Y Wacquant "condenados de la ciudad". El desastre de la participación en urbanismo.

La participación es necesaria, y se viene reclamando en el urbanismo desde que se inventó la disciplina. No conocemos un solo plan o una sola ley en que de una forma u otra no se reclame. Pero lo cierto es que los resultados no pueden ser más parcos. Entre las causas debe incluirse una concepción instrumental de los procesos participativos; por la que sólo se puede participar en lo accesorio, nunca en lo básico. ¿Qué diría la población malgache, si tuviese oportunidad, sobre la venta de medio Madagascar a Corea, que implica la transformación de cultivos y medios de vida?
El Parque del Pueblo
Robert Goodman nos cuenta, en Después de los urbanistas ¿qué? (Barcelona, Blume, 1977), una bonita historia de participación. Al tenerse noticia de que la Universidad de California pretendía construir un aparcamiento en un terreno que era utilizado como espacio libre por los vecinos, éstos tomaron libremente posesión del mismo, plantaron árboles y arbustos y lo declararon “Parque del Pueblo”. Y redactaron un texto para la toma de posesión de aquel suelo, que se remontaba bastante tiempo atrás. Hace bastante tiempo –decían-, los indios costanoan vivían en el área hoy conocida como Berkeley. No sabían lo que propiedad de la tierra pudiera querer decir. Creían que la tierra estaba bajo el cuidado y la custodia de la gente que la usaba y que vivía sobre ella. Esa tierra les fue arrebatada a los indios por misioneros católicos, a los misioneros por el gobierno mexicano, y a éste por el americano; el cual lo vendió a su vez a colonos norteamericanos, quienes lo volvieron a vender, ahora a los promotores inmobiliarios, los cuales, finalmente, se lo vendieron a la Universidad de California. “Cuando los de la universidad se presenten con sus títulos de propiedad –concluían- les diremos: `vuestros títulos están cubiertos de sangre. No queremos tocarlos. Vosotros arrebatásteis la tierra a los indios hace bastante tiempo. Si la queréis otra vez, vais a tener que luchar de nuevo por ella”.
Por supuesto, el aparcamiento se construyó y el espacio se valló. Goodman se consuela: “No mucha gente lo usa”. Pero lo cierto es que ni siquiera en el caso de “un proyecto inocuo, como el de un parque”, que afecta a “una institución supuestamente humanitaria, como una universidad”, es fácil llevar a cabo cambios significativos, por mucho que la participación popular sea amplia y convencida. A pesar de “la eficacia de la acción directa comparada con todo intento de adaptarse a las técnicas burocráticas existentes” –sigue Goodman-, no es fácil hacer frente con actuaciones de ese tipo “a la cantidad de necesidades rededoristas existentes en este país; tendrían que ocurrir cambios radicales en muchas de nuestras instituciones para que ello fuese posible”. Haría falta, entre otras cosas, “una revolución cultural”.
El prestigio de Occidente
No hace falta haber sufrido la esclavitud o el colonialismo para entender a Europa. Permítasenos una digresión, y escuchemos a Amos Oz, cuando reprocha el “tono de superioridad moral” con que se analiza en los periódicos de algunos países europeos el conflicto en Oriente Próximo: “Si fuera europeo, tendría sumo cuidado en no regañar a nadie”. Porque “una de las cosas que hacen especialmente duro el conflicto palestino-israelí o árabe-israelí es que se produce entre dos víctimas del mismo opresor. La Europa que colonizó el mundo árabe –explotándolo, humillándolo, pisoteando su cultura, utilizándolo como patio de recreo imperialista- es la misma Europa que discriminó a los judíos, los persiguió, los acechó en sueños para terminar asesinándolos en masa en un crimen genocida sin precedentes”. De manera que frente a una imagen del continente justa, culta y refinada propone otra: “tirana, colonizadora, cruel y sin corazón” (Amos Oz, Contra el fanatismo, Barcelona, Siruela, 2003).
Años atrás, Frantz Fanon escribió algo parecido, a propósito de “El prestigio de Occidente”: Aun siendo opresor –dice-, “Occidente se vanagloria de su superioridad humanista” (Por la revolución africana. Escritos políticos, México, FCE, 1964). Y cerrando el círculo, oigamos ahora a Le Clézio, recordando a su padre, que trabajó 22 años como médico en África: “Entonces mi padre descubrió, después de todos esos años en los que se había sentido cercano a los africanos, su pariente, su amigo, que el médico sólo era otro actor del poderío colonial, no diferente del policía, del juez o del soldado. ¿Cómo podía ser de otra manera? El ejercicio de la medicina era también un poder sobre la gente, y la vigilancia médica era también una vigilancia política” (El africano, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Ed., 2007). No son anécdotas ni manifestaciones fuera de lugar. Coinciden con la idea de “los urbanistas como poli blanda” de que hablaba Goodman. Suponen el rechazo de esa perversa idea que acepta los fundamentos culturales de la ordenación económica, y admite únicamente la puesta en cuestión de lo circunstancial. Nuestra historia no nos legitima la conformidad con tal principio. Los datos tampoco.
Geopolítica del hambre
En el Informe 2001 de Acción contra el Hambre, que se tituló Geopolítica del hambre. Las hambrunas exhibidas (está publicado en Barcelona, Icaria), se insistía en una tipificación de las hambrunas que ya habían planteado con anterioridad: Hambrunas “negadas”, que no son consideradas como tales cuando se pretende eliminar al grupo que las sufre; hambrunas “creadas”, cuando la “meta es atraer la atención y, en consecuencia, la ayuda internacional, matando de hambre deliberadamente a poblaciones que, sin ese comportamiento intencionado, no habrían padecido hambre”; y las hambrunas “exhibidas”, cuando se aprovechan condiciones adversas (sequías, disturbios civiles, etc.) “para poner en el candelero las dificultades por las que pasan determinados grupos de población”, y así obtener mayores ayudas. “Si bien es cierto –continúan- que todas las hambrunas creadas son exhibidas, no todas las hambrunas exhibidas han sido creadas”. En cualquier caso, se citan tres causas para explicarlas (al menos la mayoría): la ruptura de intercambios comerciales, las alteraciones provocadas en la producción agrícola y los expolios.
Hoy, en el planeta, se cuentan 3000 millones de personas que viven con menos de dos dólares diarios. 831 millones “se arrastran muriendo desnutridos”; 1.197 millones no tienen acceso al agua potable y 2.747 millones no cuentan con hospitales cerca. Hay 876 millones de personas analfabetas, y 250 millones de niños trabajan fuera de casa (“normalmente como soldados, putas, servicio doméstico o desfigurando sus dedos tejiendo camisetas o alfombras”). La pobreza “mata a 50.000 personas al día por falta inmediata de agua potable, leche y proteínas, vacunas, antibióticos”. Estas cifras y citas proceden del libro de Esteban Beltrán (director de la Sección Española de Amnistía Internacional), Derechos torcidos (Barcelona, Debate, 2009), y concluyen así: “Cree realmente el lector que detrás de estas cifras no está la mano de hombres poderosos, o piensa realmente que la pobreza viene, si es creyente, de Dios y del diablo, o, si es ateo, de la casualidad o de la naturaleza?”
La relación entre urbanismo y pobreza es reiterativa en los textos, parca en los resultados. Clara Greed (en Social Town Planning, Londres, Routledge, 1999) señala en este sentido que “los grupos minoritarios han encontrado el sistema de planificación del Reino Unido algo inflexible (…). Si uno está preocupado con el género, la raza, los sin hogar, o cualquier otra cuestión social, no es factible de usar la legislación de planificación directamente para poner en práctica la política social (…). Legalmente, el urbanismo debe centrarse estrictamente en aspectos físicos y no en cuestiones sociales”; aunque en algún caso las autoridades han condicionado algunos permisos al cumplimiento de otras obligaciones sociales. …..Pero si nos referimos al hambre derivado de las alteraciones provocadas en la producción agrícola, … Hambre. Suelo no urbanizable. ¿Habrían dejado su transformación para cultivos transgénicos de grandes corporaciones si hubiesen podido participar?
Un nuevo imperialismo
Un libro clásico sobre estos temas es el del médico psiquiatra martiniqueño Frantz Fanon, Los condenados de la tierra (Tafalla, Txalaparta, 1999; original de 1961). Un texto donde no se limita a constatar la pobreza, sino que apunta a las interrelaciones entre las colonizaciones política, ideológica y cultural: “Tendremos que curar todavía durante muchos años las heridas múltiples y a veces indelebles infligidas a nuestros pueblos por la ruptura con el colonialismo. El imperialismo, que ahora lucha contra una auténtica liberación de los hombres, abandona aquí y allá gérmenes de podredumbre que tenemos que descubrir implacablemente y extirpar de nuestras tierras y de nuestros cerebros”.
Al hablar del imperialismo se refiere a Europa, pero David Harvey actualiza sus planteamientos, y desplaza el centro hacia Estados Unidos (El nuevo imperialismo, Tres Cantos, Akal, 2007). Harvey se pregunta: “¿Qué naturaleza tienen los dispositivos de poder geopolíticos y neoeconómicos que se están poniendo a punto en la actualidad y que mediante el diseño de un nuevo imperialismo pretenden inaugurar un nuevo orden de dominación?”. Y establece la hipótesis de que “las políticas de privatización de buena parte de los servicios públicos y de los recursos comunes a escala planetaria –desmantelamiento del Estado del bienestar en los países desarrollados y ajuste estructural en los países pobres- indican con precisión los dos vectores de intervención del sistema capitalista en nuestros días. Por medio de tales instrumentos se está modelando un mundo quizás más injusto que el que hemos conocido durante los últimos 100 años. Naturalmente, el urbanismo está en el centro de esas políticas desmanteladotas y de ajuste.
Precisamente Ambe J. Njoh (Planning Power. Town Planning and social control in colonial Africa, Londres, UCL, 2007) insiste en esta idea. El planeamiento europeo –dice el profesor africano- trajo consigo algunos cambios en los hábitos de consumo (relacionados con la forma de la ciudad), en favor de los bienes y servicios europeos. Un cambio que se acentuó en las generaciones siguientes, y que ha hecho a estos países mucho más dependientes y explotados (mercados cautivos). Pero también sirvió el planeamiento para instalar en aquellos países una idea de modernización nada ingenua: “Para los planificadores coloniales en África, la modernización significaba la sustitución de las formas de propiedad del suelo, los sistemas de gestión, los materiales de construcción y los sistemas de transporte por las fórmulas europeas”. Debía pasarse de un espacio bajo control comunal, generalizado en África, a hacer del suelo materia comercializable en el mercado. “Con el sistema africano, cada uno tiene acceso al suelo"; mientras que el modelo eurocéntrico “pone el suelo exclusivamente a disposición de quienes tienen poder económico y/o político”.
Los argumentos que se dieron para el cambio aludían a varios asuntos, como la fragmentación de las haciendas, el aumento del coste del suelo, la inseguridad jurídica de la propiedad, el freno a la compraventa de terrenos, o las dificultades para utilizar la tierra como fianza para créditos bancarios (hipotecas), que el sistema africano suponía. Pero nada de eso parece cierto. Es más, según el autor, nunca se han discutido esos temas con datos en la mano, sino sólo a partir de enunciados muy cargados ideológicamente. Un ejemplo: el Dar es Salaam Master Plan Tanzania, realizado en 1979 por Marshall Macklin Monaghan Ltd., y aún vigente. Aunque se trata de un plan mucho menos agresivo que los que relata Njoh, sigue siendo inequívocamente occidental. El diseño orgánico que los técnicos canadienses (con financiación sueca) hacen para el desarrollo de la ciudad sólo refleja la idea que los occidentales podemos tener sobre la ciudad africana. Pero que no tiene por qué corresponderse ni con la realidad socioeconómica del país, ni con el imaginario de la gente. Por supuesto, en el citado plan no hay ni rastro de participación pública.
Los condenados de la ciudad
Hemos venido refiriéndonos al Tercer Mundo. Pero el Cuarto también existe. La historia de Miguel Ángel Almodóvar titulada El hambre en España (Madrid, Oyeron, 2003), está llena de anécdotas. Una de los años 1940 (cuando nació Carpanta): “Soñaba con encontrar un trozo de pan que echarme a la boca. Y de pronto, al doblar la esquina, vi un medio panecillo con chocolate tirado en el suelo. Miré en todas direcciones y vi que no había nadie ni se trataba de un espejismo. Cogí aquel panecillo con manos temblorosas y lo devoré con un placer que vive y vivirá en mi recuerdo”. Pero no hay que remontarse tan lejos. En los últimos años se ha ampliado la pobreza en España. El índice sintético del Barómetro Social de España nos indica que las personas en situación o riesgo de pobreza han pasado de 7,6 millones en 1994 a 8,9 millones en 2006. Se ha mantenido constante la tasa de pobreza severa (el 8% de la población) y ha aumentado en un punto el riesgo de pobreza (del 11 al 12%).
En el libro de Löic Wacquant, Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y Estado (Buenos Aires, Siglo XXI, 2007), se da noticia del “hipergueto” estadounidense, y se compara con la situación de los barrios de las periferias europeas. Ya en el prefacio de la denominada “Comisión Kerner”, de 1968, se decía que el gueto era “la encarnación de la vergüenza de esta nación, de su fracaso más profundo, y de su mayor desafío”. Y cuarenta años después la vergüenza, el fracaso y el desafío no han hecho sino incrementarse dramáticamente. Como sabemos, los negros son el único grupo que fue guetizado en los Estados Unidos. La segregación de los blancos “étnicos” (italianos, irlandeses, polacos, eslavos, judíos, etc.), aun cuando pudiera ser miserable, no puede considerarse de igual forma. En el caso de los negros “la segregación fue casi total, esencialmente involuntaria y también permanente” (Philpott). El proceso actual de marginación de los afroamericanos es muy diferente al de hace varias décadas. Para empezar, el gueto se ha descentrado espacialmente y diferenciado institucionalmente. Tiene una mayor amplitud que en las décadas anteriores, y la “intensidad del desastre” es aún más grave. Algunas actuaciones públicas lo han agravado. De hecho, el ciclo sigue operando dos décadas después de la puesta en marcha de leyes contra la discriminación de la vivienda. El núcleo del cinturón negro de las metrópolis estadounidenses está afectado por la degradación física, la violencia y una inseguridad endémicas, además de alcanzarse en él unos niveles de exclusión económica y dificultades sociales sólo comparables a los peores años de la Gran Crisis.
Los habitantes del gueto de hoy no sólo son individualmente más pobres que sus homólogos de hace treinta años, en el sentido de que han sufrido una reducción absoluta de su nivel de vida y que la distancia que los separa del resto de la sociedad se ha ampliado, sino que también son colectivamente más pobres, y en muchos aspectos. Por un lado, forman parte de una población en su mayoría desposeída, de manera que tienden a estar aislados de otros componentes de la comunidad afroamericana. Por otro, ya no pueden seguir apoyándose en la densa red de instituciones que conferían al gueto de antaño su coherencia y cohesión interna. La Black Metropolis de mediados del siglo XX (minuciosamente descrita por St. Clair Drake y Horace Cayton) era “una ciudad aparte dentro de la ciudad”, que mostraba una amplia división del trabajo social y un completo abanico de las clases negras. La “proliferación de instituciones” que hacía de Bronzeville la “capital de la Norteamérica negra” le permitía reproducir (aunque a un nivel incompleto e inferior) la estructura organizativa de la sociedad blanca, y ofrecía caminos de movilidad, limitados pero concretos, dentro de su propio orden. Por el contrario, la decadencia institucional del hipergueto de finales del siglo XX es absoluta.
Pero, en fin: ¿de qué participación podemos hablar cuando constatamos unos índices de miseria urbana tan llamativos? ¿De qué participación, cuando aún no saben leer ni escribir cerca del 20% de los niños y de los adultos del planeta?

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