Notas sobre urbanismo y desarraigo

No hay que ser formalmente un desterrado para experimentar el desarraigo. Basta un urbanismo displicente y dispuesto a transformar en poco tiempo toda la ciudad, a ponerla por completo en obras, a eliminar todo signo activo de las últimas décadas, a limpiarla de esas construcciones y paisajes irrelevantes, quizá sólo viejos y anticuados, pero que forman unidad sentimental con la gente que los vivió hace años. No es difícil ser, decíamos, un completo extraño en la ciudad propia.
El libro de Adam Zagajewski Dos ciudades (Barcelona, El Acantilado, 2006), atractivo e instructivo, nos aporta alguna luz sobre este tema. Contaba el autor sólo cuatro meses de edad cuando su familia fue obligada a trasladarse de la ciudad de Lvov, que pasó a formar parte de la URSS, a Gliwice, que acababa de anexionarse Polonia. Era 1945. En esta última ciudad los polacos procedentes de Lvov sustituyeron a los alemanes que hubieron de abandonarla; y Lvov se pobló de rusos. Del relato que lleva el mismo título que el libro observamos una serie de cuestiones interesantes.
La primera, que la sensación de desarraigo suele vivirse por la mayoría de la gente con enorme dolor. El caso más dramático es quizá el de un vecino de la nueva ciudad, que “sólo de vez en cuando se dejaba ver por el patio vestido con su pijama azul”. Se negaba a tener contactos con el nuevo mundo. “Los suyos eran los paseos de un preso por el patio de la cárcel”. Nos dice Zagajewski: “Ahora pienso en el sufrimiento de un hombre que se había condenado a sí mismo a largos años de arresto domiciliario y vivía en la penumbra sin deshacer los baúles (…). Sin duda, en sus sueños, regresaba al tiempo pasado y a la ciudad que había sido forzado a abandonar”. Esa sensaciones extensiva a la generación que vivió el traslado en su juventud. Y aún más a los desterrados que habían llegado a Gliwice con una edad avanzada: “Lo anticuado se les había pegado como el olor a la naftalina”. Sus paseos por la ciudad eran “una lenta agonía”. Algunos “parecían desear que llegaran la esclerosis y el olvido”.
¿Qué clase de ciudad era Gliwice? Para los recién llegados era una ciudad hostil. “Insignificante. Industrial. Ajena. Mi madre lloraba al caminar por sus calles”. Inmigrantes en su propio país, “la gente sólo era real y contemporánea en parte, mientras que por lo demás recordaban sombras, unas sombras vivientes”. Los ancianos hablaban “de la ciudad perdida. De las colinas de aquella ciudad (…). La ciudad que habían abandonado era la más bella del mundo”. Callejeaban, “contemplando con aire de sorpresa (…) el lugar donde les había tocado morir”. Miraban con desprecio las flores y los árboles de aquella ciudad. “Sólo importaban los jardines que habían dejado allí, en el este”. Las hojas de los árboles de Lvov “eran eternas, infinitamente verdes e infinitamente vivas, indestructibles y perfectas; se movían con la ligereza y distinción de las aletas del delfín. Su único defecto era la ausencia”.
La segunda cuestión (lo hemos dicho más veces): que el urbanismo ha de ser también literatura. Y como tal, atender a las dos ciudades que existen en cada ciudad. Sabemos que el escritor debe ocuparse de la realidad objetiva, la justicia y la época; pero también de sí mismo, de sus debilidades y su propia vida. Zagajewski recuerda que cuando era joven “las cosas se dividían en tres categorías: aristocráticas, burguesas y socialistas. Las aristocráticas venían de Lvov (…). No servían para nada en concreto y su valor era emocional”. Las burguesas eran básicamente utilitarias. Y “finalmente, las cosas socialistas las había producido la inepta República Popular de la posguerra”. La ciudad también combina todas esas cosas. Todas las ciudades lo hacen. Y pueden verse bajo el prisma de la poesía.
Bajo esta luz, las calles de Gliwice, “tan lacerantemente habituales, creadas sólo para que las recorriera el tranvía, el automóvil o el coche de turno, se volvían casi tan hermosas como los canales de Venecia”. Pudo el autor, en esa nueva perspectiva, “empezar a recorrer las dos ciudades, initando a la generación de mi abuelo, que en cualquier rincón esperaba encontrar los muros sagrados de Lvov”. Las calles y los árboles vibraban “con mil significados secretos que esperaban a ser descifrados”. La “realidad objetiva” (tal como dijimos antes) también se profundizaba al vincularse a la idea de justicia, a la ciudadanía: “Los adultos, apenas tocaban el tema de la ciudadanía, hablaban en un tono más dulce”. Tan real le parecía, cuando era joven, “lo habitual y cotidiano que percibimos y juzgamos con el sentido común en un constante debate cívico, o lo resplandeciente e inmóvil que se refleja en los poemas y en los lienzos de los pintores”.
La tercera cuestión se refiere a las tres clase de personas que viven en las ciudades, y que describe Zagajewski convenientemente. “Los hombres se dividen en sedentarios, emigrantes y los que no tienen hogar”. Los primeros mueren donde nacieron. “Existen casas de campo que una misma familia habita desde hace más de diez generaciones”. Los emigrantes “anidan en el extranjero y de esta manera hacen posible que sus hijos vuelvan a formar parte de la categoría de los sedentarios”. Los que no tiene hogar son aquéllos que, generalmente por un capricho del destino, “no quisieron o no supieron en sus años de infancia y juventud entablar relaciones estrechas e íntimas con el entorno en que crecían y maduraban”. ¿Qué vincula a la tierra a quien vive en el destierro o es “persona sin hogar”? Claudio Guillén, en El sol de los desterrados (Barcelona, Quaderns Crema SA, 1995), recordaba que “el ser humano, pues, conforme se muda de lugar y de sociedad, se encuentra en condiciones de descubrir o de comprender más profundamente todo cuanto tiene en común con los demás hombres, uniéndose a ellos más allá de las fronteras de lo local y de lo particular: las dimensiones cósmicas de la naturaleza regida por el orden de los astros, que nos comunican unas verdades y unas leyes divinas”. El sol, los horizontes y las lejanías son sus posesiones. Su “patria universal. Sólo en el mar, lo universal, sol, luna, estrellas, son igualdad, libertad, fraternidad” (Juan Ramón Jiménez). Y Pavese insistía: “Los viajes son una brutalidad (…). Se vive en un constante desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, el mar, el cielo, y todo tiende hacia la eternidad, o hacia lo que imaginamos de la eternidad” (El oficio de vivir, publicado en Barcelona, Bruguera Alfaguara, 1979; or. de 1952).
¿Qué nos dice ahora Zagajewski? Desde luego, el sol y la luz son también su patria (“la luz del sur es mi luz, las hojas de plátano son mi sombrilla preferida”). Pero también la música. “La música ha sido creada para la gente sin hogar porque es el arte que menos unido está a un lugar concreto. Es sospechosamente cosmopolita”. La poesía, por su parte, acoge a los emigrantes, “aquellos desdichados que, con un patrimonio ridículo, se balancean al borde del abismo, a caballo entre generaciones, a caballo entre continentes”. Y acaba: “Escucho el quinteto de cuerda de Mozart (nº 516 del catálogo de Köchl)”, y “en esa música dialogan dos ciudades. Dos ciudades bailan pegadas. Dos ciudades distintas y, no obstante, condenadas a un amor difícil, como los hombres y las mujeres (…). La paz satisfecha de los museos y el llanto de un niño”.

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