos. ¿Cómo denominarlos, para hacer justicia a su condición? Gánsteres, desde luego, no está mal; pues tales son los “miembros de una banda organizada de malhechores que actúa en las grandes ciudades”. Pero nos gusta más “los Insaciables”. Ansiosos, tragones, insaciables, como los personajes de la novela de Harold Robbins (The Carpetbaggers). Que forman una gran familia (“una banda organizada”) de múltiple pelaje. En ella están, desde luego, los banqueros, los grupos de presión, los expertos necesarios. Y bastantes políticos. Están los miembros de lo que Denis Duclos denominó “hiperburguesía”: esa "nueva clase mundial, de altos ejecutivos y personal administrativo de las multinacionales industriales, financieras, del sector terciario e incluso de la Administración" (Le Monde Diplomatique, agosto de 1997). Actúan en grupo, se complementan y se apoyan. Unos financian, otros legislan, otros construyen, otros publicitan, otros justifican, otros venden. Sus empresas diversifican progresivamente el negocio y se abren a más y más ciudad, a todos los elementos que la constituyen. Promoviendo una forma urbana que maximiza sus beneficios. El urbanismo será, en ese contexto, uno de los instrumentos técnicos necesarios.

Un planeta urbano opresivamente estructurado

Pero de esa ciudad insaciable nos interesa una característica por encima de todas las demás: su estructura, su condición sistémica, su multirrelación. El hecho de constituirse como un entramado integrado, poderoso, creciente y, sobre todo, total. Totalitario, de alguna manera. En ella, todas las carreteras forman sistema con los ferrocarriles, puertos y aeropuertos. Los trenes, coches, barcos y aviones nos llevan a centros turísticos, y éstos se relacionan con los espacios de trabajo, que a su vez se realimentan con los equipamientos, las viviendas habituales (y las segundas, y las terceras viviendas). Los espacios de ocio y los parques se interpenetran con la ciudad que los complementa. Estructura, estructura, estructura.

Una ciudad que se justifica con argumentos economicistas, cuantitativos, que se alimentan de una información y unas estadísticas muy determinadas. Vean las propuestas y las memorias justificativas del ya antiguo Plano Director Municipal de Lisboa (1994), el CityPlan de Vancouver (1995) o el Plan Local d´Urbanisme de París (2006); del HafenCity de Hamburgo (2006), el Plan Urbano Ambiental de Buenos Aires (2006) o el Proyecto Madrid Río (2007); del Urbano Planiranje de Sarajevo (2008), o el Waterfront City de Dubai (2008). Vean también la publicidad que se hace de ellos en la prensa (una muestra: “Campus de la Justicia, jugada redonda”, de F. J. Barroso, en El País del 11 de abril de 2008), el apoyo tantas veces acrítico, si no decididamente favorable del cine y la televisión (muchas películas nos valen para ver lo encantadora que es la ciudad actual: las series de CSI, por decir alguna). En esa ciudad, la continuidad y la relación es la norma que nos lleva a un paisaje intermedio entre la banalidad y la opresión. Las leyes nos hablan expresamente de la necesidad de conseguir una sola estructura urbana (véanse, por ejemplo, las de Ordenación Urbanística de Andalucía, 2002; la ley francesa 2000-1208 «relativa a la solidaridad y renovación urbana»; el Reglamento de Ley de Urbanismo de Panamá, 2006; la Physical Planning Act de Kenia; o la reciente Spatial Planning Act holandesa). Y lo mismo se recomienda en la mayor parte de los textos técnicos, que insisten en la importancia de sistematizar (pueden repasarse los libros de Lacaze, Cullingworth, Hall, Rueda, Njoh, Steiner y Butler, etc). Estructura y sistema. Orden general. Entonces, ¿qué hacer?

Un urbanismo b

Planteamos, para nuestro uso, un urbanismo algo diferente, que llamaremos “b”. B de básico, desde luego. Porque es un urbanismo que si ha de poner en contacto dos lugares los enlaza con un camino: lo básico. No con una vía de coches, sino un camino de andar. Lo básico. Pero b también porque nos gusta asociarlo a esas películas “de la serie b”, de bajo presupuesto y pocos medios. Donde participan actores principiantes, o entrados ya en la decadencia: quién mejor. Que no pretende la hegemonía: un urbanismo de corto alcance (para aquí) y de precario vuelo (para ahora). Que se propone actuar sin sustituir al urbanismo ordinario. Sino sólo hacer frente, de alguna manera (con nuestros medios), al urbanismo feroz de los Insaciables, que ahora podríamos llamar “A”. Respecto a este último, consiste en todo lo contrario.

Se inscribe, por tanto, en un contra-movimiento que supone la consideración de al menos dos principios organizadores de la ciudad, cada uno con sus específicos objetivos institucionales, el apoyo de determinadas fuerzas sociales y sus métodos propios (y aquí seguimos a Karl Polanyi). El primero se rige por el principio del liberalismo económico: tiene por objetivos ampliar el mercado único autorregulador y constituir la sociedad del conocimiento; cuenta con el apoyo de determinadas clases (vinculadas al capital financiero) y adopta como método principal el librecambio. El segundo, el urbanismo b, por el contrario, se funda en el principio de la protección social: tiene como objetivo conservar a la persona y a la Naturaleza, cuenta con el beneplácito de todos aquéllos que están directamente afectados por la acción deletérea del mercado único y adopta como método la legislación protectora, las asociaciones y otros instrumentos de intervención.

El primero construye desbocadamente, el segundo desanda. Uno se sitúa en el centro, el otro se ve a sí mismo ladeado. Uno es insaciable, el otro austero. Uno goza del apoyo publicitario de la prensa, el otro sólo cuenta con la fuerza de sus argumentos. Uno promete la felicidad en el futuro, otro actúa en el presente. Uno se entrega al orden militar, de lindes, pero el otro prefiere "un hermoso albedrío”. Uno busca a Repsol, y el otro es mucho más modesto: solo quiere jugar con el resol (Repsol-resol: ¿lo cogen?).

Cinco bpautas

Para trabajar con él, le asignamos cinco características, aplicables a los bproyectos, bnormas, bplanes (¿y bbromas?).

1. Una referencia bien distinta. Su referencia no es el ciudadano medio. Tampoco ese ciudadano "individualista seguro de sí mismo, explorador, creativo; bien informado, equipado con la tecnología más avanzada", para el que trabaja West 8 (un reputado equipo técnico). La referencia es el último ciudadano. Tan cargado, recordemos, de derechos como los demás. Por eso pensamos que en este urbanismo b es fundamental hacer pedagogía de los derechos, una y otra vez. Evidenciar las desigualdades que deben reducirse. Ir siempre con este tema por delante. Contrastar las propuestas, comprobar su validez y verificarlas en relación a los derechos. Sin prometer nada (¿qué puede prometer quien nada tiene?), sino sólo hacer frente al urbanismo depredador.

2. Una forma de razonar también específica. Se trataría de ver y hacer ver quién gana y quién pierde en cada acción urbana. Es cierto que se necesita algo de entrenamiento para no simplificar las cosas, y dejar de creer que cualquier beneficio para alguien es un beneficio para todos. Pero con un poco de práctica (desaprender, podría decirse) se acaba consiguiendo. Para lo cual nos ayudará a distinguir no dos, sino tres tipos de urbanismo (la cosa se complica, amigos). Por un lado estaría un urbanismo del que casi no hemos hablado, y que podríamos decir “ordinario” ("urbanismo cero"). Un urbanismo que debería ser el habitual, y que en algunos periodos y lugares realmente lo ha sido. Sensato y razonable. Prudente, templado. Integrador de diversas instancias: sociales, económicas, políticas, estéticas, funcionales, etc. Pero también está el urbanismo A: un urbanismo disparatado, enorme (a todo lo llama “ciudad de”), temerario, muchas veces monstruoso, puro desatino. Que mueve muchísimo dinero y compromete decisivamente a la ciudad. Con efectos arrasadores. Siempre ha existido, pero ocupando un espacio menor, excepcional. Sin embargo en los últimos años se ha hecho con toda la escena. Y por eso, y frente a él, hay que hacer valer un nuevo tipo de urbanismo, el que llamamos b, para intentar frenarlo y limitar los efectos devastadores de ese enorme y demoledor festín urbano.

3. Bienestar. En cualquier caso, hay que ir resolviendo asuntos. La gente no puede esperar. Se debería perseguir, como ya hemos dicho varias veces, el bienestar de los últimos ciudadanos, del “más débil y olvidado de los habitantes” de la ciudad (la expresión es de Mutis). Personas concretas, con nombres y apellidos. Confesamos en este punto cierta inclinación a hacer de Cruz Roja: una organización que, siendo consciente de que siempre habrá guerras, se organizó para aliviar el dolor que producen. Es necesario trabajar, sin duda, por la paz futura; pero sin olvidar el dolor presente. Podríamos intentar parafrasearla, pensando ahora en las heridas del urbanismo canalla. Frente a él y sus estragos, “la preocupación de prestar auxilio a todos los heridos en los campos de batalla” (de los “Principios Fundamentales” de la Cruz Roja, 1965). El urbanismo b necesita aliados, y seguramente serán las personas concretas, heridas en los campos de batalla, quienes lo proporcionen. Pues ¿no viene la música de las rendijas?

4. Boicot. Frente al saqueo, el boicot. Atendamos una vez más a Wikipedia: “Un boicot consiste en negarse a comprar, vender, o practicar alguna otra forma de relación comercial o de otro tipo con un individuo o una empresa considerados, por los participantes en el boicot, como autores de algo moralmente reprobable”. Ahí están: acciones urbanísticas frente a nuestros insaciables. Pero sigamos: “Esta reprobación puede adoptar diversas formas, dependiendo de su duración y alcance: un boicot puede orientarse a avergonzar al infractor antes que a castigarle económicamente. Cuando es generalizado y a largo plazo, el boicot es sólo una táctica más de consumo ético”. ¿No es exactamente lo que buscamos? ¿No es perfecto? Se trataría de crear discontinuidades, romper esa estructura monolítica para hacer más habitables las ciudades. Seguir la sugerencia de Concha García cuando entiende que “el alba agujereada por los caprichosos huecos de la persiana”, hace “que te sientas en casa”. Bien dicho: boicotear, agujerear esa megaestructura para poder sentirnos como en casa. Además de resolver, hay que ir sentando las bases de una acción más duradera. Para contrarrestar el sistema canalla. Unas medidas más políticas, que vayan al corazón del asunto.

5. Belleza. Lo que se propone como alternativa no puede ser gris (ese gris que llegó a impregnar a los países del Este europeo). Tiene que ser luminoso. Persigue la justicia poética. Pero no en la acepción clásica de Thomas Rymer (según la cual sólo cabe esperar verdadera justicia en la literatura, no en la realidad); sino en la menos conformista de Martha Nussbaum. Sin literatura —nos dice la filósofa americana-, los jueces no pueden ser buenos jueces, ni los urbanistas buenos profesionales. “¿Es posible evaluar la calidad de vida de un obrero a partir de algunas cifras `significativas´: metros cuadrados de vivienda, ingreso anual, calorías en su dieta, personas que dependen de él? Racional, humanamente, ¿estaría completo este juicio? Si el evaluador es incapaz de simpatizar —de padecer-con— también es incapaz de comprender. Sin emoción, la inteligencia es superficial, por más que desarrolle intrincados modelos y justificadas soluciones”. Evitar describir los hechos de la vida urbana, y proponer las acciones desde el distanciamiento, como si fueran actos y movimientos de piezas mecánicas, sino desde dentro, "investidos de la compleja significación que los seres humanos atribuyen a sus propias vidas”.

La ciudad en plena noche

Se trata, por tanto, de proponer acciones urbanísticas que se refieran a la gente, evalúen ganancias y pérdidas de unos y otros, aporten bienestar (resuelvan cosas concretas) a personas concretas, quiebren de alguna forma ese fatídico monopolio global urbano (rompan o desgarren su continuidad), y sean expresión de una justicia poética tan difícil de definir como fácil de reconocer. Por lo demás, el urbanismo b puede adoptar todas las formas del mundo. Construir las calles, hacer proyectos, dibujarse en el suelo o “dejar poso de tabaco”. Cualquier cosa, decimos, con la sola condición de no dar la espalda a ese horizonte que nos gusta. Acompañar a la ciudad, en fin (si se nos permite una última cita, ahora de Octavio Paz, en su "Vaivén"), hacia un día desconocido, pero deseable: “Navega la ciudad en plena noche / tierra y cielo y marea que no cesa / los elementos enlazados tejen / la vestidura de un día desconocido”. Vamos a ello.

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