Para aplicar la dieciochena enunciada
La mayoría de las propuestas que se han planteado en esta bitácora se pueden aplicar directamente. Basta con que alguien (con iniciativa) las proponga y otro alguien (con poder) tenga voluntad de hacerlas efectivas. No tendría por qué ser tan difícil. En cualquier caso, y aunque no sean tan determinantes como las anteriores, hay otras dos circunstancias que se nos antojan casi imprescindibles: que las propuestas queden plasmadas en planes o proyectos (o en normas o en lo que sea: en algún documento donde se concreten formalmente las propuestas, donde se muestren elaboradas y acabadas); y que haya también un entorno social que las haga suyas: nada crece en el vacío.
Es fundamental, como decimos, contar con el plan o el proyecto que defina esas actuaciones. Con un proyecto es mucho más fácil que acaben haciéndose. En caso contrario es como si no tuvieses nada. Y no le demos más vueltas. Los planes generales, los parciales (o cosa semejante: estudios de detalle, planes especiales, etc.), y los proyectos de urbanización parece que tendrán todavía larga vida. Y en ellos tenemos que centrarnos. Pues, ¿qué fue, por ejemplo, de aquellos planes estratégicos que iban a cambiar el mundo? Se disolvieron en el aire.
El plan general es el documento de organización global de la ciudad donde se prevé la localización y características de los espacios residenciales, el transporte, los equipamientos y los espacios libres. Desde sus formulaciones más tempranas se ocupa de organizar la red viaria básica y los distintos asentamientos urbanos, así como de la reglamentación del mercado del suelo, partiendo de una asignación diferenciada de usos y densidades. Los planes parciales (y los de ordenación de fragmentos urbanos, como planes especiales o estudios de detalle) se ocupan del diseño pormenorizado de las áreas de extensión urbana, haciendo operativo lo que se prevé en el plan general para esas mismas áreas. Es importante evitar que el diseño del detalle traicione al general; sino que, por el contrario, debería profundizar su ordenación. En cualquier caso, estos planes de ordenación detallada tienen su propia capacidad de iniciativa, y pueden tapar los agujeros de ordenación que el plan general haya dejado sin resolver. El proyecto de urbanización, por último, tiene el objetivo de materializar el espacio urbano colectivo. Y también cuenta con suficiente autonomía como para determinar el resultado final en muchos de los aspectos que aquí nos interesan.
Seis propuestas al plano de ordenación
En cualquier caso, sea de la escala que sea, no hay plan sin plano. Algunos dirán: sin planos. Pero no es así. Cada plan (general, parcial o mediopensionista) tiene su plano, el mapa donde se concentran las principales decisiones gráficas y se sintetizan las propuestas de carácter formal. Donde se concretan los trazados y se clasifica el suelo, donde se define el espacio público y se decide el régimen jurídico que afectará a cada parcela. Para ser más concretos: nos referimos al plano donde se dibujan las calles y las zonas. Ése es el plano fundamental, muchas veces denominado simplemente “de ordenación”. Luego quizá haya otros complementarios (unos para las infraestructuras, otros para algunas determinaciones de gestión, etc.), pero ninguno tan básico como el del sistema de calles. En los planes generales también suele pedirse un plano denominado “de estructura urbana”, que en principio podría considerarse clave. Pero no suele ser sino un plano derivado, con mucho menos significado del que parece anunciar su nombre.
¿Qué le pedimos a ese plano para que sea bplano? De acuerdo con lo que hemos venido comentando anteriormente, seis cosas. 1ª) Cuando clasifique suelo, que se limite a crear nuevo suelo urbano sólo en función de datos objetivos de necesidad, y no como estrategia de crecimiento. Concretamente, en la mayor parte de las ciudades europeas no debería ocuparse nuevo suelo para urbanizarlo en varias décadas. 2ª) Diseñar una red de amplios caminos peatonales, estructurales, claros, de espaciosa sección y visibles desde el avión (no es broma: esto es fundamental), separados entre sí del orden de 2 km. Al cruzarse estas vías con las rodadas deberá establecerse un sistema de cruces que reparta las preferencias. Estas vías podrían incorporarse, al menos en alguna parte o tramo, al sistema de espacio libres públicos. 3ª) Disponer una red de calles libres (rectas, abiertas) cada 100 m, bien trazada, conforme al modelo de seguridad de Gosnells. Entre los cruces con otras vías se preverán algunos de acuerdo con las propuestas de Monderman. 4ª) Garantizar una buena distribución de los “centros mar” de barrio, de acuerdo con el estándar planteado. 5ª) Prever también (computando también como espacios libres, aunque con unas ordenanzas específicas) un sistema de parcelas blancas, de esos “espacios de respiración republicana” que reclamábamos al hablar de “un urbanismo no violento” (uno cada 10 has). 6ª) Disponer, por último, centros de servicios para infraestructuras locales y evitar el monopolio de las grandes redes.
Algunas de estas propuestas deberían negociarse previamente con las administraciones implicadas. Carreteras, Educación y Sanidad, y las instituciones responsables de las redes de servicios tienen bastante que decir (y lo dirán: vaya si lo dirán); incluso Cultura. Pero lo fundamental está en manos de la administración local, aparte del control de legalidad que siempre ejercen los organismos de mayor nivel jerárquico, del que hablaremos en un post… posterior (post-posterior: pura coherencia). Nada hay, en principio, que se oponga a la inserción de esos seis puntos en el plano de ordenación de cualquier ciudad o fragmento urbano. ¿Nada? En realidad el primer problema consiste en encontrar técnicos redactores de planeamiento dispuestos, por ejemplo, a dibujar una vía peatonal completa (que atraviese la ciudad de parte a parte) y preferente (recta y ancha, que domine al menos algunos de los cruces con las rondas del tráfico rodado). El segundo problema es conseguir que el técnico municipal no lo bloquee. El tercero, que si los dos anteriores llegan a avalarlo, el alcalde no se ría (basta con que no se ría: superado ese momento, quedan esperanzas). Luego, que aguante el tirón de los concejales y pueda llegarse a aprobar el documento y exponer al público.
Hasta aquí es difícil, pero aún queda lo peor. La opinión pública se lanzaría al cuello nada más verlo. Las corrientes de opinión (por llamarlo de alguna forma) miran exactamente hacia el otro lado, hacia la máxima eficiencia, tecnología, hacia la “inteligencia” esa. Los ataques serían, seguramente, implacables. Más aún cuando entrasen en liza (fuera del marco de la exposición, con presiones políticas bajo la mesa, como siempre) las empresas afectadas. Téngase en cuenta que los grandes monopolios y las grandes multinacionales, como las grandes iglesias, se protegen mutuamente. Los grandes hipermercados viven del tinglado del coche. Y viceversa. Si algún alcalde (pues a él le correspondería la mayor presión) es capaz de aguantar hasta aquí, probablemente se pudiesen superar también los últimos pasos ante las comisiones territoriales para la aprobación definitiva. ¿Definitiva? No completamente. Faltaría la probable entrada en escena de los jueces. Que ciertamente son imprevisibles. Aunque llegados a ese punto, los informes periciales pueden acabar teniendo un peso decisivo, y de nuevo el papel del dinero vuelve a ser relevante. Un informe de una gran empresa consultora internacional puede tumbar casi cualquier propuesta, por sensata y ajustada a ley que pudiera parecer. Los grandes nombres intimidan. De manera que va a ser fundamental organizar muy bien los argumentos: para convencer a los técnicos, a los políticos y a los jueces; para conseguir apoyos de la gente y para frenar con las palabras (¿con qué, si no?) a los poderosos.
(Y aquí hacemos un descanso).
Seis propuestas a la normativa, a las ordenanzas
Como sabemos, las normas del plan, cuando están redactadas de forma implacable, son implacables. Graníticas. Y como tales, útiles. Vienen bien, por un lado, para la definición del plano, impulsando las pautas ya comentadas en el capítulo anterior. Pero también para definir otros contenidos específicos que no aparecen en los documentos gráficos. De forma que ahora reclamamos a las normas del plan, para que sean bnormas, que contengan estas seis determinaciones. 1ª) La definición de las condiciones de la “ciudad mínima”, de la urbanización que debe garantizarse en todos los espacios de la ciudad, y especialmente en las que anteriormente designamos como “áreas b”. Estas condiciones pueden figurar en el habitual capítulo de “condiciones de urbanización”, pero también en las exigencias a los planes parciales o especiales. Y tiene como premisa el reconocimiento como espacio residencial legal de aquellos asentamientos irregulares que no provoquen problemas importantes. Y ocupar un espacio libre (que quizá pueda reformularse en otro espacio próximo) o interrumpir el trazado de una autovía (que también puede rediseñarse) no se considera, en principio, crítico.
2ª) Establecer una normas que exijan la mezcla de viviendas y definan las prioridades para hacer efectivo el equilibrio territorial que, al menos teóricamente, todos perseguimos. Nos referimos a la reserva de ese “cuarto de bohíos” que propusimos más atrás. 3ª) Definir parcelas máximas, en todas las clases de suelos; y estructurar las propiedades del suelo, reservando una parte importante como suelo público (en línea con lo señalado en el epígrafe titulado “una constelación de propiedades”). 4ª) Frenar y controlar tanto la implantación libre de grandes empresas como su salida, estableciendo una normativa cuidadosa, en línea con lo defendido en el epígrafe “Moratoria de gigantes”. 5ª) Definir un número suficiente de áreas de rehabilitación. Y 6ª) Modificar la normativa sectorial que afecta a la definición de los espacios escolares, corrigiendo las determinaciones sobre los patios y las zonas de juego.
De manera que tenemos hasta ahora un grupo variopinto de propuestas. Por un lado algunas que pueden ser vistas como excentricidades, ingenuidades o incluso bromas. Tenemos larga experiencia que nos permite decir que este tipo de cosas ponen extremadamente nerviosos a todos: a los técnicos, pero sobre todo a los políticos. Si por casualidad el redactor desliza en el texto o en el plano algún rasgo de humor, se juega la vida (es broma, claro). Pero las grandes empresas sonreirían displicentes. ¿Una “autopista de peatones”? Sin problema. Hagámosla, mientras no quiebre el negocio. ¿Árboles en los patios de las escuelas? Por supuesto: y además los pago yo. Pero las cosas cambiarán cuando se plantee una mezcla de viviendas efectiva, por ejemplo. Prever viviendas públicas en medio de Valdebebas o del barrio de Salamanca de Madrid es una declaración de guerra. La legislación habla de garantizar determinado porcentaje de viviendas protegidas (un nivel más que las públicas) en la ciudad, pero en ningún caso se plantea insertarlas en todos los barrios. Problemas, por tanto, en el horizonte.
¿Y qué decir del límite en el tamaño de las propiedades o el rechazo de nuevas instalaciones? Guerra abierta, nos tememos. Aunque no hay nada que lo impida. Sí, dirán que es anticonstitucional, que reduce la libre empresa o esgrimirán cualquier otro argumento de ese tipo. Pero lo cierto es que lo que aquí se propone puede plantearse. Lo que resulte después dependerá de muchos otros factores, no estrictamente urbanísticos. Y en cualquier caso, nunca se sabrán sus posibilidades si no se intenta. Por supuesto, estas normas deberían llevar aparejado necesariamente un cuidadosísimo diseño de la gestión del plan. Todos los instrumentos que prevén las leyes sobre intervención en el mercado de suelo, los diferentes sistemas de actuación, la definición de nuevas entidades colaboradoras, etc. habrá que ponerlos en juego. Y por supuesto, y de la forma que permita cada legislación, vincular los programas económicos del plan a los presupuestos municipales y los de otras administraciones, por todos los medios posibles (que los hay).
Seis propuestas a la urbanización
La mayor parte de las propuestas que planteamos en la bitácora de “los náufragos en nuestras ciudades”, tienen que ver con la urbanización. También son seis (6-6-6, el número del diablo, ¿no?). 1º) Allanar los caminos que efectivamente recorren quienes andan la ciudad (lo que en otra parte hemos llamado con ironía “caminos de Bessón”). 2º) Diseñar los parques y las plazas críticas de forma que no sólo permitan, sino que inviten a la gente a estar y dormir en ellas. Por supuesto, las más valoradas serán las que ofrecen mayor protección. 3º) Disponer locales para información de todos, y sobre todos los temas. Céntricos, vistosos, llamativos. Incluso podrían asimilarse a los centros de información turística. (Y en cualquier caso, considerarse como pabellones del espacio público, lo mismo que hay cafeterías en los parques o locales de exposiciones en cualquier plaza). 4º) Prever zonas de estancia cómodas, accesibles, y que miren y se integren con las actividades más vitales de la ciudad. 5º) Preservar zonas en atención a los que podríamos denominar (si se nos permite el exceso) “náufragos de poesía y naturaleza”. Y 6º) Garantizar la limpieza en todos los arrabales.
El primer punto se refiere al tratamiento de la urbanización, la definición de bandas para peatones, bicis o coches (y el arbolado, naturalmente); el segundo, al mobiliario urbano; el tercero, ya lo hemos dicho, a los pabellones en la calle (como esas naves espaciales que, con la excusa de que son terrazas, instalan algunas cafeterías); el cuarto y el quinto tratan del diseño urbano; y el sexto, de las labores de limpieza, que implican inspección y en su caso, órdenes de ejecución o ejecuciones subsidiarias. Implican diseño y gastos de ejecución, pero también (y muy especialmente) de mantenimiento. En algún caso, como en la instalación de puntos de información, requieren dotarse de personal y medios. ¿Cómo hacerlos posibles hoy?
De nuevo nos encontramos en el dilema de los argumentos. Razones que hay que organizar desde el principio y desde dentro. Tenemos enfrente no sólo a aquellas empresas que verían recortadas sus alas de conquista, sino también a determinadas profesiones, casi en bloque. Entre los arquitectos hay de todo, pero los ingenieros son (o así nos lo parece) más monolíticos. Los abogados… ya saben: abogados. Y además están los libros técnicos (y los planes de estudios, no lo olvidemos), en los que la técnica empieza a desplegarse después de haber admitido como axiomas muchos planteamientos inadmisibles. Desmontar todo ese armazón va a llevar tiempo. Y exigir constancia. Pero para empezar, ahí está una dieciochena de propuestas (lo sabemos: la acepción de dieciochena como conjunto de 18 unidades aún no está reconocida por la Real Academia de la Lengua; pero la ponemos a la cola, detrás de miembras). Una dieciochena, decimos, que ni son todas ni seguramente son bastante. Pero constituyen un conjunto suficientemente amplio, que invita a su compleción (hoy tenemos el día torcido con las palabras) y mejora. Pero para empezar, para ponerlo en marcha, hagamos un uso desenvuelto de los viejos instrumentos urbanísticos.

No hay Comentarios/Pingbacks para este post...
apuntes para el libro Urbanismo para náufragos
_______________________
código original facilitado por
B2/Evolution
|| . . the burgeoning city . . || . .
la ciudad en ciernes . . || . .
la ville en herbe . . ||